Se que dije un mes y lo cumplí, eso creo...
Lamento si hay errores -horrores diría yo- ortográficos, pero siempre checo todo, hasta el más minimo detalle, pero nunca logro erradicar eso y esto se ve reflejado una vez que lo publico.
Disclaimer: Los personajes mencionados aquí no me pertenecen -salvo algunos que no conozcan- le pertenecen a Sir Arthur Conan Doyle y a la adaptación de la BBC Sherlock, quienes sus creadores son Steven Moffat y Mark Gatiss. Yo solo cree la trama y jugué un poco con los personajes a mi conveniencia.
Sin más, les dejo la historia.
II. Anybody out there?
Londres era una ciudad donde el clima era muy cambiante. Había días en los que podía estar lloviendo a cántaros y el frío era insoportable, más las personas seguían con su vida normal. Otros eran completamente soleados y, aunque estos fueran muy pocos, la ciudad parecía nunca descansar. Muchos pensaban que hasta el clima estaba a su favor, beneficiándolo en su labor. Esa era la forma de ver de Mycroft Holmes.
Pero justamente ese día no lo pudo tomar de esa forma. El clima era fresco y el cielo parecía estar a punto de estallar en agua. Pero no era la lluvia lo que lo que le molestaba, sino la situación en la que se estaba presentando.
Justamente, en un día como ese, pero de hace tres años, el político había asistido al supuesto funeral de su hermano. Estaba seguro que este no se encontraba en aquella caja, pero las apariencias debían de indicar que él no conocía eso. Más eso no le había evitado el permanecer a lo lejos, observando todo lo que ocurría y como John Watson se derrumbaba poco a poco por el dolor.
No es que él fuera un hombre sentimental, pero nunca había sido partidario de ese tipo de eventos, de hecho los aborrecía. En su vida solo había asistido a dos: el de su hermano y al de ella.
Arrugó el ceño y torció los labios. No quería estar ahí, pero como siempre, debía de limpiar el desastre que su hermano causaba, sumándole el hecho de que se lo debía, ya que si no hubiera sido por él, Moriarty no lo hubiera destrozado de esa forma. Mycroft Holmes era un hombre de honor, ya había traicionado a uno de sus hermanos, no dejaría que eso pasara de nuevo. Por eso no se negó en ayudarlo a montar toda esa farsa y simular dolor.
Sus ojos siguieron fijos en la figura de John, la cual estaba parada frente al hoyo que era la nueva tumba de Sherlock. Iba a acercarse a darle palabras de aliento pero la presencia de Lestrade a su lado lo detuvo. John estaba cruzado de brazos pero cuando el detective se le acercó, se dejó de abrazar a sí mismo y aceptó el toque y abrazo del mayor. Sintió un poco de alivio de no ser él el que tenía que consolar al ex-militar, pero también sintió celos de no ser a él al que el hombre consolara. El agarre sobre su sombrilla se atenuó y su quijada se apretó.
Ahora más que nunca se quiso ir, no deseaba ver aquello. Más no pudo retirarse, aún no era tiempo, e incluso el día de hoy sigue pensando eso. Por lo que decidió pasar su mirada hacia otro lado. Sus ojos fueron por todos los presentes, los cuales no eran muchos debido a la actitud de su hermano y la fama con la que había muerto. Estaban algunos del personal de Scotland Yard —los que suponía que estaban ahí realmente acompañado a Lestrade y a John—, algunas personas que ayudó durante sus casos —solo lograba identificar a Ángelo debido a que una vez Sherlock lo había citado en aquel lugar— y algunos de su red de vagabundos. Sus padres no se habían dignado a aparecer, de hecho aún estaban molestos porque no les habían informado sobre aquél plan hasta que ellos llamaron a Mycroft preguntado qué es lo que estaba pasando y porque los periódicos decían todo eso.
Molly se encontraba lejos, oculta también entre los árboles. Unas lágrimas caían de sus ojos, dándole más realismo a su actuación. Se acercó un poco hacia donde estaban John y Lestrade, pero antes giró su rostro y lo observó detenidamente, como buscando aprobación. Mycroft asintió delicadamente, solo esperaba que la mujer no metiera la pata durante su cercanía con John, el cual, para su sorpresa, estaba abrazado a la vieja casera, quien sustituía al inspector.
No supo en que momento el otro hombre se había movido. Lo buscó con la mirada haciendo uso de su inigualable sutileza. Al no encontrarlo, un pequeño vacío en su corazón se formó. Ya no era necesario estar ahí, su tiempo era preciado y no podía seguir perdiéndolo en algo tan banal como la fingida muerte de su hermano. Además, las cosas debían de seguir su curso. La red de Moriarty debía de comenzar a desmantelarse, tenía que descubrir sus puntos débiles antes de mandar a Sherlock a actuar.
Apretó su paraguas, listo para retirarse, y dio un prolongado suspiro. Las cosas serían más pesadas de ahora en adelante. La calidez sobre su mano lo detuvo, seguido por el dulce apretón de otra mano sobre la suya. Mycroft giró su rostro para ver de quien se trataba. Su corazón dio un brinco cuando el perfil de Lestrade se situaba a su lado, con una frágil sonrisa la cuál cautivó al menor.
— Pareciera como si su energía nunca fuera a acabar — mencionó con voz frágil. Mycroft lo observó confundido. — Siempre se le veía muy animado y, aun cuando su inactividad era alarmante, no era algo que Sherlock no supiera sobrellevar.
Con qué hablaba de Sherlock.
— Lamento mucho el ser uno de los causantes de su caída — se disculpó mientras fijaba su vista en el político.
¿Se estaba culpando?
Mycroft pestañeó unos instantes para luego girar su rostro a otro lado. Los ojos cristalinos y la voz frágil del hombre lo habían cautivado. Le dolía la muerte de su hermano y lo estaba afectando. En ese momento la idea de contarle toda la verdad para que dejara de sufrir cruzó por su mente, pero sabía que era algo estúpido y sentimental, todo se derrumbaría y sus planes quedarían desechos, por lo que desistió.
— Esto no es culpa de nadie, Inspector. Nadie sabía con exactitud qué es lo que pasaba por la mente de mi hermano en esos momentos — expuso en el tono más serio que pudo, más sin sonar distante, tampoco quería parecer alguien demasiado frio. — Y ante aquellos hechos, la caída era inevitable.
El agarre de su mano se atenuó, haciendo que su corazón se acelerara notablemente. "Maldito cuerpo" se dijo internamente. Aquello era una reacción fuera de su normalidad y debía arreglarlo, más no hizo nada y prefirió la calidez de la mano de Lestrade.
— Intenta hacer entender eso a John — soltó en un suspiro después de unos minutos. Mycroft volteó hacia Lestrade. — El pobre está destrozado por esto...
"Pero está a salvo" se contuvo a decir. "Igual que tú..."
— Lestrade — terminó su frase en voz alta el Inspector.
— ¿Disculpa? — preguntó algo perdido el pelirrojo.
— Mi nombre es Gregory Lestrade, no inspector. Puedes llamarme así y tú lo sabes bien.
El político sonrió.
— Lo sé, Gregory — pronunció con todo el tacto del mundo, disfrutándolo.
— De eso no me cabe duda — sonrió divertido, pareciendo recordar algo que sólo él y Mycroft compartían. — Vamos con John — pidió el mayor, con una débil sonrisa en sus labios.
Mycroft adoraba verlo sonreír, aun cuando fuera en un mal momento, las sonrisas de Gregory eran lo mejor que podía ver en su vida. Sabía que nunca se cansaría de ellas. Y nunca lo hizo.
Comenzó a llover levemente, Lestrade bufó con voz débil, algo que divirtió al mayor de los Holmes. Sacó su paraguas y los cubrió a ambos de la lluvia mientras recordaba haber ido hasta el pobre ex-militar.
El agarre de otra mano lo sacó de sus dulces recuerdos. Otro agarre de la misma forma, en la misma situación. Pero este no era igual. Ya no era su amado policía, nunca más lo volvería a ser. No tuvo que desviar su mirada del ataúd que se alzaba a muchos metros de distancia frente a él para saber de quién se trataba.
— ¿Acaso nos hemos vuelto sentimentales, hermano? — indagó el mayor haciendo uso de su más gélida voz. Tras la recaída que había tenido el día de ayer, ese arrebato sentimental que le había traído como consecuencia la destrucción de parte de su apartamento, el político decidió no volver a sentirse frágil y abatido por la muerte de su pareja. Claro que le dolía, más de lo que demostraba. Pero el miedo a perder la razón y la compostura que le traería el dejarse arrastrar por sus emociones era mucho más grande que todo. Aun había cosas que tenía que hacer para hacer pagar por la muerte de su pareja.
Sherlock soltó una ligera risa.
— No. Solo hago lo que John me pidió que hiciera — el apretón se atenuó en su mano. — Estás en un proceso de duelo, nos necesitas.
Mycroft encaró a su hermano, mirándolo con algo de molestia.
— No es necesario, Sherlock — aclaró, liberándose de su agarre con fuerza.
Pudo notar, mientras observaba el rostro del moreno, los hematomas que le había hecho el día anterior comenzaban a tornarse de ese característico color púrpura. No sintió culpa por ello, el muy bastardo se lo merecía por lo que había dicho, no tanto por el golpe que antes le había dado —hasta cierto punto lo necesitaba para salir del shock que había comenzado a experimentar—, sino por dudar de lo que el sentía por su pareja. Para él, el poner en duda su amor por Lestrade era lo más sacrílego que podía existir. Sería como negar lo que Sherlock sentía por John, lo cual era, hasta cierto punto, correspondido.
Volvió su rostro al frente, al lugar donde se alzaba el féretro donde se encontraba el cuerpo de Gregory. La caja era adornada con flores muy hermosas y vistosas. A su alrededor, había varios de sus compañeros más cercanos de su trabajo, buscando darle el último adiós. Esta vez, el féretro se encontraba cerrado, ya que el aspecto del hombre era bastante cruel, por lo que nadie se quejó cuando Mycroft ordenó que así fuera.
Eran pocos los reunidos en torno a ese lugar. Solo se encontraban los familiares más cercanos a Lestrade, como su madre y hermana menor, algunos compañeros de Scotland Yard, los habitantes de Baker Street, la familia Watson y la menuda patóloga del St. Barts. Por parte del político no había nadie, más que los amigos en común. Mycroft no era persona de muchos amigos, por lo que no vio necesario avisar a nadie. En cambio, sabía que su pareja sí, pero lo repentino de su muerte y lo rápido que actuó el pelirrojo, lograron evitar que la noticia se esparciera y los medios hicieran uso de ella.
— Mycroft — lo llamó el blogger de su hermano usando un tono de voz suave. El político ni se inmutó. — No puedes pedirnos que no nos preocupemos por ti, después de todo esto. Solo... solo queremos que sepas que estaremos aquí para ti, cualquier cosa.
El corazón se le encogió. Recordaba bien esas palabras. Lestrade las había dicho tiempo atrás a John durante el supuesto entierro de su hermano. Al parecer el doctor no era tan estúpido como aparentaba.
— Gracias, doctor Watson — le dedicó una pequeña sonrisa. — Lo tendré en cuenta.
Aún no terminaba de hablar cuando el llanto de una mujer, seguido por el nombre de su pareja siendo gritado por la misma mujer captó la atención de todos.
— Mi Greggy, mi amado Greggy — lloriqueaba la mujer que reconoció como Charlotte. Iba vestida con un largo vestido negro, un sombrero pequeño que hacia juego con sus altas zapatillas blancas. Un ramo de rosas rojas estaba situado entre sus brazos en un abrazo delicado. Aun cuando usaba lentes oscuros, Mycroft estaba seguro que unas falsas lágrimas resbalaban por sus mejillas.
— ¿Ella no es...? — comenzó la pregunta el Blogger.
— Charlotte — se apresuró a responder Sherlock al mismo tiempo que el político gruñía. El moreno sonrió de medio lado. — Siempre afirmas lo evidente, John.
Oyó respingar al hombre debido a aquellas palabras, más no quiso prestarles mucha atención. Sabía la próxima pregunta que haría el rubio solo por el hecho de que sabía la respuesta. Conocía a aquella mujer ya que había sido punto de su atención tiempo atrás, mientras aún seguía casada con Gregory. Y debido a ese mismo conocimiento todo mundo podía ver que su humor no era el mejor. Mycroft debía de mostrar el mejor rostro debido a su puesto en el gobierno, debía mostrarse amable frente a muchas personas que aborrecía solo por la buena imagen de lo que él representaba. Y no es que el hombre fuera sumiso, era más bien educado cuando quería y le convenía, pero cuando se requería podría volverse la peor pesadilla de cualquiera.
Y en esos momentos su humor no era el indicado para contenerse todo aquello que sentía hacia aquella mujer y su evidente hipocresía. Se retiró en el momento justo en el que John hizo aquella ridícula pregunta.
— Busca verse como la víctima para beneficiarse con la pensión que Lestrade le debía de dar cuando este muriera. Siempre tan lento, John. — oyó decir a Sherlock a lo lejos mientras sus pasos se dirigían discretamente al lado de la mujer que se había situado bajo la sombra de un árbol cerca del cuerpo del que fue su pareja.
Aún podía escuchar el fingido llanto de la mujer mientras la mirada de muchos se posaba sobre ellos. Le importó poco que lo vieran de aquella forma, él solo quería deshacerse de todo ello para poder irse al fin a su casa. Odiaba los funerales y en verdad no estaba soportando el estar en este.
— Charlotte — la llamó con brusquedad.
La mujer alzó la cabeza y se sonó la nariz.
— No creo que sea prudente que el amante y la ex-esposa estén en el mismo lugar, ¿qué va a pensar la gente?
— La gente siempre va a hablar, más no siempre acertará. Además, es fácil callarlas si las cosas se ponen difíciles.
Mycroft apretó su paraguas, haciendo uso de todo su auto control para mantenerse frío. Desde que había conocido a esa mujer, sabía que era de armas tomar y sus palabras tan viles como le fuera posible, más para el político era algo que podía manejar fácilmente.
Pudo observar como por un instante los labios de la mujer se alzaban hacia un costado, figurando una sonrisa burlona, que duró solo unos cuantos segundos antes de volver a su habitual máscara de falsa tristeza.
— Tienes razón — comenzó, tomando el brazo de Mycroft con cariño mientras se abrazaba a este, recargándose —, siempre hablan. Lo mejor es darnos apoyo mutuo... al fin y al cabo tú y yo fuimos las personas que más lo amamos en vida y lo seguiremos haciendo en muerte.
El pelirrojo soltó un bufido, divertido ante la escena. ¡Qué tan oportunista podía llegar a ser esa maldita mujer! Tomó su mano, siguiéndole el juego. Su vista se paseó fugazmente hacia su hermano, quien había comenzado a contener unas risas mientras le susurraba algo al pobre doctor que parecía perdido y molesto con su compañero.
— Siempre le decía a Greg — continuó la mujer llamando su atención, más él no apartó la vista del frente — que todo llega a su fin, nada es eterno, a excepción de las habladurías de las personas. ¡Ni la vida misma es eterna!
Tras esto, la mujer acercó la mano al ataúd, jalando consigo al pelirrojo, quien parecía perder poco a poco la paciencia. ¿En qué momento la mujer sacaría el tema a flote?
La mirada del político se perdió en el cielo, las nubes parecían que iban a ceder ante la presión del agua, más todo aquello parecía banal, vacío. Todo alrededor de Mycroft comenzaba a ir más lento y eso le fastidiaba. Quería que todo acabará pronto o sino sufriría de un gran ataque de ansiedad, algo que se había vuelto muy común últimamente en la ajetreada vida del pelirrojo cuando las cosas no iban como quería o cuando el tiempo no iba a su favor. Y todo lo que quería era huir de ahí y mandar todo al demonio y encerrarse en su mundo en donde él podía manipular y controlar todo.
Para su mala suerte, el cielo cedió tras unos minutos que pasó al lado de aquella mujer, la cual lanzó una molesta exclamación en contra de la lluvia. Mycroft suspiró mientras extendía su paraguas y los cubría a ambos de la lluvia. Aquello le hizo vivir un déjà vu, con la única diferencia de quien en esa ocasión quién le tomaba el brazo no era la mujer, sino Gregory Lestrade. Recordó que esa fue la primera vez que vio al hombre llorar en silencio.
El sacerdote se acercó al ataúd y convocó a todas las personas que ahí estaban para comenzar la ceremonia. Las oraciones se alzaron y el político pensó que aquella farsa debía llegar a su fin. Nunca fue devoto ni creyente por lo que no rezó nada, en cambio pronunció las siguientes palabras:
— Dejémonos de ridiculeces y hablemos de lo que te interesa en verdad. La pensión y gran parte del seguro de vida se te será transferido. El suficiente para que puedas vivir lejos de mi presencia.
» El pago se te seguirá depositando cada mes en la misma cuenta.
Oyó a la mujer suspirar de alivio, al mismo tiempo que el agarre se iba deshaciendo.
— En verdad que no me arrepiento de ninguna de mis decisiones, si todas iban a llevarme a este momento tan dichoso y fructífero — su voz fue descarada, ni siquiera se esforzó por ocultar su regocijo. Aún no entendía cómo es que el detective se había involucrado con semejante mujer.
Mycroft contuvo con todas sus fuerzas su impulso de lanzar a la mujer al agujero que habían hecho para depositar el ataúd de su pareja. Sus ojos se desviaron por un momento y pudo observar como Sherlock le asentía mientras una diminuta sonrisa burlona se pintaba en su rostro. Odiaba que ambos se supieran leer a la perfección.
— Bueno — lo sacó de sus pensamientos la molesta voz de Charlotte —, una vez asegurado esto, supongo que ya no soy necesaria aquí — llevó su mano a la del político, la que sostenía la sombrilla, y comenzó a tomarla sin mucho esfuerzos, Mycroft no ponía resistencia alguna. Una vez logró sujetarla, Charlotte giró su cabeza hacia el político y le dedicó una enorme sonrisa, en la cual podía leerse la victoria de ella y el asco que sentía hacia el pelirrojo. — Espero y tengas una larga y asquerosa vida, Gaycroft Holmes.
— Y tú una tortuosa y enferma. Por cierto, ¿Cómo la llevas con el Sida? — arremetió de manera educada y grácil, harto de aparentar control y ser el hombre más prudente cuando en realidad detestaba todo a su alrededor.
La sonrisa se desvaneció del rostro de la mujer para después simplemente retirarse de ahí, llevándose el paraguas del político, dejándolo desprotegido de la lluvia, algo que en verdad no le importó como tampoco le importó que las risas de Sherlock se hayan salido de control en medio de una ceremonia religiosa.
Era bueno poder ser él. Mycroft sólo se permitía esto cuando estaba a solas en su hogar ya que nadie más podía verlo, era más íntimo, su refugio. Más aun así se podía permitir una excepción: sólo podía ser realmente él frente solo a una persona, para su desgracia, esta se encontraba frente a él, en un ataúd. Aquello no hizo más que hacerlo sentir vacío.
El choque del agua contra la ventana retumbaba con fuerza en toda la habitación, siendo el único ruido que había en aquel lugar. Toda la habitación estaba en penumbra y eso le sentaba tan bien a su temple.
Ya había pasado dos horas desde que el cuerpo de Gregory había sido sepultado, una hora desde que habían regresado, había tomado un baño y que le había dicho a Sherlock en persona que no necesitaba nada más y que estaba bien y dos minutos desde que le había gritado a Sherlock que lo dejara en paz a través de la línea telefónica.
Este era su día. Anthea había arreglado para que en el gobierno le cedieran un momento de descanso, aun cuando no estaba de acuerdo con ello. Los días inactivos para él lo hacían pensar mucho en cosas que siempre evitaba, pero la mujer había insistido en que necesitaba descansar.
Acarició por un instante el cristal del vaso vacío en donde antes había estado tomando algo más fuerte que su tradicional vino, su mente no estaba para algo ligero. Su vista iba de un lado a otro de la habitación, haciendo evidente lo vacía que estaba. Todo estaba tan callado, tan solitario, tal y como era antes de que vivieran juntos, tal y como era antes de haberse enamorado de Gregory Lestrade…
Y es que le era imposible no comparar las cosas viendo lo enormemente evidente. Gregory había sido como la luz en su vida, su calma en su tormenta, su risa en el silencio. Adoraba su risa, la forma en como le sonreía cada vez que lo veía acercarse. Pocas personas en lo que llevaba de vida le habían sonreído de esa forma, posando sus grandes ojos sobre él como si adorara su presencia, como si eso significara que todo estaría bien, que todo era bueno, que el mundo podía irse a la mierda solo si él podía estar de nuevo a su lado. Todo aquello a Mycroft lo reconfortaba, puesto que todo a su alrededor era aparentar, ser el hombre perfecto frente a los otros mientras era visto como un ente de destrucción. El mundo entero sabía que cuando Mycroft Holmes arribaba a donde uno estaba, solo podía significar que estarías por tomar la decisión más importante de tu vida y que después de eso todo acabaría, que todo llegaba a su fin o que todo terminaría yéndose al demonio. Solo podías estar seguro de una sola cosa: que la presencia de ese político significaba peligro.
Pero no para Gregory. El pelirrojo podía ver eso en sus ojos, en su sonrisa y en su risa; en cada momento que estaba a su lado, cada vez que acariciaba su piel, cada vez que lo besaba, el político podía sentir que el policía era diferente, él no temía al verlo, no lo rechazaba ni mucho menos lo odiaba. Por su puesto que no lo hacía, Gregory lo amaba, era algo evidente que él mismo sentía cada vez que llegaba por él a su trabajo y lo "tomaba prestado" por asuntos "de política", era evidente cada vez que lo tumbaba sobre su cama mientras lo llenaba de besos y acariciaba su desnudo pecho haciéndolo gemir una y otra vez su nombre.
Y ahora todo eso era más que un efímero recuerdo de lo que fue y ya no será…
El eco de unas risas acompañó al estruendo de la lluvia, haciéndolo arrugar el ceño. Por eso era que aborrecía con todo su ser a Anthea. Odiaba la inactividad porque su mente lo hacía dar vueltas en cosas que no debía de hacer. Mycroft intentaba no sentirse más miserable y solo por lo que no podía permitirse estar quieto.
Apresurado, se puso en pie y, tomando el vaso y la botella vacía de coñac, abandonó la habitación no sin antes detallar el largo sofá que había al lado en donde antes él estuvo sentado. Aquel era el lugar preferido de Gregory, ese lugar en el que adoraba recostarse cuando llegaba cansado de un día laboral muy pesado y trataba de esperarlo para así ir juntos a la cama.
Gregory. Su Gregory. Las risas volvieron a resonar de nuevo y no tuvo más opción que ir a esconderse a su despacho. Al menos en ese lugar podría comenzar trabajar en el caso de su fallecida pareja sin tener ningún distractor alucinatorio.
Mycroft tenía una perfecta mente para su trabajo. Todo momento que vivía, era analizado y almacenado tal cual en su enorme base de datos mental. A diferencia de su hermano menor, toda la información que entraba a la mente del político eran armas o herramientas que podía utilizar en cualquier momento contra cualquier persona que intentara perjudicarlo, por eso no podía darse el lujo de suprimir y olvidar cosas como lo hacía Sherlock, era por eso que cada centímetro de esa casa guardaba un dato especifico de la presencia de Gregory Lestrade, a excepción de aquel despacho el cual era sagrado para el hombre, por lo cual lo volvía una perfecta burbuja de protección contra la creciente marea de recuerdos que lo venían acechando. Suficiente había sido el verlo identificado en ese estado, no quería seguir siendo torturado por millones de recuerdos más.
Sacó unas carpetas que tenía en sus archiveros y se dispuso a trabajar.
Mary entendía bien el papel que jugaba ella en la vida de John Watson. Ese puesto, en lo alto de aquella torre en la que había un gran pedestal en donde había otro hombre que compartía su lugar. Nunca le había molestado ello, de hecho era un gran privilegio para ella el estar situada al lado de ese hombre, de Sherlock Holmes. Muchas de sus amistades le decían lo malo que era el compartir un hombre que parecía igual o más casado con su mejor amigo que con su verdadera esposa. Pero solo ella sabía la verdad, ya que ella podía ver igual que el detective, pero con la ventaja de que ella entendía a la raza humana.
Nunca se quejó de las veces en las que John desaparecía a media noche, despidiéndose con un beso en la frente, para salir huyendo al lado de Sherlock; como tampoco lo hizo las veces en las que su esposo prefirió la compañía de su mejor amigo que la suya. Ella comprendía muy bien y disfrutaba de ello, puesto que sentía que John estaba feliz y completo teniendo una vida así. A ella le daba su tiempo, lugar y espacio en su vida, al igual que lo hacía con el moreno, a cada uno le daba lo suficiente y ninguno ponía queja. De hecho, Mary podía llegar incluso a comprender mejor a Sherlock que el mismo John, era muy sencillo de hecho, pero tenía su nivel de dificultad, pero una vez que lograbas descifrarlo te dabas cuentas que lo evidente se te estaba restregando en el rostro y uno solo fingía no ver en realidad.
Por eso no se alarmó de la forma en que lo hizo John al encontrar a Sherlock y a todo el departamento hecho un desastre mientras que el propietario de aquel lugar iba de un lado a otro enredado en una sábana que apenas lograba cubrirlo mientras parecía murmurar palabras sin sentido. Lo entendía, más de lo que John imaginaba.
Mary agradeció haber dejado a la niña comiendo galletas en el piso inferior con la señora Hudson, ya que no quería destruir la poca inocencia que aquella energética niña aún conservaba.
— ¡Pero qué demonios…! — soltó después de un breve silencio John denotando su creciente estado de alarma.
— Antes de que siquiera lo pienses — lo interrumpió el moreno sin dejar su andar caótico de aquí y allá —: estoy limpio. Es solo que he tenido una idea en medio de un sueño y no podía dejarla escapar tan fácil.
— Pe-pero… ¡¿Qué significa todo esto?! — volvió a insistir el rubio moviendo sus brazos tratando de abarcar todo a su alrededor.
Sherlock soltó un bufido.
— John, ¡John! ¡JOHN! — repitió elevando su voz mientras dejaba su andar precipitadamente provocando que su sábana se deslizara por su cuerpo hasta el suelo, Mary soltó unas risas rodando los ojos hacía otro lado y John solo desvió su mirada. — ¡Siempre miras más no observas! — caminó hasta donde estaba antes de detenerse y tomó una pieza de papel que había sujetado a la pared con un pincho de color rojo, para luego ir a presentárselos frente a ellos. — Esto es una nota del periódico que salió hace unos días acerca de una nueva banda de delincuentes que comenzaba a realizar negocios ilícitos de muy alto nivel y a la cual fue capturada de la manera más ridícula posible.
— Ya veo… — susurró fijando sus ojos a otro sitio.
Sherlock gruñó para luego cruzarse de brazos.
— ¿Se puede saber cuál es el drama? — preguntó molestó el moreno, lo que provocó que John soltara un suspiro. — Porque no le veo cabida a su comportamiento.
— Estás desnudo, Sherlock — se le adelantó Mary, acercándose con una sonrisa al detective.
El moreno se autoevaluó antes de volver a encarar a la mujer.
— Eso es obvio, pero aun no veo el problema…
John carraspeó, llamando la atención de Sherlock, para después señalar con su cabeza a la sonriente rubia que pasaba por su lado hasta donde se encontraba la sábana blanca.
— ¡Oh! — exclamó moviendo la hoja que llevaba en su mano, buscando cubrir su parte delantera. — Disculpa, Mary.
La aludida le tendió la sábana y le dedicó una sonrisa.
— Es tu casa, tú puedes vestir como quieras en ella.
El moreno le devolvió la sonrisa y tomó la sábana para después enredarse en ella. Movió la hoja de donde la había colocado y volvió a alzarla al aire como lo había hecho antes.
— Como iba diciendo — continuó mientras John rodaba los ojos y se cruzaba de brazos — esta banda no era ninguna amenaza a la seguridad, de hecho, por los movimientos, puedo decir que no eran más que unos sujetos que solo buscaban aparentar ser más, una treta de ser respetados o algo así. El motivo por el cual hayan sido apresados es realmente ridículo… En verdad, es sumamente alentadora esta información.
— ¿Y? — interrumpió el médico. — Sherlock, puedo apostarte que no todos entendemos tu punto — aquellas palabras generaron una mueca de disgusto al detective, quien parecía tener un temperamento muy cambiante desde el entierro que había sido un día antes. — Si dejaras de alardear tu intelecto y… — John se acarició el puente de la nariz, mostrándose sumamente cansado —, ve al punto, Sherlock. ¿Qué descubriste?
Cuando John le había propuesto esa mañana el pasar a ver al detective para ver como seguía —puesto que el día anterior, una vez abandonaron la casa de Mycroft, el moreno se había ido a sentar en su sillón, juntó sus manos sobre su rostro y mantuvo su vista al frente, para simple y sencillamente dejar de moverse durante toda la tarde y parte de la noche, a excepción del momento en que tomó su celular e hizo una llamada a su hermano preguntando sobre su estado, haciendo que tanto John como Mary se preocuparan de su estado de mutismo al percatarse de que el detective se había quedado dormido, algo no común en él, por lo que tuvieron que ir a acostarlo a su cama entre los dos para luego pedirle a la señora Hudson que le echara un ojo —, Mary nunca se imaginó encontrarlo en ese estado, ni mucho menos se esperó las palabras que salieron a continuación de su boca mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa de satisfacción:
— Tengo gran parte del rompecabezas que nos ayudará a resolver el asesinato de Lestrade.
Mary Morstan entendía su lugar en la vida de John Watson. Nunca había tenido queja, ni nunca se había sentido menos por ello. Sherlock jugaba un papel muy importante, al igual que ella, en la vida de John. Pero aun así no pudo sentir una pizca de dolor en su interior cuando la sonrisa de John se ensanchó para luego darle paso a las adulaciones que siempre le daba su esposo al detective cuando este decía algo inteligente. Los ojos de John posados sobre los de Sherlock, una mirada profunda y llena de orgullo que ella nunca antes había recibido de parte de su esposo. Sherlock correspondió a esa mirada y parecía ser que en aquella habitación solo existían ellos dos.
No hay que equivocarse, John amaba a su esposa y ella era consciente de ello, como también ella adoraba la presencia de Sherlock en sus vidas; pero había momentos en los que deseaba muy en el fondo de su ser que Sherlock no estuviera ahí, más luego rápidamente la desechaba, porque ella sabía su lugar en el mundo de John Watson, como también conocía el lugar del detective, y sabía que nunca podía desaparecer de este puesto que las miradas que seguían a continuación de ese momento, las cuales eran para ella, eran diferentes pero también eran únicas, solo ella las recibía y eso la hacía sentir bien. Por ello también respondía con una sonrisa y aparentaba que ese pequeño desliz nunca ocurría.
— Y bien, ¿Por dónde empezamos? — preguntó con entusiasmo su esposo.
La sonrisa del moreno creció.
— Que el juego comience.
El ambiente del Club Diógenes le reconfortó y los transportó a una seguridad que creía había perdido. Un día, era lo único que había soportado estar fuera de su ambiente laboral. Un día. Claro que Anthea lo había amonestado con la mirada, más no se atrevió a decirle nada cuando lo vio entrar a su oficina y comenzó a montar todo para retomar su rutina habitual.
Parecía mejorado, más tranquilo. Pero la verdad es que Mycroft Holmes no había soportado el estar solo por tanto tiempo. Era por ello que había ordenado a su asistente el que reacomodara todas citas pendientes para ese día, dejándole tiempo para pasar, por lo menos, una hora al club.
El silencio del lugar y la compañía de aquellos respetados hombres los cuales parecía inmersos en sus propios mundos ayudaron al político salir del ligero estrés que le había generado las juntas que había tenido en aquella mañana. Su secretaría había insistido en que tomara un descanso a la hora de comer, pero el pelirrojo prefirió pasar su hora de descanso y de almuerzo en aquel sillón que tanto le agradaba usar.
Le hizo la señal a uno de los encargados del lugar en un lenguaje que él estaba acostumbrado a usar en aquel lugar que tenía prohibido el ruido, a lo que el hombre solo asintió y se retiró del lugar.
Mycroft se cruzó de piernas y se llevó una mano a la sien para comenzar a masajearla. Extrañaba el estrés del trabajo, era algo que lo hacía sentir vivo y le llenaba la mente de muchas cosas que opacaban otras que deseaba no pensar. Su mano izquierda, la cual estaba sobre el apoyabrazos del sillón, comenzó a juguetear con el grabado del mueble, tratando de enfocar su mente en otra cosa.
Cuando el hombre del servicio volvió, le entregó al pelirrojo su usual taza de té y el periódico del día. Mycroft agradeció y mandó retirar al hombre. Le dio un sorbo a la taza, sintiendo como la infusión se adhería a su garganta, entregándole sus propiedades de relajación, suavizando todo a su paso con ese toque dulce exacto que el tanto adoraba. Dejó la taza sobre la mesita de al lado y se enfocó a leer el periódico. Desde que tenía memoria, adoraba leer el periódico, y debido a su profesión debía de estar al tanto de todas las noticias políticas que había y de todo lo que se publicaba, no quería que ningún error se cometiera con las notas que él mandaba a editar y publicar.
Una vez terminado de leer y cerciorarse que todo estaba en orden, su curiosidad lo llevó a la sección policiaca, otro hábito que había adquirido debido a que su hermano solía meterse en mucho de los enigmas ahí expuestos, una medida de vigilancia primitiva que tenía. Su corazón se detuvo ante una nota que no esperaba ver.
MUERE DI DE SCOTLAND YARD DURANTE CASO
Su corazón comenzó a latir con fuerza ante el simple título. Se adentró en la nota con avidez tratando de entender que era lo que estaba pasando. En ella estaban escrito con lujo detalle los hechos ocurridos, en algunos momentos parecían diferir mucho de la realidad y otros solían ser tan precisos que solo lograban que volviera a revivir aquellos hechos. ¿Quién demonios se había atrevido a soltar dicha información? Se suponía que los únicos que tenían toda la historia completa eran los de Scotland Yard, y recordaba haber sido muy específico al momento de prohibirles el sacar a colación alguna información referida a lo acontecido con quien fue su pareja y supuso que, por respeto a su jefe, iban a obedecerlo. Parecía ser que se había equivocado, como en muchas cosas últimamente. Al parecer estaba perdiendo el toque.
Pero, ¿Qué se supone que estaba pasando? Se suponía que nada de lo ocurrido saldría a relucir hasta que él diera con las personas que cometieron aquello y los hiciera sufrir al punto en que suplicaran por una muerte rápida y ni aun así Mycroft tendría piedad de ellos. Además, ¿Qué le importaba a la prensa la vida de su difunta pareja? Cierto que era un Detective Inspector de Scotland Yard, pero aun con ello, no tenían derecho de meterse y manipular de esa forma los sucesos que lo llevaron a su muerte, como si de un mísero chisme se tratara.
La fotografía de Gregory que acompañaba a la nota logró sacarlo del halo de ira que había comenzado a construir debido a ese fallo en su plan. La mirada apacigua y aquella encantadora sonrisa logró un efecto de bálsamo en él. Aquellos ojos tan llenos de vida y de ensoñación lo cautivaron, como si en verdad lo estuviera viendo a él. Mycroft siempre los buscaba solo para poder sentirse mejor cuando la presión del trabajo y el cansancio habían sobrepasado su límite.
Su mano acarició la imagen mientras su mente trataba de recrear la sensación de su piel, su calor y su suavidad. Aquello no lo hizo más que llevarlo a un momento que tenía grabado con fuego en su mente. Y lejos de ser un encuentro erótico o su primer beso, fue aquella primera vez que lo vio y pudo acariciarlo por primera vez.
Y es que, si podía y debía guardar en su mente cada encuentro que tenía por asuntos de su trabajo, cuanto más se daba el privilegio de guardar aquellos momentos que el más habían significado en su vida; y ese encuentro no había sido la excepción.
El político había sido llamado por Anthea, la cual era su segundo día en su trabajo y ya había tenido que arreglar varios asuntos de estado que una persona promedio no hubiera podido lograr ni siquiera en una semana. Pero Anthea no era una persona promedio. Por ello la tenía a su mando, ella, entre un gran número de candidatos había sido la única que había logrado llenar todos los requisitos, inclusive sobrepasarlos, sin ninguna queja y contratiempo. El único inconveniente que le había encontrado a dicha mujer era que nunca se despegaba del aparato telefónico que le habían dado. Pero, aun con eso, no dejaba de hacer eficiente su trabajo.
Anthea, sin despegar su rostro del localizador y del teléfono celular, le pasó el mensaje de que su hermano había sido encarcelado por haber interferido en una escena del crimen del departamento de policía. El pelirrojo gruñó molesto y no tuvo más alternativa que lanzarse hacia ese lugar para sacar de la cárcel a su hermano. Debido a sus cargos políticos no podría permitirse tener un hermano encarcelado por motivos sumamente inquietantes.
Una vez arribó a Scotland Yard, entró a dicho edificio sin importarle ninguna regla en absoluto. Estaba molesto con Sherlock y nadie iba a impedirle el descargar su furia contra su molesto hermano menor. Cuando cruzó el área que separaba las celdas del pasillo, un hombre un poco más bajo que él, pero de mayor edad, comenzó a perseguirlo, tratando de detenerlo. Mycroft lo ignoró olímpicamente y apresuró su paso hasta situarse al frente de la celda en donde se encontraba el moreno. Le dio una rápida inspección y logró confirmar lo que había supuesto una vez que Anthea le pasó el mensaje. Sherlock se encontraba bajo la influencia de alguna droga, no se veía tan consumido como lo había estado en otras ocasiones, pero eso no significaba que estuviera bien que hubiera vuelto a recaer en las drogas.
Sherlock le sonrió de manera estúpida mientras él solo lo miraba de manera reprobatoria.
— Esperaba ver si podías cumplir tu record en aparecer cuando estoy en problemas — arrastró las palabras mientras comenzó a andar lo más firme que pudo. Al parecer había experimentado con más de una sola droga en esa noche. Se sujetó de los barrotes y pegó su rostro a estos. — Parece ser que cada vez superas tu propia marca, Mike.
El pelirrojo arrugó el ceño ante la mención de aquel mote que su madre le insistía en decir cada vez que lo llamaba. Aun no terminaba de entender como es que la mujer se había empeñado en ponerle un nombre único y tan complicado, sino tenía pensado en usarlo cada vez que lo llamaba.
— Espero no hayas hecho nada estúpido esta vez, querido Sherly — le regresó el político con desdén, acto que el aludido respondió con un fuerte bufido, para luego separarse de los barrotes y comenzar dar vueltas por todo el lugar, como si de un león enjaulado se tratara.
— ¡Disculpe, señor! — gritó una voz por el pasillo, acercándose a una gran velocidad. Mycroft lo ignoró de nuevo, no quería perder el tiempo con otro ser humano igual de molesto que su hermano. — ¡Señor, no puede estar aquí!
El recién llegado se situó al lado del político y lo tomó del hombro para hacerse notar. Mycroft, quien se había recargado en su sombrilla, observó por el rabillo del ojo con molestia y no pudo sentirse perdido al percatarse de la persona que había llegado.
Un hombre, que no aparentaba tener más de cuarenta años, con el cabello adornado con un número contado de canas que le agregaba un buen porte, una mirada firme, un mentón bien delineado y un porte que no hacía más que agregarle masculinidad a su personalidad. Detalló cada dato de él que pudo mientras lo escaneaba de pies a cabeza. Cada parte de su vida fue desfilando ante él. Pero aun así, a pesar de leer todo, no pudo evitar sentir una enorme necesidad de escuchar su voz una vez más y de seguir viéndolo por mucho más tiempo.
Su miraba lo estaba escudriñando de regreso, como tratando de compensar su silencio.
Por más que quiso seguir en ese juego de miradas, Mycroft sabía cómo controlarse ante otras personas para poder aparentar.
— Señor… — volvió a insistir.
— Lo sé — lo interrumpió el político con su vista fija en su drogadicto hermano.
— ¿Lo conoce? — sacó a relucir lo evidente. Al parecer tenía cierto nivel de lógica.
Mycroft apretó el mango de su paraguas mientras Sherlock volvía a fijar su mirada en él y dejaba relucir una traviesa sonrisa.
— Solo puedo dejarle saber que estoy aquí por él — soltó un tanto cortante. Algo dentro de él se revolvió debido al tono brusco que había utilizado para el apuesto hombre. — Y que necesito que lo deje en libertad ahora mismo. Se viene conmigo.
— No puedo hacer eso — refutó el otro con voz firme. — El hombre ha irrumpido en una escena de crimen en un estado factible de consumo de drogas. Debe de permanecer aquí hasta que pueda tomarle declaración.
— Eso ya lo sé. Y créame, no estoy muy contento que digamos por ello.
La mirada de Mycroft se endureció frente al moreno por unos instantes para luego girar su rostro y encarar al oficial que estaba a su lado. Su mirada seguía firme y segura, pero ya no era tan dura como antes.
— Pero tengo que llevármelo sin ningún impedimento.
— Eso es imposible…
— Verá que — sacó su teléfono celular y comenzó a realizar unos mensajes con su mano libre a una gran velocidad, — que una vez termine con algo, esta conversación pasará a ser innecesaria.
Y tal como había dicho, pasado unos minutos, Mycroft se encontraba con Sherlock a su lado, libre y terminando unos papeleos que le hicieron firmar en donde se dictaba que aquello no había sido más que un simple malentendido.
La mirada del oficial se clavó sobre el pelirrojo con resentimiento mientras veía a Sherlock avanzar por el pasillo en libertad al lado del otro hombre. El moreno se detuvo y, sin dar explicaciones al hombre más alto, regresó a donde estaba el oficial de cabello castaño, tomó un papel de la recepción y le arrebató el bolígrafo a la mujer que se encargaba del papeleo en aquel lugar.
— El asesino fue el motociclista, tenía muchos más motivos de los que aparentó decir en aquella escena — garabateó unas oraciones con rapidez y luego le pasó el papel a un confuso oficial. Le dedicó una sonrisa un tanto dispar. — Hazle estás exactas preguntas y estate listo en caso de que huya entre la tercera y la cuarta pregunta. Si quieres a tu asesino, tendrás que confiar en mí y hacer exactamente lo que aquí está escrito.
Y tras decir eso, le guiñó el ojo y aventó el bolígrafo hacia quien sabe dónde, para después alcanzar al hombre de la sombrilla.
Mycroft sabía que sus encuentros no se iban a limitar a solo esa ocasión, puesto que conociendo a su hermano, sabía que seguiría inmiscuyendose en más escenas de crimines que le parecieran interesantes. Lo que también sabía es que seguiría encontrándose con aquel oficial lo que le originaría más visitas a las celdas y vueltas innecesarias, por lo que decidió concretar una cita en privado con aquel hombre de la única forma que conocía y le parecía de lo más segura.
Lo esperó en el almacén abandonado al que había accedido hace unos meses atrás debido a una jugarreta chueca de uno de los funcionarios. Tras diez minutos, un auto negro se estacionó frente a él dentro de aquel enorme y vacío almacén. El chofer salió y abrió la puerta de atrás, para después sacar a su pasajero el cual tenía cubierto la cabeza con una bolsa negra y sus manos se encontraban esposadas por la parte de atrás. Algo salvaje a su gusto, pero no podía evitar un poco el dramatismo.
El sujeto pataleaba con fuerza mientras gritaba una que otra palabrota. Lo condujeron hasta una silla que estaba frente al político y lo obligaron a sentarse ahí. Mycroft hizo una señal con la cabeza y el hombre fue liberado de la bolsa.
— Disculpa el trato, Gregory — lo llamó Mycroft con una voz firme. Sabía su nombre, no necesitaba preguntárselo, porque había averiguado todo sobre él antes de concienciar dicha cita con el oficial. Los ojos de Gregory denotaban ira, pero el miedo fue palpable al escuchar su nombre de la voz de aquel hombre desconocido para él. — Puedo liberarle de las esposas, si gusta. Pero en cambio debe prometerme que no hará algo estúpido.
Gregory soltó una ligera risa, de su vista desapareció todo rastro de miedo.
— Y lo dice el hombre que me secuestra y después me pide una disculpa — sonó irónico.
— No pienso hacerle daño, Oficial Lestrade — trató de sonar convincente.
— Yo no puedo prometerle eso, Señor Influyente — se burló mientras desviaba la vista y comenzaba a escudriñar todo el lugar. — Espero que esto no tenga que ver con algo que le dije durante su estancia en la comisaria de Scotland Yard.
— En lo absoluto — aseguró mientras apoyaba su sombrilla hacia su izquierda. — De hecho, tengo un trato que proponerle, Oficial.
— Supongo que si acepto su trato, usted me perdonará la vida, ¿cierto? — volvió su vista al Mycroft, desafiante.
Aquello le agradó al funcionario político. No había miedo en su tono de voz, siempre firme y desafiante. Ahora entendía la insistencia de su hermano de inmiscuirse en los casos en los que este hombre estaba presente.
— Oh, por supuesto que no. Su vida no está en peligro alguno. Al contrario, si usted accede a mi trato, yo mismo seré quien le retire las esposas y su camino de regreso a casa será libre de la bolsa y de dichos artefactos.
Gregory alzó una ceja confundido.
— No pienso hacer un trato con una persona que ni siquiera conozco — expuso un tanto serio. — Además, que clase de intimidación es esta si no está amenazando mi vida.
Mycroft sonrió. Esperaba que la conversación llegara a eso. Sacó de su chaqueta una pequeña libreta, la cual abrió en un punto en específico y comenzó a leer.
— "Gregory 'Greg' Lestrade. Edad: 40 años. Nacido el 30 de Junio de 1963 en la ciudad Wandsworth, Inglaterra. Estas casado con una mujer de 36 años, la cual lleva por nombre Charlotte Lewis, con la cual llevas 10 años casados y no has podido tener hijo alguno debido a la infertilidad de ella. Eres parte del departamento de Balística en Scotland Yard. Eres unos de los candidatos a ser promovido como Detective Inspector debido a tus habilidades deductivas."
Gregory se encontraba perplejo ante aquello mientras que en sus ojos se podían leer la gran interrogante: "¿Cómo es que demonios sabía todo eso?"
— ¿Puedo seguir? — alzó la vista y la posó sobre los ojos marrones del hombre en la silla.
Le tomó unos segundos a Lestrade salir de su estado para luego pasar a la resignación.
— ¿Qué es lo que quiere?
Mycroft cerró su libreta y la guardó en su chaqueta con una sonrisa de autosuficiencia.
— Que le permita a Sherlock Holmes entrar y salir de las escenas de crímenes con toda libertad.
— ¿Se refiere al drogadicto que encerré la otra noche? — preguntó con sorpresa, alzando una ceja.
— Si se refiere al hombre que resolvió el caso esa noche, si — puntualizó con desdén, dándole crédito a su hermano, aun cuando sabía que no se lo merecía.
Lestrade pareció meditárselo unos instantes.
— ¿Por qué debo de permitir aquello? — cuestionó curioso. — ¿Qué gano yo, y que gana usted, con todo esto?
— Que Scotland Yard resuelva sus casos con más rapidez y eficiencia — el castaño soltó un bufido molesto. El pelirrojo rodó los ojos, cansado, ante aquello. — Usted mismo lo ha visto con sus propios ojos como lo hace. Debe entender que es un bien para la policía.
»Además, es posible que sea elegido como el mejor candidato al puesto que tanto desea obtener — agregó.
Lestrade lo miró por unos instantes para después romper una potente carcajada, que alertó al chofer que a la vez le hacía de la seguridad personal de Mycroft y comenzó a acercarse hasta donde estaba Gregory, pero desistió ante una señal que el político le hizo con la cabeza.
— Es-esto — comenzó una vez que terminó de reírse, trataba de mantener la compostura — es lo más ridículo que he escuchado e-en toda mi vida.
— No debería de burlarse de mí, Oficial Lestrade. No me quiere ganar de enemigo — señaló cansado de todo aquello, su mirada firme y desafiante, tratando de someter a la del castaño quien no parecía ceder.
Se fue acercando, tratando de intimidar al hombre frente a él, el cual parecía no soportar la cercanía del otro hombre a medida que se iba acercando, pero ni aun así su mirada parecía desistir.
— Escuche — su voz había tomado un tono más sombrío, más grave —, solo quiero pedirle un favor: el que le permita estar en los casos para de esta forma poder mantenerlo vigilado. Es todo lo que le pido y quiero que cumpla al pie de la letra. Usted no pierde nada, en cambio, ganará muchos beneficios. Solo debe de aceptar el trato y todo este teatro que hemos montado en este lugar habrá terminado — sacó de su bolsillo la llave de las esposas y se la enseñó al otro hombre. — ¿Acepta?
Lestrade se mordió el labio indeciso, posando su vista en la llave que se balanceaba frente a él.
— ¿Cómo puedo estar seguro que esto no se trata de una treta? — alzó la vista hacía el rostro de Mycroft, haciendo que el corazón del pelirrojo comenzara a latir un poco más a prisa.
Tragó saliva y trató de recuperar la compostura.
— Le aseguro que todo esto es de lo más cierto.
— No puedo confiar en su palabra. No conozco ni siquiera su nombre, Señor — apuntó con voz seria.
Mycroft alzó una ceja ante aquello. Apretó el mango de la sombrilla y se atrevió a hacer algo que nunca antes había hecho en ese tipo de situaciones, pero Gregory Lestrade lo impulsaba a usar cualquier carta para hacer que confiara en él, aun cuando esta sea un tanto estúpida y arriesgada.
Se posicionó detrás de la silla donde se encontraba el castaño y, con la llave que llevaba, lo liberó de las esposas que lo mantenían sujeto a aquella silla. Volvió a su lugar, frente a la silla, y esperó a que el hombre hiciera el resto del trabajo en quitarse las esposas. Lestrade se puso en pie mientras se acariciaba las muñecas tratando de desaparecer la sensación de traerlas puestas.
Lo siguiente que aconteció salió contra todo lo previsto que Mycroft Holmes tenía. El hombre lo observó por unos instantes con algo de recelo para después dedicarle una agradable sonrisa y tenderle la mano en son de paz.
— Mi nombre es Gregory Lestrade. Aunque creo que eso usted ya lo sabe — se llevó una mano a la nuca mientras comenzaba a rascarse la parte trasera de su cabeza. — Y creo que voy a aceptar el trato que me propone…
Mycroft tardó unos instantes en salir de su ensoñación antes de volver a la realidad y tenderle la mano al hombre y completar su saludo.
— Mycroft Holmes — se presentó sin más, tratando que su voz fuera la más etérea que pudiera. — Y es bueno saber que aceptara sin que se le tuviera que forzar.
La mirada de Gregory reveló la sorpresa ante aquel comentario revelado por el hombre. Pero aquello fue inevitable no decir, ya que Mycroft, aunque en aquellos momentos no lo aceptara, se había perdido en ese simple agarre que ambos compartían. El sentir la rasposa piel de la mano de Gregory contra la suya lo hizo experimentar sensaciones que nunca antes había tenido y con todo su ser pedía que aquel agarre nunca terminara, que fuera eterno y que pudiera llevárselo hasta que él lo decidiera. Pero el tiempo debía seguir y la realidad lo abrumó al recordarle que aquello que deseaba le era imposible en este mundo y en cualquier otro. Por lo que no tuvo más remedio que grabar a fuego aquel momento en su mente y esperar que le fuera eterno.
Se separaron y Mycroft lo observó con mucho detenimiento. Hizo un movimiento con la cabeza sin apartar nunca la mirada del castaño.
— Por ahora sería todo, Oficial Lestrade. Lo llevaran de vuelta a su casa y confiaré en su discreción para que no revele nada de lo que en esta junta se habló.
» En cuanto sea necesario, yo lo llamaré para mantenerme al tanto de todo lo ocurrido, Oficial.
Lestrade sonrió de vuelta y se dirigió a la puerta del auto.
— Estese seguro, señor, que con nadie hablaré sobre la vigilancia que pondrá sobre su hermano.
Y dicho esto se introdujo en el auto, cerrando la puerta tras de sí. Dejando a un Mycroft Holmes completamente anonadado.
Supuso que eso fue lo que más le cautivó de él, lo que más amó, su enorme intuición y su gran capacidad para nunca mantener su boca cerrada aun cuando su vida dependiera de ello. Nunca calló lo que sentía y nunca se guardó nada de lo que sentía frente alguno de los Holmes. Mucho menos ante él.
Por eso al verlo en una foto en el periódico, dos días después de haber visto su cuerpo en aquella mesa fría, la caricia que le daba al papel, no podía comparársele, por más que reviviera aquel acontecimiento, al acariciar de verdad la piel de su pareja.
Todo aquello lo hizo volver al estado del día anterior, ese punzante dolor que se alojaba en su pecho, por lo que no optó más que cerrar ese periódico y doblarlo para dejarlo a un lado de él. Llevó sus manos juntas a su rostro y trató de recuperar la compostura. No podía permitirse el verse abatido en dicho lugar, no frente a toda esa gente que lo conocía bien, aquella gente que si le encontraba una debilidad, podría tomarlo y hacerlo caer junto al gobierno británico.
Supuso que tal vez ya era hora de volver al trabajo y olvidar todo aquello. Sabía que en la noche lo esperaba una exhaustiva búsqueda en un sinfín de papeles y de artículos que le ayudarían a resolver todo aquello. Solo estando en la privacidad de su casa se podría permitir cualquier muestra de debilidad. Mientras, no.
Tomó su taza y terminó de beberla, para luego retirarse antes de lo previsto del Club Diógenes.
Sally apreciaba con todo su ser a su jefe Gregory Lestrade. Él había sido el único hombre que la había apoyado en serio sin necesidad de hacer uso de su género. Greg siempre apreció sus dotes intuitivos y gran destreza a la hora de leer más allá a las personas y por ello, cuando él se alzó como Detective Inspector, no dudó en tomarla a su cargo para así tenerla a su mando y poder recibir ayuda de ella.
Lo único que no apreciaba de su jefe, era que aceptara incondicionalmente la presencia y ayuda de aquel friki que siempre se metía a los casos. Donovan no terminaba de entender por qué su jefe había permitido, sin mucho rechistar, la ayuda de aquel amateur que llegaba con aires de grandeza y comenzaba a insultar a diestra y siniestra a todo aquel que se le cruzara en su camino.
Sabía que había tenido suficiente de un solo Holmes, cuando a la vida de ellos se le unió la imponente y petulante presencia de un Holmes mayor, el cual, a diferencia de su hermano, tenía un mejor trato hacía las personas en su tono educado de hablar. No podía negar que de ambos Holmes, el mayor era su predilecto. Pero lo que no podía aceptar, era la cercanía que este parecía entablar con su jefe, cuando siempre lo "tomaba prestado" y lo llevaba a quien sabe dónde para que le diera santo y seña de todo lo que había hecho su hermano en cada caso.
Aceptaba el hecho de que Sherlock necesitara de una niñera, pero no lograba creer al extremo al que el mayor de los Holmes había llegado con ese término.
Ella pudo aceptar, hasta cierto punto, la presencia de Mycroft Holmes en sus vidas. Lo único que si nunca logró aceptar y debido a que ella podía ver más allá de las personas, fue la presencia del menor de los Holmes. Sherlock siempre representaba una bomba de tiempo a punto de estallar. Era un peligro andante tanto para él y para todos los que lo rodeaban. Y se lo había dicho a Greg, mil y un veces se lo dijo, más sin embargo este nunca escuchó. Y aun cuando a pesar de haber errado con él después de que la farsa que montó Moriarty se descubrió, la duda y aquella idea nunca la abandonó.
Por eso en aquellos momentos, no podía negar que lo ocurrido con su jefe no podía ser más que culpa de aquel hombre que siempre arrastraba con él destrucción y dolor. Solo esperaba que el pobre del Doctor Watson no se lamentara, en un futuro, el haber decidido seguir al lado de ese hombre que era igual que un veneno a punto de ser efecto para corroer todo a su paso.
Sherlock Holmes era un peligro y un robot carente de sentimientos y de sufrimiento, eso era algo que a Sally no podría desmentir, ni ahora, ni nunca. Y todo era porque parte de la culpa que sentía la estaba consumiendo y quería librarse de esta, aún cuando no era del todo culpable, a sabiendas de que era más fácil criticar y señalar.
Se que es un poco corto, a comparación del anterior, pero debo decirles que al menos ya tengo gran parte del siguiente y, por las estructura que le dí, será un poco más largo que sus antecesores, así que no se preocupen :D... Pero puede que tarde un poco más...
Debo decirles que a partir de aquí la estructura de la historia tendrá flash backs de los momentos de Mycroft y Greg -alguno de otro de algún personaje sea , que serán narrados desde la perspectiva de Mycroft -como se vio en este capitulo- o de la perspectiva de Greg -si, sé que está muerto, pero trataré de poner un instintivo que lo haga ver como un hecho pasado y así no se confundan pensando que es algo que está pasando- para de esta forma lograr extender más la trama y profundizar en los personajes, para así entender cada decisión que toman y entender que el pasado de estos influyen más de lo que dan a mostrar, es lo que los forma y los hace ser quien son ahora.
Puede que con esto odien a Sally y a Mary -les juro que yo las adoro, solo que cada uno tiene si momento, son humanos-, pero debo de informar que esto lo hago por que es importante que se muestren así, solo les podré decir que más adelante me entenderán, todo pasa por algo.
Agradezco profundamente la aceptación que le han dado a esta historia, porque a pesar de que son una sarta de locuras, ustedes están aquí leyéndome y ayudándome a crecer como escritora, les debo mucho a todos; por lo que no puedo irme sin decirles cuanto los aprecio y agradecer a las personas que agregaron a favoritos (kira. Soren), a los que la están siguiendo (Atolotl, LackyChan, NatLB, VnikLord, anastasiarf, camila holmes, mashimaro111), a todos los que leen sin comentar y a los que se toman el tiempo de hacerlo:
NatLB: Lamento el provocarte la pena. Dios, te juro que adoré tu comentario, y si, supongo que nadie podrá pisar Londres otra vez tras esto. Mycroft está cabreado, pero también dolido por lo que pasó. Y si, se que es algo doloroso lo que pasó, pero debía de pasar, como siempre digo, todo pasa por algo, necesitaba un incentivo de esa magnitud para poder trabajar con los personajes que quería en los estados que quería. Sabes que la parte de Sherlock y Mycroft la sufrí horrores, puesto que no estaba segura si me quedarían como son o si me saldría por completo de guacal con este par y los perdería por completo, pero al leer tu comentario me hizo sentirme que al menos logré capturar su esencia. Gracias y espero que disfrutes esta nueva actualización.
VnikLord: Jejeje... Hola (?)... Lamento que sufrieras de esta forma, no quería hacerte sentir así y creo que si hubiera seguido tu consejo del corazón ahorita no estuviera actualizando, además, no soy tan cruel, adoro ver a tu ser cibernetico rondando por aquí y publicando historias maravillosas. Lo sé, ese par se amaban , se pelean y se pierden para siempre. Y si, todo está mal, todo irá mal porque ellos lo dejaron mal y están pagando las consecuencias... Y vaya, creo que he generado masoquistas (lo siento, yo soy una de ellas xDD). Se que es triste y así, pero las cosas debían de pasar... Espero que este capitulo te haga sentir un poco mejor (?). Un saludo enorme y gracias por pasar a comentar.
lolitaredhead: *Espera a que se calme* Bueno, tras todo este tiempo creo que ya estás calmada. Lo siento, a mi también me dolió la muerte, pero era algo que tenía que pasar y era mi intención plagarlo de tantos sentimientos que hasta yo misma los siento y los sufro. Espero te guste esta nueva actualización. Gracias por tu hermoso comentario.
mashimaro111: Gracias por tu comentario... Dios, creo que comenzaré a ahorrar para los traumas y sentimientos heridos que dejé por aquí xD, pero aún así dudo que muchos cambiemos, adoramos leer este tipo de historias xDD... Sobre lo de Moriarty... lo dejo a tu libre interpretación, más adelante se mostrará lo que realmente pasó... Si, Mycroft sufre mucho la muerte de Greg y le duele, y no, no es una pesadilla, lo lamento, todo lo que ocurre es verdad... espero logres disfrutar esta actualización.
Bueno, sin más creo que me retirare... he andado un poco enferma y tengo que reposar y esperar a que el medicamento haga efecto...
Cambio Y Fuera ~
