Gracias por leer el capítulo anterior. Espero que disfruten éste ;)
(DARÍA TODO) POR SÓLO UN MOMENTO
II
El sonido del móvil lo despertó en la mañana del primer lunes de su estancia en ese mundo. Adormecido, Francis buscó a tientas el aparato que había dejado sobre la mesa de noche, y después de errar un par de veces, lo tomó. No recordaba haber programado la alarma; tardó unos segundos en procesar que aquel sonido no era el de la alarma, sino el de una llamada. No le prestó atención al nombre que indicaba el aparato, así que se limitó a deslizar su dedo por la pantalla.
—¿Sí? —preguntó justo a mitad de un bostezo. ¿Quién le hablaba a esa hora? No era tan temprano pero… Alguien se rió al otro lado de la línea.
—Te dije que sólo estaba de perezoso, mamá. —Aquélla era una voz de mujer—, aún no es necesario llamar a emergencias ni comenzar a buscar en hospitales. Además, no es como si tu hijo fuera a morirse de un día para el otro.
—¡No digas eso, Jeanne!
Francis se incorporó en la cama de un brinco al escuchar aquel nombre que le era dolorosamente familiar. Parpadeó repetidamente y miró la pantalla del móvil una vez más, forzándose a enfocar bien la mirada y distinguiendo, después de unos segundos que se le antojaron eternos, una sola letra: B. ¿B? ¿Quién demonios era B y por qué Francis Bonnefoy había pensado que no utilizar verdaderos nombres en sus contactos era una idea remotamente buena e inteligente?
—Dame eso —escuchó al otro lado de la línea, acompañado con el sonido del teléfono al cambiar de manos. Hubo una risa que disminuyó su volumen y después otra voz, también de mujer—: ¿Francis?
—Sí —respondió él. Aquello había sonado más como una pregunta que como una afirmación. Carraspeó—. Sí —repitió con voz clara.
—Hola hijo —Francis tragó en seco, escuchando la voz de la mujer que en ese mundo era su madre llamándole "hijo" por primera vez. Era una voz agradable y dulce. Calculó que tendría entre cuarenta y cincuenta años.
—Hola.
—Hola, dice —murmuró la mujer y él casi pudo escucharla fruncir el ceño—. Francis, dijiste que ibas a llamar hace dos días y no lo hiciste. Sabes que usualmente no te molesto más de lo que mis obligaciones como madre me lo exigen. —Escuchó la risa de la otra persona, Jeanne—. Pero la última vez que hablamos mencionaste que tenías que decirnos algo importante y…
Oh.
—¡Respecto a eso! —exclamó interrumpiendo a su mad… a la mujer—. Preferiría que eso fuera algo que pudiera decirles de frente, ya sabes, y mantener la sorpresa —improvisó, esperando que su voz no sonara sospechosa.
—¡A mamá le mata la curiosidad! —exclamó la otra voz.
—¿Y cuándo vendrás a casa? —preguntó su madre, ignorando el comentario de la otra chica.
Francis no supo qué responder. Había pasado sólo cinco días en ese mundo y se encontraba con el primer problema que quizá no podría resolver tan fácilmente. Se aclaró la garganta mientras en su mente formulaba a toda velocidad una respuesta convincente. Jeanne, no obstante, volvió a adueñarse de la línea.
—No cumplas sus caprichos —dijo la chica. ¿Cuántos años tendría? ¿Veinte? Quizá un poco más. Dios, ¿por qué se llamaba Jeanne? La madre exclamó, con voz enfadada, un "¡Jeanne Bonnefoy, regrésame ese teléfono!"—. Ven cuando tengas tiempo.
—Quizá no tenga tiempo hasta dentro de unos días —respondió rápidamente, agradeciendo la intervención de la chica—. Tengo mil cosas que hacer para las próximas semanas.
—¿Qué tal si vienes a finales del próximo mes? —Era la voz de la madre una vez más—. Es el aniversario de tu padre. Pero eso no tengo que recordártelo, ¿cierto? Porque el día en que deba recordarte la fecha en que falleció tu padre…
—No, mamá. Eso no tienes que recordármelo. —Ojalá alguien le dijera cuándo era aquella fecha, pensó.
Hubo un silencio y segundos después, un suspiro.
—¿Todo está bien, hijo?
—Sí. Excelente, en realidad. —Y en eso, pensó, no tuvo que mentir—. No podría estar mejor.
—Me alegra mucho escuchar eso. Nos veremos pronto, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—Será bueno volver a verte. Y antes de que digas otra cosa —añadió como si esperara la interrupción de Francis—, siempre extraño a mis hijos, así los haya visto la semana anterior. Tu hermana está aquí porque terminó sus clases la semana pasada y decidió venir a visitarme, pero será bueno tenerlos a los dos y recordar los viejos tiempos.
Francis, honestamente, no supo qué decir.
—En fin, ya tendremos tiempo para hablar largo y tendido. Adiós, hijo.
—Adiós.
—Bye, hermanito.
Y la llamada terminó.
Francis se sentó en el borde de la cama y cubrió su rostro con ambas manos. Acababa de hablar con una madre a la que no conocía, una madre cuyo rostro no podía evocar. Y también con una hermana. Una hermana que se llamaba Jeanne. Se mordió el labio, pero aun así emitió un gemido lastimero, preguntándose si sería sólo una coincidencia o si Jeanne, su Jeanne, en ese mundo era su hermana. Sería una jugada muy cruel del destino si las cosas fueran así. Miles de preguntas se arremolinaron en su mente.
Se puso de pie de un salto, mirando a su alrededor. Necesitaba saber si algún rostro en alguna fotografía le era familiar. Recordó que en la sala había un par de fotografías, aunque si el día en que llegó ninguna de ellas le llamó la atención por tener un rostro conocido, dudaba que a esas alturas (una semana después; una semana que aprovechó para revisar cada rincón), encontrara una con el rostro de la Jeanne en la que él pensaba al escuchar ese nombre.
Necesitaba pensar fríamente. Volvió a sentarse en la cama, con las manos sobre su regazo. En ese momento notó que éstas temblaban ligeramente y se obligó a tranquilizarse, respirando profundamente tres veces hasta que sintió que la ansiedad desaparecía poco a poco. El móvil estaba junto a él en la cama. Lo miró y volvió a tomarlo, decidido a revisar fotografías, contactos e historiales de mensajes y chats para ver si no existía alguien más a quien él conociera en ese mundo. En los días anteriores no había pensado realmente en revisarlo, no le causaba particular curiosidad, pero en ese momento revisó todo el contenido en la memoria del aparato.
Había muchas fotografías, algunas eran de personas que ya conocía, como Lucy o Edouard, y otras, eran de sus platillos o del restaurante. Algunas parecían tomadas durante un viaje, pues eran edificios y monumentos, también paisajes, muchos paisajes. Había otras que tenían rostros desconocidos para él. Y no fue hasta llegar a las fotografías de una Navidad (la más reciente, suponía), que vio a tres personas sentadas en un sofá: él en medio de dos mujeres. Supo que era su familia de la misma manera como supo cuál sería el regalo perfecto para Lucy. Su madre (necesitaba saber cuál era su nombre) sonreía a la cámara. Era una mujer muy hermosa, con el cabello castaño oscuro y los ojos marrones. Jeanne, por otra parte, era como una versión femenina de él, unos años más joven. No era la Jeanne que él había esperado ver (no sin algo de miedo), y eso lo relajó visiblemente. Aún tenía el problema de una próxima visita a una casa que no sabía en dónde se encontraba para ir a dar los respectivos honores a un padre que jamás conoció ni podría conocer, pero suponía que ya se le ocurriría algo que hacer al respecto cuando el tiempo llegara.
Tener una familia se sentía tan extraño y ajeno a él.
Ya más tranquilo, se puso de pie una vez más y se dirigió al baño. La llamada le había despertado antes de lo esperado. Era lunes, y los lunes (Lucy había dicho) La maison de Pierre no abría sus puertas. Francis tenía planes de aprovechar ese día libre para conocer un poco más la ciudad en la que se encontraba, hacer algunas compras y descansar. Los días libres, en aquel o en su propio mundo, estaban dedicados a aprovechar la tarde con un buen libro o una buena película, pero suponía que con tantas cosas por conocer de aquel mundo, lo ideal sería aprovechar el tiempo que dispusiera para él.
Se detuvo un momento en la puerta del baño a descubrir que no recordaba cuándo había sido su último día libre en su realidad. Decidió que a partir de ese momento, consideraría los días que permaneciera ahí como unas largas y merecidas vacaciones. Esperaba que, al regresar, se sintiera lo suficientemente recargado de energía para no correr hacia sus (no) amigos en busca de una solución desesperada y más allá de toda lógica.
La ducha de esa mañana le supo a gloria, incluso se masturbó bajo la agradable sensación del agua caliente cayendo sobre su cuerpo.
A mediodía, después de desayunar y hacer algo de limpieza (aquella sería su casa por tres meses, así que la mantendría tan limpia como cuando llegó), subió a la habitación para sacar un poco de dinero. Había descubierto que Francis-el-de-esa-realidad guardaba siempre algo de efectivo en un sobre dentro de un cajón. Podía disponer del dinero en las tarjetas, pero tampoco quería ocasionar demasiados problemas a su otro yo. No tenía idea de si al regresar a su mundo, también regresaría en el tiempo, pero por si no lo hacía, prefería no causar problemas innecesarios.
Salió de casa y caminó por la calle, que a esas horas estaba llena de vida con los comercios cercanos. Buscó en el bolsillo de la chaqueta y sacó la caja de cigarrillos, llevando uno a la boca y encendiéndolo sin dejar de caminar. Respondió al saludo de un muchacho que pasó a su lado y sonrió a un par de chicas que caminaban por la otra acera. Estar en aquel lugar le provocaba una tranquilidad que hacía mucho tiempo no sentía en su propio mundo. Allá todo era política, estrés, relaciones bilaterales. Sí, tenía sus buenos momentos y sí, él podía escaparse cuando quisiera de sus obligaciones, pero eso no significaba que lo hiciera todo el tiempo, o que hacerlo no trajera sus correspondientes consecuencias.
Su mente viajó al mundo que había dejado días atrás. Esperaba que su ausencia no provocara demasiados problemas. Había escapado en otras ocasiones (para visitar a España o Prusia, y también para molestar a Inglaterra), y aunque después recibía regaños por parte de su jefe en turno, nunca había pasado a mayores. Todos se las arreglaban bastante bien cuando él no se encontraba presente, así que algo le decía que en esa ocasión no tenía por qué ser distinta. Dio una calada al cigarrillo y dejó ir el humo poco a poco, levantando la mirada al cielo. Había nubes y descubrió que hacía mucho tiempo que no veía un cielo tan azul. Una sonrisa se formó en su rostro.
El gesto se borró cuando descubrió que había caminado hasta la librería de Arthur sin darse cuenta. Miró la puerta con indecisión por lo que le parecieron horas pero no fueron más que un par de segundos. Maldijo internamente, le dio otra calada al cigarrillo y sin más, dio media vuelta. Apenas había dado unos pasos cuando escuchó que la puerta se abría detrás de él.
—Verte merodeando por aquí me crispa los nervios, ¿sabes?
Francis se giró y sonrió ligeramente cuando vio a Arthur parado junto a la puerta: tenía los brazos cruzados y el ceño ligeramente fruncido, aunque también notó que una especie de sonrisa luchaba por no formarse en su rostro.
—¿Siempre acosas así a las personas que no entran a tu librería? —preguntó con diversión—. Me sorprende que no hayas quebrado aún si es el caso.
Arthur puso los ojos en blanco y le dio la espalda, dejando la puerta abierta en una muda invitación para que entrara en la librería. Francis apagó el cigarrillo con el pie y recogió la colilla; después siguió a Arthur. El interior estaba lleno del mismo olor a papel viejo mezclado con polvo de la vez anterior. También alcanzó a percibir otro aroma, y no tenía que ser un genio para saber que se trataba del té favorito de Arthur. Lo había olido y probado en varias ocasiones y después de tantos años era imposible que no lo reconociera. Sintió un pequeño escalofrío al constatar que ésa era otra similitud entre el Arthur de esta dimensión y el de la suya, y por un breve instante se preguntó si no serían la misma persona. Inglaterra bien podría estar fingiendo para vigilarlo de cerca mientras se encontrara en aquella realidad.
—¿Y? ¿Ahora pierdes tu tiempo stalkeando las tiendas de tus vecinos?
Francis rió con la nariz y miró a Arthur.
—No somos vecinos.
Arthur movió una mano en un gesto ambiguo.
—Detalles de semántica —musitó. Bonnefoy sonrió.
—¿No puedo ir de tienda en tienda mirando la mercancía de los demás? —preguntó él mirando significativamente al inglés. Éste volvió a entornar la mirada—. En realidad quería ver si tienes un libro que he estado buscando desde hace tiempo —mintió. Arthur le miró con curiosidad.
—¿Qué libro?
—De profundis, de Oscar Wilde —respondió Francis, recordando el libro que había visto sobre el mostrador aquella ocasión que entró buscando el obsequio de Lucy.
La expresión de Arthur se relajó visiblemente; Francis, por su parte, creyó distinguir un poco de emoción en la mirada del inglés.
—Sí, tengo un par de ejemplares —agregó éste dándole la espalda y buscando en unas cajas que tenía detrás del mostrador—. No es un texto que busquen muchas personas. En realidad, creo que eres el primero que ha preguntado por él en mucho tiempo.
Dio media vuelta otra vez y colocó ambos ejemplares sobre el mostrador. Eran diferentes ediciones y Francis reconoció de inmediato la que había visto la ocasión anterior. La tomó sin dudar, revisando el libro con interés y pasando las hojas suavemente. Descubrió que algunas de las esquinas de las páginas estaban dobladas y había anotaciones en el interior, algunas lucían más viejas que otras, pero no fue hasta antes de la mitad del libro que descubrió una que parecía reciente y hecha con una letra que podía reconocer a la perfección. Cerró el libro y miró a Arthur, quien había permanecido en silencio mientras Bonnefoy inspeccionaba el libro.
—Me lo llevo.
A los pocos minutos, después de pagar, Francis salió de la librería. Caminó de regreso por la calle que llevaba a su casa y al entrar, se dirigió a la sala. Tomó asiento en el sofá que estaba junto a la ventana y volvió a abrir el libro de Oscar Wilde. Paseó su mirada por las partes subrayadas, buscando la misma nota que había visto en la librería. Al llegar a ella, la leyó detenidamente. Estaba junto a un párrafo que hablaba del tiempo: "Para nosotros el tiempo no avanza" se leía en el texto. En la orilla de la página, escrito con la letra inclinada de trazos largos, Francis leyó: El tiempo no avanza pero tampoco podemos escapar de él. Ésa es nuestra paradoja.
—Es la tercera vez en esta semana que Arthur viene al restaurante.
Francis levantó la mirada para ver a Lucy, que se encontraba recargada en el marco de la puerta. La chica tenía una sonrisa en su rostro.
—No se supone que deberías estar en la caja, ¿cariño? —preguntó Francis regresando su atención al plato que decoraba en ese momento. Tomó su trapo para limpiar unas gotas de salsa de la orilla.
—Estoy —aclaró ella mirando de reojo por encima de su hombro—, pero pensé que quizá querrías saber que Arthur está aquí otra vez.
—Es sábado —respondió Francis, restándole importancia al asunto. Arthur siempre iba los sábados a su restaurante.
—También vino el martes y ayer.
—No lo culpo, mi restaurante es el mejor —dijo intentando sonar lo más desinteresado posible—. Y mi creme brulée es casi un regalo de los dioses, mon ange, tú más que nadie deberías saber eso. Más bien me sorprende que no decidiera pasar aquí todo el tiempo con lo delicioso que es lo que cocino, sin excepciones.
Lucy se rió.
—No tardes con su creme brulée, Fran —añadió la chica dando media vuelta para regresar a su sitio habitual, llevando de paso el plato recién preparado.
Francis sonrió y sin esperar a que la orden llegara, sirvió el creme brulée, lo decoró con unas fresas y lo colocó en la barra justo cuando Anaïs llegaba con su block de notas. La chica miró el plato, miró a Francis y luego al plato una vez más antes de tomarlo y dirigirse a la mesa en la que Kirkland se había sentado apenas un par de minutos atrás. Francis miró de reojo la expresión de sorpresa que apareció en el rostro del inglés y se dio vuelta para regresar a su cocina, revisando las órdenes pendientes.
Pasaron unos minutos. Estaba justo a punto de flamear unas fresas cuando Lucy volvió a acercársele.
—Gabrielle está en la caja por un rato —dijo antes de que Francis hiciera la pregunta—. ¿Son amigos? —preguntó. Francis sonrió un poco mientras continuaba con su trabajo.
—No realmente —respondió. Y aquello era verdad. Él y Arthur no eran amigos, aunque sí, eran más que simples conocidos; suponía que después de las últimas décadas tampoco eran del todo enemigos. No sabía muy bien cómo definir su relación, mucho menos en aquel mundo en el que Arthur era y no era Arthur.
—Yo creo que le gustas.
Francis se detuvo un par de segundos antes de echar el ron sobre las fresas, haciéndose ligeramente hacia atrás para que la llama que se originó no estuviera demasiado cerca de él.
—Es que no hay nadie que pueda resistirme a mi maravilloso encanto y a mi innegable atractivo —dijo. Para enfatizar, volteó ligeramente y le guiñó un ojo a Lucile. Por el rabillo del ojo vio que ella entornaba la mirada.
—Sea —murmuró la chica—. No quiero meterme en lo que no me importa, Fran, pero creo que es un bien partido. Sé que no te gusta hablar sobre el tema y créeme que no hablaré de él. Parece mucho mejor que tu novio anterior —Lucile suspiró; Francis notó que se veía algo apenada—. Pero claro, considerando las circunstancias, cualquiera es mejor que tu novio anterior —dijo con voz queda, más para sí misma que para Francis.
Bonnefoy tuvo que morderse la lengua para no preguntar a qué se refería ella con aquello de su novio anterior. Preguntar sobre algo que él tendría que saber por ser su vida no era realmente la manera más inteligente de proceder. Al final, pese a querer saber más sobre ese asunto, Francis optó por encogerse de hombros.
—Sólo hemos hablado un par de veces, Lucy —respondió. Y aquello era verdad. Inglaterra era alguien con quien había compartido conversaciones civilizadas y otras no tanto; Arthur Kirkland, el dueño de la librería, era un desconocido para él, un desconocido que le causaba curiosidad, pero desconocido a fin de cuentas.
—He ido a su librería suficientes ocasiones —intervino ella, mirándole con algo que Francis reconoció como sorna—. Yo no diría que nosotros somos amigos pero sí hablamos. Sabes, uno llega a tener cierta camaradería después de chillar por Shakespeare juntos al terminar de releer alguna de sus obras. —Francis decidió no hacer ningún comentario al respecto—. Y sé que es muy reservado con sus cosas. Además de ser prácticamente un ermitaño. Venir al restaurante es una de las pocas cosas que hace fuera de su casa, y hasta hace una semana, no dedicaba más de una visita a La maison de Pierre.
—Yo insisto en que finalmente descubrió lo orgásmico que puede ser lo que preparo.
Lucy se rió con ganas.
—Tal vez busque descubrir qué tan orgásmico es todo lo demás que te involucra a ti.
Francis rió animadamente al escuchar aquello. Si en algún momento tuvo dudas de por qué Francis Bonnefoy de aquel mundo era amigo de Lucile, todas se despejaron justo en ese momento. La chica era maravillosa.
—Es una posibilidad —agregó ella y se encogió de hombros inocentemente. Francis apagó el fuego y dejó las fresas a un lado—. Por cierto, esto me recuerda que hace mucho que no sales con nadie. No que me interese saber tus aventuras gays, aclaro, pero me había acostumbrado un poco a escuchar un cuento distinto cada semana. Incluso las chicas y Edouard han preguntado si estás saliendo con alguien o si estás enfermo.
Francis volteó para verla.
—¿Será que estoy sentando cabeza? —bromeó.
Lucy esbozó una sonrisa mientras movía la cabeza de un lado al otro.
—Sentar cabeza y Francis Bonnefoy son dos cosas que no suelen ir en la misma frase —dijo—, pero es una posibilidad. Sea lo que sea, no juzgo; no soy quién para juzgar. Pero sí puedo decirte algo, Fran: ese chico de allá —dijo y señaló hacia el interior del restaurante— quiere algo contigo, me lo dice mi gaydar.
—¿Te lo dice tu gaydar? —repitió Bonnefoy juguetonamente—. ¿Y desde cuándo funciona tu gaydar? —preguntó. Lucy le dio un golpe suave en el brazo.
—Desde siempre—respondió ella y le guiñó el ojo—. Si no pregúntaselo a mi bella Émi.
No dijo más. Dio media vuelta y regresó a su lugar en la caja registradora, en donde habló con una de las gemelas por unos segundos. Gabrielle regresó a atender mesas junto con su hermana. En la cocina, Francis sirvió una bola de helado de vainilla en dos platos y colocó tres fresas alrededor. Lo decoró con un poco de chocolate líquido.
Había aprendido algo más sobre el hombre que era en aquel lugar. Algo importante y trascendental: era gay. Suponía por los comentarios de Lucile que era completamente abierto en ese sentido (al igual que ella y su novia, Émi, una chica más baja que Lucy, de cabello teñido de rosa, que trabajaba como profesora de matemáticas en un colegio cercano) y que para el resto de las personas que le conocían, no era sorpresa ni problema. Se preguntó qué pensaría la familia de Francis al respecto, aunque algo le decía que para su madre y hermana el detalle de su sexualidad no era importante.
Gay. Incluso la palabra le hacía sentir extraño. En aquel mundo era gay y eso le causaba una sensación que no sabía cómo definir. Como nación, Francia no podía darse el lujo de definirse a sí mismo como heterosexual, bisexual o simplemente gay. Él no era un humano, así que ese tipo de etiquetas no aplicaban para él. Etiquetarse, además, nunca había sido de su interés. Él sólo amaba al mundo y eso era todo; suponía que si en algún momento fuera necesario etiquetarse, diría, sin temor a errar, que era pansexual. Así que la idea de que en ese mundo se considerase gay le causaba un poco de curiosidad.
Se preguntó cuántas parejas había tenido Francis, el de ese mundo. Se preguntó quién habría sido el hombre con el que había tenido una relación antes de que él llegase a usurpar su vida. ¿Exactamente cuánto tiempo hacía de aquella relación? ¿Qué había ocurrido para que todo terminara? Por lo que Lucy había dicho y por la manera como lo había dicho, intuía que las cosas no habían terminado bien. ¿Le habrían roto el corazón? ¿Le habría sido infiel?
Después de entregarle a Anaïs otros dos platos con helado y fresas, decidió que saciaría su curiosidad esa noche. Algo le decía que entre las cosas de Francis encontraría respuestas a sus preguntas. Era consciente de que con ello invadía la privacidad de su otro yo, pero no tenía ni un mes viviendo en aquel mundo. ¿Qué haría si en algún momento el tema de su ex salía a relucir? Lo mejor era estar preparado para cualquier situación.
Al menos eso es lo que se obligó a pensar.
A lo largo de su vida, Francis había conocido a todo tipo de personas: caballeros, reyes, príncipes y princesas, reinas, campesinos, pescadores, granjeros y clérigos; sabios e ignorantes, jóvenes y viejos. Hombres de negocios, mujeres extraordinarias; ladrones, asesinos. Lo mejor y lo peor de la humanidad. Durante los siglos que cargaba a cuestas había conocido el amor y la amistad. No obstante, nada de lo que había vivido hasta entonces se comparaba con la relación que tenía con las personas de aquella realidad. Francis no tenía que preocuparse por ser una nación ni porque sus acciones perjudicaran a las personas que más le importaban. Francis podía ser él mismo; podía querer y dejarse querer por lo que le rodeaban sin temor a la inevitable separación.
Francia sólo había vivido algunas semanas la vida de Francis y ello le había bastado para encariñarse con los amigos que tenía en aquel lugar. Lucy era maravillosa, no podía describirla de otra manera. Podían hablar de mil y un temas y bromear de tantas cosas. Pronto se acostumbró a las constantes escapadas de la chica, que solía dejar la caja registradora a alguien más para escabullirse al interior de la cocina y charlar con su jefe. También se acostumbró a su risa contagiosa, a que no tuviera pelos en la lengua (y a que no tuviera filtro en sus pensamientos) y a su constante aroma a galleta, y no había querido preguntarlo pero casi podía asegurar que Lucy horneaba todos los días en su casa, cuando no escribía la tesis. Quizá Émi podía responderle, pero él jamás le preguntó.
Gabrielle y Anaïs le recordaban, en ocasiones, a Feliciano y Lovino. No porque se comportaran de igual manera, pues gracias a Dios ninguna era demasiado inocente ni demasiado malhumorada, como sí lo eran los hermanos Italia, sino más bien por su dinámica como hermanas. Aunque Anaïs, que era mayor que Gabrielle, se quejara por las constantes muestras de afecto de su gemela, Francis la había visto sonreír para sí después de que su hermana le diera un abrazo o acariciara su cabeza para después arreglarle el peinado. Vivían juntas a unos veinte minutos del restaurante, al que siempre llegaban en bicicleta.
Edouard, por otro lado, era muy divertido de molestar. Era un chico tranquilo con un amor no tan secreto por las bandas de black metal y los tatuajes, aunque él creía que nadie lo había notado. Francis le había descubierto un símbolo celta tatuado en su espalda en una ocasión que entró a buscar algo en su casillero y tras charlar con él descubrió que tenía otro en la pierna y planeaba tatuarse ambos antebrazos antes de regresar a clases para el siguiente periodo escolar. Edouard era responsable y puntual; exceptuando aquella vez en la que Francis le conoció, el chico solía llegar cinco minutos antes de que comenzara su horario de trabajo. Decía que estaba acostumbrado a la puntualidad inculcada por una abuela muy estricta.
Francis se preguntaba qué sería de esos cuatro muchachos en la realidad de la que él venía. ¿Existían? ¿Se conocían entre sí o eran desconocidos? ¿En dónde vivían? ¿Sus historias personales eran las mismas que en aquel lugar? Sabía que entraba en un terreno peligroso si se encariñaba demasiado con las personas con las que convivía, pues cuando llegara el momento de regresar a su vida cotidiana tendría que irse sin poder decir adiós. No obstante, quizá era por su personalidad o porque realmente era el país del amor y amar a todos le era casi tan natural como respirar, a las tres semanas de conocerlos supo que les extrañaría horrores al irse.
Interesarse por ellos y preocuparse por conocerlos más era, por increíble que pareciera, el más pequeño de sus problemas.
El verdadero problema, al menos desde su perspectiva (y estaba seguro de que cualquiera en su situación se daría cuenta de que era verdaderamente problemático lo que ocurría), era que no sólo se interesaba por Lucy, Émi, Edouard, Gabrielle y Anaïs, sino que su preocupación se extendía hasta un cierto joven inglés dueño de una librería de segunda mano. Aunque Francis había intentado evitarlo, era obvio que su interés por el Arthur Kirkland de aquel mundo iba más allá de la simple curiosidad inicial. Y el hecho de que el inglés hubiera cambiado su habitual sábados de creme brulée por creme brulée casi toda la semana no ayudaba a que Francis dejara de pensar en su presencia, tan extraña y similar que era confusa.
Estaba por cumplirse un mes de su estancia en esa realidad. Francis se sentía cómodo con las personas que frecuentaba y se había acostumbrado a la rutina, tanto que parecía como si fuera suya de toda la vida y no desde hacía poco tiempo. Fue en esos días que Francia reconoció que ir a la librería formaba también parte de su rutina. Al principio aquello le pareció molesto pero después de pensarlo un poco, se dio cuenta de que ello, por insustancial que pareciera, era algo de la vida en aquel mundo que le pertenecía a él totalmente y no a su otro yo. El Francis de aquel mundo ni siquiera sabía de la existencia de Arthur Kirkland y de su tienda de libros usados.
Nunca entraba en la librería, eso sí. A veces sólo pasaba frente a ella y cambiaba de dirección, mirando de reojo hacia el interior; a veces se asomaba, y si Kirkland no se encontraba detrás del mostrador, daba media vuelta y regresaba a casa o seguía caminando hasta llegar a un puente que cruzaba un arroyo y todavía más, hasta una pequeña iglesia en la que, en ocasiones, escuchaba al coro por varios minutos. No había comprado más libros. El ejemplar de Oscar Wilde se encontraba ahora en su mesa de noche. Lo había leído ya dos veces, repasando cada una de las notas y prestándole atención a las frases o párrafos subrayados y a las páginas con las esquinas dobladas. Lo hacía porque eran muy de Arthur.
Alrededor del inglés había un cierto magnetismo que Francis no podía negar. En esta realidad o en la suya, había algo que le impulsaba a seguir a Kirkland, a buscarlo e intentar penetrar esas barreras que tenía hacia el resto del mundo. La vida de Francis no giraba en torno a la de Arthur, por supuesto que no, pero era innegable que sus circunstancias los orillaban a estar juntos, en más de un sentido. Así era en su propio mundo. A pesar de la relación difícil que mantenían, siempre terminaban uno junto al otro en los momentos menos esperados y a veces también en los más incómodos; el ejemplo más claro de ello era que Francia ahora se encontraba ahí, en ese otro mundo: porque había ido con Inglaterra y éste había decidido que concederle un deseo era una buena idea. No que se quejara, pero el punto de toda aquella reflexión era que de alguna manera estaba conectado con Arthur.
Y así era también en esta realidad alterna.
Francis ya había decidido que se dejaría guiar por el instinto durante el tiempo que estuviera en aquel lugar. Sabía muy bien que sus acciones podían afectar de maneras insospechadas lo que ocurriera con el otro Francis (el de este mundo, Francis el que era un humano y tenía una familia y era el dueño de su propio restaurante), sabía bien que relacionarse demasiado con las personas que le rodeaban y que lo trataban con tanta familiaridad sólo haría que regresar a su propia vida fuera más difícil, al menos en el lado emocional. Sabía muy bien, aunque nada había sido dicho al respecto, que no debía intervenir demasiado en las vidas de sus conocidos o de las personas que quizá el otro Francis jamás conocería. Y aun sabiendo todo ello, dejó que sus instintos lo guiaran, sin poner resistencia, hacia Arthur. Si era verdaderamente honesto consigo mismo, lo cierto era que la idea de reconocer a una persona en aquella realidad le intrigaba muchísimo. Más aún porque se trataba de alguien que, como él, era una nación.
Quería saber más de ese Arthur que no le conocía desde niño, aquel que no se había dejado cortar el cabello por él. Deseaba saber qué le había llevado a Francia y saber por qué había sido precisamente Francia el lugar en el que decidió instalarse con todos sus libros que olían a polvo y papel viejo, y que le daban un aire inusualmente acogedor a su librería. Quería saber si era un fanático de Shakespeare y si había releído El Señor de los Anillos tantas veces que prácticamente se lo sabía de memoria, y también quería saber si en algún momento tendrían discusiones sobre qué historias eran mejores, si las de Charles Dickens o las de Alexandre Dumas.
Una noche, después de cerrar el restaurante junto con las chicas y dejar todo en orden, caminó hasta la librería. El lugar ya estaba cerrado cuando llegó. Francis buscó en el bolsillo la caja con cigarros y chasqueó la lengua cuando descubrió que no los llevaba consigo. Guardó ambas manos en los bolsillos y dio media vuelta. Como en un déjà vu de aquella ocasión en la que compró, sin pensarlo realmente, De profundis, la puerta se abrió detrás de él. Al voltear, se encontró con Arthur, quien le miraba fijamente.
—Hola —saludó Francis sintiéndose tonto de inmediato. El otro asintió por toda respuesta.
—¿Querías algún libro? —preguntó—. Cierro a las nueve —agregó mirando su reloj. Eran más de las diez de la noche.
—En realidad —respondió Francis encogiéndose de hombros—, que me apetecía más charlar contigo que comprar otro libro.
—¿Por qué? —inquirió Arthur mirándole fijamente, con duda nada escondida detrás de esos iris color verde. Francis no supo qué responder.
Charlar con él le parecía mucho más sencillo que charlar con Inglaterra. Muchísimo más sencillo. Aunque sólo lo había hecho un par de veces, aquello había bastado para darse cuenta de lo diferente que aquel hombre era del Arthur Kirkland que él conocía, y eso le intrigaba. Francis se sentía extrañamente cómodo con aquel Arthur: hablar con él se sentía como un nuevo comienzo.
—¿Quieres una taza de té? —preguntó Arthur al no recibir una respuesta a su anterior pregunta. Sin saber qué más decir, Francis simplemente asintió.
Kirkland se hizo a un lado y le dejó entrar a la tienda. Por un momento Francis se preguntó si Arthur le haría estar de pie al otro lado del mostrador, pero el otro joven le hizo una seña para indicar que le siguiera. Pasaron por detrás del mostrador hasta aquella sala que Francis creyó era la trastienda y que en realidad daba hacia unas escaleras. Arthur comenzó a subir en silencio. Siguiéndole, Francis miró a su alrededor. En la base de la escalera había cajas llenas de lo que, suponía, eran más libros. Debajo de la escalera había una puerta que quizá escondiera la alacena y a Harry Potter dentro. Francia se mordió el labio para no reír.
Una vez arriba, se detuvo en el marco de la puerta; la escalera subía hacia otro piso, quizá a la habitación de Arthur. Miró con curiosidad el interior de la casa. Las paredes eran de ladrillo y sólo un cuadro colgaba en una de ellas. Podía ver una cocina pequeña con una barra que la separaba de una sala, si es que al sillón a mitad del espacio se le podía llamar una sala. En la barra había dos bancos altos, pero por lo demás, o había mucho que observar. Salvo los libros. De frente al sillón había un librero alto, prácticamente lleno. ¿Serían aquellos los favoritos del inglés? Contra una esquina vio recargada una guitarra dentro de su funda y un amplificador a un lado. Francis supuso que había cosas que, no importaba el mundo, jamás cambiaban.
Un carraspeo a su izquierda le hizo voltear hacia Arthur una vez más; Kirkland había dejado su chaqueta en un perchero junto a la puerta. Francis entró en la casa y le imitó para después cerrar con cuidado la puerta detrás de sí. El inglés le miró de reojo antes de darle la espalda y comenzar a moverse en la cocina con completa soltura. Abrió unas puertas y tomó una tetera color verde, que después llenó de agua y puso al fuego. Mientras dejaba que el agua se calentara, sacó un par de tazas, que colocó en la barra. Miró a Francis otra vez.
—Siéntate —dijo con voz seca, aunque Francis pudo notar un ligero rubor en sus mejillas, como si se reprendiera a sí mismo por ser un mal anfitrión y no invitarle a tomar asiento mucho antes.
Francis tomó asiento y permaneció callado. El silencio era un poco incómodo, pero no tanto como para hacerle desear estar fuera de la casa. Arthur volvió a acercarse a la barra y colocó un plato con galletas que Francis miró detenidamente antes de levantar una ceja y levantar el rostro. Eran galletas caseras. ¿Las habría preparado él? ¿Este Arthur sería igual de negado para la cocina como lo era su contraparte nación? Supuso que sólo lo sabría una vez las probara, aunque no pudo evitar mirarlas con desconfianza. No lucían quemadas y eso ya era mucho decir.
En algún momento debió perderse en sus pensamientos porque cuando volvió a enfocar su atención en lo que ocurría delante de él, Arthur ya estaba sirviendo el té en las tazas. El aroma inconfundible del Earl Grey llegó a su nariz, transportándolo a los recuerdos de cientos de veces que, sentado en la sala de la casa de Arthur en Londres, le acompañó durante la hora del té. El té favorito de Arthur, que ya había identificado desde la vez anterior.
—¿Leche? —preguntó Arthur. Francis asintió.
—Sólo un poco —dijo y el inglés se la entregó.
Arthur vertió leche en su propio té y se sentó frente a Francis. Sin decir nada y también sin despegar su mirada de la barra, el inglés tomó una galleta y le dio una mordida.
—No están envenenadas. —Aquél fue el único comentario de Arthur. Francis se irguió en el asiento.
—Yo no…
—Por la forma como las mirabas hace unos minutos, pensé que tendrías miedo de que estuviera dándote algo en mal estado —respondió Arthur. Tomó un poco de té y dejó la taza en la barra una vez más.
—Siempre tan observador —canturreó Francis. Kirkland frunció el ceño.
—¿Siempre?
La pregunta fue hecha con cautela y vino acompañada de una mirada interrogante. Francis se sintió atrapado de pronto. No podía decirle a este hombre que le conocía de una realidad alterna. Se prometió tener más cuidado con lo que decía. Dio un sorbo al té para disimular y al dejar la taza, sonrió.
—¿Recuerdas esa vez que me sorprendiste fuera de tu tienda? Desde esa vez me quedó muy claro que eres un hombre muy observador —se encogió ligeramente de hombros y esperó que su excusa no fuera demasiado tonta. Arthur asintió, aceptando aparentemente aquella explicación.
Francis ensanchó su sonrisa y alargó la mano para tomar una de las galletas del plato ante la mirada atenta de Arthur. El sabor de la galleta le era familiar; no tuvo que pensarlo para saber por qué: eran las galletas de Lucile. ¿Por qué Arthur tenía galletas de las que preparaba Lucile? ¿Y cómo es que él no las había identificado desde un principio?
—Te dije que no estaban envenenadas —musitó Arthur. Francis dio un respingo y tuvo la decencia de lucir apenado.
—Disculpa —murmuró.
—No importa. Sólo pareció como si supieras que yo no…
El inglés dejó la frase al aire. Tomó una galleta y la comió dando pequeñas mordidas. Francis le miró con diversión.
—Parecía como si supiera que tú no… —hizo un gesto vago con la mano, invitando al otro a que terminara la frase. Arthur carraspeó.
—Nada.
Francis comió otra galleta y esperó un par de segundos antes de añadir:
—Pensé que en vez de galletas habría scones para acompañar la hora del té.
—La hora del té pasó hace horas —replicó Arthur.
—Siempre supuse que para los ingleses cualquier momento es la hora del té. —Para Inglaterra, al menos, cualquier momento era perfecto para preparar una infusión y sentarse junto a la ventana a leer—. Y justo en este momento no se me ocurre otra cosa para acompañar la hora del té que scones.
—Hace mucho que no preparo scones —agregó el otro como quien no quiere la cosa.
—¿Por qué?
—¿Tienes algún interés particular lo que respecta a la comida de mi tierra natal? —preguntó Arthur—. Porque hasta donde sé, el chef eres tú y no yo, y según lo que dice el certificado que está a la entrada de tu restaurante, eres chef de comida internacional.
Por lo cortante de la respuesta, Francis dedujo que aquel humano no sabía cocinar. Esa sensación de reconocimiento hacia algo a lo que estaba acostumbrado le provocó una extraña calma. Extraña por ser Arthur el causante de ella. Decidió ignorar, por ahora, aquella sensación, y también pasar por alto el hecho de que Kirkland había notado el certificado del restaurante.
—Lo soy, y uno bastante bueno —se ufanó Francis. El otro entornó la mirada—. Sólo estaba pensando en que tal vez podría robarte una receta.
—Las recetas de mi familia están guardadas bajo siete llaves en la otra habitación y de mi boca no saldrá ninguna —respondió Arthur. Francis sonrió.
—De acuerdo —dijo—. Cuando quieras puedo prepararte cualquier tipo de postre. Quizá algo diferente al creme bruleé —y guiñó un ojo.
Hubo otro silencio.
—¿Y de qué querías hablar? —preguntó Arthur. Francis tuvo que reprimir las ganas de comentar algo sobre la necesidad del inglés por ir directamente al grano. Se suponía que en este mundo apenas si lo conocía.
—He notado que has ido más veces al restaurante —probó. Arthur desvió la mirada y para Francis no pasó desapercibido el color que apareció en la punta de sus orejas.
—He tenido un poco más de tiempo libre —respondió el otro—. Y Lucile es siempre muy amable.
—Oh, ¿nada más ella? —Arthur le miró con el ceño ligeramente fruncido.
La sonrisa que hasta ese momento permaneció en el rostro de Francis se borró de inmediato. Había metido la pata, estaba completamente seguro de ello. Este Arthur no estaba acostumbrado a sus comentarios ni a la forma jocosa como siempre intentaba sacarlo de sus casillas. Quizá estar ahí era definitivamente un error. Este joven se parecía tanto al Arthur que él conocía, que era prácticamente inevitable no comportarse como si fuera a entender sus bromas o como si pudiera preguntarle en cualquier momento sobre tal o cual cosa relacionada con sus trabajos como naciones.
—Entonces no era mi imaginación —dijo Arthur. Francis le miró confundido y el otro bufó—. Los platos ahora tienen más de una fresa.
Francis le miró por unos segundos antes de reírse animadamente, para desconcierto del otro. Suponía que inconscientemente había hecho aquello: colocarle más fresas o algún otro tipo de decoración a los platos.
—Touché —dijo una vez que cesó el ataque de risa.
—Esa es, en definitiva, la manera más patética de querer llamar mi atención —contestó Arthur levantando ligeramente la barbilla, aunque la punta de sus orejas seguía colorada.
Francis le miró sorprendido. Eso era nuevo. El Arthur que él conocía no respondería de esa manera. Esperaba una respuesta pasivo agresiva sobre su actitud, quizá una queja diciendo que no necesitaba ningún tipo de trato especial. Jamás esperó recibir una respuesta que parecía más bien un coqueteo. Si aquello le sacó de balance, sólo necesitó un par de segundos para recomponerse. Recargó los codos en la barra y se inclinó un poco hacia adelante, acercándose a Arthur.
—Patética, ¿eh?
—Claro. Casi tan patética como stalkear mi librería.
—¿Qué puedo decir? Es una linda librería. —Arthur bufó y Francis interpretó eso como un "pero por supuesto que lo es"—. Es cierto. Para ser libros usados están en muy buen estado.
—Muchos han necesitado reparaciones.
—¿Y los has arreglado tú? —preguntó juguetonamente.
—No sé qué quisiste insinuar con ese tono de voz, pero sí, ha sido cosa mía.
Francis sonrió con sinceridad y se acomodó mejor en el asiento.
—Cuéntame más sobre eso.
Era casi medianoche cuando Francis se despidió de Arthur para regresar a casa. Por las calles aún transitaban algunas personas y la mayoría de los establecimientos comerciales estaban cerrados. Metió las manos dentro de los bolsillos de la chaqueta y con paso tranquilo, parsimonioso, pasó frente al restaurante y dobló la esquina hacia la entrada de su casa. Un gato pasó corriendo a su lado cuando subió las escaleras, sorprendiéndolo. Divertido ante su propia reacción, rió un poco. Francis abrió la puerta y entró, dejando las llaves en el lugar de siempre. Subió las escaleras hasta su habitación y al estar en ella se quitó la chaqueta, dejándola en el diván junto a la ventaja.
Sobre la mesa de noche estaban sus cigarrillos y el encendedor, junto a un cenicero. Los tomó, encendió uno y se sentó en el diván. Abrió la ventana, dejando que el aire nocturno se llevara el humo del cigarro para que el aroma no penetrara tanto en la habitación. Su primer mes viviendo como un humano estaba llegando a su fin y había disfrutado cada momento. Las personas, el lugar, la vida que llevaba, todo se juntaban en una armonía casi perfecta. Sintió envidia de Francis por poder disfrutar de todo ello durante el tiempo que durase su existencia.
Dio una calada profunda al cigarro y mantuvo la mirada fija en la calle mientras dejaba escapar el humo por la nariz. El mismo gato que le sorprendiera al llegar a casa trepó por una pared y entró en la casa de su vecino de enfrente. El primer mes se había ido rapidísimo y algo le decía que los dos restantes ser irían con igual velocidad. Quizá debería hacer una lista de las cosas importantes que le gustaría vivir mientras tuviera la oportunidad de hacerlo. Dos meses no serían suficientes para conocer aquel mundo que existía sin seres como él.
Sonrió ligeramente al pensar que, como nación, el paso del tiempo no era algo que importara demasiado. Pesaba cuando perdía a un ser querido, pues querer a las personas que compartían tiempo con él era inevitable. Sin embargo, aquel era un dolor conocido y si bien jamás olvidaba a todas esas personas, el dolor disminuía poco a poco hasta que daba paso al sosiego y a saber que aquel tiempo compartido había estado lleno de buenos momentos. Como Francia, no tenía por qué preocuparse porque los días pasaran; como Francis, sólo Francis, estar pendiente del tiempo se volvía inevitable. Incluso llevaba la cuenta de sus días en aquel lugar en un calendario.
Su mente volvió a viajar hacia el mundo que abandonó días atrás. Se preguntó cómo lo estarían pasando por allá, si su ausencia habría causado muchos problemas. Suponía que si uno de los países desaparecía de pronto un día, el caos sería inevitable. ¿Ocurriría algo con las personas que vivían en su tierra? ¿Lo darían por muerto? Cuando terminó el primer cigarrillo tomó otro y lo encendió. Pensar en ello sólo le ponía ansioso. Esperaba que Inglaterra tuviera todo cubierto, aunque suponía que si alguien ya había hecho un viaje como aquel y el mundo no había terminado, era porque cualquier desastre se arreglaría de una u otra manera. Confiaba en que así sería.
Ya saben que nos leemos la próxima semana. Si les gustó el fic, recomiéndenlo a sus amigos. Si no les gustó, recomiéndenlo a sus enemigos ;) Si quieren pasar a saludar, en twitter me encuentran como c_faelivrin
