Disclamer: La historia original se llama Un Soltero Difícil de Gabrie Kritin y los personajes de Sailor Moon pertenecen a la genial Naoko Takeuchi
•·.·´¯`·.·•Ƹ̴Ӂ̴ƷDIFICIL DE ATRAPARƸ̴Ӂ̴Ʒ•·.·´¯`·.·•
Capítulo 1
A Serena Tsukino no le hacía ninguna gracia ir a la cárcel, aunque varios miembros de su familia residían allí. Aun así, hacía la ronda cada semana, llevando regalos y chismes familiares.
Primero vio a su tía Wanda, a quien le había caído una sentencia de dos a cinco años por hurto. Luego al primo Kit, condenado a diez meses por firmar cheques sin fondos. Su otra prima, Nora, es taba allí de nuevo por no presentarse ante el juez cuando le dieron la libertad condicional.
Y, por fin, su madre.
—¿Sabes que pronto me darán la condicional? —sonrió Ikuko Tsukino, quitándose una pelusilla del overol naranja.
—Dentro de veinte días. De eso quería hablar contigo —Serena se aclaró la garganta, mirando a su madre a través del panel de plexiglás. Había ensayado el discurso durante el viaje desde St. Louis y estaba decidida a convencerla para que se reformase de una vez por todas.
—Será más fácil que te den la condicional si tienes un trabajo y un sitio donde vivir.
—Me niego a trabajar en otra lavandería. Mira lo que me hizo ese detergente en las manos.
Serena dejó escapar un suspiro.
—Madre, esta vez no puedes elegir. Y no puedes volver a trabajar para el tío Leo.
—Pero él me deja trabajar las horas que quiero...
—¡Se dedica a lavar dinero!
—Pero me dio de alta en la Seguridad Social...
—Se acabó, mamá —la interrumpió Serena—. En serio. Seyia te necesita y yo también. Ikuko arrugó el ceño.
—¿Qué le pasa a Seyia?
Serena no sabía por dónde empezar. Su hermano pequeño siempre estaba atravesando alguna crisis.
—Está muy disgustado porque su novia ha roto con él. Ya sabía yo que era un error que le presentaras a tu compañera de celda.
—Pensé que tener una novia le daría confianza en sí mismo. Es tan tímido con las mujeres...
—¡Su novia está acusada de intento de asesinato!
—Pero Mimet parece buena chica. Y es muy guapa. Ah, y ya no es mi compañera de celda. Por lo visto, han anulado la condena por defecto de forma. Creo que se ha ido a Florida.
—Mejor —suspiró Serena—. Lo último que necesitamos en esta familia es otro delincuente. Mira, madre, creo que deberías venirte a vivir conmigo. Yo te ayudaré a encontrar un trabajo.
—Tú no puedes mantenerme, cariño. Especialmente ahora que estás intentando abrir tu propio negocio.
—Ya he conseguido mi primer cliente —anunció Serena, intentando parecer despreocupada—. Así que el dinero no es un problema.
—¡Un cliente! Eso es maravilloso. ¿Cuándo ha sido?
—Ayer. Fui a buscar a Seyia al Café Romeo y me encontré con la propietaria. Me ha pedido que decore el nuevo local.
—Qué bien. ¿No es adivina o algo así?
—Se hace llamar Madame Luna y creo que era adivinadora o algo parecido. Lee el futuro sentimental de los clientes en los posos del café.
Ikuko asintió con la cabeza.
—Qué estafa más original. Debe estar forrada.
—Es legal, mamá. Al menos, ella cree en lo que hace. Y debe funcionar porque ha ampliado el local. Por eso necesita una decoradora.
—¿Le has pedido a Madame Luna que te lea los posos del café?
—Claro que no. No creerás en esas bobadas, ¿verdad?
Ikuko dejó escapar un largo suspiro.
—Y supongo que tú no crees en el amor.
—Sí creo en el amor, pero es difícil conocer hombres interesantes.
—Has pasado de los veinticinco, cariño. No puedes seguir siendo tan selectiva.
—No soy selectiva —respondió Serena—. Mientras pasen un informe delFBI.
Ikuko soltó una carcajada, pero su hija no estaba riendo. Crecer en la familia Tsukino le había enseñado lo que no le interesaba de un hombre. Todos sus parientes eran guapos, encantadores y machistas. Y todos habían pasado por la cárcel. Excepto Seyia, a quien había conseguido alejar de la mala vida. Por el momento.
Para ser justos, el difunto padre de Serena tampoco pasó por la cárcel. Fue un extraordinario ladrón de joyas que nunca se dejó atrapar por la policía.
—A lo mejor yo también voy al Café Romeo —sonrió Ikuko—. Después de pasar tres años aquí, me vendría bien un poquito de cariño.
—Me parece estupendo —exclamó Serena, para quien cualquier cosa era mejor que ver a su madre en la cárcel—. En cuanto salgas de aquí iremos de compras. Necesitas un nuevo vestuario.
—Y también necesito hacerme la permanente —suspiró Ikuko—. Y teñirme el pelo.
—Haremos todo eso, no te preocupes.
Gracias a Madame Luna, tendría dinero suficiente. La propietaria del Café Romeo era un poco rarita, pero su oferta de trabajo no podría haber llegado en mejor momento. Ni siquiera le había pedido referencias, sólo que firmase el contrato lo antes posible.
Y, curiosamente, que tomase una taza del especial de la casa: café jamaicano con almendras.
XOXOXO
—No digas que no te he advertido.
Darien Chiba dejó la tabla de contrachapado para mirar a su hermano pequeño. Aunque Nick ya no era tan pequeño. Con veintiséis años y un metro ochenta y nueve de estatura, era tres centímetros más alto que él.
—Llevas prediciendo catástrofes desde que te conté que la tía Luna había confiscado nuestras tazas de café. ¿No crees que estás un poco paranoico?
Nick Chiba soltó una risita.
—Eso es lo que dijo Andy. Y mira lo que le ha pasado.
—Andy no está muerto, sólo va a casarse.
—¿Dónde está la diferencia?
Darien sacó un lápiz del bolsillo de la camisa. No pensaba dejar que esa ridícula conversación retrasara las obras del Café Romeo. Una sola pared separaba el café de una antigua pizzería y, después de varias semanas de trabajo, el nuevo y ampliado local empezaba a tomar forma. El día anterior había tirado parte del muro y tapado el hueco con una lona, de modo que ya tenían acceso al café desde allí.
—Mira, Nick, tienes que olvidar tu fobia al matrimonio. No es sano.
—Ya, claro. Y supongo que tu plan de hacer audiciones para encontrar esposa es mucho mejor.
—Desde luego. Yo pienso casarme en cuanto encuentre a la mujer que reúna todos los requisitos.
Su hermano hizo una mueca.
—Pues yo me marcho.
—¿Dónde?
—A Cleveland, Ohio. En cuanto supe que la tía Luna había puesto sus manos en mi taza de café pedí que me trasladasen. No quiero arriesgarme.
—¿No te parece un poco exagerado?
Nick se cruzó de brazos.
—Dímelo tú. Nuestro hermano mayor acaba de pedir en matrimonio a una chica a la que conoció hace menos de un mes. Él, que se reía de los que pasaban por el aro. Y la culpa es de tía Luna — suspiró, inclinándose hacia Darien—, Ten cuidado, hermanito. Ten mucho cuidado.
—Lita me cae bien —replicó Darien, en defensa de su futura cuñada.
—A mí también me cae bien, pero eso da igual. El caso es que una de las locas predicciones de tía Luna se ha hecho realidad. Y yo no quiero ser la víctima número tres.
—¿Número tres? ¿Quién es la víctima número dos?
—Mírate en el espejo, amigo. Eres cebo para novias y la tía Luna está dispuesta a encontrarte una a la carrera. En cuanto Andy y Lita se casen, me marcho de aquí.
Nick desapareció tras la lona. Estaba asustado. ¿De qué?, se preguntó Darien. Luna no podía obligarlo a casarse.
Desde luego, él no pensaba hacerlo hasta que encontrase a la mujer perfecta. Una mujer que reuniera todos los requisitos, como le había dicho a su tía. Y ella aceptó sin protestar.
Aunque quizá había sido demasiado fácil, pensó entonces. Quizá debería hablar con ella, por si acaso.
Como si hubiera leído sus pensamientos, Luna Chiba apareció en ese momento acompañada del camarero más ineficaz del Café Romeo: Seyia.
—Darien, el local está quedando precioso.
Luna llevaba una especie de túnica rosa con turbante a juego. Los brazaletes dorados que adornaban sus brazos tintineaban con cada movimiento.
Darien miró alrededor. El suelo de madera necesitaba ser lijado y pulido. Había cables por todas partes y el papel pintado de la pared se caía a trozos.
—Aún queda mucho trabajo. Especialmente si quieres que abramos dentro de un mes. Podría contratar a alguien.
—No será necesario —lo interrumpió su tía—. He encontrado a la persona perfecta.
—¿Quién?
—Yo —dijo Seyia Tsukino, cruzándose de brazos.
Darien se tragó un suspiro. No, él no. Cualquiera menos Seyia.
—Tú tienes mucho trabajo.
Seyia se volvió hacia Luna.
—Ya te dije que no querría. ¿No te lo dije? Le tiro una taza de café sin querer y me lo guarda para siempre.
—No es verdad. ¿A que no Darien?
Era verdad. El café que Seyia le tiró en los pantalones estuvo peligrosamente cerca de hacer un daño irreparable. Seyia era tan peligroso como el resto de la infame familia Tsukino y Darien sintió un escalofrío al pensar en lo que podría hacer con una pistola de clavos.
—Mira, no es nada personal. Es que prefiero trabajar con alguien que tenga experiencia.
—En séptimo hice una casita para pájaros —replicó el camarero, abriendo mucho sus ojos de cachorro—. Y siempre estoy reparando cosas en casa.
—Clava algo para que Darien te vea —dijo Luna entonces, dándole un martillo.
—No hace falta...
Demasiado tarde. Seyia le dio un martillazo a uno de los tablones que Darien había puesto para sujetar el muro y la madera se partió en dos por el impacto. El muro se agrietó peligrosamente y trozos de yeso empezaron a caer al suelo.
—¿Le doy otra vez? —preguntó él, orgulloso.
—¡No, por favor! No puedo pagarte.
—No hace falta —intervino Luna, quitándose un trocito de yeso de la túnica—. Yo pagaré el salario de Seyia. Ha decidido dejar de servir mesas durante algún tiempo, pero no quiero perderlo.
—Es que no puedo soportar el estrés —explicó él, con voz temblorosa—. Algunos clientes son tan groseros... les tiras un poquito de café encima y empiezan a gritar que van a demandarte.
Luna pasó el brazo por los delgados hombros de su camarero.
—He pensado que este trabajo le vendría bien. Quizá a Seyia, pero no a Darien.
—¿Qué tal si te tomas unas vacaciones? Podrías tomar el sol en la playa.
—La arena me produce alergia —contestó Seyia—. Y, por una vez en mi vida, me gustaría ser bueno en algo. Por favor, dame una oportunidad.
Luna tomó la mano de su sobrino.
—Darien, hazlo por mí.
Maldición. Habría dado un brazo por su tía. Los tres hermanos Chiba le debían mucho. Luna dejó su carrera como adivinadora para cuidar de ellos cuando su madre los abandonó.
Pero él le debía aún más.
Por eso había aceptado hacer la ampliación del local a precio de costo. Aunque su trabajo como contratista de obras normalmente le reportaba tres veces esa cantidad.
Aunque si aceptaba a Seyia como aprendiz seguramente le costaría el brazo, pensó. Por no hablar de una pierna y varios dedos.
—Por ti haría cualquier cosa, tía Luna —suspiró por fin, inclinándose para darle un beso en la mejilla.
—¿Cualquier cosa? —repitió ella, con los ojos muy abiertos.
—«Casi» cualquier cosa —corrigió Darien para no encontrarse con una cita ciegas.
—Pero es que he encontrado a la chica perfecta para ti.
Él levantó una mano.
—Olvídalo. Ya hemos hablado de esto, tía Luna. Además, esta noche tengo una cita con Karmesite.
Luna arrugó la nariz.
—No me gusta Karmesite. Es demasiado...
—¿Encantadora? ¿Guapa? ¿Generosa?
—Te matará de amabilidad. O de aburrimiento. O de las dos cosas. Tú necesitas una mujer que sea un reto, Darien. Alguien que le dé un poco de emoción a tu vida.
—Eso es exactamente lo que no necesito.
Él tenía el futuro bien planeado y sabía exactamente qué quería de su futura esposa. Incluso había hecho una lista con los requisitos que debían reunir para las candidatas. No pensaba elegir a la mujer equivocada, como su padre, para sufrir después durante toda la vida.
—No seas cabezota —insistió su tía—. He leído los posos del café de Karmesite y te aseguro que no es tu alma gemela. Si me dejaras emparejarte con...
Darien le tapó la boca con una mano.
—No sigas, tía Luna . Andy y Lita están enamorados y fuiste tú quien los emparejó, de acuerdo. ¿Por qué no te concentras en la boda? Sólo faltan unas semanas.
Los ojos de su tía brillaron de emoción.
—¡Podríamos hacer una boda doble! Andy y Lita, tú y...
—Karmesite —la interrumpió Darien—. O Berjerite o Kalaberite. Son las tres que van en cabeza para convertirse en la señora Chiba. Pero no voy a casarme todavía.
Luna levantó una ceja teñida de color naranja.
—Porque aún no has encontrado a la mujer de tu vida.
Él no discutió. No porque estuviera de acuerdo, sino porque Seyia había enchufado la sierra eléctrica y el ruido era ensordecedor. Desgraciadamente, y como era habitual en Seyia Tsukino, era incapaz de controlar el aparato.
—¡Deja eso antes de que mates a alguien!
Demasiado tarde.
XOXOXO
Darien dejó escapar un suspiro. Karmesite estaba a su lado, con las piernas delicadamente cruzadas. Su perfección empezaba a irritarlo, pero eso podría ser consecuencia de las medicinas.
—¿Te ha gustado el postre? —preguntó ella, con una sonrisa en los labios.
Llevaba un precioso traje de chaqueta gris perla y una blusa blanca abrochada hasta el cuello. Apenas usaba maquillaje y el pelo caía como una cortina de seda sobre sus hombros.
—Sí —contestó Darien, dejando a un lado la cucharilla.
—La crema francesa es mi postre favorito — sonrió Karmesite.
«Crema francesa». Un seudónimo de las natillas. Ese era el problema. Todo en Karmesite era tan... falso. Darien se echó hacia atrás en el sillón, irritado consigo mismo. La chica era perfecta. Entonces, ¿cuál era el problema?
Mentalmente, repasó la lista de requisitos de su «esposa perfecta»: debía ser atractiva, pero no demasiado guapa. Buena cocinera, buena conversadora, pero sin ganas de discutir inútilmente.
Karmesite era todo eso, pero durante la cena había estado a punto de quedarse dormido. A lo mejor sólo estaba cansado. Al fin y al cabo, había sido un día terrible.
Darien movió el pie derecho, que reposaba sobre una silla, y se le escapó un gesto de dolor.
—¿Te duele? —preguntó Karmesite, mirando la venda que llevaba en el dedo gordo.
— Se está pasando el efecto de la anestesia.
—No sabía que tu trabajo fuera tan peligroso. Has tenido suerte de que sólo te hayan dado cuatro puntos.
—Cinco —la corrigió él—. Y me habrían tenido que dar muchos más si no hubiera llevado las botas de trabajo.
Karmesite sonrió. Esa sonrisa perfecta empezaba a ponerlo de los nervios. Nunca hasta entonces lo había molestado. Pero nunca antes había pensado en la posibilidad de ver esa sonrisa todas las mañanas durante cincuenta años.
—Menos mal que tu tía llamó a una ambulancia.
—La ambulancia no era para mí, era para Seyia. Tuvo un ataque de pánico después de tirarme la sierra en el pie.
—Ay, pobre —murmuró Karmesite.
Darien tenía la impresión de que no estaba escuchándolo. Parecía absolutamente concentrada en quitar la cera de un candelero de cristal. No era una mujer muy excitante, desde luego, Pero él no estaba buscando eso. Y tampoco estaba buscando amor, se recordó a sí mismo. Buscaba afecto, compañía, compatibilidad y, si era posible, pasión, pero no amor. Al menos no el amor apasionado que había vuelto loco a su hermano.
Darien quería orden en su vida. Estabilidad. Una familia. Quería... natillas, no crema francesa.
Seguramente se acostumbraría a la sonrisa de Karmesite. Y a cómo arrugaba la nariz cuando comía. Todas las parejas tenían que acostumbrarse a ciertas cosas. Seguramente también habría cosas en él que la sacarían de quicio.
«Olvídate de esas bobadas», pensó, cansado.
—Karmesite...
Ella levantó la mirada.
—Dime.
Darien se aclaró la garganta.
—Me gustaría hablar de nuestro futuro.
Karmesite se inclinó hacia delante.
—Cuánto me alegro. Yo también quería hablar de eso, pero no sabía cómo sacar el tema.
Darien intentó relajarse. Eso era algo que le gustaba de Karmesite: que no era exigente. Siempre esperaba que él tomase la iniciativa.
—Tú primero —dijo, buscando tiempo para componer una petición de matrimonio.
Ella sonrió.
—Pues verás... nunca he sabido lo que quería de la vida hasta que te conocí. Cuando empezamos a salir, hace tres meses, lo vi todo claro. Y cuando nos besamos por primera vez, me di cuenta de que no estaba equivocada.
Ojalá pudiera decir lo mismo, pensó Darien.
Desgraciadamente, su primer beso había despertado en él más dudas que deseo.
—¿De verdad?
Karmesite asintió con la cabeza.
—Entonces supe que quería pasar el resto de mi vida en un convento.
Darien parpadeó, atónito.
—¿Qué has dicho?
—Voy a hacerme monja —dijo ella entonces, con voz temblorosa.
—¿Monja?
—He solicitado ingresar en el convento de Santa María como novicia. Sólo quería decirte adiós, Darien. Y darte las gracias.
¿Las gracias? Después de besarla, Karmesite decidía hacerse monja. Eso no era exactamente un halago.
—Monja —murmuró, incrédulo.
—¿Te sorprende?
—Claro que me sorprende. ¿Desde cuándo quieres ser monja?
—Desde que era pequeña —contestó ella, con una sonrisa—, Pero no estaba segura del todo, así que decidí tener un último ligue antes de tomar la decisión.
«Un ligue». ¡Había estado a punto de pedirle que se casara con él y Karmesite lo consideraba un ligue! Durante el tiempo que salió con ella, no se le ocurrió pensar que podría no estar interesada... ¿No estar interesada? Menudo eufemismo. ¡Estaba a punto de hacer voto de castidad!
—Tengo que marcharme —dijo Karmesite entonces, levantándose.
—¿Te vas?
—A las monjas no nos gusta acostamos tarde — sonrió ella, tirándole un beso—. Lo he pasado muy bien esta noche, de verdad. Gracias por la cena.
—Gracias a ti por hacerla —murmuró Darien, intentando levantarse.
—No, no te levantes. Tienes que descansar el pie.
Unos minutos después oyó el motor del coche y el chirrido de los frenos. A la «hermana Karmesite» le gustaba pisar el acelerador. Y quizá a las monjas no les ponían multas.
Entonces miró los platos sucios sobre la mesa. Demasiado tarde se dio cuenta de que Karmesite no era tan perfecta. Se había ido sin fregarlos.
Darien cerró los ojos. No podía fregar los platos con cinco puntos en el dedo gordo del pie. Quizá debería tirarlos. En realidad, nunca le había gustado el dibujo de margaritas; era demasiado femenino. Los había comprado en una tienda de objetos baratos, cuando no andaba muy bien de dinero. Ahora podía comprar algo más masculino.
Cuando se preguntaba si también debía tirar los vasos, sonó el timbre.
—¡La puerta está abierta!
No se levantó. A lo mejor era Karmesite, que volvía para decir que todo era una broma.
Pero no era Karmesite, sino una chica rubia. Con un vestido de seda roja que modelaba su cuerpo a la perfección. Un cuerpo en el que un hombre podría perderse.
Haciendo un esfuerzo. Darien levantó la mirada de unos pechos de escándalo. Lo primero que vio fueron unos brillantes ojos azules que lo miraban, irónicos. Luego, una nariz respingona y unos labios generosos.
Aquella mujer no era una monja.
¿Quién era? ¿Y qué estaba haciendo en su casa? Pero antes de que pudiera preguntar nada, ella apoyó ambas manos en la mesa, mostrándole sin querer su generoso escote.
—Es usted el hombre al que estaba buscando.
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Bueno niñas aquí les dejo el primer capítulo de esta historia, jajajaja. Que les pareció?… esta historia promete ser muy interesante y muy divertida. Espero que sea de su agrado y de antemano gracias por tomarse el tiempo de leer esta historia
Besitos
Ángel Negro
