Buenas noches, gente! Aquí está la segunda y última parte parte de este twoshot un poco cursi, extraño y algo espiritual. O.o... Y es un lemmon XD.

Ojalá les guste ^_^.

Saludines!

Vicka.


II.

Te veo irte de mi departamento con una sonrisa en tu rostro de niño estúpido mientras que yo me quedo aquí a rumiar mi desgracia por haber perdido mi juguete favorito: Tú.

Podría no darle importancia al asunto y obtener al primer idiota que quiera, podría simplemente reírme e ir a la computadora a subir las fotos en el Facebook y humillarte porque me pusiste un alto al divertido juego sexual que teníamos tú y yo.

Podría hacer eso y muchas cosas… En lugar de quebrarme internamente al escucharte pronunciar el nombre de quien menos me imaginaba.

¡Maldición!, ¡¿cómo no podía haberme dado cuenta de lo que sucedía a mis espaldas?! ¡¿Cómo no pude figurarme que tu cuerpo estaba ahí, en el lecho de otro además del mío?! ¿Cómo podría figurarme que te imaginabas a ese otro gozar de tu piel, de tu interior, de tus caricias, de tus besos y hasta de tus gemidos?

No, definitivamente escucharte decir el nombre del cabrón de mi antiguo vecino fue lo que me partió la madre.

Todo se fue abajo con tan sólo escucharte gemir el nombre de otro y no del mío. Todo el juego se detuvo sólo por pronunciar ese otro nombre sin reserva alguna.

¿Qué es lo que él te ha regalado, Stan? ¿Qué es lo que ese idiota de Connor Kenway te dio que yo no? ¿Te prodigó amor?, ¿te prodigó placer?, ¿te prodigó todo el consuelo que curaba tu tristeza de estar conmigo, el hombre que te chantajeaba y que era amo de tus movimientos? ¿Qué fue lo que él te dio que yo no haya podido prodigarte?

Me hierve y hasta me enferma de celos el sólo concebirles a ustedes dos juntos en medio de un mar de caricias.

¡Y pensar que te estaba chantajeando por haberte visto en esa orgía sensacional! Pensar que tú, mi juguete, estarías siempre sujeto a mis deseos sin punto de retorno, sin tener la posibilidad de escapar de mis manos y sin tener la oportunidad de enfrentarme cada vez que te recuerdo esas deliciosas fotos comprometedoras que te tomé cuando estabas ebrio y estabas en plena calentura con esos cabrones.

Ahora me hallo aquí, solo, en este lecho tan frío y vacío en medio de la oscuridad, con el único pensamiento de ti, con el único recuerdo de tus labios tocando los míos, aunque fuere por la fuerza.

Mis dientes rechinaban porque, al entregarte esas malditas fotos, te perdí para siempre, y eso era lo que me ponía así de desquiciado cada vez que tomaba fotos y chantajeaba a cuanto infeliz se cruzara en mi camino.

Ninguna de mis siguientes víctimas de chantaje sexual y económico me satisfacía como tú podías satisfacerme. Ninguno de mis amantes ha osado a traicionarme como tú lo has hecho; todos siempre cumplían al pie de la letra mis demandas y mis deseos, pero aún así me cansaba rápidamente de jugar con ellos, de meterles miedo, de exigirles dinero, de divertirme con ellos a sus expensas, y todo lo que tenga que ver con mis intereses, pero nadie, absolutamente nadie, había durado tanto tiempo como tú en mis manos.

Levanté la mirada disimuladamente para observar si subía algún vecino antes de que Mylena, una prostituta a la que contraté para que pueda satisfacer mis necesidades, pudiera salir sin moros en la costa... Y te vi ahí, sonriente, saliendo del departamento de los Kenway, quienes habían regresado de Nueva York y se habían establecido aquí en Denver.

Te vi despedirte de Aveline y de ese idiota de Connor, tu antiguo amante y compañero de aventuras. A veces me pregunto si ella sabe de lo tuyo con su ahora esposo o no, pero lo que sí tengo son las ganas de salir y de confrontarte, de recordarte tus momentos de consuelo con él cuando yo era el verdadero amo de tus besos y de tus caricias, el dueño de cada centímetro de tu cuerpo y el señor de tus caderas, de tu interior siempre cálido.

Tenía las ganas de destruirte, de cobrar venganza por el dolor y la humillación que me supuso perderte.

Volviste tu mirada hacia mi puerta, como si supieras que yo te estaba observando. Entreabriste esos labios sonrosados que conozco muy bien y de sobra, como si quisieras decir algo, pero los volviste a unir y enfocaste tu mirada en la feliz pareja, quienes te preguntaban si pasaba algo.

Tú le respondiste que no, que todo estaba bien.

Mentira, más que mentira. Nada estaba bien. Tú lo sabías y yo también; tú sabías que te estaba observando desde el ojo de la cerradura de mi puerta y yo sabía que tú no me has olvidado.

Lo puedo ver tanto en tu mirada como en tu alma al instante en que retrocedes instintivamente cuando irrumpí en el elevador con un arma punzocortante en mano.

- M-Mark… - susurrabas nervioso.

- Cállate – te decía mientras detenía el elevador entre el quinto y el cuarto piso.

- Mark, por favor… N-no me hagas daño. P-podemos hablar.

Hablar.

Esa palabra no significa nada para mí, aún cuando lo has mencionado dos veces en todo el tiempo que estuvimos juntos, y ambas veces fue justamente en este elevador.

- ¿Hablar?... ¿Hablar de qué, Stan? ¿De cómo me es imposible olvidar la piel de la cual soy dueño absoluto? ¿Uhmmm? ¿De la vez en que me humillaste al mencionar el nombre de ese idiota de Kenway mientras teníamos relaciones sexuales en mi lecho?

- ¡Yo no te humillé, Mark! – me replicaste a la defensiva.

- ¡Por supuesto que sí! – te aclaré - ¡Me humillaste! ¡Me traicionaste!

- ¡¿Traicionarte?! ¡Tú y yo no hemos sido nada, Mark! ¡Jamás lo hemos sido y nunca lo seremos!

- ¡Por supuesto que fuimos algo!

- ¡¿En serio?! ¿Y qué somos, Mark, eh? ¡¿Qué chingados somos?! ¡Que yo recuerde, tú me chantajeabas con esas puercas fotos, me amenazabas con destruirme socialmente si no cedía a tus retorcidos deseos, me agredías físicamente si me resistía y me tomabas por la fuerza al negarte tus placeres! ¿Y dices que fuimos algo? ¡Estás enfermo si piensas que fue así!

Unas lágrimas se asomaron por mis ojos mientras que tú te dirigías hacia el botón de la planta baja para oprimirlo. No obstante, te tomé de la muñeca y te aporreé en la pared metálica; con la navaja cerca de tu rostro, te grité:

- ¡Nadie me dice que estoy enfermo! ¡¿ME OÍSTE?! ¡NADIE!

- ¡Aléjate de mí, maldito criminal de mierda! – exclamabas mientras me empujabas e intentabas escapar de mí.

Te jalé del cabello y te tiré al suelo. Me abalancé sobre ti abriéndote de piernas mientras tiraba la navaja por allá y empezaba a arrancarte las ropas en medio del forcejeo. Enseguida empecé a mover bruscamente mis caderas para hacer fricción entre nuestras entrepiernas mientras lograba atrapar tus dulces labios con los míos.

Desde ese momento, mandé al carajo todo.

Besé tus piernas, acaricié los contornos de tus glúteos y succioné con devoción tu miembro mientras que tú lamías el mío con toda la pasión que me ofrecías. Detuve mis caricias momentáneamente y te separé de mi entrepierna para posicionarte boca arriba con las abiertas y tu cavidad lista para recibirme.

No era necesario prepararte, ya que tu cavidad se había acostumbrado perfectamente al tamaño y grosor de mi miembro. Me adentré en tu interior de una sola embestida mientras que tú te arqueabas de dolor y placer en conjunto por haberme introducido de esa forma.

- Ah… Ma-Mark… - gemías mientras te mordías el dedo pulgar.

- Stan… - susurraba mientras apartaba tu mano de los labios y te besaba con ternura.

Mis embestidas eran rápidas y lentas. Nuestros cuerpos, sumamente compatibles, parecían querer explotar en cualquier momento. Nuestros besos sellaban todo lo que nos unía de manera irremediable, especialmente los votos que nos unirían para siempre.

- Yo… Mark Stomper, te tomo a ti, Stanley Marsh, como mi legitima esposa…

- M-Mark… ¡Ah!

- Prometo amarte, respetarte, estar a tu l-lado…En la salud…

- ¡Ah!

- Y en la enfermedad…

- ¡Ah, ah, ah!

- Hasta que la muerte nos separe…

Con mis besos secaba tus lágrimas y te animaba a que dijeras esos mismos votos. Te negabas al principio, pero al final accediste… Y eso me puso feliz.

- Yo… S-Stan-¡ah!

- C-continúa…

- Y-yo… ¡Ah! ¡N-no! ¡No puedo! ¡No puedo! ¡S-siento q-que me vengo!

- ¡Vamos!

- ¡N-no… Ah! ¡Yo, Stan Marsh, te tomo a ti, Mark Stomper, como mi legítimo esposo! ¡Ah! ¡Y-yo prometo amarte y respetart- ¡ah!, en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte nos separe-¡ah! ¡Dios, no aguanto má-! ¡AAH!

Ambos explotamos en un éxtasis indescriptiblemente hermoso.

- T-te… Te amo - te susurré entrecortadamente en el oído antes de quedarme sumido en el sueño de los justos.

- Konnorónhkwa… Karahkwa (Te amo… Sol) – escuché que me replicaras con voz queda.

Karahkwa…

- ¿Karahkwa?

Meneé un poco mi cabeza antes de volverme hacia ti con serenidad. Tú me mirabas con un rostro preocupado, como si me sucediera algo que no quería decirte por miedo a que te angustiaras. Tus ojos azules se encontraron con los míos fijamente y, como si fueras un libro abierto, pude leer en tu interior que te estabas preguntando si aún evocaba el recuerdo de hace cinco años… Justamente cuando nos conocimos.

- ¿Estás bien? – me preguntaste mientras posabas una mano en mi hombro- Te noto extraño.

- Estoy bien – te respondí con una sonrisa -. Es sólo que estoy cansado.

- ¿Estás seguro?

- Seguro.

- Ok – replicaste mientras me dabas un beso en la mejilla -… Entonces llevaré este jarrón a los Kenway.

Los Kenway. Nuestros buenos vecinos y mejores amigos.

Todavía recuerdo que hace cinco años me aclaraste dos cosas respecto a tu situación con ellos: Que tú y él fueron amantes, pero de paso libre y sin compromiso, y que Aveline sabía de ese amantazgo porque ella le había dado a Connor el libre albedrío de tener amante en lo que ella preparaba su tesis doctoral.

Bueno, al menos ese detalle produjo en mí un enorme alivio en ese entonces, alivio que nunca olvidaré… Y tampoco lo haré con aquellas palabras del dialecto Mohawk llenas de espíritu y fuerza, esas palabras que, juntas, parecían darle un significado a nuestro matrimonio.

Karahkwa y Ehnita… Sol y Luna…

Somos prácticamente ambos astros: Somos distintos y afines a la vez, somos apasionados y somos uno al unirnos.

Somos un Eclipse de la luz y la oscuridad.

Esas fueron las palabras de Connor un día después de que los dos intercambiáramos nuestros votos en solitario: Que éramos un Eclipse, un conjunto del día y de la noche, dos mitades convertidas en una.

- Ehnita – te llamé.

- ¿Uhmmm?

Te abracé con ternura y murmuré:

- Te amo, mi Luna.

Correspondiendo el abrazo, me replicaste con una voz quebrada, como si estuvieras llorando al escuchar esas palabras tan sencillas y tan dadoras de vida:

- Yo también… mi Sol.