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Punto Medio

II

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Linda era a sus doce años, pequeña, esbelta, alegre y para algunos demasiado parlanchina pero no por eso mucho menos preciosa.

Matt siempre había pensado que en el mundo se había nacido para experimentar y probar toda maravilla que había en éste. Siempre se imaginaba a si mismo conduciendo algún auto de carreras (negro y estampado con llamas) y hacer comer el polvo a cualquier idiota que pensara podía ganarle. Otras veces, se veía a sí mismo escalando alguna montaña, el Himalaya y ¿Por qué no? ¡Incluso el Everest! morir congelado tampoco podría ser tan malo como muchos pensaban. También, una buena carrera de motocross, buceo, paracaidismo y salto de acantilado sería emocionante.

Mello a sus catorce años no era amable, considerado o respetuoso y tampoco es que le importara mucho lo que pensaran de él.

Quería, del mismo modo, conocer otros lugares y no quedarse únicamente con la imagen desesperantemente familiar del jardín y los interiores de orfanato. Italia era bastante elegante, Francia también y ambos, según sabia, tenía muy buenos bares nocturnos de juegos y apuestas—Ilegales en su mayoría—en las barrios más bajos y olvidados aunque también sería bueno aprender de su cultura…mucho después de divertirse un rato. Las Vegas también eran un grandioso destino, la ciudad que nunca duerme era sin duda su idea de paraíso terrenal. México también tenía mucho que ofrecer, en especial para alguien como él que sabía lo que quería. Incluso Japón, la tierra del Sol naciente, parecía ser un buen lugar donde pasar una estancia indefinida.

Ni Mello ni Linda eran iguales, siquiera similares. Ella se divertía pintando lo que sea que se le cruzara en frente, tocando aquel piano olvidado hasta antes de su llegada, bailoteando como una habilidosa bailarina en pleno debut. Él se complacía torturando a quien fuera que se le cruzara en frente, irrumpiendo la paz de cualquier habitación con su simple llegada, desquebrajando y bordeando las reglas a su beneficio. Linda prefería el blanco y azul celeste para el mural de la clase, Mello quería negro, marrón, gris y parecidos.

Matt podría, si quisiera, leer una cantidad ridícula de libros, de cualquier nacionalidad, sin importarle su calidad o género pero como no era así se conformaría con toda clase de videojuegos, adquiriría cuanta nueva consola que saliera a la venta y no despreciaría en lo absoluto ningún juego sin importar categoría. Probaría toda marca de cigarros—que no debería hasta la mayoría de edad—manteniendo siempre sus preferidos, el alcohol también pero no en exceso. Las drogas, las probaría quizás, solo por no dejar. Cualquier comida estaría bien siempre y cuando no fuesen vegetales. Los dulces no los menospreciaba.

Linda olía siempre a champú y perfume dejando rastro cuando caminaba de esa forma tan grácil y femenina que tenía. Mello parecía ser más bien, una enorme tarta de chocolate envuelta de una fuerte cubierta de fiereza y rebeldía.

La ropa no importaba, no mucho ¡comodidad sobre todo! tampoco el color era un problema, eso sí, rosita ni muerto. ¡Oh! Y ¿Cómo olvidar el Kamasutra?

Linda parecía estar obsesionada con Near. Mello estaba obsesionado con destruir a Near.

Cualquier cosa, no importaba lo extraño, doloroso o estúpido que fuese, Matt quería experimentarlo.

Ella se cohibía y sonrojaba con la extrema cercanía. Se estremecía y pestañeaba entreabriendo los labios.

Desde lo más simple a lo más complejo.

Él alzaba la barbilla orgulloso, inflaba el pecho y retaba con la mirada. Torcía los labios y arrugaba el entrecejo.

Y sonreía satisfecho cuando tachaba una cosa más de su lista, dispuesto y seguro de continuar su odisea.

Linda sabia a fresas y una combinación exquisita de otros dulces. Mello a chocolate y un toque extraño de menta.

Después de todo, Matt estaba seguro de que la vida estaba hecha para probar y experimentar de todo un poco, cada vez más.

Hombre o Mujer

Y quizás el repetir algunas cosas tampoco estaría tan mal.

Daba igual.

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