CAPITULO 2
Volvieron sobre sus pasos, hacia la gran sala que hacía las veces de lugar de encuentro para todo el personal, tanto técnico como operario, que trabajaban en el Shatterdome. Raleigh miró su reloj de muñeca, un antiguo reloj analógico que le regalara su madre cuando cumplió los doce años. Las manillas asemejaban dos sables de luz, uno azul y otro verde y, en el fondo, una figura de medio cuerpo de Obi Wan Kenobi ataviado con su capa de Caballero Jedi. Adoraba ese reloj, le recordaba cuando todos vivían juntos y felices y no existía la amenaza que había llegado desde el fondo del océano. Ni existía la maldita enfermedad que se había llevado a su madre. Se obligó a deshacerse de aquel pensamiento. No podía hacer nada al respecto. Su madre había muerto hacía más de un año, el mismo tiempo que hacía que no sabía nada de su padre. Se detuvo un momento, mirando de nuevo el reloj.
—¡Raleigh! ¿Qué haces? ¡Vamos!
Levantó la mirada y vio a Yancy unos cuantos pasos más adelante, mirándolo con cara de extrañeza y las manos alzadas ante él, en una muda pregunta. Intentó enterrar en el fondo de su mente aquellos recuerdos de su infancia y, componiendo una nueva sonrisa, aceleró el paso hacia su hermano.
Era la hora de comer y, a donde quiera que mirara, había personas con bandejas de plástico buscando algún asiento libre entre todas las mesas que había desperdigadas por el lugar. Pasaron cerca de ellas y, al ver la comida en ella, se dio cuenta de que tenía hambre. El estómago le rugió ante la vista y el aroma que le llegaba. No había comido nada desde que habían salido de Anchorage aquella mañana muy temprano, cuando apenas había amanecido. De eso ya habían pasado algunas horas y sentía un agujero las tripas. Pero si quería comer, antes tenían que dejar resuelto el tema de la presentación formal al comandante del Shatterdome. Aceleró un poco más el paso, colocándose junto a Yancy, que caminaba a poco más de un metro por detrás de Hill. Cuanto antes terminaran con aquel trámite, antes podría comer.
María Hill los guió por una multitud de pasillos, accediendo mediante códigos y puertas pesadas que se abrían con lentitud y un rechinar de mecanismos. Traspasaron una última puerta cuando Raleigh se estaba preguntando si, en algún momento, llegarían a su destino. Porque el camino parecía no tener fin.
Accedieron a una gran sala, sin ventana y escuetamente decorada, apenas una mesa grande y amplia tras un par de cómodos sillones, una librería atestada de volúmenes y papeles en la pared más alejada a su derecha, y dos sofás enfrentados, colocados justo a su izquierda. Un único cuadro dominaba la estancia: el logotipo del Shatterdome, el águila con las alas desplegadas. Una lámpara grande, sencilla y funcional, lo alumbraba todo.
Yancy y Raleigh entraron tras María Hill y miraron a su alrededor con curiosidad. Raleigh se alegró de haber dejado su cazadora en la habitación que les habían proporcionado. El ambiente era fresco y agradable y agradecía poder pasearse sin ella. Estaba distraído mirando todo a su alrededor cuando escuchó unos pasos acercarse. Giró sobre los tacones de sus botas y vio venir hacia ellos a una mujer. La melena, pelirroja, descansaba sobre sus hombros. Aunque no destacaba por su altura, el cuerpo femenino se movía con elasticidad y elegancia, resaltando sus curvas a cada paso que daba. No pudo evitar fijarse en su rostro, de facciones armoniosas, cuyo rasgo más llamativo eran unos labios carnosos y rojos, y unos ojos verdes que lo miraban inquisitivos. Era una mujer muy, muy hermosa.
La recién llegada se paró ante ellos y unió ambas manos delante de sí.
—Supongo que ustedes son los hermanos Becket, ¿no es cierto? —preguntó, alzando una ceja en un gesto que a Raleigh le pareció encantador.
Yancy dio un paso hacia ella.
—En efecto —respondió éste. El sonido de la voz de Yancy lo sacó de su ensimismamiento: se había olvidado por completo de su hermano ante la llegada de la mujer.
Con un gesto educado, la mujer les tendió la mano, primero a Yancy y luego a él. Raleigh correspondió el saludo. La mano de la mujer, aunque pequeña en comparación con la suya, era fuerte y su apretón, vigoroso. Raleigh le sonrió.
—Este es mi hermano Raleigh. Yo soy Yancy —dijo su hermano, mientras le colocaba una mano sobre el hombro y apretaba ligeramente.
María Hill se apresuró a colocarse junto a la mujer pelirroja.
—Señores, les presento a Natasha Romanoff, comandante del Shatterdome.
Aunque se lo esperaba por su aparición, escuchar de boca de Hill que aquella mujer era la comandante en jefe del Shatterdome de Los Ángeles lo sorprendió. Y, por la expresión que tenía Yancy en su rostro, también lo había sorprendido a él.
Raleigh dio un paso atrás, sin mirar por dónde iba y notó que sus piernas tropezaban con uno de los sillones que había en la sala. Estaba a punto de sentarse cuando la mano fuerte y decidida de su hermano lo detuvo a medio camino. Yancy se acercó a su oído.
—Nadie nos ha invitado a sentarnos. Compórtate —le susurró, intentando que nadie más pudiera escucharlo. Era algo inútil a juzgar por la media sonrisa en los labios de la comandante y María Hill.
La mirada de Raleigh viajó desde el perfil de su hermano, ligeramente ruborizado, hasta las dos mujeres paradas frente a ambos. La Comandante Romanoff mantenía una postura severa, casi marcial, con ambas manos unidas entre si a la altura de sus caderas. María Hill, por el contrario, se había apostado dos pasos por detrás de la Comandante y los observaba con mirada rigurosa y con una ceja ligeramente alzada.
—Siéntese si está más cómodo, señor Becket —dijo al fin Romanoff, con un tono de voz que no estaba acostumbrado a que se le llevara la contraria. Sin pensarlo siquiera, Raleigh dejó de caer el peso de su cuerpo en el asiento que había tras de él, sin dejar de observarlas. Yancy lo imitó al punto, sentándose junto a él en el sofá.
Natasha Romanoff giró sobre sus talones, acercó una de las sillas que se encontraba junto al escritorio y tomó asiento frente a los hermanos.
—Creo que ya conocen a nuestra directora de tecnología, María Hill —comenzó indicando Romanoff, sentada en el sillón con la espalda erguida.
Yancy y Raleigh miraron a la mujer que se encontraba a la espalda de su jefa, con las manos apostadas a su espalda y las piernas ligeramente separadas, sosteniendo el peso de su cuerpo por igual. Tras unos segundos, y como si ambos lo hubiesen pactado con anterioridad, asintieron al unísono.
—Espero que su estancia aquí sea lo más agradable posible —continuó diciendo Romanoff con una educada sonrisa en los labios.
Raleigh se movió inquieto en su asiento sin apartar la vista de ella. Pese a aquel aura de aparente fragilidad, la presencia de la mujer le imponía, sin entender muy bien el por qué. Le sonrió, alzando las comisuras de manera exagerada y colocó las manos sobre las rodillas, como su madre la había enseñado cuando era pequeño e iban de visita a casa de algún familiar especialmente puntilloso con el comportamiento de los niños.
—Estamos seguros de que será una experiencia que no olvidaremos —respondió Yancy. Raleigh lo miró de reojo. Su hermano no podía ser más empalagoso ni entrenándose con ahínco. Tenía que recordar darle la carga cuando estuvieran a solas.
Romanoff asintió con reservas, sin dejar de mirarlos.
—No obstante, debo recordarles que esto no es un campamento de verano. Trabajarán como los demás. Sudarán como los demás. Y seguirán entrenándose, tanto en el simulador como en el kwoon. Son pilotos de Jaegers. En sus manos está el futuro de muchas personas. Y aquí trabajamos duro para asegurarnos de que esas personas lo tengan.
Raleigh contuvo unos instantes el aire en los pulmones. El tono de la mujer no dejaba lugar a interrupciones y, mucho menos, a cuestionar lo que estaba diciendo. Era autoritaria, aunque su tono de voz calmado, casi irónico, podía engañarlos. Natasha Romanoff no era alguien a quien tomar a la ligera. Raleigh terminó asintiendo con reticencia, al igual que Yancy.
La Comandante les ofreció una sonrisa sesgada que le iluminó su hermoso rostro. Raleigh no podía evitar mirarla fijamente. Era una mujer muy guapa, le recordaba a una de esas pequeñas muñecas de porcelana que tenía su abuela. Sin pensarlo, Raleigh le correspondió su gesto con una sonrisa amplia y franca.
Romanoff se levantó de su asiento. Como accionados por sendos resortes, Raleigh y su hermano la imitaron, poniéndose en pie. Raleigh sintió el cuerpo tenso y los músculos de la espalda le dolían sin saber bien por qué.
—Señores, son libres de explorar el recinto como les guste. En su habitación encontraran los horarios de sus actividades y el lugar en el que se desarrollarán. Para cualquier duda, tienen a Hill, que les atenderá sin problemas.
Tanto Raleigh como Yancy asintieron casi al unísono. Sin esperar ninguna otra respuesta por parte de ambos hermanos, Romanoff les saludó con la cabeza una última vez.
—Que tengan un buen día.
Y giró sobre los tacones bajos de sus botas, encaminándose con paso firme hacia la salida.
Raleigh se quedó mirando el lugar por donde había desaparecido la mujer. Abrió la boca para decir algo, no sabía bien el qué, pero su cerebro debió pensar que era mejor mantenerse callado y la cerró con un audible sonido que hizo que su hermano girara la cabeza hacia él y arqueara una ceja, regañándole en silencio.
Se encogió de hombros y dirigió la mirada hacia Hill, que aún aguardaba en la estancia, mirándolos con cierta severidad y con las manos unidas fuertemente delante de ella. Le sonrió abiertamente, esperando que Hill le correspondiera. No fue así. Ella enderezó la espalda aún más si era posible y carraspeó.
—Si me disculpan, tengo cuestiones que atender. No duden en llamarme si necesitan algo. Estaré en la sala de control.
María Hill se encaminó hacia la salida por donde minutos antes había desaparecido su jefa y abandonó el lugar sin mirar hacia atrás.
Los hermanos permanecieron en el centro de la sala, uno junto al otro, hombro con hombro, callados.
—Nos han dejado solos —intervino Raleigh unos segundos después, cuando el silencio comenzó a hacerse demasiado pesado.
Yancy se limitó a asentir con la cabeza, una vez y luego otra, con lentitud.
—¿Y qué hacemos ahora?
El mayor de los Becket se giró hacia Yancy, metió las manos en los bolsillos de sus pantalones y se encogió de hombros.
—¿Comer, tal vez?
Raleigh sólo tardó una décima de segundo en darle la razón a su hermano con una sonrisa en su rostro.
La zona del comedor estaba repleta a aquella hora. El olor a comida cocinada con muchas especias llenaba el lugar. Raleigh no podía diferenciar bien cuál era el plato principal del día a juzgar sólo por el aroma que lo impregnaba todo, pero estaba seguro que, como primer plato, había carne estofada y, tal vez, acompañada de puré de patatas. La boca se le hizo agua al pensar en la comida. La última vez que había probado bocado fue justo antes de partir del Shatterdome de Anchorage, donde había desayunado un cuenco enorme de cereales, un plato de tortitas con sirope de arce y bacon frito. Eso había sido siete horas atrás y su estómago le estaba recordando que debía echarle algo.
Miró a Yancy, que estaba parado a su lado, mirando a su alrededor con los ojos bien abiertos y una expresión de quien no sabe qué es lo que tiene que hacer. Imitó a su hermano y observó las personas que iban y venían, algunas con las manos vacías, charlando y sonriendo. Otras se acercaban a las zonas donde estaban dispuestas las mesas para las comidas. Raleigh se alzó de puntillas para visualizar mejor aquel vasto campo. Nunca había sido muy bueno intentando calcular cuánta gente podía entrar en un recinto determinado, o cuantas bolas de chicle podía contener una jarra de cristal, pero en aquella ocasión estimó que si no había algo más de cien mesas en aquel lugar, faltaban muy pocas para llegar a aquel número. Volvió la vista hacia Yancy y le sonrió.
—¿Y bien? ¿Nos vamos a quedar todo el día aquí, parados? Yo tengo hambre —dijo. Y como si su estómago hubiese comprendido, rugió inclemente.
Su hermano no le contestó, tan sólo asintió. Ambos se dirigieron hacia el lugar en donde le parecía haber visto más afluencia de personas. En efecto, la cola para la comida comenzaba en aquel sitio. Tomaron sendas bandejas de metal y aguardaron su turno.
El menú del día consistió en carne estofada, como su olfato había adivinado, una menestra de verduras que no le gustó en absoluto y patatas al horno. Se sentaron en el primer banco en donde encontraron un par de asientos libres y, tras saludar amigablemente a sus compañeros de mesa con un gesto de la cabeza, comenzaron a dar buena cuenta de sus almuerzos.
Apenas hablaron hasta que las dos bandejas estuvieron vacías. Raleigh había estado observando todo a su alrededor entre bocado y bocado, alzando el cuello para ver mejor. La gente parecía sentirse distendida y feliz, muy lejos de lo que esperaba encontrarse. Él creía que la vida en un auténtico Shatterdome discurría entre relojes en una cuenta progresiva, que sólo se detenía cuando aparecía una amenaza kaiju, y el trabajo incansable y eterno de tener los jaegers a punto.
Cuando quiso darse cuenta, se había terminado la comida por completo. Su estómago, al menos, se sentía satisfecho. Más que suficiente por el momento. No quería perder más tiempo sentado allí. Quería terminar de visitar todo el Shatterdome y el muelle. Y volver a ver a aquellas maravillas de gigantes de metal que allí se hospedaban. Estaba deseando ir y poder hacer preguntas a los mecánicos. Tenía mil cuestiones en la cabeza y una gran impaciencia por conocer las respuestas. Miró a Yancy, sentado frente a él, rebañando uno de los compartimentos de la bandeja con un trozo de pan que había pinchado en el tenedor.
—Hey, ¿has terminado ya? —le preguntó, echándose hacia adelante.
Yancy levantó la mirada, alzó una ceja y se llevó a la boca el trozo de pan, que masticó con fruición y parsimonia.
—¿Ves que he terminado? —preguntó a su vez con la boca llena.
Raleigh miró la bandeja y, un instante después, alzó la vista para depositarla de nuevo en su hermano.
—Vas a sacarle brillo —le contestó, cruzando los brazos ante su pecho. Alzó una ceja y le sonrió con sorna.
Yancy arrojó de mala gana el tenedor en la bandeja.
—Vale, sí, he terminado. ¿Contento?
El menor de los Becket asintió pesadamente.
—Mucho. Venga, vámonos.
Yancy parecía tener intención de no levantarse. Alzó la cabeza para mirarlo.
—¿Y dónde se supone que vamos? —quiso saber, alzando la mirada.
Raleigh no comprendió la pregunta. O no quería comprenderla. Estaba ansioso por ponerse en marcha. Miró a su alrededor para regresar a su hermano.
—¡Pues a conocer todo esto, Yance!
Su hermano hizo una mueca con los labios.
—Estoy cansado. Hemos hecho más de tres mil kilómetros y estoy muerto. ¿No podemos dejarlo para más tarde?
Raleigh puso los ojos en blanco y colocó las manos en su cintura, a modo de jarra.
—Tú siempre estás cansado.
—No siempre.
—Como sea, siempre quieres dormir.
Raleigh se dio cuenta de que su hermano intentó buscar una réplica pero no pudo encontrarla. Porque él llevaba razón: Yancy siempre quería dormir. Si no tenía nada que hacer, dormía. Si tenía que postergar algo, no era el sueño, precisamente. Si no sabía dónde encontrar a su hermano, su primera opción era la cama. Y nunca fallaba.
Hundió los hombros, decepcionado.
—¿Entonces?
Yancy se levantó despacio.
—Vete tú. Yo haré la visita a las instalaciones más tarde, Ray—. Se pasó una mano por el pelo, despeinándolo, dejándolo desordenado.
Era cierto que se le veía cansado, pensó Raleigh, dándole crédito a las palabras de su hermano. Pero él se sentía como una rosa y no quería meterse en la habitación.
—Muy bien, me iré solo —cogió la bandeja para dejarla en donde se apilaban las usadas. Antes de macharse, miró por última vez a su hermano. —Tú descansa, abuelo.
Lo último que oyó antes de dejar atrás la mesa del almuerzo fue el resoplido que salió de los labios de Yancy.
En su deambular por el Shatterdome, a nadie le llamó la atención la presencia de Raleigh. Con suerte, algunas personas con las que se cruzó le ofrecieron una segunda mirada y un gesto de cabeza como saludo. Eso fue todo. ¿Y qué pretendía, que lo reconocieran como el joven ranger recién llegado de la academia jaeger, y que iba a pasar en Los Ángeles una temporada? Vale, sí, lo había pensado, pero convino que, tal vez, sonaba muy presuntuoso por su parte. ¿Cuántas personas podrían trabajar en Shield? ¿Dos mil? ¿Tres mil? Y estaba completamente seguro de que no todos se conocían entre ellos. Sonriendo, continuó su paseo por el Shatterdome.
Había tenido razón con su primera impresión: aquel lugar era sorprendente. Allá donde fuera todo funcionaba como si fuera un engranaje. Se había pasado por el departamento técnico y allí estaba la mujer que les había dado la bienvenida: María Hill. Se movía con desenvoltura entre las consolas y los monitores, tratando con unos y otros, atenta y seria. Aquella mujer estaba acostumbrada a dar órdenes. Y a que la obedecieran. Cuando alguien se acercaba a ella, Hill lo escuchaba con atención, centrada en lo que le estaban diciendo. En cuanto terminaba su exposición, Hill les ofrecía sus opiniones y la persona se marchaba con paso rápido a llevar a cabo aquello que ella hubiese sugerido. Estaba seguro de que aprendería un montón de cosas con sólo poder observar a aquella mujer.
A su pesar, dejó atrás el departamento técnico. Se cruzó con un buen número de personas que iban y venían por los pasillos, ajetreadas. Las miró de soslayo y continuó su caminar. Su meta final era el muelle. Estaba ansioso por echarle un vistazo más detenido al Romeo Blue. Cuando llegaron esa mañana todo había sido demasiado precipitado y aquella preciosidad necesitaba de toda su atención para contemplarla. Y, si tenía un poco de suerte, igual podía subir a algunas de las plataformas y admirarlo desde más cerca. Con los dedos pulgares enganchados en la hebilla de su pantalón de trabajo y con un lento caminar, Raleigh continuó su paseo.
Había perdido toda la noción del tiempo cuando se detuvo de nuevo. Una puerta doble de metal pesado estaba abierta de par en par. Dentro, dos hombres estaban entrenando. Raleigh supo de inmediato a dónde había llegado: estaba en el kwoon, el lugar en donde los rangers se preparaban físicamente. Había estado muchas veces en uno similar a aquel, en Anchorage, entrenándose para la deriva. Cuanto mejor conocieras a tu copiloto, mejor luchabas, ¿no era eso lo que les decían a los aspirantes a rangers en la academia? La lucha cuerpo a cuerpo hacía que conocieras sus movimientos y su manera de pensar. Se ocultó a medias tras la jamba de la puerta y observó con detenimiento lo que ocurría en el interior del kwoon.
Uno de los hombres no tendría más años que él. Era alto y atlético y tenía que admitir que se esforzaba por presentarle una adecuada resistencia al otro hombre contra el que luchaba. Sus movimientos eran correctos pero poco fluidos. Raleigh pudo reconocer alguna de las técnicas que le enseñaron en la academia. El chico tenía la teoría. La práctica, sin duda alguna, la tenía el otro contendiente.
El hombre más mayor, era otro cantar. Raleigh lo observó con detenimiento. No daba un solo paso, ni hacía ningún ataque, en vano. Economizaba cada acción. Se movía con fluidez, brazos y piernas en total sincronía. Sus manos agarraban el hanbo con soltura haciéndolo ondear ante él, describiendo amplios círculos para así poner distancia entre él y su oponente. El palo se deslizó entre sus dedos largos y adiestrados para, a continuación, asirlo con más firmeza y atacar sin piedad en una acometida que el muchacho no se vio venir. El sonido de madera contra madera llenó todo el lugar, sin tregua. Golpe tras golpe, el chico más joven se fue replegando, intentando contener el ataque del otro. Aunque adivinaba algunos de sus envites, no era suficiente. El hombre más mayor apoyó el hanbo en el suelo y, sosteniéndose en él con fuerza, levantó ambas piernas y lo golpeó en el centro del pecho con los pies desnudos. El chico cayó de espaldas al tatami de manera estrepitosa. Un segundo después, tenía un extremo del palo a dos centímetros de su cuello.
—Cuatro a cero. Yo gano —oyó decir al hombre más mayor que, en aquel momento, estaba de espaldas a la puerta.
Raleigh contuvo la respiración como si fuera él mismo quien estuviera en el suelo y sus dedos se cerraron, involuntarios, en torno al quicio de la puerta. El joven caído miraba al hombre que lo había derrotado con los ojos abiertos como platos e intentando introducir algo de aire en sus pulmones. El sudor brillaba en su frente por el duro trabajo que, Raleigh tenía que concedérselo, había realizado. Unos segundos después, el joven tendió la mano al hombre que aún se cernía sobre él y éste lo ayudó a levantarse.
—Has trabajado bien, Daniel. Pero te quedas corto. Tienes que leer mis movimientos antes de que los dé —le oyó decir. El hombre de espaldas a él tenía una voz grave y en ella no se acusaba el cansancio que se podía apreciar en el rostro del joven.
El chico, al que había llamado Daniel, asintió.
—Sí, señor.
—Vete y descansa. Te lo has ganado.
Ambos hombres dieron respectivamente un paso atrás y se saludaron solemnemente con una inclinación de cabeza. Daniel tomó su hanbo del suelo y, mirando de soslayo al otro hombre, se despidió de nuevo de él, abandonando el kwoon con paso rápido.
Raleigh lo siguió con la mirada. El muchacho aceleró el paso una vez hubo salido del lugar, aunque, se dio cuenta en seguida, de que cojeaba de la pierna derecha. Cuándo éste desapareció, regresó la mirada hacia quien había quedado en el lugar de entrenamiento.
Mientras que él había estado siguiendo con la mirada a Daniel, el hombre más mayor se había aproximado hacia una de las bandas del tatami y se agachó para tomar sus pertenencias. Raleigh se sintió decepcionado ante la idea de marcharse de aquel lugar, pero no tenía nada más que hacer allí. Había dado sólo un paso atrás y estaba a punto de voltearse cuando una voz, procedente del interior del kwoon, lo detuvo.
—¿No quieres probar?
Raleigh se quedó parado en donde estaba, sin querer moverse en un sentido ni en otro, con la espalda ligeramente arqueada hacia adelante, los hombros encogidos y los labios apretados en una mueca de sorpresa. Despacio, se giró sobre los talones de sus botas. Se asomó por el vano de la puerta y miró hacia el interior.
El hombre seguía de espaldas a él. Había tomado una toalla y se secaba el sudor del cuello con ella. Raleigh dudó unos segundos antes de hablar.
—¿Cómo dice?
Entonces, despacio, el hombre se giró para enfrentarlo por primera vez.
—He preguntado si no quieres intentarlo. He visto cómo observabas el entrenamiento—. El tono de su voz no era especialmente alto pero llenaba el lugar. Era firme, pero sin ser autoritaria. Una voz a la que hacerle caso.
Raleigh creía que había sido discreto, pero estaba visto que no había sido así. Pensaba que se había mantenido fuera del campo visual de ambos contendientes pero, sin duda alguna, aquel hombre lo había visto. Se sentía como un niño al cual han pillado hojeando las revistas porno de su padre. Notó que se sonrojaba hasta el nacimiento del pelo.
Al fin se atrevió a dar un paso hacia el interior. Y luego otro más hasta que rebasó la entrada. El kwoon de Shield era muy parecido al que había en el Shatterdome de Anchorage. Era una habitación amplia, iluminada con lámparas amarillas, adosadas sobre los muros y que proyectaban sobre la pared un cono de luz indirecta. El ambiente era cálido y acogedor, a pesar de las dimensiones de la estancia. En el centro de la habitación, sobre el suelo, había un tatami de cinco metros por cinco, tapizado en color marrón. Y, en una esquina de él, descalzo, la figura del hombre que acababa de invitarlo a luchar contra él.
Raleigh lo observó con detenimiento. El hombre era un poco más bajo que él. Lo miraba con franqueza, con la barbilla levantada y una ligera sonrisa curvada en los labios. Tenía el pelo corto y revuelto, húmedo por las sienes. La camiseta de tirantes dejaba ver la musculatura de sus bien formados brazos y le señalaban las muchas horas que debía dedicar a entrenar. No era especialmente ancho de hombros pero, por lo que había visto, estaba en plena forma. Aunque Raleigh le sacaba casi un palmo de estatura, se sintió empequeñecer ante su presencia.
—No… no quería molestar —dijo al fin Raleigh, intentando contener el balbuceo.
El hombre le sonrió.
—No lo has hecho. Y bien, ¿qué me dices?
Por mucho que quisiera ocultarlo, Raleigh estaba deseando saltar a aquel tatami. Sus dedos se movieron nerviosos, como si ya tuviesen entre ellos el hanbo y sus pies parecieron pensar por sí solos cuando se vio encaminarse hacia donde estaba aquel hombre, sin que él lo hubiese registrado en su mente.
Se sentó en el suelo, en una esquina del cuadrilátero y se deshizo de las botas y los calcetines. Los dejó alineados a la perfección fuera del él y se levantó de un salto, pletórico de energía y con ganas de comenzar. Estiró el cuello, de un lado a otro, intentando calentar rápidamente los músculos. Hizo lo mismo con sus brazos, las caderas y las piernas, por ese orden. El hombre se acercó hasta él, con dos hanbos en sus manos y le tendió uno amigablemente.
—Asumo que has hecho esto antes, ¿no es así?
Raleigh asintió con vigor antes de tomar el palo.
—Sí, señor.
El hombre le dio la espalda, alejándose de nuevo de él. No había dado más que unos diez pasos cuando volvió a girarse.
—Eres uno de los rangers que acaban de terminar la academia, ¿no es así?
Raleigh parpadeó, antes de erguirse de hombros.
—Sí.
—Bien.
Parado, con las piernas ligeramente flexionadas, los pies anclados con fuerza en el suelo y los hombros alineados, el hombre ondeó el hanbo con un lento movimiento. El palo describió un círculo ante él. Sus manos se deslizaban sobre la madera, casi acariciándola. Raleigh lo observó con detenimiento por un instante.
—Recuerda, esto no es una pelea. Es un diálogo. Aquí hablamos de ser compatibles, no de quién zurra a quién —le dijo, aún sin moverse de su lugar.
Raleigh asintió. Se asentó sobre sus pies, notando el frescor agradable del material con el que estaba fabricado el tatami bajo las plantas. Colocó el hanbo en posición y arremetió contra su contrincante, lanzándose hacia adelante con toda la inercia de que su cuerpo fue capaz. Con un solo movimiento, alzando ambos brazos ante él, el hombre interceptó el avance del hanbo y, de un giro de muñeca, lo hizo a un lado. Raleigh se encontró con el extremo del palo de madera de su adversario en la parte posterior de su cuello.
—Uno a cero. Relájate, muchacho.
Raleigh dio un par de pasos hacia atrás y respiró profundamente, intentando dominarse. Sabía que aquello no era una lucha. Le habían enseñado en la academia que el entrenamiento en el kwoon no era para buscar los puntos débiles de su contrincante, sino para conocer sus movimientos, anticiparlos y unirse a él en un objetivo común. A veces se dejaba llevar por la adrenalina y tenía que hacer un esfuerzo por contenerse. Como en aquel momento.
El hombre puso distancia entre ellos sin dejar de mirarlo. Anduvo hacia un lado, despacio, con el hanbo en posición defensiva.
—Anticipa mis movimientos. Intenta pensar como yo pienso. Visualízalos.
Raleigh cerró los ojos unos segundos y tomó aire. Intentó pensar en cuál sería el siguiente ataque que el otro hombre realizaría. Cuando al fin abrió los ojos, se lanzó hacia adelante.
Los hanbos chocaron uno contra el otro, produciendo un seco sonido de madera contra madera cuando se encontraron. Retiró su arma, alzando los brazos sobre su cabeza y arremetió de nuevo. Una embestida, luego otra. El palo del hombre ondeaba ante él, hasta que notó cómo se deslizaba bajo uno de sus brazos. Un instante después, su espalda golpeó violentamente el tatami y, de nuevo, el extremo del hanbo estaba marcando su cuerpo.
—Dos a cero. Concéntrate.
Deprisa, Raleigh se levantó. Estaba comenzando a sudar. Sentía la camiseta pegada a su espalda, caliente e incómoda, y su respiración era más pesada y profunda. Era cierto, tenía que concentrarse. Se estaba dejando llevar por su excitación y no podía ser. Cerró los ojos y tomó aire. Cuando los abrió, unos segundos después, se sentía más calmado. Se colocó en posición y esperó.
Fue el turno del otro hombre de iniciar la contienda. Un barrido con el hanbo que encontró el de Raleigh a medio camino, interceptándolo. El hombre saltó hacia un lado, ayudándose de la madera para equilibrar el peso de su cuerpo. Extendió ambos brazos hacia adelante y el hanbo de Raleigh, describiendo un rápido círculo en el aire, lo detuvo. La madera terminó a escasos centímetros de la oreja del contendiente de Raleigh.
—Dos a uno —dijo Raleigh, visiblemente satisfecho, hinchando su pecho e irguiéndose en toda su estatura. El hombre le sonrió.
—Bien —respondió, asintiendo con parquedad—. Prosigamos.
El siguiente punto fue, de nuevo, para su contrincante. Raleigh no se vio venir aquel ataque que terminó con él de rodillas sobre el tatami y la punta del palo entre sus cejas, a escasos centímetros.
—Tres a uno.
El sudor estaba comenzando a perlar la frente del hombre y Raleigh sonrió para sí, secretamente complacido. Lo cierto es que se sentía extrañamente bien luchando contra él. En algunas ocasiones, podía ver con claridad su siguiente movimiento en su cabeza, como si fuera algo que habían hecho cientos de veces con anterioridad. Extendió el brazo derecho a la vez que la pierna, alzando el hanbo sobre su cabeza y encontró el costado del hombre desprotegido.
—Tres a dos.
El eco de las maderas encontrándose una y otra vez llenaba el lugar, junto con las respiraciones agitadas de ambos contrincantes. Pequeños gruñidos al atacar o defenderse. Raleigh arremetió y el hombre se defendió con vigor, esquivando sus envites. Aunque vio venir el siguiente movimiento, Raleigh no fue lo bastante rápido y el hanbo se introdujo tras su brazo. Sintió cómo su cuerpo se elevaba por los aires antes de dar contra el tatami. Antes de sentir cómo las piernas del hombre se cernían en torno a su torso y lo dejaban de espaldas en el suelo, con el peso de su cuerpo sobre él y el hanbo marcándolo en la carótida.
—Cuatro a dos.
Se sostuvieron la mirada unos instantes, hasta que Raleigh sintió que su cuerpo comenzaba a relajarse. Sólo entonces el hombre cedió y se levantó, dando un par de pasos hacia atrás.
—Has luchado bien, muchacho.
Apoyándose en el palo de madera, Raleigh se levantó, intentando tomar aire. Se secó el sudor con el bajo de la camiseta y, sin articular palabra, asintió.
El hombre le dedicó una sonrisa.
—Nos volveremos a ver, estoy seguro —y se inclinó ante él con ceremonia.
Raleigh hizo lo propio, dejando el hanbo en el suelo. Tomó las botas y, despidiéndose de él con una nueva inclinación de cabeza, abandonó el kwoon.
Yancy no se enteró cuando su hermano entró en la habitación como una exhalación. Ni tampoco se percató cuando salió de la ducha, cinco minutos después, poniéndose la camiseta sin haberse parado a secarse el pelo y colocándose los calcetines y las botas haciendo equilibrios, dando pequeños saltos. El mundo podría estar cayéndose a su alrededor y Yancy continuaría durmiendo hasta que un ladrillo le cayera en la cabeza. Literalmente. Raleigh dejó el cordón de la última bota y miró la figura de su hermano tendido en la cama. Estaba demasiado excitado para lidiar con un soñoliento y malhumorado Yancy si se le ocurría despertarlo. Así que seguiría su plan original: salir a explorar lo que le quedaba del Shatterdome.
La visita al Kwoon había sido una sorpresa. Aquellos entrenamientos habían sido sus clases preferidas en la Academia Jaeger. Había perdido, por supuesto, pero para él aquellos dos puntos arañados al maestro — porque sabía que lo era, aunque aún no conociera su nombre— significaban más que muchos otros ganados. Terminó de atarse la bota y salió a toda prisa.
Su destino final era el muelle, donde estaban los Jaegers. Eso era lo que le interesaba en aquel momento y donde quería ir. Sin conocer aún bien el camino, tomó el primer pasillo que encontró.
Llegar al muelle le llevó más tiempo del esperado. Se había perdido en dos ocasiones, y en ambas había tenido que dar media vuelta y regresar por donde había venido. Hasta que se topó de frente con la enorme puerta de metal que separaba el muelle del resto del Shatterdome.
La actividad era frenética allí dentro. Hacia donde quiera que mirase, había alguien ocupado, yendo de un lado a otro o con algún tipo de herramienta en las manos. El aire olía a acero caliente, al gas utilizado en los grupos electrógenos, a aceite de motor. Le encantaba todo aquello. Cerró los ojos y aspiró con fuerza, llevando todo aquello hasta sus pulmones. Podía no ser muy saludable, desde luego, pero qué le importaba cuando era allí donde se sentía plenamente feliz.
Mirando a un lado y a otro, embotándose de todo lo que le rodeaba, se adentró en el lugar. Aquello era inmenso y él se sentía como una pequeña hormiga que acabara de llegar al hormiguero. Nadie reparaba en él, a nadie le extrañaba ver por allí una cara desconocida. Y él se aprovechaba de la situación, yendo de un lado a otro. Hasta que llegó a donde había estado esperando ir desde que entró allí: a los pies del Romeo Blue.
A juicio de Raleigh, aquel Jaeger era una preciosidad. Bien era cierto que alguien podía estar en desacuerdo. Los primeros jaegers se construyeron casi en serie, copiando patentes y diseños. Pero cada Shatterdome a donde habían sido transferidos había podido personalizarlos en un cierto grado. El Romeo Blue estaba pintado de un discreto azul celeste metalizado. La cabeza era pequeña comparada con el resto de su cuerpo. Poseía un ancho pecho en donde guardaba su poderosa arma, que le permitía atacar a los kaijus sin estar demasiado cerca. Raleigh notó que le dolían las mejillas y sólo podía haber una causa: el tiempo que llevaba sonriendo a los pies de aquel coloso.
—Impresionante, ¿no es cierto?
La voz de María Hill le hizo pegar un salto, sorprendido e, inmediatamente, dio media vuelta para encontrarse cara a cara con la mujer. Hill se detuvo a unos pasos de él, con las piernas separadas, sosteniendo el peso de su cuerpo y las manos unidas ante sí, a la altura de las caderas. Se podría haber dicho que sonreía, si uno tenía ganas de exagerar mucho, recapacitó Raleigh.
—Lo es —y alzó de nuevo la cabeza para regresar al Romeo.
Hill se colocó a su lado y levantó la mirada, en dirección al jaeger.
—Ahora los hacen más rápidos. Más letales. Pero no hay que olvidar que este muchacho ya ha acabado con un kaiju. Él solo. No todos pueden decir lo mismo.
Raleigh asintió sin dejar de admirar al gigante, con una sonrisa que no sólo iluminaba su rostro, sino también sus ojos. Había querido muchas cosas en su corta vida: un videojuego nuevo que le había gustado especialmente cuando era niño; a su madre, que murió por culpa del cáncer; a su hermana, de la que no sabía nada desde el mismo día en que falleció su madre. Ahora quería aquello: estar dentro de una de esas máquinas gigantes, ser parte de él y acabar con los jodidos kaijus. Tantos como pudiera. Si fuera posible, diría que se había enamorado de aquella máquina. Sí, tal vez era posible. De repente, se giró sobre sus talones para enfrentar a Hill.
—¿Me dijo que había otro jaeger?
Hill asintió con vigor.
—Así es.
Raleigh dio un paso hacia ella.
—¿Podríamos verlo ahora? Por favor.
Las comisuras de los labios de Hill se elevaron para esbozar una sonrisa que hizo que el corazón de Raleigh bombeara más rápido. No sabía bien si era por la evidente belleza de aquella mujer o porque iba a ver un nuevo jaeger del que no sabía nada. Si tenía que poner ambas cosas en una balanza… no, mejor no ponerlas, pensó, entre excitado y divertido. María Hill dio media vuelta y, sin decir palabra alguna, se puso en camino. Raleigh tuvo que acelerar el paso para colocarse junto a ella y seguirla.
Atravesaron todo el muelle, desde una punta a la otra. Considerando las dimensiones de éste, aquello les llevó casi cinco minutos. Se cruzaron con una docena de carretillas eléctricas que transportaban trabajadores de un lugar a otro, y con otros que llevaban materiales pesados. Raleigh se apartó de la trayectoria de uno de ellos con rapidez antes de que pudiese atropellarlo por ir distraído. Cuando logró alcanzar de nuevo a María Hill, ella acababa de detenerse.
—Señor Becket, le presento a nuestro jaeger, el Black Hawk.
Raleigh levantó la mirada, despacio. Ante sus ojos se alzaba una enorme mole de titanio y acero negro mate de casi ochenta metros de altura. Dio un paso hacia atrás, y luego otro más, para poder observarlo con mayor perspectiva. El pecho del gigante estaba pintado de color púrpura, al igual que las protecciones que cubrían sus dos poderosos antebrazos, que descansaban en reposo a ambos lados de su cuerpo. Raleigh supuso que el centro de control del jaeger estaba en la cabeza, tras aquella especie de ventana tintada de color morado, como venía siendo habitual en los jaegers de la serie MII.
Parecía que el jaeger mirara hacia adelante, hacia el infinito, impasible desde su elevada posición, como si les perdonara la vida a todos. O como si los estuviese protegiendo. Lo miró una y otra vez, de arriba abajo, descansando sus ojos en cada sección del mecano. La luz que proyectaban los focos sólo se reflejaba en las protecciones púrpura, haciéndolo brillar. Era impresionante.
Raleigh buscó por el rabillo del ojo a Hill. Se acercó a ella, aún sin retirar la mirada del jaeger, como si temiera que, al hacerlo, éste se evaporara ante él.
—Es una preciosidad.
—Lo es.
—¿No está operativo? —preguntó Raleigh, con curiosidad.
Una sombra de decepción cruzó el hermoso rostro de Hill. Se encogió de hombros y negó con la cabeza.
—Ya no.
Como si le hubiesen pinchando con una aguja, Raleigh se giró hacia la técnico de comunicaciones con los ojos abiertos como platos.
—¿Y eso por qué?
María Hill cruzó los brazos ante su pecho.
—Los pilotos. Todo ha sido muy reciente y no ha habido tiempo de ver qué podemos hacer con él.
—¿Qué le ha ocurrido a los pilotos? ¿Están…
Raleigh no quiso terminar la frase. Un escalofrío recorrió su espalda de arriba abajo.
María Hill se apresuró a negar con la cabeza.
—¡No! No. Los pilotos siguen… están vivos. No es eso. Has conocido a uno de ellos esta mañana. Es la comandante Romanoff. Su cargo en el Shatterdome no es compatible con el de piloto de jaeger.
Raleigh volvió a mirar al robot. Se le hacía difícil imaginar a la comandante Romanoff como piloto de aquella bestia. No porque ella no fuera capaz, que estaba completamente seguro de que lo era. Había percibido la fortaleza de la mujer con verla una sola vez. Saber ahora que era capaz de tripular aquel coloso le parecía extraordinario y le hacía admirarla aún más.
—¿Y su copiloto? ¿También ha tenido que dejarlo?
—Aún no ha querido escuchar nada al respecto —le dijo Hill, alzando la mirada de nuevo hacia el jaeger—. No conoce a Barton, señor Becket.
A su espalda surgió una voz, potente y clara, que le hizo pegar un respingo. Una voz que había conocido aquella misma tarde.
—Se equivoca, Hill. El señor Becket ha tenido el gusto de conocerme.
Raleigh se giró con rapidez para encontrarse frente a frente con la persona con la que había estado luchando y que lo miraba con una sonrisa ladeada.
María Hill hizo una pequeña mueca con los labios.
—Señor Becket, le presento a Clint Barton, el maestro de Kwoon del Shatterdome.
