Como siempre gracias a mi súper beta PknaPcosa y a Maricoles que me ayudan con su santa paciencia a traer al mundo las locuras que rondan por mi cabeza.

Disclaimer:

Los personajes son de la Inigualable Stephenie Meyer.

La historia es producto de la mezcla entre mi imaginación y mi amor por Twilight.

La historia se encuentra registrada en Safe Creative: Copyright Registry


Buenos deseos y segundas oportunidades

Una segunda oportunidad para un corazón herido y un soñador que no parara hasta que sus deseos se vuelvan realidad.

"Si lo deseas realmente, las segundas oportunidades pueden ser concedidas"


Capítulo Dos

Nuestra relación continuó creciendo de forma lenta pero sólida. Edward me incentivaba a que me comprometiera en más casos en el bufete para poder crecer profesionalmente, por lo que terminé representando a la esposa de un político menor. El caso terminó siendo de lo más interesante y entretenido, ya que se trataba de un divorcio y la custodia compartida de la mascota del matrimonio, ese pequeño chihuahua despertaba las emociones más extremas en sus dueños.

Como pasamos navidad los dos solos en mi apartamento, en un festejo muy íntimo, Edward pasó año nuevo con sus padres, mientras yo lo pasaba junto a Charlie. Mi madre prometió una extensa jornada de madre e hija por no haber podido pasar navidad juntas, ya que había salido de viaje con su esposo Phil, resultó que a fin de cuentas mis padres si habían encontrado a sus parejas ideales, pero se contenían por seguir con un matrimonio infeliz.

Papá notó mi cambio de humor, dijo que se alegraba de que me encontrara mejor y antes que pudiera contarle de mi relación con Edward dijo "Dale una oportunidad, Bella, pero recuerda que tu corazón no es para cualquiera" Cuando le pregunté cómo lo supo, él solo respondió "Intuición de padre" Así era Charlie, intuitivo y silencioso. Creo que me parezco más a él que a mi madre. Hablando de mi madre casi prende fuego la tarjeta de crédito de mi padrastro por salir a festejar mi reciente estrenada felicidad, el pobre Phil deberá hacer horas extras para saldar las deudas con el banco.

Con Edward soliamos salir periódicamente solos, con amigos, o con compañeros de trabajo. A fin de mes mi novio y yo fuimos invitados a una cena organizada por el bufete, donde se harían varios anuncios sobre ascensos, modificaciones y retiros. Al terminar la noche Edward salió con una promoción que lo dejó a un paso de ser socio y un buen aumento de sueldo, y yo termine formando equipo en casos más complejos ya que los socios estaban muy conformes con mi nuevo desempeño, con promesa de participación en los premios monetarios que dejaran los casos exitosos.

Absortos en nuestras nuevas obligaciones laborales y el flujo natural de nuestra relación, nos sorprendió el comienzo del verano con sus flores y días cálidos

Un sábado Edward me llevó –por no decir arrastró— a una pequeña feria en las afueras, si no fuera porque sé que estaba junto a un hombre adulto pronto a cumplir veintiocho años, juraría que me encontraba paseando con un niño hiperactivo. No faltaron los hot dogs, algodón de azúcar azul rojo y blanco porque Edward insistía en que las ferias eran un asunto de diversión patriótica, puras excusas que amainaron cuando le regalé una manzana acaramelada. Edward me regaló un oso de peluche tuerto que ganó jugando tiro al blanco, si, al pobre oso le faltaba un ojo, digamos que la puntería de mi novio era buena, pero no tanto. En el juego de lanzar aros Edward ganó un hermoso pececito de colores que no dudó en regalarme de inmediato.

—He notado que no tienes ninguna mascota, él será buena compañía para ti. –dijo al entregarme a mi pequeño nuevo compañero.

—Pero estará solito en su pecera –reclamé haciendo un puchero.

—No te preocupes, lo solucionaré –Edward ganó prontamente un segundo pececito.

—Es una suerte que fuera lanzamiento de aros, sino el pobre seria tuerto –comenté riendo cuando me mostro su nuevo premio.

—Sí, bueno, es un chico con suerte. Antes de regresar, debemos pasar por algún local de mascotas para comprar las peceras, alimento y demás cosas que necesiten.

—¿Peceras? –cuestioné

—Sí, una para tu pez y otra para el mío. No voy a poner al pobre pez en un jarrón, aparte no tengo ninguno en mi casa.

—¡Pero si te quedas con uno y yo con el otro estarán solos en sus peceras! –sé que suena tonto, pero realmente me daba pena imaginarme a mi nuevo compañero nadando solo en su pecera.

—Tienes razón, desearía poder ayudar a nuestros nuevos amigos… —se lamentó melancólico.

—¡Edward! –protesté.

—Tú podrías ayudar a que nuestro deseo de que ellos no estén solos se haga realidad –dijo con un brillo especial en sus ojos.

—No imagino cómo –repliqué negándome a rogar que me regalara el segundo pececito.

—Vivamos juntos, así ellos no estarán separados. –propuso sonriendo.

—¿Quieres mudarte conmigo?

—No –respondió rotundo.

—¿Quieres que me mude a tu apartamento? ¡Es casi tan pequeño como el mío!

—No –respondió nuevamente.

—No comprendo…

—Deseo que vivamos juntos, rentemos una casa con cocheras y jardín, Bella.

—Edward…

—¿Me cumplirás ese deseo, amor?

—Solo si compramos una gran pecera para nuestro amigos, y cuando digo grande me refiero a gigante, con un filtro cascada, plantas, luces, gravas… —mi extenso listado fue interrumpido por un beso desesperado de Edward.

—Viviremos juntos –afirmó.

—Fue tu deseo y no pienso dejar que esos pobres peces… —nuevamente fui gratamente interrumpida por un beso.

En poco tiempo conseguimos rentar una pequeña casa acogedora de dos plantas, en la plata baja se encontraba una cocina abierta, la sala, un baño y una cochera para dos autos, la planta alta contaba con una habitación principal con baño y dos habitaciones pequeñas que harían de nuestras respectivas oficinas. Edward insistió en que plantáramos pequeñas flores en la entrada para hacerla más acogedora y pintáramos la valla de blanco. Aunque él no quisiera reconocerlo, mi novio era todo un romántico. Aprendí de mala manera a no permitir jamás de los jamases que Edward se acercara a la cocina y mucho menos que intentara cocinar. Solo diré que tuve que cambiar las cortinas de la cocina porque fue imposible quitarle el olor a pescado quemado…
Nuestra vida era desordenada, pero perfecta, Edward solía dejar tirados sus calcetines por toda la casa, yo solía acaparar las sabanas y cobertores, peleábamos por la pasta de dientes que yo siempre olvidaba tapar y por el champú que él olvidaba mencionar que se había terminado; pero todos los días, pese a trabajar en la misma oficina, cuando llegábamos a casa nos preguntábamos cómo había sido nuestro día y por la mañana siempre le daba los buenos días antes de que abriera los ojos con un beso. Como dije, un desorden perfecto.

Con el pasar de los días fui contándole más y más cosas a Edward sobre mi matrimonio con James, a él no parecía molestarle, más bien lucia fascinado cuando le contaba pequeños detalles como que mi esposo había sido realmente protector hasta el punto de no compartir ciertas cosas conmigo, como por ejemplo la cuenta bancaria destinada a nuestra descendencia. Aun había cosas que me acobardan de mi pasado. Luego de la muerte de James continuamos nuestra estrecha amistad con su hermana Victoria, quien sabía que vendría desde Florida de vacaciones para pasar un tiempo conmigo, pero a la que todavía no me atrevía a contarle sobre la existencia de Edward

Sabía que era cobardía pura, ya que Victoria era como mi hermana, siempre nos apoyó a James y a mí en nuestra temprana relación, solía decirme de forma cariñosa que yo era la pulguita ideal para el perro de su hermano. Cuando James se hacia el ofendido cuestionando su apodo de "perro", Victoria defendía los apodos diciendo que yo era una pulguita —haciendo alusión a mi pequeño tamaño en ese entonces con catorce años— y que por ello, y por otras cosas que no deseaba mencionar, el apodo de su hermano era perfecto.

Una tarde de domingo Edward me había invitado a tomar un helado al parque aprovechando que era un día cálido pero no agobiante.

Caminábamos sin prisa alguna, cuando de pronto Edward soltó mi mamo y salió corriendo a ayudar a cruzar la calle a una ancianita que paseaba a su perro, el problema fue que la señora sorprendida pensó que Edward era un ladrón y lo golpeó con su bolso. Luego de una par de disculpas y agradecimientos de parte de la ancianita, mi novio regreso sobándose el brazo golpeado. No pude evitar reír y abrazarlo.

—Dios, eres un desastre adorable mi socorrista de ancianitas —dije para luego besarlo lentamente.

—Podríamos casarnos —soltó de pronto mientras lo abrazaba aun riendo— Desearía que te casaras conmigo, para estar juntos hasta que seamos viejitos y arrugados. ¿Cumplirías este loco deseo, amor? —preguntó mirándome fijamente a los ojos.

—Edward, no lo sé. No sé si puedo darte lo que me pides, con James no llegue a tener la oportunidad de comprobar si podíamos hacerlo, y mis padres solo fingieron amarse y que su matrimonio era normal; y cuanto más fingían más daño me hacían —respondí atropelladamente, sintiéndome pésima por no poder concederle ese deseo en particular.

—Lo siento, cielo, es muy pronto —me consoló, no sin un aire de decepción —Quiero que sepas que realmente lo deseo y que esperaré lo que sea necesario para que se haga realidad.

Realmente quería cumplir su deseo, pero no podía y me dolía no poder hacerlo feliz.

Luego de la propuesta rechazada las cosas parecieron volver a la normalidad durante las siguientes semanas, ayudado por las ocupaciones en el bufete. Pero solo era la calma que anticipaba la tormenta.

Hasta que la tormenta sucedió…

Esa semana Edward había estado errático hasta el punto de cabrearme y preocuparme al mismo tiempo.

Lunes.

—¿Compraste el alimento para ying y yang? —pobres peces, nunca debí dejar que Edward fuera el encargado de ponerles nombre.

—No, lo hare mañana. —respondió desinteresado.

Martes.

—¿Por qué te gritó Emmett en la oficina hoy?

—Envié unos documentos importantes a la dirección de correo electrónica equivocada.

Miércoles.

—Ya hice las reservas.

—¿Qué reservas?

—Para el almuerzo del domingo con Victoria.

—Cierto…

Jueves.

—¿Tendremos cena romántica que está todo tan oscuro? –pregunté entrando a la casa.

—Olvide pagar la cuenta de la electricidad a tiempo. Mañana iré y también pagaré de más para que la reconecten rápido.

Viernes.

Edward llegó tan tarde a casa que me quedé dormida y no pude verlo hasta el sábado por la mañana que se despidió para ir a casa de sus padres.

Sábado.

Pasé el día de compras con mi madre. Edward no llamó en todo el día. Llegó tarde y se acostó sin cenar aludiendo dolor de cabeza.

Domingo.

Ese domingo acordamos reunirnos con Victoria que por fin había venido de vacaciones. Como no había reunido el coraje para contarle de mi relación con Edward, decidí que fuera sorpresa, una cobarde sorpresa.

Luego de pasar una hora esperando que mi novio apareciera Victoria perdió la paciencia.

—¿A quién demonios estamos esperando?

Baje la cabeza y mis labios temblaban cuando dije:

—Conocí a alguien…

—¿En serio? Es Genial, Bella ¿Cuándo lo conoceré? —se emocionó de pronto.

Mis ojos se llenaron de lágrimas y un nudo comenzó a formarse en mi garganta.

—¿Qué sucede Pulguita? –Victoria preguntó tomado mi mano.

—Tengo miedo –susurré cuando encontré mi voz.

—Bella…

—Sé que no es así, pero siento que lo estoy traicionando. —dije dando rienda suelta a las lágrimas.

—¿Qué tan en serio van las cosas?

—Hace nueve meses que somos novios, estamos viviendo juntos, y me pidió que nos casáramos.

—¡Oh Bella! ¿Por qué no me lo contaste? –cuestionó— Sé que no nos vemos muy seguido por la distancia, pero jamás dijiste nada en nuestras charlas telefónicas. Sospeché que había alguien porque te oías feliz.

Bajé la cabeza apenada por mantener mi relación con Edward en secreto.

—Mírame –demandó—Amé a mi hermano con el alma y sé que nadie lo amo como tú lo hiciste —tomó mis manos mientras silenciosas lagrimas recorrían su rostro. –James se nos fue, pulguita. No es traición, sino honrar su vida salir adelante y tratar de ser feliz. Él nos amaba, ¿Cómo crees que se sentiría si supiera que no podemos continuar después de él?

—Se enfadaría…

—Diablos, nos pondría una rana muerta dentro de la cama. Y sabes que él era capaz de hacerlo. A mí me lo hizo.

—Es cierto – sonreí recordando ese episodio.

—No permitas que el miedo haga que el recuerdo de James opaque tu futuro ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Cuando llegué a casa luego de despedirme de Victoria, encontré a Edward sentado en silencio delante de la televisión que se encontraba apagada.

—¿Dónde estabas? ¡Estuvimos esperando casi dos horas! Victoria realmente quería conocerte. –Él solo permanecía serio y en silencio –Edward, lo prometiste, si ibas a trabajar de más por ese maldito asenso no te hubieras comprometido a encontrarte con nosotras.

—Lo siento, estaba trabajando —pasó la mano por su cabello exasperado — ¡No sé por qué haces tanto escándalo, la conoceré en otra ocasión!— respondió tartamudeando algunas palabras enfadado.

—No bromees ¿tú eres el que está enfadado ahora? olvídalo amigo, espero que tengas una cómoda noche en el sofá —dije cerrando molesta la puerta de la habitación.

Cuando comenzó la siguiente semana decidí no esperar más tiempo y encarar la situación, prefería afrontar los miedos a dejar que la angustia me consumiera.

—¿Que sucede? Has estado extraño últimamente. No me agrada que no me digan las cosas, Edward. No me dejes afuera de lo que te sucede.

—No me compares, Bella.

—¡No lo hago!

—Si lo haces, dijiste que James no era abierto contigo, que no compartía sus pensamientos, ni sus planes, así como lo hizo con la cuenta bancaria sorpresa que encontraste.

—¡Entonces dime qué diablos te sucede y deja de usar a mi marido muerto como excusa para justificarte! –No pude evitarlo y las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos —¿Dime, Edward, qué fue lo que hice? Estábamos tan bien y de pronto comenzaste a aislarte, a alejarte… —un sollozo impidió que siguiera hablando.

—Lo siento –dijo mientras con sus pulgares limpiaba las lágrimas que corrían libremente por mis mejillas –Lo siento tanto. Es solo que… me asusté.

Me quedé mirándolo desconcertada tratando de pensar qué pude haber hecho para asustarlo.

—No, amor. No es tu culpa, he sido yo.

—Explícate Edward. Déjame ayudarte —supliqué.

—No, mi amor, tú ya me has ayudado— dijo mientras me abrazaba fuertemente y besaba suavemente mi frente.

—Edward… —el interrumpió mis palabras con un beso y dijo:

—Me he dado cuenta de algo que estaba frente a mis ojos y me asustó como la mierda, Bella. Pero es algo bueno, créeme.

—De acuerdo –susurré.

—Solo escúchame y no me interrumpas ¿bien?

Asentí firmemente aunque temblaba por dentro.

—He tenido dos relaciones serias y tres novias pasajeras en toda mi vida. Con Lindsay nos conocimos en el último año de secundaria y estuvimos dos años más durante la universidad. Romper con ella no fue realmente difícil, lo difícil fue aceptar que a veces debes dejar ir a quien quieres. Lindsay quería viajar tomando fotografías por toda Europa y yo quería terminar mis estudios, establecerme y crecer profesionalmente aquí en Seattle. El sueño de ser socio de este bufete no es nuevo para mí, lo quiero Bella, y tiene que ser aquí y en ningún otro sitio. –su intensa mirada confirmaba sus palabras –En fin, mi segunda relación seria fue con Alice. Demonios realmente creí que era amor, pero éramos tan distintos. Alice es un pequeño tornado de emociones y todo en su vida es igual, es como una explosión de colores. Juro que lo intenté, estaba convencido que si era amor podría cambiar por ella, pero éramos demasiado incompatibles y a la larga terminamos sufriendo y siendo infelices por tratar de ser lo que no somos para encajar con el otro –lo miré frunciendo el ceño, por lo que se apresuró a aclarar –Ella también lo intentó, lo intentamos tan duro, Bells, pero éramos dos piezas que no podían encajar por mucho que lo intentáramos.

Tomó mis manos fuertemente y miró directamente a mis ojos, atravesándolo directo a mi alma.

—Te amo, pero no es solo eso. Estoy enamorado de ti, y lamento como me he comportado estos días, pero ha sido duro. No me mal entiendas, amor, no ha sido duro darme cuenta que estoy enamorado de ti. Ha sido darme cuenta que nunca estuve realmente enamorado de ellas. Que soy un idiota que caminaba seguro por la vida y en realidad no sabía lo maravilloso que es estar enamorado. Porque créeme, Isabella Marie Swan, jamás he sentido por nadie lo que siento por ti. Vivo y respiro por ti. Y lo hago feliz.

Una sonrisa tonta se instaló en mi cara mientras que mi corazón amenazaba con estallar de felicidad en mi pecho.

—¿Por qué te asustaste tanto? –pregunté acariciando su mejilla dulcemente.

—Eres una mujer maravillosa, Bella y amaste a un hombre maravilloso. Tú amaste a James y tenías motivos para hacerlo. Él fue el amor de tu vida…

—Tienes razón –me miró con sorpresa para luego bajar la cabeza tristemente. – Ahora merezco que tú me escuches con atención –asintió si moverse realmente — Amé a James y "fue" el amor de mi vida. Tú "eres" ahora el amor de mi vida –su cabeza se levantó de golpe y me miraba con ojos esperanzados — Amé James, pero él ya no está, nada me quitará lo que viví con él, pero no pienso vivir mi vida mirando atrás; no cuando el hombre del que estoy enamorada está frente a mí.

Tomé su rostro con ambas manos y deposité un pequeño beso en sus labios.

—Te amo. No sé cuándo pasó, o cómo pasó, pero te amo. Amo como tuerces la boca a un lado cuando sonríes, amo cuando estas nervioso y pasas tu mano por tu cabello hasta que parece un nido, amo ese pequeño sonido que haces cuando te beso para despertarte por las mañanas, amo que recojas flores para obsequiármelas cuando caminamos por el parque, amo que ayudes a ancianitas a cruzar la calle, amo tu tartamudeo cuando te enfadas, Amo ese pequeño lunar que tienes el cuello, Amo como me miras cuando terminamos de hacer el amor. Amo que me ames Edward, porque amo amarte.

—¿Me amas? –preguntó sonriendo mientras nos abrazábamos.

—Te amo –afirmé.

—Estoy enamorado de ti.

—No más que yo de ti.

—¡Nos amamos!

Comencé a reír mientras lo abrazaba más fuerte y caminábamos hacia nuestra casa.

—Quiero hijos, unos cuatro.

—Edward…

—Dos niñas y dos niños.

—¡Edward!

—Y un gato y un perro. Todo niño debe tener mascotas.

—Olvídalo amigo. No pienso conceder más deseos hasta que no tenga mi boda de ensueño.

—¿Nos casaremos?

—Claro que sí. Una gran boda para que todo el mundo sepa que nos amamos.

—¿Voy descartando las Vegas entonces?

—Si quieres tener hijos más te vale.

—Deseo que estemos juntos toda la vida.

—Deseo concedido —afirmé mientras nuestros labios se unían.

Fin.


Edward es un soñador empedernido y gracias a él Bella aprendió a soñar de nuevo.

Gracias por acompañarme en mi primer aventura como escritora. Espero en poco tiempo nos podamos volver a encontrar.

Besos, las quiere Verk.