Teresa.
I
Teresa era… singular, a falta de una palabra más decente.
La gente solía decir que ella era de aquellas mujeres que les había sucedido "algo importante" que les hacía cambiar por completo su manera de ser y su misma fisionomía; aquella alta morena, de vistosos ojos color miel, había pasado de una conservadora maestra de secundaria, recta y estricta, a una especie de… modelo de fisicoculturismo.
-Pero, ¿en solo dos meses pudo alcanzar ese físico? –Había cuestionado en un susurro un atento padre de familia, uno de los tantos que no solía pasar desapercibido cualquier cambio en su monótona vida.
Sus siempre planchados trajes sastre que utilizaba como uniforme de la escuela habían cambiado a pantalones justos sobre su torneada cadera y blusas entalladas cuyos botones amenazaban con salir despedidos ante el prominente pecho (el hecho era que parecían ser los mismos trajes sastres, y que ella misma era la que había crecido de alguna manera), y su largo cabello oscuro caía hasta media espalda en una cascada de rizos marcados cuando antes lo llevaba pulcramente atado. Llevaba el mismo carácter firme, duro, estricto, pero, en cierta manera, se había vuelto sumamente seductor para los padres de familia que asistían a las juntas vespertinas.
¿Cómo? A raíz de un accidente, decían.
II
Teresa Cons estaba más que consciente del cambio tanto físico como mental que había ocurrido tan bruscamente, ya que le costó ocultarlo en su momento; en sí jamás hubiese creído la situación en la que todo había sucedido, si alguien más se la hubiese contado lo habría enviado inmediatamente a hacerse un examen toxicológico. Sin embargo, la situación en la que ahora estaba envuelta ahora solo servía para afianzarle con mayor fuerza en su cabeza que aquello era real, que no era producto de alguna imaginación suya o que estaba pasando por una enfermedad mental.
-Teresa. –Pronunció aquél hombre, con voz intencionalmente grave.
Estaba sentada en el suelo frío, con las manos, su pecho y su rostro salpicado de sangre; alrededor de ella se encontraban varios cuerpos dispersos, ensangrentados pero aun gimoteando en señal de que seguían vivos, sufriendo de una agonía indescriptible que ni siquiera los Militantes podían calmar. Frente a ella, con las pulcras botas color negro manchadas de la misma sangre, se encontraba parado aquél muchacho de severa mirada dorada, el corto cabello platinado revuelto por el ajetreo pasado, ceñido en aquél traje tan oscuro como la noche. Su carácter frío trataba de imponerse tal como debía ser en un líder como él, pero ella sabía que era porque no podía soltar sus emociones tan fácilmente como… él…
-No están muertos. –Pronunció ella. Sin embargo, no era capaz de contener tan bien sus emociones como aquél imponente líder. –Solo les he mostrado que ya no podrán hacer lo que deseen. Que no van a matar más. –Sus ojos, que en ese momento eran de un color gris azulado, se volvieron nítidos entre la oscuridad de la noche.
-No fue por venganza, entonces.
Teresa levantó la vista, y una sonrisa maliciosa apareció en sus labios rojizos por la sangre; su aspecto se vería terrorífico para cualquier otra persona que la mirase, envuelta entre cuerpos mutilados sobre un suelo sucio de un galerón abandonado que servía como almacén. Sin embargo, el joven frente a ella, a pesar del porte formal y severo que desprendía, tuvo un destello de nerviosismo que le fue casi imposible de ocultar.
-Pagarán caro aquellos que fueron capaces de hacerle tanto daño a Jaziel. –Entrecerró la mirada, agresiva, invasiva, seductora. –Y se darán cuenta de que ya no serán capaces de hacer lo que ellos deseen con los antropos, ni con nadie más.
III
Su vida anterior a eso era… aburrida. Tenía que admitirlo.
Tenía treinta y tres años; vivía con sus padres, trabajaba en las mañanas como profesora en una escuela secundaria, una con un nivel académico reconocido a nivel nacional, por lo que estaba consciente de que debía ser una mujer bastante capacitada. A pesar de su alta estatura ella no se consideraba como una mujer bonita o atractiva físicamente, su intelecto solía intimidar a los varones que se acercaban a ella para intentar conversar; aun así había logrado comenzar a salir con un chico, Emmanuel, un abogado lleno de formalismos con bastante comodidad monetaria, el cual la tenía, en cierta forma, reprimida.
Tímida, seria, medida. Reprimida.
Aquella noche de febrero había salido de la escuela al anochecer tras haber atendido una concurrida junta con los padres de familia; salió del edificio entre ademanes de despedida y frases pseudo discretas de los papás: "seria, formal, un ejemplo para los adolescentes", haciéndola sonreír con cierta carga mientras escuchaba sus propios pasos resonar en la banqueta. Lo había aceptado como algo genuino y que así debía ser, un cumplido al fin y al cabo.
-Pero, ¿por qué me incomoda? –Había susurrado a la oscuridad.
Aquél sector estaba casi a las afueras de la ciudad, por lo que unos cuantos metros más adelante se encontraba ya la carretera de salida, así como el tupido y distintivo bosque de abedules y olivos negros que distinguía mucho a la ciudad, sobre todo en el otoño, que era cuando cubría las calles y banquetas con una bella capa dorada de crujientes hojas; Teresa no solía andar sola por el perímetro de la ciudad por temor a los animales (decían que había osos, alces y lobos en la carretera), pero esa noche la luna se había alzado desde el horizonte montañoso, brillando al inicio como una reluciente moneda de oro. Aquel bello espectáculo, tan inusual, la hizo cruzar la solitaria avenida para poder así contemplarlo sin las molestas luces artificiales de la ciudad.
No supo cuánto tiempo estuvo mirando allí, de pie en la vereda perimetral de tosco cemento gris, pues el color de la luna había cambiado ya a un reluciente blanco, tan intenso como para iluminar la parte alta de los árboles y la misma carretera de una forma casi fantasmagórica; pudo contemplar las luces venideras de un vehículo de gran tamaño que se acercaba a la ciudad, pero lo que más le llamó la atención fue un animal que había aparecido de pronto en el perímetro de la carretera.
-¿Un oso? –Había susurrado ella, mientras entrecerraba la mirada. –No.
Era grande como un oso, sí, pero por la manera en la que se movía no era posible; sus patas eran finas, ágiles, hechas para correr entre el bosque y las rocas, y el color de su pelaje… era como si estuviera hecho con el mismo brillo de la luna, pero al mismo tiempo parecía estar hecho con finas hebras de plata.
-Un lobo. –Y abrió los ojos, sumamente impresionada.
Aquello era un evento que no podía perderse, pues jamás en su vida había visto un lobo antes a pesar de las advertencias de la comunidad, mucho menos uno tan hermoso como ese… y, sobre todo, con semejante tamaño; cruzó hacia la carretera a pasos alargados, despacio, inclinándose para quedar parcialmente oculta entre los estéticos arbustos recortados de manera uniforme, queriendo observar con mayor detenimiento. La preciosa bestia había elevado la plateada cabeza hacia el cielo, como si olfateara el aire con su negra nariz, y se dispuso a andar a través de la carretera; Teresa pudo ver entonces que aquel poderoso lobo estaba cojeando, arrastrando completamente sus patas traseras en el suelo polvoriento, así como la peluda cola. Caminó de esa manera, las firmes patas delanteras andando a pesar del costado inferior sin fuerza, unos tantos pasos por sobre la carretera, desplomándose poco después sobre el carril frontal, justo donde aquél vehículo con las luces altas se aproximaba.
-Ay, no. –Exclamó, asustada.
Se quedó un segundo estática en su lugar, debatiéndose mentalmente lo que tenía en frente; por un lado estaba temerosa de acercarse a aquella enorme bestia, pues aquél prominente hocico pronosticaba una mordida digna de arrancar alguna parte blanda de su cuerpo, y por otro lado…
Sus piernas se impulsaron solas, dejando en media banqueta su maletín de piel negro lleno con los libros de la escuela, corriendo en dirección a aquella bestia, permitiendo que aquella emoción cargada de adrenalina que le abordaba la envolviera completamente, como si supiera que ella tenía que hacerlo, sentía que le estaba llamando… se detuvo justo en el pabellón divisorio que delimitaba los sentidos de la carretera, mirando con mayor detenimiento y nitidez gracias a la brillante luz de la luna: su cuerpo era enorme, podía pasar por el metro y medio de largo sin contar la cola, y quizá alcanzar los dos metros de altura a cuatro patas. Su pelaje era crespo pero brillante, y jadeaba de manera lastimera. Escuchó su gruñido feroz al notarla tan cerca, una certera amenaza aunque débil.
-No me hagas daño, por favor. –Gimoteó, temerosa, temblando por la misma descarga de adrenalina que sentía. –Solo quiero ayudarte.
La bestia le miró fijamente, impresionándola. Sus ojos eran grises, casi azulados, muy penetrantes. La luz aproximándose le despertó de aquel extraño embrujo, y sin saber qué más hacer, se inclinó y tomó las patas delanteras del animal los costados del pecho, bajo las patas, acción que le hizo ganarse una fuerte mordida en su brazo izquierdo. El grito de dolor resonó por el espacioso lugar y le hizo llorar, su piel desgarrada bajo aquellos filosos colmillos dolía casi como una quemadura de fuego, y fue bastante consciente de que había comenzado a sangrar de forma copiosa… pero aun así tiró de aquella enorme bestia con toda la fuerza que tenía, para así poder sacarla del carril y evitar que la arrollaran.
-¡Basta! –Exclamó con fuerza, sintiendo el dolor muy caliente y punzante, tratando de contener el llanto. -¡No quiero hacerte daño!
Aquellos filosos dientes siguieron clavados en su piel cuando el vehículo pasó al lado de ellos a gran velocidad, envolviéndolos en un viento sucio y oloroso a combustible, pero no estaba haciendo la fuerza suficiente como para lastimarle aún más; llegó al pabellón, jadeando y sudando copiosamente por el esfuerzo y el haberse contenido el dolor, pues aquel animal pesaba en proporción a lo que medía, para soltarlo lo más suave que le fue posible entre la blanda maleza. Cayó de rodillas poco después, llorosa, contemplando las patas inutilizadas del lobo, las cuales solo eran girones de carne destazada y sanguinolenta, como si se las hubieran volado con explosivos.
-No. Trampas para oso. –Susurró para sí misma.
En ese momento comenzó a sentir algo cálido y húmedo donde sostenía al animal, lengüetazos cortos con la amplia lengua sobre su brazo herido, distrayéndola de sus pensamientos; aquél enorme lobo estaba comenzando a limpiar su propia mordida, mientras sus ojos grises intensos le miraban de manera lastimera. Teresa pudo comprenderlo en cierta manera y se obligó a dejar de llorar, dibujando una leve sonrisa poco después.
-Te perdono. –Y puso su mano sana sobre la enorme cabeza platinada del lobo.
Teresa sabía que el lobo iba a morir sin remedio, pues aquellas heridas eran demasiado graves y la hemorragia muy severa; conmovida, decidió quedarse allí con aquella enorme bestia, dejando la amplia y peluda cabeza caliente sobre su regazo, decidida a estar con él en esos momentos tan dolorosos. Sin embargo, el movimiento entre los arbustos cercanos la puso alerta, cayendo en cuenta de forma brusca que quizá lo estaban siguiendo algunos cazadores furtivos (no había pensado en ello al ver la trampa), comenzando a sentir nuevamente aquella carga de adrenalina debido al peligro inminente; los arbustos se movieron de nuevo, haciéndola contener el aliento, esperando cualquier cosa menos lo que vio: una pequeña cabecita plateada, de ojos azules muy intensos, un cachorro de lobo que se aproximó a ella sin mayor temor. Fue allí cuando se percató que el lobo más grande era en realidad una hembra.
VI
Raziel era un líder nato. Su carácter impasible y recto contrastaba con la apariencia angelical de su rostro; su cualidad era también su mayor defecto sin embargo, y ver el rostro amargo de Teresa, aquella lican que era tan especial para su hermano, le causaba emociones que no podía expresar con palabras o siquiera definir en su cabeza. Optó por tomar asiento en la banqueta donde ella estaba sentada, hablando de sus memorias, tan solo mirando el movimiento del pañuelo de tela teñido en rojo entre los dedos morenos de ella.
-Es decir que no fue un lican el que te mordió y te transformó. –Dijo Raziel finalmente, la dorada mirada incapaz de contemplar el rostro de aquella morena. –Jamás había escuchado algo como eso.
-No fue la mordida. –Dijo ella, mirando al joven a su lado.
-¿Entonces?
Teresa observó en silencio a Raziel, como si volviera a sumergirse en aquellas memorias que le causaban tanta pena; era idéntico a su hermano gemelo Jaziel, solo que llevaba el cabello plateado corto, y sus ojos eran mucho más fieros, gélidos. Su mirada se empañó con los recuerdos que había vivido.
V
Teresa no podía comprender aquellos gemidos que los animales hacían, pero sin embargo todo era comprensible para ella, o al menos era evidente lo que trataban de decirse; aquella loba sabía que no iba a sobrevivir con las heridas tan graves que tenía, pero aquél cachorro era aún demasiado joven para poder sobrevivir por su cuenta.
-Los lobos se mueven en manadas, ¿no es así? –Se dijo.
No supo cuánto tiempo fue el que estuvo allí, esperando; la luna subió en el cielo, iluminando aquella oscuridad, mientras vehículos casuales pasaban a alta velocidad interrumpiendo el silencio que les envolvía, un silencio donde ni siquiera los grillos nocturnos podían escucharse. El pelaje platinado de la loba era cálido, tanto que el frío de la noche apenas y le hacía efecto en el cuerpo, así el cachorro que jugueteaba en el amplio lomo entre chirridos caninos distintivos, envuelto en su propio abrigo de plata.
Finalmente, el último suspiro de aquella loba llegó.
No pudo evitar romper en llanto justo en ese momento, llanto que se intensificó sin que pudiera controlarlo cuando comenzó a escuchar los agudos aullidos del lobezno que lanzaba al cielo, a la luna; entre su propio dolor observó apenas que el cachorro había comenzado a mordisquear a su madre, quizá pensando que así podría despertarla… sin embargo, la adrenalina subió nuevamente hasta su cabeza cuando comprendió que el cachorro había rasgado con sus filosas fauces el tórax de la loba, y estaba jaloneando algo de ella, haciendo que Teresa se bañara en la aun cálida sangre que cayó en sus piernas.
-¡Espera! ¿Qué haces? –Quiso meter las manos para evitar lo que sea que hiciera.
Sus dientes eran igual de filosos a los de su madre a pesar de que aún era pequeño de edad; se llenó de sangre y lodo las piernas hasta las rodillas, una sensación que prontamente la hizo tiritar gracias al viento nocturno que hacía en ese momento. Observó entonces lo que el cachorro había sacado del cuerpo de su madre: su corazón, el cual era mucho más grande que su mano. El cachorro había comenzado a comerlo, algo completamente incomprensible para ella.
-No lo sabía. –Susurró al animalillo, el cual se ensañaba con aquel órgano como si su pequeña vida dependiera de ello. Optó por quitarse el saco para así retirarse la blusa interior y usarla sobre aquella herida, la mordida. –En realidad no sé mucho de sus costumbres… jamás creí que podía encontrarlos como algo cotidiano.
Se ajustó la blusa con un nudo firme antes de volver a colocarse el saco; sintió las patas frontales del cachorro sobre sus muslos, frías, debiendo bajar la mirada para verlo, ensangrentado pero visiblemente complacido con ella, moviendo su esponjada cola cual cachorro de perro. Había dejado sobre su regazo una parte de aquél corazón que le había arrancado a su madre momentos antes, causándole automático gesto de susto y repulsión.
-¿Eso quieres? –Susurró, temerosa. –Pero yo no… yo no soy una loba como tú…
El cachorro gimió de forma lastimera, empujando aquél trozo de corazón sanguinolento con un hocico sobre su regazo; Teresa levantó la vista hacia el cielo, contemplando aquella hermosa luna llena sobre su cabeza, blanca, lechosa, que dejaba su irregular brillo cegador sobre la carretera y sobre ellos mismos. Recordó, sin venir al caso, que esa noche habría un eclipse lunar y que había quedado con Emmanuel para verlo desde la azotea de su departamento.
"No tengas miedo."
Sus ojos se abrieron en un ademán de sorpresa; movida como por algo ajeno a ella, llevó el trozo de corazón sangrante hacia sus labios temblorosos para dejar poco después una fuerte mordida al tejido, que hizo escurrir la sangre aún caliente por sus comisuras y dentro de su boca incluso, llenándola del característico sabor metálico aunque muy fuerte.
Su grito se escuchó por todo el bosque, un grito de horror y dolor desgarrador.
VI
-Hubo dolor.
-¿Sabes? Había visto películas de hombres lobo, en las escenas donde ellos se transforman siempre creí que dolía cuando el hueso, la piel y el músculo se deformaban para crecer. –Hizo un ademán con la mano ensangrentada, humana, de un hocico. –Pero ese tipo de dolor es… íntimo, muy mental. Un dolor que es… interno, tanto como para olvidar que había sido mordida por ella antes.
-¿Qué fue lo que hiciste entonces?
VII
Su ropa estaba desgarrada, apenas consciente de ello por el frío que le rodeaba; su cuerpo, ensangrentado por los restos calientes del lobo, le dolía muchísimo, como si hubiese hecho un ejercicio duro y extenuante un día antes y eso hacía que de pronto le costara caminar por el perímetro de la carretera. Llevaba entre sus brazos al cachorro, con el platinado pelaje teñido en color rojo, durmiendo con toda la confianza como si estuviese familiarizado con ella.
Cuando llegó a su casa, de madrugada, el eclipse lunar estaba en su auge, y la luna blanca se encontraba de un color ocre intenso, casi rojo, resaltando considerablemente para ella sobre el cielo negro lleno de estrellas.
VIII
-Imagino que tu madre debió aterrarse de verte así.
Teresa había reído, una risa corta y algo opaca, desconcertando a Raziel de manera considerable. Ella solo se limitó a alzar los hombros levemente.
-Me llevó a urgencias muy asustada, pensando que me había arrollado un auto o algo así, tanto que pasó por alto la presencia de Luna hasta que fue inevitable. Aunque… la aceptó con más facilidad de la que yo hubiese esperado en el corto tiempo que duré en casa antes de mudarme.
-¿Luna?
Teresa chasqueó de manera extraña la lengua con cierta fuerza, atrayendo la mirada de algunos militantes que ayudaban a levantar aquellos cuerpos heridos; de entre la maleza cercana apareció un lobo enorme, con el pelaje intensamente blanco, el lomo tan platinado como el cabello de Raziel, los ojos grises puestos al frente. Aquellas fauces mortales y las poderosas patas pusieron en alerta a los militantes como si temieran un ataque fortuito; pero el enorme lobo pasó a través de ellos como si no existieran, andando hasta donde se encontraban Teresa y el consternado líder. Tan pronto llegó con ella, pegó la enorme cabeza en el rostro de la morena y poderosa mujer en un extraño gesto de afecto, para luego echarse a su lado.
-El cachorro de Selene. –Dijo Raziel, intimidado de pronto por aquella enorme bestia.
-La divinidad de los licanos, Licana, Selene. Luna. –Teresa pasó los dedos por el grueso pelaje del lobo. –Dicen que es un ser eterno, ¿no? En cierta forma es eterno, solo cambia de cuerpo cuando llega su tiempo pero la esencia sigue siendo la misma, ella… escoge donde residir y a quién otorgará su protección. No lo comprendí en ese momento, me sentía diferente, pero ella me enseñó, al final, a no tener miedo.
Teresa guardó un profundo silencio entonces, un silencio lleno de palabras al aire que Raziel, extrañamente, supo interpretar. Se mantuvo también en silencio, cruzando uno que otro pensamiento con ella a voluntad, observando el bosque de espaldas al caos.
IX
Lo primero que pudo notar fue que le costó mucho trabajo poder despertar temprano en la mañana; a pesar de que no tenía heridas visibles o internas, le dieron quince días de reposo por si aparecía algún síntoma mágico que delatara lo mal que estaba en realidad. La mañana siguiente al incidente despertó hasta después de las dos de la tarde, sintiéndose muy hambrienta y, extrañamente, energizada.
-Será porque me salté el desayuno. –Se dijo mientras se frotaba los brazos. Ya no había dolor alguno.
El cachorro de lobo, que resultó ser una hembra, dormía en una esquina de su cama haciéndose pasar con toda desfachatez como un perro Husky Siberiano de lo más común; se levantó de la cama con bastante tranquilidad, dispuesta a vestirse y así bajar para poder finalmente comer algo, pero al pasarse dentro de un pantalón de mezclilla inmediatamente notó algo que la dejó consternada: el tubo le quedaba muy ceñido en las piernas, y le ajustaba la cadera como si llevara lycra… además, el final le quedaba justo debajo del tobillo, cuando antes casi los arrastraba y debía hacerles un dobladillo.
-¿Cómo?
Se apresuró entonces a verse en el enorme espejo de su armario, corroborando la sensación extraña; en efecto, aquél pantalón se ajustaba a su cuerpo, el cual ahora se miraba muy torneado como si hubiese sacrificado sus horas y dinero en sesiones diarias en el gimnasio, incluso parecía haber crecido unos centímetros. Sí, diez centímetros. Su cabello, siempre hecho un mar de enredo y volumen que debía permanecer siempre atado, caía en rizos formados hasta media espalda sobre su sostén negro, oscuros, brillantes, y sus ojos color ámbar tenían un pequeño destello grisáceo alrededor de la iris.
Era ella misma, pero en una versión más esplendorosa.
La cara de sus padres y el mismo Emmanuel fue todo un dilema al verla bajar con grácil e involuntario paso por la escalera, el pantalón justo, la blusa abotonada con esmero bajo la curvatura de su amplio pecho, la melena rizada y la afilada mirada al frente.
-¿Teresa? –Susurró su madre. –Te ves diferente.
Ella sonrió, y aquél simple gesto fue suficiente para poner nervioso al abogado; había algo diferente en ella, si, podía sentirlo en su cuerpo en impulsos entrecortados: ansiedad, deseo, hambre… todo a un nivel mucho más alto de lo que ella había experimentado antes, casi incontrolable.
-Me siento diferente, sí. –Había contestado ella.
A pesar de ser un cachorro, Luna le enseñó ciertas cosas instintivas que ella no comprendía por su misma condición humana (aunque era claro para ella que ya no era humana); comenzó a ser un alma diurna, pues era cuando su cuerpo se activaba completamente a niveles desconocidos, llenándola de una energía sobrenatural que en ocasiones la traicionaba: sus dientes se volvían punzantes armas de desgarramiento, sus uñas crecían hasta convertirse en poderosas zarpas capaces de arrancar lo que se pusiera a su paso, su nariz percibía y distinguía aromas que antes era incapaz de deducir, y sus ojos color ámbar se volvían en un intenso gis casi azulado permitiéndole ver con nitidez en la oscuridad. Luego ella se asustaba y todo volvía a la normalidad.
Luna crecía, pero Teresa parecía perder cada vez más el control de sí misma; además la gente hablaba acerca de ella, y el imponente control que Emmanuel tenía en ella comenzaba a sacarla de quicio en su mismo descontrol emocional al querer seguir atándola aun cuando ella quería ser libre. Comenzó a trabajar en el turno vespertino y nocturno de la escuela, y buscó la manera de comenzar a vivir sola, lejos de sus padres para evitar que pudiesen ver en lo que se estaba convirtiendo, en el mar incontrolado de emociones e impulsos traicioneros.
-Escucha, estás completamente fuera de ti. –Había dicho Emmanuel aquella peculiar noche, vistiendo el elegante smoking y el oscuro cabello peinado hacia atrás con impetuosa fuerza, como si estuviera hablando con una adolescente. –Irreconocible, y me causas incomodad, no solo a mí, con eso que llevas puesto encima.
Teresa le dirigió una intensa mirada de reproche; llevaba puesto un vestido color arena que contrastaba con su piel morena, tubular y largo, un vestido que antes había usado y con el mismo Emmanuel a su lado como pareja. Sin embargo, debido al cambio en su complexión y altura, el saco que antes llevaba encima lo había eliminado tras ya no quedarle, quedando en tirantes finos decorados con piedras brillantes, un interesante escote realzado naturalmente, y tuvo que improvisar una abertura al costado derecho de su falda para poder caminar con él. No se había molestado en peinar sus rizos oscuros o cargarse demasiado el maquillaje, se sentía segura de si misma.
-Pues lo lamento. –Inquirió ella, bajando del Mustang negro de su pareja con gracia, colocando los finos tacones beige sobre el pavimento. –Estoy muy cómoda con mi atuendo y no voy a cambiarlo solamente porque tú lo dices.
Emmanuel se encaminó a paso firme y rápido hacia donde ella con toda la intención de decirle unas cuantas cosas sobre la insolencia, pero los severos ojos de Teresa lo frenaron de golpe. Parecía más aquella perra, Luna, que siempre parecía vigilarlo cuando iba a la casa de sus padres.
-Teresa. –Pronunció finalmente, tratando de verse más dominante que ella, mientras la observaba caminar. –Esa no es manera de contestar…
-Pues esa tampoco es manera de hablarle a una mujer, Emmanuel. –Le contestó de manera inmediata. –No soy una muñeca a la que puedes vestir o hacer como quieras, y ultimadamente, ¿sabes qué? Si no te parece lo que soy, con lo que estoy cómoda ahora, lo que me hace sentir confiada, puedes considerar esta como nuestra última salida como pareja.
Su cara fue toda una revelación para ella, algo nuevo completamente, llenándola de una encantadora incertidumbre.
-Teresa, ¿estás consciente de lo que dices?
Ella pasó a su lado, bastante segura de sí misma como jamás antes lo había estado; subió aquella escalinata de cemento gris con perímetro de arbustos frondosos sin importarle demasiado el ir sola a esa recepción, un evento donde se había reconocido a un compañero de ella como medio ambientalista impulsor de nuevas reformas. Se topó con el elegante patio de una casa colonial, el cual tenía dos altas carpas blancas con candelabros de cristal iluminando, así como largas mesas de blancos manteles con bocadillos y bebidas que meseros trajeados elegantemente llevaban a la multitud. Gente elegante, conversando… y un aroma dulce en el ambiente, sutil, que agradó bastante a la morena.
-¡Teresa! –Emmanuel ya la había alcanzado en la escalinata, pero desvió la mirada hacia el lugar. –Vaya…
-Puedes irte despidiendo de estos eventos de los que tanto te mofas de asistir. –Inquirió ella con sequedad.
-Vamos, no puedes botarme así después de tanto tiempo…
-Teresa. –La llamó de pronto un hombre completamente calvo, que debía llegar mínimo a los setenta años, vistiendo el reglamentario smoking como el resto de los asistentes. –Vaya, te miras mejor que nunca. –Tomó las manos morenas de la profesora con elegante cordialidad. –Sea lo que haya sido, sigue ese camino.
-Gracias, señor Sanz. –Contestó ella, dejando muy en tercer plano a su compañero. –Muchas felicidades por el reconocimiento.
Emmanuel, fuera de si por el trato que ella le había dado, optó por retirarse de una manera discreta del lugar, en un intento por tratar de hacerla sentir culpable, como era usual.
-Oh, no, muchacha, eso no es más que un absurdo papel para hacer que yo me calme, pero tú y yo sabemos que eso no va a suceder. –Condujo a la profesora entre el círculo de gente con el que antes charlaba. –La gracia es jamás someterse, ni detenerse, así te pueda costar muchos años.
Allí estaban dos hombres que parecían oscilar entre la misma edad de Roberto Sanz, riendo con calma ante las palabras del anfitrión y asintiendo con segura calma; sin embargo estaba también allí un joven cuyo atuendo de smoking quizá no cuadraba demasiado con su aspecto físico, pues tenía una larga cabellera platinada y lacia, atada con una liga negra. Su piel era muy clara, un poco quemada por el sol, sus labios muy finos y ojos color ámbar, tan intensos que podía fácilmente afirmar que en realidad eran dorados. Su aroma era dulce, asombrándola un poco al notar que aquella fragancia era de él, y aparentemente él también se había sorprendido de verla al menos unos instantes.
-Gabriel. –Saludó de buena gana el señor Sanz, atrayendo la atención del muchacho. –Parece ser que finalmente te dejaron salir sin guardia en esta ocasión, me alegra mucho que hayas podido venir.
-Claro que no, señor Sanz. –Contestó el llamado Gabriel, con una sonrisa gentil en los labios. –Miguel vendrá en un rato a atarme con la correa, pero prometí comportarme solo porque es su noche.
-Sabes que no es más que un formalismo…
Teresa estaba embriagada en aquel aroma tan dulce, sintiendo de pronto que iba a perderse asimismo, por lo que decidió comenzar a pensar en algo más para distraerse; prestando mayor atención dedujo que ese joven, Gabriel, era una especie de protegido del señor Sanz, que era un activista igual que él al que no le importaba combatir contra el "sistema" y "las causas injustas"; aparentemente había estado preso hace poco tiempo y salido tras no comprobarse las acusaciones según la misma charla y…
-La Salle. –Dijo ella en voz alta.
Gabriel había sonreído en curiosa suspicacia. Ella pareció avergonzada, pues su mirada dorada había caído en ella.
-Sí. –Dijo el señor Sanz.
-Es solo que recordé el incidente en la planta de reciclaje, y el lío legal. –Contestó, como disculpándose. –Recuerdo que habíamos planeado asistir con mi clase cuando sucedió.
-¿Estaban allí? –Gabriel se notó interesado de pronto.
-Llegamos, sí, pero ya habían cerrado para ese entonces.
-¿A qué hora?
-Eran las nueve y treinta de la mañana.
El joven se había llevado la mano derecha hacia el mentón, bastante pensativo, sin dejar de mirarla con un naciente interés que comenzaba a incomodar a Teresa; el señor Sanz, de pronto sintiéndose como si estuviera de más entre ellos, se disculpó y fue con sus otros dos compañeros a saludar extraños como el buen anfitrión que era, dejando solos a los dos muchachos.
-Ha pensado mal, pero es mejor así. –Había dicho él.
-¿Cómo?
-Hola, Teresa. –Volvió a decir él, suave, gentil. –Dime, ¿qué es lo que te trae a este lugar, realmente?
-No comprendo. –Sintió incertidumbre de pronto.
Él mismo hizo una mueca de confusión tras unos segundos de silencio, como si sus pensamientos fueran demasiado densos y ruidosos.
-Entiendo. –Dijo, sin venir al caso. –Disculpa si he sido muy directo de pronto, pero me causas mucha curiosidad. ¿Puedo charlar contigo un momento? Lejos del bullicio.
Asintió, bastante segura de que podría librarse de cualquier contingencia si lo ameritaba, atraída sobre todo por ese curioso perfume dulzón; caminaron un poco fuera de la carpa hasta una jardinera de concreto pintado en color marfil, donde había un enorme abedul, mientras miles de cosas pasaban por su cabeza, algunas incluso parecían extrañamente ajenas a ella.
-No demasiado, me cuesta ver en la oscuridad. –Dijo él con un tono extraño.
-No hay problema.
-Sé lo que eres, Teresa. –Exclamó de pronto, haciendo que ella se pusiera muy nerviosa. –Y me causas mucha intriga, ¿cómo es que una lican puede andar entre antropos sin perder el control? O aún mejor, ante un militante.
Abrió los labios a punto de contestarle que realmente no sabía de lo que estaba hablando, y, ¿cómo es que él…?
-No lo sabes. –Dijo el joven, asombrado. –Pero, ¿cómo puedes no saberlo? ¿Quién ha sido el que te ha transformado? –Habia sonreído, incrédulo, haciéndola ruborizar de vergüenza al grado de sofocarla. –Eso es imposible.
-Lees mi mente. –Contestó, ganándole a sus propios pensamientos.
-¿Quién eres realmente, Teresa?
-¿Quién eres tú que tanto sabes de mí, y cómo haces eso?
Gabriel no dijo nada más por unos instantes, solo la miró con una sonrisa afectuosa como quien observa un cachorro perdido, haciéndola sentir de pronto como Luna cuando la encontró; Teresa cerró los ojos unos momentos, intentando tranquilizar sus pensamientos así como la ansiedad que le provocaba su dulce olor, atrayente, ocurriéndosele de pronto que aquella peculiar persona le resultaba muy atractiva a sus sentidos, algo que jamás le había ocurrido antes.
-Soy un militante. –Dijo él finalmente sin dejar de sonreírle. –Un guardián de la luz que se encarga de… mantener un equilibrio. Soy ese aroma dulce que percibes con tanta intensidad.
-Militante. Qué palabra tan más extraña.
-Eres singular. Andas sola en vez de avanzar en manada como el resto, y puedes controlar tus instintos con más facilidad que los demás licans. No llevas una marca de aroma en tu cuerpo que denote tu clan.
-Jamás he pertenecido a un clan, Luna me dio…
-¿Luna?
-Es un cachorro de lobo.
Gabriel se quedó nuevamente en silencio, meditando todo aquello que ella le había dicho o haciendo ese curioso acto de leer su mente sin su permiso; iba a decir algo más, pero su dorada mirada se dirigió a otra parte, al tiempo que otro aroma dulzón llenaba sus sentidos.
-Oh, llegó antes. Debo decirle antes de que lo eche a perder. –Dijo el platinado, impetuoso, comenzando a andar entre la maleza del jardín sin tener mayor cuidado del impecable smoking que llevaba puesto.
-¡Espera, Gabriel!
Trató de seguirlo, sintiendo un nerviosismo extraño nacido de ese curioso encuentro, pero el vestido y los tacones no se lo permitieron; estresada y queriendo saber de qué hablaba, se dio media vuelta para intentar interceptarlo por la entrada donde el camino estaba dispuesto para sus amenazadores tacones. Pronto había comenzado a subir la escalinata de concreto a la velocidad más discreta que su atuendo le permitía (tampoco quería verse como una loca, aunque el bello muchacho lo parecía más con esa huida), topándose con un poco de cabello platinado avanzando por el otro lado, apresurándose a seguirlo.
-¡Gabriel!
Se topó, si, con unos intensos ojos dorados puestos sobre un rostro idéntico al de Gabriel… pero no era él. Su cabello platinado era corto, peinado hacia atrás, y sus facciones eran mucho más duras y severas, así como su porte físico; vestía con un saco y pantalón de un color gris muy oscuro, la camisa blanca y corbata azul marino, nada que ver con la gala de la noche. Tal como con Gabriel, de pronto sus pensamientos temerosos y difusos debieron ser controlados por ese perfume dulce que invadía el ambiente, proveniente de él.
-¿Quién eres tú? –Cuestionó aquél joven, intimidante.
