Disclaimer: Fire Emblem Radiant Dawn es propiedad intelectual de Intelligent Systems.
Capítulo 1: Renacer.
Despierta.
Lo escuchaba tan cerca de su oído, pero a la vez imposible de alcanzar. Esa voz le hablaba tratando de esconder un dolor; pero por mucho que se esforzara en ocultarlo, él sabía que sufría mientras susurraba con suavidad.
Es hora de irnos.
No puedes rendirte así de fácil.
Tienes que despertar. Esto no ha sido en vano, ¿cierto? ¡No lo ha sido!
El tono tranquilo se esfumó, dejando solamente escapar el sufrimiento desgarrador de los labios de quien estaba a su lado.
Era una pesadilla. Sin poder abrir los ojos para mirar los de aquella persona, que seguramente se hallaban nublados por lágrimas, a juzgar por los sollozos mal disimulados; sin poder moverse o hablar para tranquilizar a la misma, quizá abrazándole levemente o responderle también en susurros.
Sentía una necesidad de sosegar. De no hacerlo, un duro malestar oprimía su pecho. Se desesperaba a cada segundo transcurrido por no ser capaz de acallar el caos que invadía y dominaba el lugar como si de una tormenta en la costa se tratase.
Siempre era oscuridad y soledad a su alrededor. No recordaba tener a alguien esperando por él. Todo había quedado atrás. No obstante, alguien le llamaba, rogando por que siguiera vivo.
... Zelgius...
Y ahí, siempre después de pronunciar su nombre, esa voz se perdía con lentitud entre los rincones de su mente.
Abrió los ojos, encontrándose enseguida con la pared hecha de rocas, a nada de chocarse contra ella. Zelgius se levantó sin esfuerzo alguno, no parecía que hasta hace unos segundos estuviera dormido. Y eso se debía a que, nuevamente, había tenido una pesadilla.
Era de noche. Lo sabía porque vislumbraba una parte de la Luna a través de la ventana, iluminando tan sólo un cuadrado en el piso polvoriento. Asimismo el gélido viento le erizó la piel de su pecho descubierto, del modo que únicamente ocurría cuando el manto nocturno envolvía al desierto.
Sin siquiera abrigarse un poco, salió de su asentamiento para contemplar el paisaje. Ya era costumbre que luego de despertar caminara sin un rumbo específico, esperando la salida del Sol por el lejano horizonte. Si acaso en el trayecto el cansancio lo comenzaba a adormilar no importaba, la sola manera de lograr que retomase su sueño era mirar los rayos de un día nuevo; porque sí, las noches no le agradaban ni en lo más mínimo gracias a sus inquietudes.
La arena del desierto, durante las mañanas siena, se deslizaba entre un gris y azul oscuro, moviéndose por el viento que chocaba contra su rostro; lo percibía álgido, era una tela áspera que le cobijaba, era unas manos gélidas que lo acariciaban intentando ser suaves. El sonido que generaban sus corrientes al viajar era igual a un silbido infinito y de volúmenes constantes, los cuales poseían una extraña habilidad para hacer que el hombre no se sintiese solo.
La tierra que pisaba parecía un panorama soporífero. No obstante, repartidas por el manto de predominante color negro, sobre su cabeza, embellecían las estrellas fulgurantes. Su brillo distinto para cada una, la tenue iluminación que regalaban a pesar de presumir un esplendor inigualable, su distribución sin sentido. Significaban el adorno perfecto.
Mentiría si dijera que no le invadía un sentimiento acogedor y de ensimismamiento, a pesar de estar de pie en medio de la aparente nada, siendo abrazado por unas ráfagas que le helaban los huesos a cualquiera.
Se dio cuenta al repasar ese último pensamiento, que en realidad los anocheceres le gustaban porque la Naturaleza lo acompañaba en su cavilación. Lo que no era capaz de tolerar era quedarse dormido, fuera a plena luz del Sol o de la Luna.
También supo que la vida que llevaba en la actualidad, la cual compartía con otras personas que tenían su destino o uno parecido, nunca fue en la que pensó. Creía que en el segundo cuando sus ojos se hubieron cerrado, con Ike como última vista, había sido la hora de dejar las tierras en donde creció y viajó. Pero de nuevo, se equivocó; el sino al que estuvo condenado desde que perdió contra el hijo de su general, fue cambiado de la manera menos esperada por él y por algunos conocidos.
Recordaba haberse despertado por los rayos solares iluminándole, saliendo de entre las montañas gigantescas ubicadas al este. El alba era deslumbrante que, aun acabando de comenzar, se hallaba en su momento áureo; tan cegador y hermoso, jamás había visto nada así.
Del mismo modo, las imágenes de una mujer venían y se iban. Aquélla estaba de espaldas, por lo cual solamente pudo verle el cabello: largo y atado en una coleta, pero suelto y corto por delante. Un completo desastre color púrpura rojizo.
Esa persona lo ayudó...o eso intentó, porque, para Zelgius, regresar de una asegurada muerte no significaba una ayuda. No obstante sus pensamientos negativos, terminó por volver a iniciar, ignorando las oportunidades que se han presentado de continuar lo que debió ocurrir, su muerte. ¿Por qué? Aún buscaba la respuesta, prueba de ello eran sus caminatas nocturnas.
— ¿De nuevo tus pesadillas?
Esa voz; su tono era idéntico al de su sueño. Le pertenecía, además, a la mujer que contemplaba a su lado el amanecer cuando «renació».
—Annie —pronunció mientras se daba la vuelta, encontrándose con unos iris turquesas que trataban de esconderse bajo el cabello de su dueña.
— ¿Sabes? Puedes enfermarte. Deja que te ayude, ¿vale?
Zelgius no conocía el porqué para haber aceptado vivir todavía. Aunque sí que develó una parte de él. Descubrió, luego de un año, que tenía amigos a su alrededor con quienes esperaba pasar los siguientes días, meses o años, en el bello desierto del Imperio.
El Desierto de Grann era su hogar, por lo pronto.
