Link no tenía idea de la hora que era, pero supuso de que era casi el amanecer. La luna menguante ya había hecho casi su paso por el cielo, su luz colándose a través de las cortinas entreabiertas.
Al sentarse, sus ojos se enfocaron en la mujer dormida a su lado, rodeada de las almohadas y cojines del fuerte que hicieron durante la velada anterior. Su pecho ascendía y descendía suavemente con cada respiro. Zelda se veía tan delicada y vulnerable en esa camisola vaporosa, pero tan exquisitamente tentadora a la vez: sus hombros y escote bastante al descubierto, la tela sedosa que cubría su cuerpo se transparentaba bajo la luz de la chimenea, y también se apegaba a la curva de sus generosas caderas y muslos.
Las puntas de sus dedos vagaron desde su mejilla a su cuello, a su hombro, terminando en su brazo. Su caricia la hizo sonreír y suspirar deleitada a pesar de adormecimiento.
Para su sorpresa, ese inusualmente sensual sonido despertó el deseo en él, evocando recuerdos de la noche anterior…
El sabor de sus labios
La visión de su cuerpo sobre el suyo, con su ritmo despiadado.
Cómo se sintió entrar en su cuerpo.
Ella gimiendo su nombre al acabar.
Link sintió su excitación subir tras esos pensamientos, y se regañó a sí mismo por no tenerlos en un momento más oportuno.
-Sigue, por favor -Zelda le pidió con voz adormecida-. Quiero más.
-¿Más de qué? -preguntó, sorprendido porque ella estuviera despierta.
-Tus manos tocándome -explicó, sentándose para mirarlo a los ojos-, se siente bien.
Sus manos hicieron el mismo recorrido anterior, hasta que Zelda delicadamente tomó su mano derecha cuando llegó a su hombro, desviándola a su pecho, el que acarició con cuidado, sintiendo cómo el pezón se endurecía ante su tacto. Su gesto satisfecho le indicó que lo hacía bien, y siguió del mismo modo con su otra mano.
Ella se le acercó para besarlo lentamente.
Sus manos recogieron el ruedo de su camisola, juntando la seda en su regazo, anticipando lo que estaría por venir, y guió nuevamente su mano, esta vez de manera más deseosa y menos grácil, directamente entre sus piernas.
Para sorpresa de Link, no había ninguna prenda de lencería cubriéndola.
Sus dedos cuidadosamente se aventuraron dentro de ella, descubriendo que ella se encontraba más que preparada para recibirlo. Con cada toque y caricia, Zelda sentía su calor y ligeras sacudidas que se sentían como electricidad recorriendo su cuerpo.
-Estás húmeda -él comentó al mirar sus dedos.
Y, en un impulso, para el estupor de Zelda, se lamió los dedos.
-Un poco salado… un poco dulce, pero sabe como algo que jamás había probado -Link pensó.
Era ella, y sólo ella: perfecta.
-Tú sabes al paraíso -le susurró al oído.
La sonrisa tímida de ella y sus mejillas ardiendo fueron suficiente respuesta para él.
-Te deseo ahora -ella rogó.
Ambos se desvistieron rápida y ansiosamente, sin timidez.
El momento de unir sus cuerpos fue increíblemente placentero, al contrario de lo nervioso y expectante de su primera vez. Link se aferró de las caderas de Zelda, ella abrazada a su torso, devorándose a caricias y besos codiciosos entre ellos.
Zelda inútilmente trataba de contener sus gemidos, esperando que nadie escuchara sus gritos de placer o el nombre de su amado. Su voz lo volvía loco, y lo tenía al borde del punto de no retorno.
-Ya...casi… -jadeaba ella con frenesí.
Link se aferró a sus manos, penetrándola con más fuerza y profundidad para satisfacerla, y al mismo tiempo deleitarse él también.
Y repentinamente, se hundieron en el placer del otro, ahogados de dicha, sus corazones latiendo furiosamente como uno solo.
Por un momento se quedaron tal cual, recuperando el aliento.
-¿Acaso… terminamos juntos? -él preguntó.
Zelda asintió, su expresión era de completa dicha.
-Fue fantástico -sólo murmuró.
-No pude resistirme -comentó Link, acomodándose a su lado- todo se sentía tan bien…
-No hay problema -le dijo, poniéndose de costado para mirarlo-. Pero para la próxima me tienes que dejar que te saboree a tí.
Link la quedó mirando: el cabello revuelto, las mejillas sonrosadas, labios enrojecidos curvados en una sonrisa coqueta, apenas cubierta por las mantas, y esos ojos, esa mirada penetrante y salvaje de ella.
-Zelda, me vas a matar -suspiró.
-Soy como una dulce y pequeña muerte… para que vayas y vuelvas al paraíso cuando quieras -rió, acurrucándose a su lado.
-Tú eres el paraíso mismo -pensó, abrazándola.
