Hoy nos toca Yaxley, un tipo con cara de aburrido y pintas de snob que no se sabe exactamente cómo llegó a mortífago¿os parece?

Pues a leer se ha dicho!

Mil bsosss,

Isi!

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Yaxley.

El espejo le devuelve una imagen que nunca creyó llegar a poseer. Desde el pelo pulcramente engominado hacia atrás ejemplificando su progresivo encumbramiento en la jerarquía ministerial, hasta los guantes de lino negro que celosamente guarda en los bolsillos interiores de su caro traje confeccionado a mano.

A pesar de su inexorable avance en la cuarentena, conserva su piel casi como en su adolescencia, prácticamente lampiño. Ni una sola marca, ni una sola imperfección en las mejillas, en la línea de la fuerte mandíbula que realza el atractivo en la arquitectura de su rostro. Comprueba por última vez su aspecto con un mohín disgustado y sale hacia la Sala de Reuniones del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica. En el camino, repasa mentalmente sus planes y le rechinan los dientes con el recuerdo de la última reunión con el Señor Tenebroso. Una vez más humillado, superado. Ridiculizado frente a los mortífagos, qué ignominia.

Saberse poderoso para qué. Ser reconocido como quien roba vidas y aniquila esperanza. Siempre tras la máscara, ésa que, aunque horrorosamente antiestética, le resguarda de indiscretas y acusadoras miradas. Bajo las órdenes del Señor Oscuro, siéndole útil. Sí, todo un honor. Sí, un verdadero privilegio. No sólo le encomiendan misiones estúpidas que bien podía hacer un squib aventajado sino que además - ADEMÁS - se ve obligado a soportar las burlas de Snape desde su puesto a la derecha del Amo. A escuchar cómo incluso Crabbe entrechoca sus dos neuronas para recordárselo. Saqueador de información, espía a tiempo parcial, se ha mantenido fiel y ha cumplido con órdenes que hasta al más estoico de los aurores habría hecho mearse en los pantalones. Con todo, se mantiene en el escalafón más bajo. Perfectamente prescindible.

Los espejos añejos siempre acaban cubiertos de pequeñas manchitas marrones ribeteadas de rojo, que de pronto le parecen burlonas y desdeñosas; una pantomima reflejo de su propia vida, que comienza a desteñirse en una escala de grises tenebrosos, ocultos bajo la superflua superficie en la que todo parece muerte y miedo pero además es odio. Un odio furioso, incandescente, que arremete contra las esperanzas y las salvaguardias de vidas a punto de eclosionar.

Odian; cada minuto, cada segundo, cada instante de sus deshechas vidas.

Matan; a cada oportunidad que se presenta.

Obedecen; siempre que es necesario.

Ríen; en el fugaz segundo en que el suspiro de la muerte se acerca a los labios de la víctima y se vislumbra el horror en sus ojos.

Yaxley, además, envidia. Por cada alabanza dedicada a otros. Por cada esfuerzo infructuoso. Tiene todo lo que podría tener y la amargura de los celos le corroe de manera tal que los huesos se le congelan, se le vidria la mirada y su extrema palidez se vuelve tensa y tirante.

Belleza perpetua, elegancia casi mística. La máscara permanece límpida, inmaculadamente siniestra.

El espejo le cubre el rostro de manchas oscuras y ni siquiera su desesperación o su fidelidad son capaces de impedir su lento e ineludible progreso, como una irónica premonición del destino.


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