Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo

Hola, gracias por entrar n.n

Muchas gracias a todos los que se prendieron con la historia y apoyaron el proyecto. Tengan en cuenta que, aunque esta sea la segunda entrega, sigo la numeración de los drabbles.

Disculpen por los posibles fallos que puedan encontrar y gracias por leer :D


Proyecto: Cien drabbles por cien historias

Pareja: Ichigo/Rukia

Motivo: Cosas para callar


III

Las cosas que deberías callar

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Pensar en un reto para una persona como Ichigo le insumió a Rukia algunos días con sus noches, pues en tiempos de paz resultaba francamente dificultoso. Todo lo que había aprendido a hacer desde que se conocieron era pelear, y no podía culparlo por ello.

Así que se devanó los sesos, pero lo máximo que pudo concebir fueron jornadas de más entrenamiento. Bajo su mando, desde luego, porque jamás se privaría del placer de verlo sufrir entre sus despóticas instrucciones, ni se permitiría perder a semejante discípulo entre las bravuconas manos del onceavo escuadrón.

El día que le comunicaría la decisión, lo despertó con una patada en las costillas para informarle que luego de desayunar lo esperaría en determinado campo de la academia. Ichigo, irritado con el maltrato de quien lo hospedaba, le recriminó la arbitrariedad con el puño en alto, sin recibir a cambio ninguna clase de disculpa.

-Desde hoy te someterás al verdadero entrenamiento de todo shinigami –empezó ella cuando acudieron a la cita.

-¿Esta es tu idea para ocupar mi tiempo aquí?

-Serán varias horas por día, así que vete preparando.

-No lo puedo creer…

-Soy una persona muy estricta y te advierto que no te tendré ningún tipo de contemplación.

-¡Maldita sea mi suerte!

A Rukia le agotó aquel gimoteo infantil.

-Primera lección: ¡has el favor de callarte, idiota! –le espetó con muy poca pedagogía de su parte-. Si estás aburrido, ¡cállatelo! Si estás insatisfecho, ¡cállatelo! Si te sientes fastidiado, ¡cállatelo! Aquí venimos a trabajar, ¡no a lloriquear como niños!

Ichigo retrocedió un poco ante el sermón. Ella tenía razón en eso, aunque jamás le daría el gusto de admitirlo en voz alta. Disimulando su contrariedad, desvió la vista con fingida indignación. Luego, por una cuestión de orgullo, bufó con desdén.

-Es porque lo has decidido tú sola, enana.

-Como sea. Guárdate la absurda justificación de tu conducta, un shinigami de verdad se hace cargo de sus dichos. ¡Y cállate también lo de enana!

-Mira, pequeña engreída…

-Si pretendes sacar provecho de tu estadía –lo cortó ella en seco-, ¡bien harías en callarte además las tonterías! Se te ha recibido con los brazos abiertos, así que compórtate a la altura. Yo misma me encargaré de controlar tus exabruptos.

La satisfacción con la que cerró la frase a Ichigo lo irritó aún más, ella menos que nadie tenía derecho a señalar los "exabruptos" ajenos. Pero apreciaba demasiado su vida y su prominente futuro de guerrero como para replicar, la muy condenada se había metido hasta los tuétanos en el papel de entrenadora.

Sí, se callaría, pero ya hallaría el modo de cobrárselo.

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IV

Las cosas que deberías callar tú

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Entrenar bajo las directivas de Kuchiki Rukia podía convertirse en un verdadero paseo por el infierno, o así al menos le parecía a Ichigo con mayor frecuencia cada vez. No era que desdeñase sus esfuerzos y sus valiosos aportes para "sacarlo bueno", como ella solía justificar cada una de sus arbitrariedades, sino que la chica podía ser francamente intolerable.

Así se lo hizo saber una desapacible madrugada en las afueras del Rukongai, a los gritos y tiritando de frío, pero lo único que consiguió fue la milésima tunda de la temporada. En la superficie craneal ya no disponía de espacio para tantas contusiones.

-Pues siento mucho que mi piel no sea inmune al frío –masculló con reproche en determinado momento de la discusión.

-Un estudiante que se precie de tal resiste sin quejarse, idiota.

-¡No soy tu estudiante!

-Mi estudiante, mi discípulo, mi subordinado, mi pequeño saltamontes… Para el caso da igual –replicó Rukia con aires de superioridad.

-Eso quisieras, enana engreída –gruñó él, indignado. La muy ladina disfrutaba demasiado de la situación, se regodeaba con los disgustos que ella misma le provocaba.

-¿Entonces qué diablos eres? ¿Un lastre?

-Para considerar siquiera la idea de que sea tu estudiante, empieza por callarte la soberbia y la desfachatez. Y, de paso, esas absurdas afirmaciones acerca de que puedes llevarme y traerme de las narices de aquí para allá y a cualquier hora del día.

-Cuida lo que dices, jovencito –lo encaró ella con la mano en la empuñadura de su zanpakutou.

-También deberías callarte la tiranía, la necedad y la ridiculez de creer que estás por encima de mí cuando eres tú la primera en llamarme en situaciones de peligro, maldita sea.

-Has malinterpretado mi posición –repuso Rukia, analizando por dónde empezar a golpearlo. Tenía que encauzarlo pronto o el discípulo se convertiría en un rebelde.

-¡Un cuerno! ¡No he malinterpretado nada! ¡Y me voy!

La shinigami, algo desconcertada ahora con tal reacción, lo observó marchar cuidándose muy bien de dar el brazo a torcer. Vaya sinvergüenza. Primero aceptaba su entrenamiento y luego se quejaba a voz en cuello… Y dicen que las histéricas son las mujeres.

Después se quedó pensando. Tal vez, sólo tal vez, Ichigo tuviera… una parte de razón en cuanto a la desorganización de los horarios y actividades. Meneó la cabeza con pesar. Jamás lo admitiría, desde luego, pero le gustaba demasiado pasar el tiempo con él como para desentenderse del reclamo, así que revisaría y modificaría su agenda.

Bufó con cansancio. Ese tonto quizás ignorase aún que entre ambos había mucho más que callar que un simple gesto de soberbia.