Aclaración: Hey Arnold ni sus personajes me pertenecen, todo es obra de Craig Bartlett.

Episodio 1:

Tentación.

—¿Qué...? ¿Qué me pasó?— La cabeza comenzaba a punzar por el golpe dado, incluso cuando sus dedos se deslizaron por su propia nariz noto la sangre que caía de ella y abrió los ojos sumamente asustada. ¿Dónde estaba? ¿Por qué estaba en el piso? Y más importante ¿Quiénes eran las personas que la rodeaban?

—¡Helga! ¡Helga! ¿Estás bien? Yo lo lamento, no vi cuando empuje la puerta y...—

—¿Quién es Helga?— Una sonrisa un tanto boba surco en el rostro pálido de la fémina que torpemente se intentaba incorporar pero debido al reducido espacio que había entre la multitud que murmuraba a su espalda, fue difícil el encontrar un punto de apoyo. —Que bonito nombre, quisiera que fuera mío.—

—Oh,oh... La historia se repite.— Varias exclamaciones de horror se escucharon a las palabras de la voz grave del chico más alto de todos ahí. — Viejo, esta vez sí le diste duro a Pataki.—

Quería preguntar a que se refería aquel sujeto extraño de larga melena afroamericana, pero quedaron vacías. La cabeza le daba vueltas, todos los rostros de la demás gente se agolpaban en su vista, sin permitir entrar oxígeno suficiente a su cuerpo y torpemente se sostuvo de lo más cercano que tenía. El brazo del chico rubio que no dejaba de pronunciar ese nombre.

—Helga, Helga, estas muy pálida, te llevaré a la enfermería.— Se abrió paso entre la multitud llevando a la chica entre sus brazos casi inconsciente, sabía que la situación era delicada pero ahora se veía peor.

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—Lo siento, muchacho, al parecer Helga tiene amnesia y por la gravedad del golpe me temo que va a durar semanas.— Mientras la enfermera hacia anotaciones en la tabla de consulta, la rubia se encontraba jugando con los instrumentos médicos del hospital, curiosa de ver tantos objetos afilados y brillantes llamando poderosamente su atención.

—¿Qué es esto, pequeño?— Mostró un pequeño bisturí y sin saber dónde más pasarlo, lo deslizó justo en medio de su vestido, creando una gran abertura que iba descubriendo aquellos pechos apretados ceñidos en un lindo sujetador negro con bordado rosa que peligraba de ser roto por el tamaño enorme que abarcaban.

La sala se quedó en silencio, el chico estaba completamente rojo del rostro, pero tampoco apartaba la mirada de sus senos. La enfermera torpemente buscaba algo con que cubrirla y que no terminara por cortar también su pequeña prenda interior. Al final oculto el accidente con una sábana blanca y ordeno al muchacho el prestarle la camisa roja que ahora usaba como alguna especie de chaqueta ya que su compañera no podía andar así por la escuela.

—Bien...— Carraspeo la señora de blanco entregándole una pequeña nota de analgésicos para prevenir cualquier futuro dolor de cabeza a la víctima. — Creo que será mejor que vaya a descansar a su casa, las clases y la gente harán que se sofoque de información por intentar averiguar quienes son, sé buen niño y llévala por favor, Arnold.— Se acercó al nombrado y claramente su mirada denotaba advertencia, pues el propietario de extraña cabeza no apartaba la mirada de la rubia. — Sólo a casa y vuelves.—

¿Qué era? ¿Un pervertido? Esta bien, se había sorprendido y no pudo apartar su vista de aquella panorámica pero era eso, simplemente sorpresa. Bufo y salió de la enfermería tomando de la malo a la pobre niña pérdida que no dejaba de preguntar en dónde estaban. Entregó el pase médico y el permiso que este le otorgaba de irse a su casa, prefiriendo mandar un mensaje a su mejor amigo pidiéndole de favor el llevar ambas mochilas a la casa de la ¿Ex-matona? Ahora no sabía cómo llamarla.

—¿Qué es casa?— Comenzaba a sentirse irritado de escuchar esa frágil voz. No es que la odiara pero ese día, precisamente ese día había sido nuevamente rechazado por la muchacha campirana y lo peor; frente a todos. Se sentía patético, no quiso hablar con nadie y ahora, tenía que cuidar de su bully personal por culpa suya al querer salir corriendo del comedor escolar. La miro a los ojos, la inocencia que reflejaba mezclada con curiosidad por un mundo nuevo bajo su mal humor, después de todo, ella no tenía la culpa de nada.

—Es dónde vives, comes y duermes, Helga.— Minutos más tardes habían llegado y como recordaba hace ocho años, la casa azul se encontraba vacía. ¿Sería muy tonto preguntarle? Seguramente sí, ni siquiera recordaba que esa era su dirección. — No hay nadie, te haré algo de comer.—

Sin esperar respuesta fue por los utensilios a la cocina, no podía decir que la conocía, ya que pocas veces había estado ahí, pero era muy predecible en que sitio se encontraban las sopas y jarras.

Se recargo contra el umbral de la estufa cuando dejó que la sopa hirviera y volvió a su mente la imagen de la rubia desgarrando su vestido, sin querer un sonrojo se instaló nuevamente en sus mejillas y miro discretamente a su compañera que intentaba encender el televisor. ¿Quién lo diría? Helga G. Pataki siendo amable, adorable y curiosa, no siempre podía aprovechar eso.

—La sopa va a tardar.— Sorprendió a la chica por la espalda y la tomo de la mano para llevarla al sillón. De frente a la televisión cambio los canales con aburrimiento, pero decidió dejarla en una película de romance.

—Gracias por cuidarme Arthur.— Le sonrió de forma sincera y desvío su mirada a la camisa de cuadros que le había prestado. Le quedaba muy floja y grande, curioso ya que la fémina siempre había sido más alta que el, pero ¿De qué se quejaba? Ahora tenían diecisiete años y su complexión ya no era la misma. Había desarrollado músculos por el deporte que practicaba, sin ser demasiado exagerado. Su estatura también había conseguido dar un estirón, adornándolo con sus ciento ochenta centímetros, aunque su cuerpo seguía siendo delgado, pero fuerte. Por otra parte, ahora que se fijaba en su compañera ella también cambio, y vaya ¡Cambio! Senos firmes, caderas anchas, largas piernas torneadas, trasero respingon y suave a simple vista, completando todo con esa cintura breve dónde deseaba pasar sus manos.

¡Un momento! ¿El deseaba eso? ¿Cómo podía pensar así de Helga? Si bien nunca habían tenido una relación cercana, no le daba el derecho a imaginarse cosas... Aunque, últimamente no podía sacársela de la cabeza. Aquel día de San Lorenzo pensó que por fin su relación iba a mejorar, pero cada que se intentaba acercar a ella, salía corriendo pálida, asustada, como si hubiera visto algo sumamente espantoso así que, poco a poco desistió de intentar algo y simplemente la ignoro, tampoco iba a rogarle cuando ella no se mostraba accesible... De eso han pasado más de seis años.

Pronto ambos terminaron de comer y decidió lavar los platos, justo como la rutina de hace años la llevo a su recámara y la acomodó en la cama junto con la muñeca antes de que su dueña cayera inconsciente y vencida por el sueño, ya tomaría mañana de vuelta su camisa cuando viniera a recogerla para llevarla a clases.

Estaba por salir de la casa cuando se escucho un grito y terminó por volver corriendo, entrando sin permiso a la alcoba de la del moño rosa y la encontró ahí, luchando contra su vestido para quitárselo sobre la cabeza pero este se había hecho bola y enredado con algunos mechones claros. La ropa interior era visible y... Odiaba ser hombre.

La mirada masculina se deleitó por fin de aquellos glúteos levantados y casi desnudos pues las bragas de Helga eran pequeñas, dando mucho a la imaginación. Subió hacía su cintura, la piel tan blanca resaltaba de todo y más arriba, el broche del sujetador se encarnaba en forma dolorosa a la piel de su espalda. No podía dejarla así ¿Verdad? Inhalo, exhalo y controló sus pensamientos antes de posar su mano en el broche, liberando la molestia que le causaba. Lo que más le sorprendió es que la prenda dio un rebote hacia delante para caer tirado en el suelo, ¿Por qué usaba eso sí no era su talla?

—¡Artemio!— No le dio tiempo de corregirla, se había montado sobre el enredando las piernas en la cadera masculina y sus deliciosos senos presionaban sus pectorales. —Me iba a cambiar pero...—

—Hel-Helga...— No sabía en donde esconderse, su compañera no se estaba percatando de la situación en la cual esta le comprometía y él, estaba sufriendo los estragos de ser hombre. Pronto pudo sentir como sus propios pantalones se ceñían en su parte baja, abrió los ojos asustado. No, no, no, no podía tocarla, ni siquiera debía darse cuenta de lo que estaba pasando, sabía que no era a propósito entonces... ¿Por qué?. Las palabras no salían de sus labios, estaba totalmente tieso ante la situación.

—Armando... ¿Qué es esto?— De nuevo la escucho, y dirigió su entorpecida mirada hacia ella, arrepitiendose al instante de tomarse la molestia de hacerlo, pues la chica jugaba con su mente, señalando con inocencia su rosado pezón... ¿CÓMO NO PODÍA SABER QUE RAYOS ERA?

Se separó abruptamente de su compañera, las mejillas le dolían de lo rojo que se encontraba y por si fuera poco, su agitado corazón bombardeaba sangre, pero no precisamente a todo su cuerpo, si no a cierta parte anatómica que debía liberar pronto antes de cometer una locura. Corrió, saludo a la madre de la rubia cuando se cruzo con ella en el salón principal hasta por fin salir de ese infierno, como ahora pensaba llamarle. La brisa fría golpeteo su cálida piel y decidió sentarse en una banca de un parque cercano a la casa de huéspedes.

Rendido bajo la mirada hacia su gran erección que dolía, no iba a llegar a su hogar con un bulto entre los pantalones, ya era suficiente humillación el excitarse con una inocente chica... Patético, si eso era, un gran patético, lujurioso, incesato e imbécil hombre que fue doblegado por un arranque de hormonas. Ahora la pregunta era...

¿Qué pasará mañana?

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Buenas tardes, si, sé que me tarde en actualizar, pero no me había dado cuenta que era la semana de vacaciones. Espero estén disfrutando de a historia, traeré otro episodio la siguiente semana. ¡Muchas gracias por su molestia en leerme! Nos veremos.

PD. Respondiendo a una duda de un review, creo que la edad ya esta revelada, seguro pensaron que eran pequeños pero no, deben tener una cierta edad para hacer cositas de adultos.