XXX
Mark abrió con cuidado la puerta después de probar las diferentes llaves que colgaban del llavero y se introdujo al lugar tratando de hacer el menor ruido posible. Se suponía que era su casa, pero se sentía como un ladrón allanando una morada. No se veía nadie cerca. Escuchó el sonido de un televisor encendido y caminó hacia donde provenía. Entró a una amplia sala de estar decorada con gran gusto, tenía pisos de madera, una chimenea de mármol, sillones color azul oscuro, varios libreros y una gran televisión. En el suelo se encontraba sentada, dándole la espalda, una niña de largo cabello rizado de color café oscuro. Ella miraba atentamente una película de dibujos animados mientras acariciaba a un perrito blanco peludo que estaba echado a su lado. La niña escuchó sus pasos al entrar y volteó a verlo con unos grandes ojos azules.
—Pai te está buscando —dijo con una voz clara e infantil sin dejar de acariciar al animal, quien también volteó para ver a Mark y se levantó moviendo la cola para ir a su encuentro. Se apoyó con sus patas traseras, puso las delanteras sobre las piernas de Mark y ladró animadamente.
—¿Pai? —preguntó Mark sin atinar a decir nada más. Le dio un par de palmadas al can en la cabeza, quien le lamió la mano.
—Allá arriba, en el cuarto de David —aclaró la niña señalado el techo y volvió su atención a la televisión.
Mark se quedó un rato parado sin saber qué hacer. En vista de que no iba a obtener más información quedándose ahí, decidió subir al segundo piso, seguido del perro. Al caminar por las escaleras se detuvo a contemplar las fotos que estaban en las paredes. En ellas se encontraban su familia, la niña que estaba abajo y gente que no conocía, pero sobre todo, observó con atención las fotos de él y Eduardo, ambos se veían totalmente diferentes a como eran en el mundo de Mark: aquí estaban juntos y felices. Había una foto grande enmarcada en plateado que le llamó poderosamente la atención, al parecer era de su boda: ambos estaban vestidos con elegantes trajes, Mark hasta traía corbata, se encontraban tomados de las manos, sonriendo para la cámara, atrás de ellos se veía un rabino que también sonreía. A Mark se le hizo un nudo en la garganta y miró el anillo que traía en la mano izquierda. Tragó saliva y siguió subiendo la escalera sin ver más fotos.
Al llegar al segundo piso, Mark recorrió las habitaciones. Encontró una que era el dormitorio principal donde había despertado, había otras que estaban vacías que parecían ser cuartos de huéspedes, un gran baño, una más con papel tapiz de estrellas que sin duda pertenecía a la niña que vio abajo (¡su hija!) y finalmente, una con la puerta entreabierta de donde salía una voz que cantaba suavemente. Mark abrió despacio la puerta y vio a Eduardo, quien estaba sentado en una mecedora y arrullaba a un bebé cantándole una canción de cuna en portugués. Eduardo lo escuchó entrar y alzó la vista.
—No dejes que Beast entre, el niño se acaba de quedar dormido —le dijo en voz baja.
Mark supuso que se refería al perro, quien seguía pegado a él moviendo la cola contento. Mark retrocedió, salió del cuarto y con él Beast. Mark miró por la puerta entreabierta cómo Eduardo le daba un beso en la frente al bebé, lo acostaba en la cuna y prendía el monitor. Eduardo salió en silencio al pasillo, donde se encontró con Mark. Lo miró con el ceño fruncido.
—¿Dónde has estado? Desapareciste toda la mañana sin dejar rastro. Te llamé a tu celular y resulta que lo dejaste en tu mesa de noche. ¿Te fuiste a la calle así en pijama? —inquirió entre preocupado y molesto.
—Tenía cosas importantes que hacer —dijo Mark enojado, poniéndose de inmediato a la defensiva, alzando la barbilla y frunciendo el ceño, tal como estaba acostumbrado a hacer en su mundo cuando discutía con Eduardo.
Eduardo lo miró sorprendido, incrédulo de lo que Mark acababa de decir. Al parecer ese tipo de comportamiento no era normal en él.
—Yo… —comenzó a decir Mark, sintiendo que debía reparar el daño hecho—, lo siento, me surgió una emergencia en Facebook y tuve que ir a arreglarla.
—¿Qué Todd no se ocupa de eso mientras estás de vacaciones?
—Sí, pero… necesitaban que autorizara cambios que sólo yo podía aprobar con mi firma.
—Oh, bueno, esas cosas pasan —dijo Eduardo sonriéndole de nuevo—. Pero a la próxima al menos dime a dónde vas, me preocupó mucho que te fueras sin siquiera cambiarle el pañal a David.
—Perdón, fue algo muy repentino, no tuve tiempo de pensar en nada.
—Está bien, ojalá que no haya más emergencias durante las vacaciones, tenemos mucho qué hacer. El servicio de limpieza llegará en un rato, ¿por qué mientras no vas con Ally al supermercado para comprar lo que necesitamos para preparar la cena de hoy en la noche? Quiero empezar mucho antes de que vayas al aeropuerto a recoger a tu familia para que cuando lleguen todo esté servido.
—Uh… sí claro… —fue lo único que Mark pudo decir. No tenía idea de a qué se refería. ¿Por qué iba a visitarlo su familia?
—La lista de compras está pegada en el refrigerador. Iré a ver si ya terminaron de limpiar la alberca —dijo Eduardo y se inclinó para darle un breve beso en la boca a modo de despedida. Después bajó las escaleras seguido de Beast y Mark se quedó parado en el pasillo, anonadado, sintiendo que los labios le cosquilleaban.
Cuando por fin reaccionó, Mark se puso a sopesar sus alternativas. Eduardo actuaba como si fuera de lo más normal estar casados, eso quería decir que ese no era el Eduardo de su mundo. De ninguna manera podría haber actuado relajado frente a él, y mucho menos besarlo si así fuera. Mark era el único que estaba consciente que esta realidad no era la verdadera, por lo tanto, no le convenía ir por ahí diciéndole a nadie que él no pertenecía a ese mundo. Jeremiah había dejado en claro que Mark no tenía control sobre su decisión de permanecer ahí. Por lo tanto, lo mejor era seguirle la corriente. Mark estaba a su merced y sospechaba que cuanto más se resistiera, peor le iría. Si fingía haberse acoplado bien a su "familia", tal vez lo regresarían pronto a su mundo, como a un preso al que le reducen la sentencia por buen comportamiento.
Una vez que decidió cómo actuar, Mark pensó en hacer lo que Eduardo le había dicho. Si iba a ir al supermercado, tenía que ponerse ropa de calle. A él en lo personal no le importaría seguir en pijama todo el día, pero sospechaba que el Mark que conocían en ese mundo ya no hacía eso. Mark regresó a la habitación principal y buscó ropa que ponerse. Abrió los armarios y vio los trajes impecables de Eduardo (al parecer su obsesión con vestirse formal era la misma en todas las dimensiones) al lado de sus jeans y camisetas. Era una sensación extraña ver la ropa de ambos en el mismo lugar. Mark examinó las prendas que seguramente le pertenecían y notó que no eran exactamente iguales a las que tenía en su mundo. Aunque seguía siendo ropa informal, toda se encontraba en buen estado, no había ningún pantalón roto o camiseta manchada. Toda estaba bien lavada y hasta planchada. Mark tomó una camiseta azul oscuro, un pantalón caqui tipo cargo, ropa interior y entró al cuarto de baño adyacente a su habitación.
En el baño Mark se encontró con una repisa del gabinete llena de productos para el cuidado de la piel y del cabello que sin duda eran de Eduardo. Mark a lo mucho usaba algo de colonia en ocasiones especiales. En otra repisa había una crema para afeitar de la marca que él solía comprar. Después de bañarse, Mark decidió rasurarse. Se contempló con detenimiento en el amplio espejo. Para tener treinta años no se veía mal. De hecho, lucía mejor que en su mundo. No tenía ojeras y el rostro se le veía relajado, también más lleno. Él siempre había sido delgado, y continuaba siéndolo, pero podía notar que había engordado un poco. Su apariencia no era nada mala, de hecho, lucía saludable, como las personas que llevan una dieta equilibrada y duermen bien todas las noches, algo que él jamás hacía en su dimensión.
Una vez que estuvo limpio y con ropa de calle, Mark fue a la planta baja y buscó la cocina. Era más grande que la que tenía en su departamento, y lo mejor, en esta sí había comida. A Mark se le hizo agua la boca sólo de ver las alacenas llenas y el refrigerador rebosante de carnes, vegetales, lácteos y varios contenedores de lo que parecían ser sobras de comidas anteriores. El estómago le gruñó, traía el hambre atrasada. De inmediato se puso a abrir contenedores para revisar lo que tenían dentro. Terminó metiendo al horno de microondas un pedazo de filete de pescado, espagueti, pollo a la naranja y puré de papas. Una vez que estuvo caliente, Mark se sentó en un banco alto en la isla de la cocina y comenzó a devorar todo con gran apetito. La comida estaba buenísima, hacía mucho que Mark no probaba algo así. De vez en cuando iba a lujosos restaurantes a cenas de negocios, y nunca faltaba el buffet en los congresos a los que asistía, pero el sabor no se podía comparar con el de la comida casera.
Mark estaba limpiando con la lengua lo que quedaba en el contenedor del pescado cuando la niña que había visto antes entró a la cocina. Mark se paralizó al verla.
—Tengo hambre. Pai dijo que tú me darías de almorzar.
—Um, sí seguro, ¿quieres…? —Mark miró lo que acaba de comer—. ¿Quieres algo de pollo? —Mark estaba seguro de que aún quedaba un poco en el refrigerador.
—¿Puedo comer helado?
—Si quieres. —Mark se levantó y abrió el congelador. —¿De cuál? Hay napolitano, vainilla, caramelo.
—¡De todos! —dijo la niña con entusiasmo—. Y también galletas.
—Está bien —respondió Mark y comenzó a sacar los botes de helado. Luego abrió la alacena y tomó una gran caja de galletas con chispas de chocolate.
La niña levantó los brazos y se quedó quieta, Mark se quedó viéndola sin saber qué hacer.
—Papi, álzame, no puedo subirme sola al banco.
—Oh, claro —dijo Mark y la levantó.
Mark y la niña (¿cómo se llamaba? ¿Aby? No, Ally. Sí, eso había dicho Eduardo) se sentaron a comer en silencio. Mark la observó de reojo entre cucharadas de helado y mordidas de galleta. Ally tenía puestos jeans y una camiseta de Angry Birds. No traía zapatos, andaba en calcetines rosas decorados con dinosaurios morados. Ella era su hija. Estaba seguro de que era biológicamente suya, veía en ella varios de los rasgos de su familia: la forma de la cara, los ojos azules, los rizos. En su otro mundo, Mark jamás habría pensado en tener hijos. Vaya, que ni siquiera había considerado la posibilidad de tener una mascota. Ahora tenía ambas cosas. Era completamente extraño, como todo lo que le rodeaba.
—¿A qué hora llegarán mis abuelitos y tías?
—En la noche. Creo….
—¿Me traerán regalos de Hannukah? Pai dice que no debería esperarlos, que ustedes ya me han estado dando los de cada día, pero el año pasado que fuimos a visitarlos, mis abuelitos me dieron la gran casa de muñecas que contaba por ocho regalos pequeños.
—Um, no sé….
—La tía Arielle me dio los peluches de Angry Birds. Pai se enojó cuando comencé a lanzarlos por la ventana, pensé que volarían como en el juego….
La niña siguió parloteando mientras Mark estaba sumido en sus pensamientos. Era Hannukah. Esa era la razón por la cuál sus padres y hermanas, venían de visita. En su mundo hacía mucho que no tenían una reunión familiar. A veces su madre lo iba a ver para asegurarse de que seguía vivo, pero él no había vuelto a la casa en la que había crecido desde que se mudó a Palo Alto. Siempre tenía muchas cosas qué hacer en Facebook. Mark se sintió ansioso al pensar en su amado sitio. Movió los dedos, deseando de sentir el teclado bajo ellos. Tenía síndrome de abstinencia al pasar tanto tiempo lejos de su computadora. No podía creer que ese tal Todd, quien quiera que fuera, estuviera al mando en su ausencia. Hasta Dustin y Chris se habían ido de vacaciones, los muy traidores. Algo tendría que hacer al respecto. Mark volteó la vista hacia el refrigerador y observó con atención los dibujos infantiles hechos con crayones que estaban pegados. Había entre ellos un texto que parecía una lista de compras escrita en la pulcra caligrafía de Eduardo. "Oh, cierto, tengo que ir al supermercado", pensó Mark y recordó lo que le había dicho Eduardo.
—Um, ¿Ally? —dijo Mark con voz incierta. Sentía raro estarle hablando a alguien que no existía, que era una alucinación o lo que fuera que le había hecho Jeremiah y esos Superiores de los que había hablado—. Eduardo dijo que tenemos que ir de compras.
—Ah, está bien. Ya terminé —dijo la niña. Mark pudo ver que tenía la cara llena de helado. Ally se limpió con la camiseta. Mark la ayudó a bajar del banco, tomó la lista del súper y se encaminó a la puerta de salida.
—¿No vas a poner los platos sucios en el lavavajillas? —preguntó la niña y lo señaló
—Oh, cierto —dijo Mark. Ally abrió la puerta del aparato y Mark acomodó los trastes lo mejor que pudo. En su dimensión raramente usaba platos, nunca cocinaba y cuando tenía que verter la comida para llevar en algún recipiente, generalmente era desechable—. Listo, ¿nos vamos?
—No tengo zapatos —señaló Ally. Alzó el pie y movió los dedos dentro de los calcetines, haciendo bailar a los dinosaurios morados.
—Zapatos. Claro —dijo Mark. Subieron a la habitación de la niña y Mark le ayudó a ponerse unos tenis de Spider-Man que prendían luces con cada paso.
Mark tomó las llaves de la camioneta y salió a la cochera con Ally detrás de él. Mark le abrió la puerta delantera a la niña para que se subiera.
—No puedo ir adelante. Mi silla está allá. —Le indicó la pequeña.
Mark no se había fijado antes que había un asiento para niño en la parte trasera del auto. Recordó vagamente que la ley de tránsito requería que los niños de menos de seis años viajaran en el asiento de atrás. Ally se subió a su silla y Mark la sujetó lo mejor que pudo después de luchar un rato con las correas.
Mark buscó en su teléfono la ubicación del supermercado más cercano y la introdujo en el sistema de navegación. Cuando llegaron a la tienda, Mark tomó un carrito y Ally de inmediato alzó los brazos. Al parecer esa era la señal que siempre usaba para indicar que quería que la levantaran. Mark lo hizo y la acomodó en el carrito. Sacó la lista de compras de su bolsillo y comenzó a recorrer los pasillos para buscar lo que necesitaban.
Tal parecía que Eduardo iba a cocinar para un ejército, Mark no recordaba jamás en su vida haber comprado tanta comida. Solamente había visto el carrito así de lleno cuando de niño acompañaba a su mamá a hacer las compras. En ese entonces le gustaba ir con ella porque siempre le compraba alguna golosina. Después descubrió las computadoras y pensó que no había mejor recompensa que pasar horas frente al monitor. La niña (su mente se seguía negando a decirle su hija) parecía no haberlas descubierto aún, porque estaba muy divertida supervisando toda la compra desde su asiento en el carrito. Además de lo que Eduardo le había encargado, la pequeña tenía sus propias ideas de lo que se necesitaba en la casa.
—Necesitamos de esas tartas de queso que están allá—dijo señalando los pasteles de diferentes variedades, como con chocolate, caramelo y fresas—. A mi abuelito le encantan, son sus favoritas.
—Uh… claro… —dijo Mark y tomó uno de cada uno.
—Y papas fritas y palomitas de maíz para cuando veamos películas. Toma la bolsa grande y de las otras de allá y de allá.
—¿Estás segura de que hacen falta tantas?
—Sí, siempre compramos muchas cuando tenemos visitas.
Mark acababa de llegar a ese mundo así que, ¿quién era él para contradecirla?
Recorrieron los pasillos de la tienda y terminaron con un carrito retacado de toda clase de golosinas. Por suerte tenían una camioneta para empacarlo todo sin demasiado problema.
Cuando llegaron a la casa, Mark ayudó a Ally a bajarse de su asiento y luego la vio correr hacia la puerta con una bolsa de gelt (monedas) de chocolate en la mano que sacó de entre sus numerosos paquetes.
—¡Pai! ¡Ya regresamos! —llamó la niña.
Eduardo abrió la puerta y la vio pasar corriendo a su lado.
—Ally, ¿qué es lo que traes ahí?
La niña le enseñó la bolsa con una sonrisa manchada de chocolate.
—Ally, te he dicho que no puedes comer tanto chocolate.
—Papi me lo compró, es el gelt de Hannukah.
—Sabes que sólo recibes gelt cuando vamos a jugar con el dreidel. Ahora, dame esa bolsa y ve a lavarte la cara. Luego te daré un baño completo.
La niña hizo pucheros, pero obedeció y entró a la casa arrastrando los pies.
—Mark, ¿qué tanto compraste? —preguntó Eduardo al verlo acercarse cargado de bolsas.
—Es lo que estaba en tu lista.
—Estoy seguro de que cuatro tipos diferentes de frituras no estaban en mi lista —dijo Eduardo revisando el contenido de las bolsas—. Dejaste que Ally comprara lo que quisiera, ¿cierto?
—Dijo que se necesitaban —respondió Mark sintiendo que comenzaba a ponerse a la defensiva. Era un hábito difícil de vencer. Hacía mucho que no podía tener una conversación con Eduardo que no implicara que uno trataba de ganarle al otro y tener la razón.
Eduardo se rio divertido. Mark sintió algo raro en el estómago al ver las arrugas que se le formaban a un lado de los ojos al reírse. Tal vez había comido demasiado.
—Ally siempre termina convenciéndote de hacer su voluntad. Vas a estar en graves problemas cuando llegue a la adolescencia —dijo sonriendo—. Anda, llevemos los comestibles adentro, tenemos que empezar pronto con la cena de Hannukah.
A Mark no se le escapó ese plural. Eduardo esperaba que él lo ayudara a cocinar. Mark frunció el ceño. Jamás lo había hecho y no iba a empezar ahora durante una alucinación.
Un rato después, Mark se dio cuenta de que Eduardo era quien realmente tenía el control en esa casa ya que no pudo oponerle resistencia y pronto él estuvo en la cocina con un delantal puesto, friendo latkes (croquetas) mientras Ally hacía su parte (según ella) aplastando las papas, aunque las dejaba casi enteras y luego Mark tenía que terminar el trabajo. Todos estaban reunidos para preparar una cena tradicional con asado de carne de res en su jugo con guarnición de verduras, latkes, kugel (budín) de calabaza y fideos con queso y sufganiyot (donas) rellenas de mermelada de fresa, crema de caramelo y chocolate. Hasta Beast estaba con ellos dando apoyo moral y atrapando al vuelo los bocadillos que Ally le aventaba.
Eduardo se movía con gracia en la cocina. A Mark no le sorprendió, Eduardo siempre lo hacía todo con elegancia, como si su cuerpo entero fuera incapaz de cometer algún movimiento torpe o alguna acción poco refinada. Mark recordaba bien que aún en los días en que estaban agobiados por exámenes finales, Eduardo era el único de sus amigos que seguía luciendo impecable, como si le fueran a calificar la forma en que se vestía para contestar su examen. Mark llegó a ir en pijama a presentar los suyos, pero no Eduardo, él podía ser un manojo de nervios, pero su cabello siempre tenía que estar bien peinado y su ropa sin arrugas.
Ese día Eduardo no estaba vestido con traje de tres piezas. Hasta él sabía que era poco lógico hacer algo así cuando iba a cocinar como para alimentar a un ejército. Era inevitable que la salsa le saltara o se manchara de harina, por eso tenía puesta ropa informal: jeans viejos y una camiseta de GAP que le recordaba mucho a Mark una que él tenía. Aun así, Eduardo seguía manteniendo su gracia innata. Mark no pudo evitar observarlo mientras sazonaba la carne con especias, revisaba la cocción de las calabazas y batía huevos con movimientos precisos y delicados. Mark se sintió hipnotizado al verlo y no se quejó demasiado cuando Eduardo le dijo qué hacer. Siguió sus instrucciones mientras lo veía de reojo desplazarse por la cocina como si fuera una pista de baile.
En el transcurso de la tarde, Mark ralló, picó, peló, amasó e hizo toda clase de cosas que jamás se imaginó realizar. Bajo la dirección de Eduardo ayudó a preparar un banquete que sin lugar a dudas haría muy orgullosa a la mamá de Mark. La pobre señora Zuckerberg jamás había logrado que Mark cocinara algo que no fueran sándwiches de mantequilla de maní. Mark descubrió que era bueno cocinando. No es que pensara que era algo muy útil de saber cuando había tantos restaurantes que entregaban a domicilio, y no tenía intención de volverse chef cuando volviera a su mundo, pero a su ego le hacía bien saber que tenía una destreza más que antes no había considerado.
Mark estaba totalmente concentrado terminando de rellenar sufganiyot con una manga pastelera que no sintió a Eduardo ponerse detrás de él. Hacía rato que estaban solos en la cocina, dándole los toques finales a la cena. Ally y Beast habían terminado de ayudar y se habían ido a ver televisión. Eduardo lo abrazó con suavidad y le dio un beso en la mejilla, lamiendo una mancha de mermelada que Mark tenía desde quién sabe qué horas.
—Siempre que te veo usando un delantal me acuerdo de esa vez que me hiciste el desayuno con nada más puesto —le susurró Eduardo al oído y le mordió el lóbulo de la oreja.
Mark se estremeció y apretó con fuerza la manga, desparramando una gran cantidad de crema de caramelo sobre la bandeja de las donas. Eduardo sonrió y metió un dedo en la crema, chupándolo con lentitud. Luego lo hizo otra vez, pero en esta ocasión lo llevó hacia la boca de Mark, quien abrió los labios sin rechistar y lamió por completo la crema.
—¿Está rica? —preguntó Eduardo en voz baja.
Mark asintió, sintiéndose hipnotizado por el movimiento de los labios de Eduardo, que se fueron acercando más a él hasta que cubrieron por completo los suyos en un beso lento y sensual con sabor a caramelo.
—Wardo, yo… —gimió Mark al sentir las manos de Eduardo sobre su trasero, pero no alcanzó a decir nada más porque sonó el teléfono que Mark traía en el bolsillo del pantalón, haciendo que los dos se sobresaltaran, rompiendo el momento.
Mark tomó el teléfono con manos temblorosas y vio que era una alarma que le recordaba que tenía que ir al aeropuerto a recoger a su familia.
—Oh, cierto, ya es hora —dijo Eduardo mirando la pantalla del aparato—. Ve a cambiarte, tienes harina por todos lados —dijo y después le tomó el rostro entre las manos y le dio un sonoro beso a modo de despedida.
Mark corrió escaleras arriba y se puso ropa limpia a toda prisa, sintiendo que el corazón le latía desbocadamente. ¿Qué era lo que había pasado? ¿Por qué habían actuado así? De Eduardo podía entenderlo, en este mundo él no odiaba a Mark, vamos, que hasta se había casado con él por voluntad propia. Pero Mark sí era consciente de que él no tenía una buena relación con Eduardo. Aun así, se había dejado llevar por el momento. ¿Acaso él…? Mark sintió la boca seca. No, era mejor no pensar en ello.
