El paso de los años no han sido especialmente buenos para Aidan. Su espeso cabello negro y luminoso se había tornado opaco y sin vida y ya no lo tenía hasta los hombros; no lo había cortado en toda su estancia y ahora le cubría la mayor parte del rostro dejando ver solo uno de sus ojos azules, que tenían una apariencia desolada muy parecida a la de su cabello.
Había crecido, pero debido a las ropas que usaba, no se notaba. Esa ropa de color blanco, tan pálida que solo podía asemejarse al de su piel, por no ser tocada por el sol en tanto tiempo.
Lentamente abre sus ojos. Se levanta sin pronunciar palabra alguna, y tampoco es como si hubiera alguien que la escuchara. Se dirige al lavamanos, el único lugar que cuenta con un espejo para mirarse a sí misma, y como siempre el reflejo de este no le muestra nada alentador. Un suspiro se le escapa antes de dar marcha al mismo lugar de siempre.
—Aidan, ¿dormiste bien? —pregunta la cocinera mientras le sirve un poco de sopa en su plato.
— ¿Eh? Ah, si —dice, distraída.
Aparte de algunos trabajadores, ella no cruzaba palabra con nadie. Hace ya un tiempo que no recibía terapia, solo la tenían en observación, lo que no le resultaba muy grato. De nuevo se dirigía a desayunar al mismo lugar, no era "especial" pero ese lugar le traía recuerdos, después de todo era el único lugar donde podía verlo.
—Aidan, de nuevo aquí —agregó una voz proveniente de su espalda.
—Hola, no es que haya otra cosa que hacer —dijo al sentarse en un pequeño sillón.
—Sé que puedes ver el sol a través de esa ventana, pero… —es una enfermera, la cual se encargaba de Aidan. Esta había sido la primera persona con la cual Aidan había cruzado palabras; se encargó de ella desde el primer momento y le ayudo a levantarse cuando ella sentía que ya no podía. Siempre la animaba a seguir y la consolaba las noches en la que ella lamentaba su traslado. Rápidamente, se había ganado un lugar en el corazón de la pelinegra.
—Julie —murmuro Aidan al girar su rostro hacia ella, pidiendo así admirar su hermoso y largo cabello blanquecino—, Solo me siento aquí porque no disfruto el estar rodeada por los demás doctores en la cafetería. Ya no soy pequeña, hace mucho que deje de ver este sitio como un lugar especial —dijo Aidan al llevarse un trozo de comida a la boca—. ¿E Heg Vunitd? (¿Porque has venido?)
—El doctor desea verte —dijo, mostrando una amplia sonrisa, tan característica de ella que lograba animar a Aidan, aunque sea un poco.
—Vale, iré a penas termine de comer.
Después de comer, Aidan se dirigía hacia el lugar que le habían dicho. No le importaba mucho que pudiese pasar, ya que era evidente que la querían para examinarla.
—Pasa —una voz gentil la invitó, unos segundos después de tocar la puerta del lugar donde la mandaron.
—¿Para qué desea verme?
—Has estado en observación por el último mes, incluso hemos dejado de darte medicamentos —el doctor sacó un expediente—. Felicidades —sonrió—. A partir del miércoles, podrás salir de este lugar.
La noticia dejó a Aidan petrificada.
—¿S-si? —dijo, tartamudeando. No pudo evitar que su cara se humedeciera por sus lágrimas. Estaba emocionada.
—Eso era todo, puedes retirarte —agregó, con una sonrisa.
Aidan lo miró y le devolvió el gesto. Era una sonrisa grande y sincera, de aquellas que hace tanto no utilizaba.
Se dirigió a su cuarto y se posó en el filo de su cama: ¿Qué estaba pasando? ¿Una broma? ¿Un sueño? No se dio cuenta del transcurso del tiempo durante el momento en el que se encontraba divagando entre los distintos escenarios y posibilidades de que todo fuera real.
Interrumpiendo sus pensamientos, Julie llegó hasta ella y le colocó algo sobre su regazo, provocando que la mirada de esta se redirigiera, y sacándole una pequeña sonrisa. Esta salió sin más de la habitación, dejando un "Felicidades" disipándose en el aire. Aidan sonrió levemente al escuchar esa pequeña palabra, no necesitaba decir más.
Tomó la carta en sus manos y con suavidad la abrió, antes de poder leer su contenido una idea se presentó. Se dirigió hacia el teléfono y marcó el único número que sabía de memoria, un par de tonos indico la exitosa llamada.
—¿Hola? —una voz alegre y melodiosa lo había contestado.
—Ho-hola, soy Aidan.
—¡Aidan! No esperaba oírte, ¡Me alegro mucho!
—Esto… tengo algo que pedirte…
Le contó todo. Su interlocutora permaneció sorprendentemente callada para su habitual personalidad alegre y vivaz, y un par de segundos después de que Aidan terminó, ella artículo su respuesta.
—¡Pero que tonterías dices! Por supuesto que serás bien recibida —dijo, con exceso de entusiasmo—. ¡No lo puedo creer, al fin!
Después de arreglar los detalles, decidieron que pasaría a recogerla el día previsto. El tiempo corrió de prisa, Aidan impaciente por la esperada reunión. Después de todo ella era la única que la recordaba, la única que no la había olvidado. Le mandaba cartas todos los días, que eran la razón de que pudiera ponerse de pie en las mañanas, ya que sabía que alguien, aunque lejos, la estaba esperando de alguna manera.
Había estado imaginando sobre como seria su vida partir de ahora que había olvidado empacar sus pocas cosas, que consistían un 90% en las cartas de su querida amiga. Sin importar cuanto tratara de concentrarse, no lo lograba. Su mente divagaba en los más viejos recuerdos que poseía. Añoraba aquellos tiempos, y desde lo más profundo de su ser deseaba revivirlos.
—¡Aidan! —una voz histérica la llamó, provocando que tirara un par de cosas al suelo por el susto.
Giró su cabeza con rapidez, y fue ahí cuando su corazón se detuvo.
—¿Liz? —preguntó tímidamente, recibiendo una sonrisa como respuesta. Aidan se quedó atónita, y la chica no desaprovechó la oportunidad para lanzarse sobre ella con brusquedad.
—Aidan, Aidan, Aidan —repetía una y otra vez al estrujarla aún más fuerte.
Aidan, después de salir del trance, le correspondió el abrazo.
Liz no había cambiado casi en nada a como lo recordaba: seguía más baja que ella, con su metro cincuenta y nueve, sus ojos esmeraldas resplandecían como faroles y su cabello rubio y sencillamente hermoso apenas le sobrepasaba la barbilla, pero estaba tan cuidado como a ella le hubiese gustado tenerlo, incluso su piel ligeramente dorada por el sol. Sus curvas se habían acentuado increíblemente y resaltaban a través de la ropa veraniega.
Después de su reencuentro y de terminar de guardar las cosas de Aidan, pudieron partir a la recepción donde se encontraba el auto de Liz. Ella vivía junto a Elisa, su hermana melliza en su departamento que recientemente se había instalado.
Cuando al fin se dio por hecho el trámite de salida, se dirigieron a la puerta. Aidan se sentía un mar de emociones: asustada, ansiosa, feliz, melancólica, y un sinfín más. El salir, ¿Qué podía compararse a la emocione que en ese momento era la más sobresaliente?, la respuesta era sencilla, nada. Sentir de nuevo el sol golpear su rostro, en ese momento nada la hacía más feliz.
Se dirigieron al Beetle azul zafiro descapotable y se prepararon para partir. Podía contemplar la imagen de ese lugar alejándose; era la segunda vez que lo miraba pero esta vez la emoción que la llenaba era una totalmente distinta y ahora la lágrima que se asomaba se sentía diferente.
En el trayecto charló con Liz, ya que tenían muchas cosas que comentar para ponerse al día. Entre risas y risas se adentraban cada vez más en ciertos temas, en general sobre Liz ya que Aidan no tenía mucho que contar.
—¿Kentin? ¿Es el chico que tanto mencionabas en tus cartas?
—Si —Agrego Liz con una sonrisa socarrona—. ¡Me encanta!
Aidan soltó una pequeña carcajada ante la falta de vergüenza de la rubia al mencionar a su novio.
—Cuando lleguemos, me lo presentas —agregó, lanzándole un ligero codazo al estómago.
Liz la miró de reojo. Tenía una sonrisa perversa. Llegó hasta el cuello de Aidan y con cuidado tiró de una pequeña cadena que tenía en este por unos instantes antes de volver su atención al volante.
—Yo recuerdo esto.
—Ah —la toma rápidamente y la guarda—. ¿Le has visto?
Liz estuvo a un paso de soltar toda la información debido a la cara de tristeza de su amiga, pero resistió.
—Casi nunca —dijo entre un suspiro—. ¡Pero seguro le miraras de nuevo!
El resto del camino paso sin incidentes, no paso mucho tiempo para que se mirara la ciudad, el rostro de Aidan reflejo una gran sonrisa, y se encontraba verdaderamente ansiosa. El auto después se detuvo, Aidan y Liz pudieron disfrutar de la tierra nuevamente.
Aidan lanzó un bostezo, se encontraba muy cansada ya que últimamente no había podido dormir a causa de la emoción.
—Elisa y yo ordenamos el departamento para que te instales en lo que era el cuarto de huéspedes —agregó Liz con entusiasmo al aparcar el carro frente a un gran edificio color crema de condominios— Por cierto me mandó decir que le apena no haber ido a recogerte —se encogió de hombros—. Trabaja dando asesorías en la escuela, y la maldita vieja la explota.
Aidan se rió ante el comentario y le sonrió de manera conciliadora. Aunque no eran tan cercanas, siempre se llevó de maravilla con Elisa y mas de una vez recibió una carta a su nombre. No podía asegurar si habría cambiado mucho desde la ultima vez que se miraron, pero Aidan recordaba perfectamente los ojos esmeralda de ella, su piel ligeramente pecosa, los rasgos muy similares a los de Liz, la altura sobre desarrollada y el cabello rojo oscuro y ondulado.
—¡Ah! —interrumpió Liz sus pensamientos—. ¡Hoy dormiremos juntas para celebrar el reencuentro!
"¿Seré capaz de dormir?" Pensó Aidan mientras bajaban las maletas y entraban. Ambas llegaron hasta el quinto piso por el elevador y después se pasaron frente a la puerta del número quinientos dos.
Apenas entraron, Aidan descubrió que el lugar era sencillo pero acogedor: Liz había usado su toque personal y el espacio estaba lleno de luz y vida, con cuadros de paisajes, de deportes, flores. Le gustó desde el primero momento que se adentró, porque se sentía como en casa.
Se marcharon a la cocina, donde Liz comenzó su labor de preparar la comida. Aidan trató de ayudarle pero como era de esperase tuvo varios inconvenientes, ya que después de todo no había tocado un sartén desde hacía tiempo y además antes su madre no le había enseñado mucho a cocinar.
—¡Esta listo! —Liz hizo su aparición con una cacerola en las manos. La puso sobre la mesa. Aidan ayudó a colocar la vajilla.
—Por cierto. Mi adorable cuñado te matriculó en mi instituto —comentó Liz mientras comían.
Aidan recordaba a Sweet Amoris: Liz se lo había mencionado con tanto entusiasmo por ser el primer año de la preparatoria. Debían llevar apenas dos semanas de clases.
—¿Enserio? ¡Genial!
—¡Sí! Comenzaras mañana —dijo Liz, que no parecía menos entusiasmada con la idea que Aidan.
Terminaron de cenar de una manera muy agradable. Después, Liz guío a Aidan a la que a partir de ahora sería su habitación para que se instalara, pero cumplió su promesa de pasar gran parte de la noche en vela.
Cuando Liz al fin había caído víctima del cansancio, Aidan pudo relajarse un poco y meditar sobre lo que le había pasado últimamente. Estaba feliz, e inconscientemente metió su mano a su blusa y saco su pequeño collar.
—Buenas noches —lo besó, para después cerrar sus ojos.
