Uno a uno, los que se hacían llamar fieros y honrados soldados, fueron cayendo bajo el pesado filo del hacha. Sus rostros, que recibían el tajo con una sonrisa, acababan esculpiendo terroríficas muecas a causa del miedo. El turno del joven había llegado, y con las piernas temblando a causa de la sensación que lo invadía desde hacía horas atrás, se aproximó hasta el verdugo.

Un fuerte ruido se adueñó de las cercanías del pueblo en donde se encontraban, acallando las palabras llenas de burla que habían de salir de los labios del ejecutor. Este, en cambio, alzó la vista hacia los cielos y dejó caer el hacha al suelo debido a la sorpresa. Ninguno de los presentes había escuchado en su vida un estruendo como el que obligó a las aves a abandonar los bosques y refugiarse bajo las casas construidas por los humanos. Mas este momento, para mal del muchacho, no duró mucho. La general se acercó dando grandes zancadas hacia el enmascarado Imperial, y sus manos en jarras fueron más que suficientes como para que este volviera a tomar el arma e hiciera que Valym se arrodillara.

—¿Tanto dramatismo por un maldito sonido? —comentó con sorna la mujer, cuya voz se hizo de sonar captando la atención de los espectadores— ¡No quiero más estupideces! Mata a este puto niñato de una vez, y si es nórdico, que ahogue sus penas bebiendo aguamiel en el más allá.

—¡Entre gloria y orgullo cantará ante las hogueras de Sovngarde! —interrumpió uno de los rebeldes, animando al resto para que se pusieran a corear tal frase.

Por una vez en su vida, Valym no temió a la muerte; gracias a los cánticos que le dedicaban sintió como el valor refulgía en su interior como si fuera un cadáver controlado por un nigromante. Volvía a tener esperanza, una esperanza que le indicaba que tras cerrar los ojos, los volvería a abrir. Tomó aire y agachó el cuello, deseoso de que el acero atravesara sus huesos y carne, y su cabeza cayera en el cesto donde se amontonaban las de los ya guerreros que disfrutaban de las bebidas que en el paraíso de los muertos servían. Apretó tan fuerte sus dedos contra su propia piel que sus uñas se hincaron con fuerza, pero no se lamentó. Esta acción le transmitía confianza.

—¿Pero qué? —alzó la voz un soldado, mas el joven no podía ver el por qué de tal sorpresa en su tono. Sus ojos estaban cerrados, y no los abriría hasta sentir el viento de la libertad.

Un fuerte temblor lo hizo caer, mas un rugido de mayor potencia consiguió que estampara su rostro contra el cuerpo y quedara inconsciente. Una titánica figura extendía sus alas sobre la torre que bañaba con su sombra la zona de ejecución, sus ojos, carmesíes y brillantes observaban al aturdido a la par que abría sus fauces. Un nuevo grito salió de su garganta, tiñendo el cielo de violáceos tonos, del cual comenzaron a caer grandes rocas impregnadas con fuego. La gente se desplazaba de un lado a otro, en busca de cobijo y protección, lejos de aquel ser que había traído la destrucción al pueblo de Helgen.

Gritos de niños, llantos de ancianos y súplicas de madres se fueron intensificando al igual que las llamas que devoraban las chozas de madera y los cuerpos de quienes intentaban enfrentarse al enemigo. Un monstruo que seguía con la mirada fija en Valym, quien, tras unos minutos, volvió en sí mismo.

—¡El chico! —avisó uno de los Capas de la Tormenta a sus compañeros, quienes se voltearon para ver como el nombrado comenzaba a levantarse. En sus movimientos notaron que aún estaba perdido, pero por más que quisieron ayudarlo la bestia los echaba para atrás—. Joder... ¡Tenemos que salvarlo! —Las facetas de quienes lo rodeaban indicaron que no estaban dispuestos a arriesgar sus vidas, y dejando atrás al único con el corazón lo suficientemente noble como para tender una mano a Valym, se marcharon en busca de no morir en ese angosto día.

La sangre bañaba la frente y mejillas del muchacho, cuyas manos sujetas por una fuerte cuerda luchaban por ser liberadas. Sus muñecas ardían y su cabeza la daba vueltas. Era capaz de escuchar todo cuanto lo rodeaba, pero era incapaz de percatarse del peligro que se cernía sobre su cabeza.

—Dovahkiin. —Aquella llamada lo sacó de su ensimismamiento, y poco a poco, comprendió el escenario.

Ante él, el cuerpo del verdugo yacía en el suelo. Su estómago mostraba un gran agujero provocado por una grotesca dentadura, y el carmesí río se acariciaba hasta sus propios pies lo hizo sentir grandes arcadas. Se preguntó qué pasaba, por qué todo ardía a su alrededor y quién era el que parecía llamarlo bajo el nombre de Dovahkiin. Pero al mismo tiempo, suplicaba a los Divinos que jamás se enterara de la causa de tal caos.