Odio Amarte: capitulo 2.
Se miró al espejo. Sus ojos estaban rojos, y todos y cada uno de los vestuaristas lo había notado. Su hermano, Cooper, también lo había hecho, pero guardo silencio y se limito a fingir que no sucedía nada.
Tenía las manos firmemente apretadas en dos puños, mientras los modistas iban y venían a su alrededor, achicando el traje, acomodando la flor, discutiendo sobre qué hacer con su pelo…él solo se dejaba, se dejaba arrastrar a donde sea que estuviesen yendo y se hundía en sus pensamientos. En realidad no eran pensamientos, era uno solo: Kurt.
El castaño había quedado en la habitación. Solo. Era su culpa, no debería haber tomado ese día hace ya tiempos que escapan de su memoria, si hubiese estado sobrio no se habría acostado con Kurt, no habría desatado esa obsesión mutua de tocarse.
Estaba seguro de que el castaño estaría en la boda, en algún oscuro lugar, apartado, observando como él se casaba.
El morocho volvió a la realidad en cuanto la música del piano comenzó a sonar, para muchos esa canción significaba la unión de dos personas. Para él significaba el adiós a una parte de su alma.
La joven le sonrió, pero Blaine no fue capaz de devolverle el gesto, solo se la quedó mirando. Lindos ojos cafés, piel broncínea, una sonrisa bastante adorable, y un sedoso pelo castaño. Una joven con la cual cualquier hombre se casaría sin dudarlo ¿Entonces por qué tenía ganas de huir? ¿Por qué sus ojos buscaban desesperados entre las sombras unos ojos azules? ¿Por qué su corazón comenzó a palpitar con estridencia cuando vio esa piel pálida?
El silencio reinaba en la sala, y Blaine bajó la vista nublada por las lágrimas.
- Acepto. – susurró.
Las imágenes sucedían de forma borrosa en su mente. Un par de labios, que sabían a eterna unión, posados sobre los suyos, unas lágrimas quemándole las mejillas, gritos de felicidad, abrazos de felicitación, una delicada mano tomada de la suya, un par de orbes índigos llenos de lágrimas que desaparecían en el filo de la noche para no volver.
Música, baile, risas, repentina oscuridad, una luz, un par de manos sacándole el esmoquin, unos labios demasiado suaves posados sobre su cuello, arcadas, pieles desnudas, una cama sin doseles, un gemido femenino, un corazón roto. Lágrimas deslizándose por su rostro, y cayendo sobre la almohada mientras se hundía en ella, ganas de correr, ganas de encerrarse en la oscuridad, de volver a esa cama con doseles y flotar en el aroma del joven castaño.
Una culminación sin placer.
Se alejó de ella enseguida. El silencio reinó sobre los recién casados. Ambos lo habían oído, ese casi imperceptible sollozo salido de sus labios, pronunciando ese nombre.
Kurt.
No hablaron. Solo permanecieron ahí hasta que Blaine no lo resistió y se levanto de la cama con brusquedad, saliendo por la puerta. No se preocupó por su esposa, debería empezar a acostumbrarse a dormir sola, porque él no pensaba compartir su cama.
Corrió por los pasillos de esa mansión, cruzó habitaciones repletas de libros y butacas, ojeó cada pequeño rincón oscuro por ojos vigilantes, hasta que llegó. Ese lugar. Abrió la puerta y el dolor le cruzó el pecho con intensidad.
La cama con doseles se encontraba majestuosa en medio de la habitación. Imponente, lúgubre, sin color. Vacía. Las sábanas aún estaban desechas, y eso era la única prueba de lo sucedido la noche anterior.
Se acercó con un nudo formado en su garganta, y rozó las sedas con la yema de los dedos, cerrando los ojos y recordando como su tacto hacía gemir a Kurt. Con lentitud se acostó, y se tapó con las mantas, hundiendo su cabeza entre las almohadas que llevaban su aroma. El de ambos.
Apretó los ojos y dejó que las lágrimas se deslizasen por su rostro con soltura, quemando los recuerdos de ellos, quemando su felicidad al completo. Necesitaba eso, despedirse, alejarse de él. Dejar de buscarlo. Dejar que sea feliz. Dejar de amarlo.
- Adiós Kurt.
