Corrimos lo que quedaba del puente. Y luego seguimos corriendo por la misma calle en línea recta. Podía escucharlo correr detrás de mí.

Durante un tramo considerable mantuvimos la misma dirección, por lo que el súbito aviso de "¡A la derecha, a la derecha!" me tomó por sorpresa, no pude tomar bien la vuelta, pasé frente a la calle y tuve que dar media vuelta para regresar, mientras veía a aquél extraño hombre dar la vuelta perfectamente.

–¡Vamos, ya estamos cerca! ¡No nos queda mucho tiempo, y me temo que a ella tampoco!

Aún jadeante y con una sensación extraña en las piernas que para el día siguiente se había transformado en dolor, alcancé a preguntar:

–¿A quién?

Sólo le escuché decir "Clara, ¡Clara!" antes de salir corriendo de nueva cuenta, a un ritmo más apresurado esta vez. Odio admitirlo, pero tenía una condición mucho mejor que la mía.

Definitivamente correr tras él era más fácil que ir adelante. Así los giros no me tomaban por sorpresa.

Corrimos por un par de minutos más, durante los cuales le escuchaba gritar frente a mí "¡Abran paso, abran paso!" y durante los cuales yo tuve que gritar disculpas al pasar por entre la gente, tras de él. Pero después de ellos comenzamos a correr por calles estrechas y callejones. Lo vi saltar sobre un contenedor de basura como si se tratara de una pequeña barda. Para aclarar, yo tampoco tuve ningún problema en saltar sobre él... Bueno, en pasar sobre él.

Finalmente llegamos a una enorme puerta metálica de color negro. Me animó un poco ver que mi nuevo compañero también estaba luchando por recuperar el aliento. A pesar de ello, golpeó enérgicamente tres veces en la puerta. Un pequeño panel se deslizó, revelando un par de ojos tras él.

–¿Diga?

Como respuesta, el hombre sacó una especie de billetera de piel, la desdobló y se la mostró al sujeto tras la puerta. Naturalmente, yo sentía mucha curiosidad por saber quién diablos era ese hombre, por lo que lo más discretamente que pude, hice un esfuerzo para ver qué había en la identificación. No era nada del otro mundo. John Smith, doctor en Psiquiatría por una renombrada Universidad.

Sin embargo, el hombre tras la puerta parecía bastante sorprendido.

–Lo lamento, señor, pero no fuimos avisados de su visita... En la última inspección no se nos dijo nada al respecto.

–Inspección sorpresa –respondió el hombre a mi lado mientras esbozaba una fugaz y sin embargo amplia sonrisa, mientras volvía a guardar la identificación dentro de su abrigo.

–¿Quién es él? –inquirió el hombre tras la puerta.

–Oh, él... Por supuesto...

Abrí la boca para presentarme, pero un movimiento de su mano me detuvo.

–Él viene conmigo.

–Esto... No quisiera ofenderlo, pero esto de por sí ya es bastante irregular, señor. Nunca antes habían necesitado de un asistente.

–Dije que viene conmigo. Es una prueba piloto para un nuevo programa.

–De acuerdo, señor. Lo lamento.

Mientras la puerta metálica se deslizaba, abriendo espacio para que pasáramos, volteé a ver al tal John Smith. Me guiñó un ojo antes de caminar hacia el interior del edificio.

Yo tenía varias preguntas listas para disparar en el momento en que Smith y yo pudiéramos charlar con tranquilidad. Por ejemplo: "¿Cómo es posible que un título de Psiquiatra te convierta en inspector de lo que sea que estuviera sucediendo tras la reja de ese viejo y polvoriento edificio?", y más importante aún: "¿Qué carajos está sucediendo aquí?".

Sin embargo, ese momento tendría que esperar. Me limité a seguirlo, atravesando la apertura en la reja que el vigilante, un hombre mayor de aspecto descuidado y que exhibía una pequeña placa con la leyenda "P. Brown" sobre una desgastada camisa azul, había abierto para nosotros.

A nuestras espaldas escuchamos el chirrido de la reja al deslizarse de nuevo hacia la izquierda y después el sonido de los seguros que la mantenían en su lugar y perfectamente cerrada, tras lo cual el señor Brown nos alcanzó, con pasos lentos y visiblemente cansados.

–¿Vienen a revisar algo en particular, señor? Puedo darles un recorrido rápido por las instalaciones si lo desea.

Smith seguía caminando de frente y muy seguro, como si conociera a la perfección su destino y el camino que debía seguir para llegar a él. Sin voltear la mirada le respondió:

–De hecho, señor Brown, venimos a hablar con sus jefes.

El viejo portero se detuvo y preguntó, con un ligero temblor en sus palabras:

–¿A los jefes de personal? ¿Recursos Humanos?

–En lo absoluto. Me refiero a los jefes. A quienes están a cargo de todo esto.

Brown dejó escapar un suspiro de alivio, mientras los tres seguimos caminando. Entonces recordé el nombre que mencionó minutos antes. Clara. ¿Quién resultaría ser esa mujer? ¿Y porqué era tan importante para él? Varias teorías llegaron a mi mente. Llegué a considerar la opción de que me había metido sin saberlo en alguna clase de asunto secreto. Espías y cosas así. Después de todo, John Smith es un nombre ridículamente común, y a esas alturas no sabía nada más del hombre al que acompañaba. Bien podía tratarse de un seudónimo. Sin embargo, no me separé de él.

Entramos al viejo edificio. Tenía la pinta, y el aroma que seguramente debía tener una vieja fábrica abandonada. O un taller, no lo sé. Siempre me gustaron más los trabajos de oficina; sería imposible para mí el poder definir qué clase de edificio era aquél.

El lugar estaba desierto. El suelo empolvado ni siquiera conservaba las marcas que la vieja maquinaria debió haber dejado en él. La luz que se filtraba por los viejos ventanales ya vacíos, se reflejaba en una cantidad increíble de partículas de polvo, haciendo visible su trayectoria impredecible, sobre la cual fluían con una sorprendente calma, que contrastaba con la enérgica ansiedad que pude detectar en el rostro de Smith, a pesar de que él se esforzaba por mantener una expresión serena.

Bajo esas cejas furiosas, sus ojos iban de aquí para allá tan rápidamente que me mareé sólo de verlos. Seguramente nada se le escapaba. Aparentaba ser el tipo de persona que cuenta los pasos que ha dado en el día, los segundos transcurridos desde algún punto de referencia, los edificios que dejó atrás y el número de ventanas en cada uno de ellos.

Al otro extremo del edificio vacío, una única puerta metálica rompía el consistente patrón de ladrillo rojo característico de la pared.

"En serio, ¿Qué está pasando aquí?", seguía preguntándome. "Este lugar está desierto y sin embargo aún hay un vigilante que mencionó a sus jefes. O sea, aún hay alguien metido aquí. Y luego este sujeto llega con una identificación y eso basta para que le dejen entrar y le ofrezcan un tour guiado".

–Hasta aquí llego yo, señor –anunció Brown–. No me permiten ir más allá de esta puerta. Dicen que descuido demasiado la entrada al venir hasta aquí.

–¿Y usted qué opina? –preguntó John Smith.

–Bueno... –comenzó Brown, mirando alrededor–. Yo creo que sus razones deben tener.

Nos dirigió una breve sonrisa y una... ¿Reverencia? Luego dio media vuelta y echó a andar en la dirección en la que habíamos llegado.

Una vez que se hubo alejado lo suficiente, Smith me habló en un susurro.

–Interesante, ¿no?

Di un pequeño respingo y arqueé las cejas. Su pregunta me tomó por sorpresa.

–¿Cómo dice?

–¿No notaste nada extraño? ¿Algo que faltaba, que no encajaba? –preguntó de nuevo, sin darle importancia a mi falta de atención.

Encogí los hombros.

–No, nada en absoluto.

Smith puso los ojos en blanco en exasperación.

–Y me pregunto porqué todas las invasiones parecen sucederles justo a ustedes –dijo, con un ligero bufido. Luego se volvió de nuevo hacia mí–. Los porteros.

–¿Qué hay con ellos?

De nuevo, ojos en blanco, acompañados de ambas palmas de las manos extendiéndose hacia arriba. Fue hasta ese momento que observé el anillo en su mano izquierda.

–Los porteros... Vigilantes... Guardias... ¿Nada? –extendió ambas manos hacia mí, mientras arqueba las cejas, cuestionándome–. Ellos conocen a todo mundo. Saben quién entra, quién sale y a qué hora lo hacen. Por lo mismo, tienden a crearse una falsa sensación de que deben saberlo todo sobre todos. Se vuelven aficionados al cotilleo. Y suelen ser, además, extremadamente conversadores con la gente que consideran deberían serlo.

Giró sus ojos hacia la entrada del edificio. Brown ya no estaba.

–Al principio agradecí enormemente que el señor Brown no dijera nada –dijo, mientras hurgaba en el bolsillo de su abrigo–. Pero estuvo todo el camino en silencio, ¿Cómo pudiste no notarlo? No preguntó qué íbamos a tratar con sus jefes, y ni siquiera creyendo que soy un inspector trató de hacer conversación. Ni siquiera una pequeña queja sobre lo deficiente que es su seguro dental o lo escaso de su salario.

Sacó de su abrigo algo parecido a una linterna con un foco pequeño de color verde y señaló hacia mí con él. Yo retrocedí instintivamente.

–Si tuviera que apostar –dijo, con una inquietante sonrisa en el rostro–. Diría que está bajo algún tipo de influencia psíquica. Eso, o lo tienen amenazado y tiene demasiado miedo como para hacer nada. Pero estoy casi seguro sobre el control mental.

En ese momento algo en mi mente procesó todo lo que Smith había dicho. Di un paso hacia adelante y de un manotazo alejé la lámpara de mi rostro.

–¿Creyó que es inspector? ¿Control mental? –podía sentir mis facciones tensas, mientras veía los ojos del hombre frente a mí abrirse de golpe–. Me arrastró a esto y ni siquiera sé qué demonios está pasando. ¿Es alguna clase de cosa de espías? Es... Esta cosa... –dije, tratando de recordar–. ¿Es como esta mierda... El MK-ULTRA?

Pasaron varios segundos antes de que la sonrisa regresara al rostro de Smith.

–¿MK-ULTRA? –resopló burlonamente–. Eso es un chiste. Yo podría haberlo hecho mejor siendo un niño. Pero no, no se trata de eso. Estamos aquí para rescatar a Clara.

–¿Quién demonios es Clara?

Smith, quien había estado inspeccionando la puerta mientras hablaba, se alejó de ella y me miró de frente.

–Es mi amiga. Y no la puedo dejar aquí. Llevo días siguiéndole la pista.

–Entonces... ¿Sí es algo de espías?

Smith llevó la mano que sujetaba la extraña lámpara hacia su frente y comenzó a rascar, mientras cerraba los ojos. Tenía muy poca paciencia, al parecer.

–Clara quería ver algo único. Algo que no le hubiera mostrado antes. Y quise mostrarle algo tranquilo, para variar, así que le dije "¿Qué te parecería un picnic mientras vemos seis puestas de Sol al mismo tiempo?" Incluso pensé en llevar a Jane Austen con nosotros. Ella la adora –dijo, haciendo una mueca de disgusto–. Pero mientras hacíamos los preparativos fuimos interceptados por contrabandistas que seguramente tenían como destino el Maldovarium. Ellos se la llevaron, y he estado los últimos días siguiendo la firma de energía de su nave a través de cinco galaxias, hasta que finalmente detecté una anomalía dimensional en este lugar.

Las palabras que Smith me decía me eran completamente desconocidas, y me daban miedo. Miedo y curiosidad, una peligrosa combinación.

–¿Qué?

Smith resopló.

–Soy un alienígena con dos corazones, tengo una cabina telefónica que viaja por el tiempo y el espacio, más de dos mil años de edad y una amiga en peligro, así que tenemos que darnos prisa.

–Okay –fue lo único que pude decir, mientras lo observé apuntar aquella rara linterna a la puerta metálica y accionarla, haciendo surgir de ella un extraño y sin embargo tranquilizador zumbido.