Es mi madre, la señora Potter
Despertó asustado por los ruidos que venían del recibidor de la mansión. Terry, de seis años de edad e igual de curioso que su padre, salió de su cama para investigar. Al sentir el piso frío en sus piecitos descalzos, corrió hacia sus pantuflas y se las colocó. Tardó un poco porque tenían una cinta de velcro que hacía un ruido gracioso y le gustaba provocarlo. Al fin, le pidió a la mansión que abriera su puerta doble, ya que era muy pequeño para alcanzar las manijas (era muy chaparro para su edad, Ted no dejaba de recordárselo), y se escabulló por el pasillo que comunicaba a la sala.
Caminó un buen rato pensando quería leche caliente con canela y pedirle a su papá que le contara cómo le había ido en el trabajo. Se detuvo en la orilla del arco que daba al recibidor, mirando con sus grandes ojos mieles a su papá discutir con una mujer que le parecía vagamente familiar.
―Ya estoy harta. He intentado todo, Harry. Todo. He sido paciente, amorosa. He consentido el horario tan apretado que tienes. Incluso he aceptado que no me presentes como tu novia. Pero ya no puedo más. Dime la verdad, ¿algún día me vas a amar?
―Te amo, Gin. Sólo… mira, todo va bien ¿no? Estamos bien.
―Yo no estoy bien. Te necesito. Quiero que tú también comiences los besos, las caricias. Quiero que salgamos a comer a cualquier lugar sin miedo al qué dirán. Quiero que le digas a Ron que llevamos saliendo más de un año. Quiero dormir en tu casa sin tener que salir corriendo en la mañana siguiente para que Ted y Terry no me vean. Quiero una relación normal. Me lo merezco.
Quedaron en silencio durante minutos interminables. Terry no entendía nada. Esa mujer le pedía amor a su papá… pero no podía ser porque su papá solo amaba a sus hijos, eso se lo había dicho muchísimas veces. Al fin, su papá soltó un gran suspiro, se revolvió el cabello y negó.
―Esto, lo que tenemos ahora, es todo lo que te puedo ofrecer.
La mujer se dejó caer en el sillón ― ¿Por qué? ―susurró con la voz rota.
Terry vio a su padre dudar y luego mirar hacia un portarretrato cercano: la foto de mamá Mione abrazando a Ted.
La pelirroja soltó un sollozo ―¿En serio? ¿Después de siete años? No es justo, Harry. Ni para ti, ni para mí. ¿Por qué no te permites olvidarla, dejarla descansar en paz? Ella también era mi amiga ¿sabes? Y por eso quiero hacerte feliz. Te amo. No quiero competir con un fantasma, ¡vive el presente, Harry!
―Lo lamento, Gin ―dijo apretándose el puente de la nariz― Te juro que lo intenté. Cuando decidí empezar una relación contigo, lo hice prometiéndome respetarte y avanzar. Creí que podría, ahora es obvio que no…
―¿Sabes qué? ¡Estoy harta de tu autocompasión! ―chilló furiosa―¡Todos la perdimos, no solo tú! La diferencia es que la recordamos tal y como era, no como un maldito ser perfecto e idealizado. ¿Qué no piensas nunca en lo molesta que podía llegar a ser? A veces era insoportable. Se sentía que lo sabía todo. Juzgaba a la gente con su moral y ética tan cuadrada, tan cerrada. Cientos de veces nos dejó plantados por estar trabajando. No dejaba que Ted comiera ni un dulce. Cada vez que se acordaba de sus padres se deprimía. Era celosa. Enfermamente perfeccionista. Pulcra al extremo de volverte loco. Y muchas veces se aprovechó de ti; abusó del apellido que le diste para imponer sus normas y leyes en el ministerio. ¡Hermione te manipuló siempre a su conveniencia! ―en cuanto terminó de decir eso, Ginny cerró los ojos― No… no quise… no es cierto…
―Lárgate de mi casa ―susurró furioso Harry― ¡FUERA!
Abrió los ojos, conteniendo la respiración. Odiaba soñar aquel recuerdo, fue muy impactante en su infancia, y se había grabado para siempre en su mente brillante. Después de esa noche, Terry pensó que su mamá tal vez no era tan perfecta, y sufrió mucho tiempo hasta que Ted y su padre hablaron con él. Como sea, ya no tenía caso ponerlo en duda. Menos ahora que estaba en el pasado.
Despierto antes que nadie en el cuarto de Gryffindor, Terry miró la cortina que daba hacia la cama donde su padre, el joven Harry Potter, gemía angustiado. Era difícil para Terry comprender que su padre alguna vez produjo semejantes cacofonías de miedo; para él su padre siempre fue una figura poderosa, intocable, el más valeroso del mundo; pero el jovencito de la cicatriz roja distaba mucho de aquella imagen intimidante: demasiado flaco, un poco bajito, siempre pálido, casi nunca sonriendo, Harry Potter era un muchacho reprimido. No podía creerlo.
En su infancia, Terry se vio rodeado de personas amorosas que no dudaban un segundo en transmitirle felicidad y protección. Su tío Ronald era absolutamente divertido, jugaba con Ted y él por lo menos dos veces a la semana; les traía juguetes y dulces de su tienda de bromas; creaba competiciones peligrosas como ¿Quién puede comer más pasteles sin vomitar? Y también ¿Quién puede aguantar la respiración bajo el agua durante mayor tiempo? De alguna manera siempre acababan mal. En cambio, su tía Luna parecía muy convencida de intentar llenar un poco el vacío maternal de Ted y él; muchas veces escuchó que su manera de actuar no era la natural, como si se hubiera enseriado con los años, pero a Terry no le preocupaba mucho, para él la tía Luna era fabulosa, tierna y amable. Además de los Weasley, contando a sus odiosas primas también, Terry tenía a sus mejores amigos: Frank Logbottom y Julieta Richardson. Cada uno, a su manera, lo llenaban de tardes deslumbrantes, donde las bromas y los secretos compartidos eran la base de su amistad; ellos siempre lo defendían cuando alguien intentaba hacerlo menos o tacharlo de tener todo fácil por ser hijo de Harry Potter. En conclusión, su vida era perfecta…
Se sentó de golpe, respirando rápido, aturdido por su último pensamiento. No. Su vida no era perfecta. Mamá no estaba con él.
Oculto en las cortinas de Gryffindor y con el eco de los gemidos aterrados de su padre, Terry mordió las cobijas, soportando su propio llanto.
No quería parecer infantil o débil, mucho menos ser desagradecido con su familia y amigos, pero sabía que nada estaba bien sin su madre viva. Dejando de lado todas las fechas importantes donde siempre le faltó un abrazo maternal; todas las caídas entre juegos donde necesitó el beso protector en su raspón; todas las veces que su padre, Ted y él pintaban de nuevo la casa al darse cuenta que morado y verde no combinaban; veía el hueco que era Hermione Jane Potter en la sociedad mágica. Quizá dejó las bases para una reformación en el Ministerio de Magia sobre igualdad y tolerancia, pero ya no había quien diera la cara por aquellas criaturas necesitadas, y su padre estaba muy ocupado en su propio trabajo como para dedicarse a eso también.
Pensar en su padre lo devolvió a la realidad. A menos de tres metros estaba el joven Harry lloriqueando, sin saber que después de vencer al temible Voldemort, cuando su vida pareciera perfecta, iba a perder a la mujer que amaba… o no. Terry estaba furioso, nada en su viaje estaba saliendo como él esperaba. Pese a llevar días conviviendo con la generación de 1996, no lograba acostumbrarse ni aceptar la situación. Había tenido que hablar con la directora, bueno, aún profesora McGonagall para hacerse notar y pedir días de hospedaje en Hogwarts como un alumno nuevo. Explicó que su estadía ahí fue planificada y apoyada por sus padres Harry y Hermione, para llevar a cabo una pequeñísima misión que no afectaría el rumbo de la historia para mal. Al mencionar a sus padres, McGonagall sonrió divertida y dejó salir un lo sabía antes de aceptarlo… no sin la aprobación de Albus Dumbledore. Recordar el intercambio con ese mago aún provocaba en Terry la sensación de ser un total imbécil. Era como si Dumbledore hubiera sabido quién era él, para qué estaba ahí realmente, y cuál era su alma. No dijeron nada, sólo se miraron durante minutos eternos hasta que Dumbledore asintió, dándole la bienvenida a ese tiempo. Terry sospechaba que su visita era una prueba viviente sobre la victoria de Harry sobre Voldemort, y eso había tranquilizado al director. Como sea, acabó en Gryffindor, saltándose el sombrero seleccionador, ya que le suplicó a McGonagall lo vital que era pertenecer a esa casa. Desde ahí se había equivocado.
Quizá los tiempos eran distintos, y en el 2020 la casa de Slytherin ya no era tachada de maligna y productora de magos tenebrosos, pero definitivamente era lo contrario a Gryffindor. Terry amaba ser un Slytherin: tener su propia habitación; contar con una sala común siempre silenciosa; las cocinas estaban muy cerca; había una formalidad y respeto entre las serpientes que se ganaba. Julieta había encajado bien ahí, ya que toda su personalidad podía definirse como dulce, astuta, inteligente y curiosa. Siempre la había comparado con Frank, que era el Gryffindor por excelencia: valiente, atrabancado, listo y divertido. Terry hasta ese momento había pensado que era una mezcla perfecta de ambos, pero la verdad es que era muy Sly. Así que tenía que soportar a la bola de leones que no paraban de bromear, gritar, reír a carcajadas y demás boberas que comenzaban a volverlo loco. Pronto fue señalado como un paria. Los leones lo miraban sospechosos, sintiendo que debajo de la melena postiza probablemente se ocultaba una serpiente, y el principal desconfiado era su tío, Ronald Weasley.
No tenía idea de por dónde empezar a explicar todo lo imbécil que era su tío en la adolescencia. Terco, obtuso, flojo, criticón, presumido. Se preguntaba qué enfrentaría Ron en un futuro para que se volviese el grandioso hombre tranquilo, bromista, excelente amigo y genial tío. Lo que le fuera a ocurrir, esperaba que llegara ya, porque otra semana cerca de él y probablemente le lanzaría una maldición.
Tampoco podía vislumbrar qué había entre Ron y Harry, ¿dónde estaba aquella amistad de la que tanto presumían siempre? Parecían sólo llevarse de manera conveniente, no especialmente bien. Pero tampoco era lógica la dinámica que ambos tenían con Hermione. Harry parecía obsesionado con Draco Malfoy, y con saber de dónde vino Terry, ignorando a Hermione que lo único que hacía era reclamarle algo sobre un estúpido libro de pociones; y al mismo tiempo Ron hacía gala de sus malos modales para desquitarse con Hermione de cualquier cosa.
Lo único que estaba saliendo bien era que, además de Harry, nadie parecía interesado en el alumno nuevo de Gryffindor, ni siquiera los maestros, que para tranquilidad de Terry, eran completamente distintos a la plantilla con la que cursaba él en su tiempo. Hasta ahora nadie lo recordaría… excepto los más peligrosos: el trío dorado.
Salió de la cama, cambió sus ropas y apareció un vaso de agua en el buró de Harry. Fue al baño donde aprovechó para volver a encantar el mapa del merodeador de su padre, de modo que no mostrara su nombre completo; un hechizo complejo que valía mucho la pena para no ser reconocido, lamentablemente tenía que ser activado cada veinticuatro horas, o se venía abajo, pero Terry gozaba de una mente genial, y estaba seguro de que no se le pasaría en ningún momento. Al terminar de peinarse, o intentarlo, se lanzó un hechizo para que no fuera percibido por los demás, a menos que fuera extremadamente necesario, con el que terminaba por asegurarse que nadie indebido le prestara atención.
Cuando regresó al cuarto, el sol a penas se asomaba por la ventana, pero su padre ya estaba despierto y parecía esperarlo. Tenía en la mano el vaso de agua que le había aparecido.
―¿Tú me has estado dejando esto diario? ―preguntó ronco y molesto.
Terry se encogió de hombros –Si te parece ofensivo, lo dejaré de hacer.
Harry dejó el vaso sobre su mesita de noche, con un azote que logró detener los ronquidos de Ron durante cuatro segundos.
―¿Quién eres en realidad?
―¿Disculpa?
Su padre entrecerró los ojos, igual que hacía siempre cuando estaba a punto de regañarlo por algo, pero siendo un poco más bajito que él y mucho más flaco, perdía todo el efecto intimidante del que gozaría dentro de unos años.
―¿Cómo dijiste que te llamabas?
―Terry. Y es la sexta vez que me lo preguntas.
―Pero cuál es tu apellido.
―¿No te lo había dicho ya?
―No.
Terry se mordió el labio inferior, nervioso. Había logrado que McGonagall lo apuntara como Terrance Granger, siendo un apellido común nadie le dedicaría dos pensamientos, pero para Harry sería la chispa que su montaña de paranoia necesitaba para explotar. Intentó pensar en algún apellido que comenzara con P, sabiendo que era lo único que le aparecía a su padre en el mapa del merodeador, y dijo lo primero que se le vino a la mente.
―Puckle. ¿Feliz? Odio mi apellido, y ahora lo sabes. Por favor no se lo digas a nadie ―bufó aguantando la risa y salió de la habitación corriendo. Convivir con su padre era un reto, hasta cierto punto, divertido. Lo conocía muy bien para saber cómo dejarlo incómodo o contrariado, y le llevaba la gran ventaja de haber planeado su visita a 1996 con precisión, aunque comenzaba a sentir que podría estar cometiendo un error, ¿qué tal si él quitaba lo que hacía falta para que Harry y Hermione se vieran de forma distinta? ¿qué pasaría si todo acababa al revés?
―Buenos días, Terry.
Cualquier duda que tenía se borró al escuchar la femenina voz de su madre. La tenía ahí. Viva. Sonriéndole mientras sostenía un libro.
―Buenos días, Hermione.
Su madre era delgada, un poco encorvada por la mochila gruesa siempre en su espalda, y de labios partidos. No usaba maquillaje, eso sería hasta dentro de cinco años que su trabajo en el Ministerio se lo exigiera. Tampoco usaba túnicas finas, eso sería en tres años más, cuando se casara con papá y tuviera que dar buena impresión por las casas Potter y Black. Tampoco tenía una cicatriz que dijera sangre sucia en el brazo izquierdo, faltaban casi dos años para que Bellatrix se la hiciera. Era, en pocas palabras, la típica estudiante modelo de dieciséis años. Todos aseguraban que era la bruja más brillante de la generación, y que su futuro sería grande, pero nadie sabía exactamente cuánto, nadie más que Terry.
―Hola, Hermione. Hey, Terry.
Ambos Potter (a Terry le gustaba pensar sobre Hermione como una Potter, no una Granger) miraron a la pelirroja ataviada en el uniforme de Quidditch que los saludaba. Terry asintió, incómodo. Era Ginebra.
―Oh, hola Gin ―respondió Hermione―. No sabía que tendrían entrenamiento hoy.
―No lo tenemos, pero me peleé con Dean, de nuevo ―resopló―. Ir a volar me pondrá de buen humor.
―Buena suerte entonces ―deseó Hermione―, ¿no desayunarás primero?
―No ―miró hacia la escalera que iba a las habitaciones masculinas, luego a Terry― ¿Sabes si Harry ya se despertó?
―Dijo que dormiría hasta tarde ―mintió tranquilamente.
Ginny pareció decepcionada –Oh, de acuerdo. Los veré después, supongo que irán a Hogsmeade, ¿no? Adiós.
Hermione soltó un suspiro –Pobre Gin, por más que lo ha intentado, Harry sigue sin notar que es una chica y no sólo la hermanita de Ron.
―¿No te parece que si no lo ha hecho es por algo? ―inquirió Terry cogiendo la mochila de su madre―. Tal vez no le guste y punto.
Hermione alzó las cejas –Vaya, eso fue rudo. No conoces nada sobre Ginny. Es… la clase de chica por la que Harry caería.
―¿Ah sí? ¿Cómo es eso?
―Ya sabes. Bonita, deportiva, divertida…
―Me acabas de describir una mascota.
Ella estalló en carcajadas –Oh, eres malo. Vamos a desayunar… oye, ¿sí piensas ir conmigo a Hogsmeade, como habíamos quedado, verdad?
―Claro que sí ―le sonrió emocionado–. Prometiste un gran tour, debes cumplir con tu palabra, maHermione ―se corrigió a tiempo. La vio bajar la mirada, sonrojada― ¿Qué pasa?
―A veces me recuerdas a Harry… bueno, a Harry cuando aún quería pasar el tiempo conmigo.
―¿No podrían ya dejar de estar peleados?
―No es tan fácil, Terry ―replicó sacando su mejor tono de mamá–. Hacer trampa está mal, veas como lo veas. Ese libro no permite que Harry saque lo mejor de sí mismo en pociones, tú lo has visto, yéndose por el camino fácil. No señor, no arreglaremos nada hasta que acepte que está equivocado.
―No voy a aceptar nada ―dijo Harry llegando al pie de la escalera. Miró molesto a Terry, pero frunció más el ceño al notar la mochila de Hermione entre sus manos–. El libro me ayuda, estoy aprendiendo mucho. Además, quiero descubrir quién es el… ―miró desconfiado a Terry–Tú sabes quién.
―Sigues con eso ―farfulló Hermione desesperada― ¿También seguirás persiguiendo a Malfoy?
―No te exaltes así, tranquila ―pidió Terry colocando una mano en el hombro de su madre.
Harry perdió la paciencia ―¿Y tú seguirás pasando todo tu tiempo con un tipo que aparece de la nada y que se apellida Puckle?
Hermione apretó los labios antes de soltar de carrerilla ―Terry es nuevo, necesita de alguien que le muestre el castillo. Además, tú no has sido tan buena compañía últimamente ―chistó–. Si no estás metido en el libro de pociones, andas buscando a Malfoy o entrenando ―bajó la voz hasta un susurro quebradizo―. Ni siquiera haces tus deberes conmigo en la biblioteca como antes…
Harry se sintió incómodo, viendo que su amiga de verdad estaba dolida con él, pero su orgullo no dejó que arreglara las cosas, y sólo complicó más todo –Recuerdo cuando creías en mí, ahora sólo confías en el santo Terry. Gracias por nada, amiga.
Ese discurso sonaba más a Ron que a nadie, pero salió de Harry, provocando en Hermione una fractura que pensó no iba a poderse curar jamás. Terry vio con horror el rostro compungido de su madre, y en un arrebato puramente instintivo, empujó a su padre.
―¡No le hables así! ¡Nunca!
―¡No te metas, Puckle! ―Harry le devolvió el empujón. En ese momento varios alumnos bajaban las escaleras, ansiosos de llegar al desayuno, se quedaron viendo al niño que vivió pelearse con un desconocido que apenas recordaban era de su casa. Hermione se interpuso entre ambos para calmarlos, casi lo logró hasta que Ron bajó también.
―¿Qué demonios? ―gritó el pelirrojo empujando también a Terry–. No te metas con mi amigo ―sacó su varita.
―¡Ron, no! ―pidió Hermione.
―¡Aguamenti! ―un chorro a presión se dirigió hacia Terry, Hermione se cruzó. Harry vio aturdido a su mejor amiga ser empapada, con todo el uniforme pegado al cuerpo y el cabello escurriéndosele del moño deshecho. Las gotas se erguían en la punta de sus pestañas, y otras bajaban por su mentón hacia una caída libre directo a sus…
Harry cerró los ojos. No podía creerlo. Le acababa de ver los pechos a Hermione. A su mejor amiga. Los pechos mojados. Los pechos cubiertos por un sujetador blanco de algodón. Los pechos de Hermione.
Sintió algo en la entrepierna.
―¡Ronald Weasley! ―gritó Hermione furiosa. Sacó su varita y antes de que un pálido Ron pudiera hacer algo, le lanzó un rayo violeta. Pronto, los cachetes del pelirrojo comenzaron a crecer como globos llenándose de agua, hasta desbordarse de su mandíbula y hacerlo arrodillarse por el peso. Entonces Hermione se giró con la poca dignidad que le quedaba y salió de la sala común entre un pequeño tornado que secó su ropa en un santiamén.
Terry comenzó a reírse de lo gracioso que se veía Ron como una ardilla cuyo hocico estaba atascado de nueces. El resto de los Gryffindor no tardaron en hacer eco, y Harry por fin reaccionó, deteniendo el hechizo de Hermione.
―Lo siento, no sé cómo regresarte a la normalidad ―dijo Harry apretando la sonrisa.
Ron movía los labios intentando decir algo, una pequeña cascada de saliva se deslizaba hasta la alfombra escarlata, dándole un aspecto más gracioso.
Terry soltó un suspiro. Aunque su tío se lo mereciera, no podía dejarlo así, le debía mucho para no ayudarlo. Agitó su varita hasta lograr el contra hechizo. Ron se levantó entre humillado y agradecido, mirándolo incómodo.
―Gracias ―susurró molesto–. Tal vez no eres tan serpiente como creí.
―¿Tal vez? ―sonrió Terry reconociendo el esfuerzo de su tío por disculparse. De pronto vio la gran oportunidad para sentar a sus padres en la misma mesa por más de veinte minutos― ¿Por qué no me lo pagas con una cerveza de mantequilla? Te he escuchado decir que las de madame Rosmerta son las mejores. Te veo en las Tres Escobas ¿bien?
Sabiendo que su plan no podía fallar, le regaló una de las sonrisas más confiadas que tenía. Era obvio que Ron no se iba a poder negar, e iba a arrastrar a Harry con él para pasarla medianamente bien. Por su parte, llevaría a Hermione, y luego se desaparecería con tío Ron. La primer cita de los Potter. Listo.
El pelirrojo hizo todo un gesto de horror. Una cosa es que le agradeciera que parara el hechizo, y otra pasar toda la tarde con él. Miró a Harry buscando por ayuda, pero parecía leerle el pensamiento porque no dejaba de agitar la cabeza.
―Eh… claro. Harry y yo estaremos ahí.
―¡Ron! ―gruñó harto su mejor amigo –No me metas en eso…
―¡Irá también Ginny!
―¿Qué? ―chistaron Harry y Terry al mismo tiempo.
Ron tenía una sonrisa gigante en la cara, como cada vez que creía tener una idea genial –Sí, escuché a Dean decir que se peleó de nuevo con ella. Seguro no tendrá cita o algo así. Vendrá con nosotros.
Harry lo miró confundido. Había notado que Ron quería separar a Ginny y Dean desde que comenzaron a salir, y en varias ocasiones sintió que lo usaba como carnada para Ginny, pero pasar con ella toda la tarde en Hogsmeade era ridículo. Él no quería una cita con nadie. Ni siquiera le gustaba alguna chica… pechos de Hermione… ¡Oh, Merlín! No podía creer que acababa pensar eso.
―Bueno, todo acordado, vamos a desayunar ―dijo Ron.
―Pero te gusta Ron ―insistió pasándose un rizo negro tras la oreja.
Hermione se sonrojó, bajó la mirada antes de sonreír asintiendo ―Es muy lindo.
―¿En serio? ¿Lindo? ¿Ron?
―¿Cuál es el problema, Terry? ―regresó molesta. Tomó un libro, apenas echando un vistazo a la portada. No le incomodaba hablar sobre eso con el nuevo Gryffindor, sentía que podía confiar en él, pero no comprendía cómo siendo un chico tan brillante, no pudiera entender algo tan básico como el enamoramiento adolescente, y ella, Hermione, estaba muy, muy enamorada de Ron, su mejor amigo… bueno, su otro mejor amigo, porque Harry ocupaba el mismo puesto en su corazón, aunque no en el mismo nivel. Era algo que Hermione aún no lograba discernir, aunque tampoco le dedicaba tiempo a eso, tenía suficientes responsabilidades y verdaderas preocupaciones para cosas tan intrascendentes. Miró a Terry de nuevo, perdiéndose en los ojos mieles que le recordaban a los ojos de su padre ―¿A ti te gusta alguien?
El moreno casi dejó caer la pila de libros que traía entre las manos ―¿Ah? Bueno ―tragó pesado antes de continuar asintiendo―. A los once me gustaba Malinda Gudow, pero no duró mucho. Ahora, según Julieta, mi mejor amiga, estoy encaprichado con Ellie Maddow, dice que tengo un problema con las chicas cuyos apellidos terminan en "ow" ―sonrió divertido, luego se sintió triste. Extrañaba a su mejor amiga.
Hermione alzó las cejas ―¿Tu mejor amiga? No me habías hablado de ella.
―Es la mejor ―soltó inmediatamente―. Súper inteligente, curiosa, necia… a veces me saca de quicio, pero creo que yo también a ella, así que está bien.
―Oh sí, ustedes también nos desesperan a nosotras ―volteó para esconder su rostro, fijándose en la repisa llena de libros frente a ella. Así que Terry tenía una mejor amiga, una de la cual hablaba con los ojos llenos de cariño y admiración. Se preguntó si Ron hablaba así de ella… No. Claro que no. Él la sacaba de quicio, pero no tenía la madurez suficiente para aceptar que funcionaba también en sentido inverso ―¿Alguna vez has tratado a Julieta mal?
―Sí ―soltó Terry velozmente–. Y nunca lo olvidaré. Fue poco después de conocernos; le dije una total idiotez y terminó llorando. Es horrible cuando haces llorar a una chica, en serio. La directora envió una carta a mi padre. Estuve castigado un mes.
Hermione volteó a verlo, sorprendida ―¿Tu papá te castigó un mes por hacer llorar a una niña?
Sonrió bufando –Dijo que no iba a permitir que me convirtiera en un patán porque mamá no descansaría en paz…
Guardaron silencio.
La Gryffindor llevó una mano a su boca, intentando frenar el tren de preguntas que querían salir por ella, en un intento por respetar la privacidad de Terry. En su cabeza, la última frase se repetía sin cesar: mamá no descansaría en paz. Eso quería decir que la mamá de Terry estaba…
―¿Qué pasa? ―preguntó nerviosa al verlo empalidecer y comenzar a respirar con dificultad. Hermione lo tomó de los hombros, llevándolo a la silla más cercana para sentarlo― ¿Terry…?
El joven tomaba bocanadas de aire a gran velocidad, parecían desaparecer en medio de su garganta. Sus hermosos ojos mieles brillaban por las lágrimas contenidas. Hermione se asustó al ver las uñas de sus manos tornarse moradas.
―Terry, te estás asfixiado, ¿por qué?, ¿eres asmático?
Él negó. Intentó apartarla, sintiéndose colapsar en ese pequeño rincón de la biblioteca.
Hermione entrecerró los ojos. Ya había visto un comportamiento similar antes. En Harry, cuando le platicó lo sucedido en el cementerio con Voldemort en cuarto año. Era un ataque de ansiedad.
Se relajó lo más que pudo, consciente de que no podía alterarlo más si es que quería ayudarlo de verdad. Le sonrió y comenzó a tallar su espalda, en una caricia constante y lenta mientras le susurraba shh… shh… todo estará bien… aquí estoy… tranquilo… respira poco a poco… aquí estoy… sus palabras fueron calmándolo como si de un hechizo se tratara. Jaló su cabeza contra su pecho, acunándolo.
Terry respiró el olor de su Hermione. Libros y madreselva. No podía creer que hubiera tenido otro ataque; hacía años que pararon. Y ahora que estaba ahí, abrazado por la mujer que siempre le hizo falta, agradeció haber perdido el control. Desde su posición, lo único que podía ver era el lado izquierdo de la túnica de su madre, y un rizo castaño que le caía en la nariz, haciéndole cosquillas. Recordó las noches de su infancia cuando despertaba llorando por alguna pesadilla. Su padre entraba al cuarto, veloz y alerta, echando un vistazo a cada sombra de la habitación para asegurarse de que estaban solos; después se sentaba junto a él en la cama, a platicar de cualquier cosa hasta que lo calmaba y quedaba dormido. En esas ocasiones el sentimiento que lo embargaba era de protección. Papá era sinónimo de escudo impenetrable. Terry podía dormir con la enorme mano de su padre sobre su hombro, calentándolo, sabiendo que nada ni nadie iba a dañarlo. En este momento supo que siempre se engañó, porque aun sabiendo que a la Hermione de dieciséis años le faltaban años de experiencia, se sentía completamente a salvo.
―¿Cómo te sientes? ―susurró ella sin dejar de acariciarle la espalda.
―Mejor. Gracias ―gimió ronco.
Dieron un brinco cuando el azote de un libro los asustó. Miraron hacia el inicio del pasillo donde Harry tenía los ojos verdes pegados en Terry. La castaña recordó la forma en cómo le habló esa misma mañana, sintiendo arrepentimiento por haber dejado que las cosas llegaran a eso; era momento de arreglarlo.
―Hermione, venía a ver si planeabas bajar a Hogsmeade. Es hora ―su voz era dura, llena de reproche.
Ella se cruzó de brazos. Así que él iba a seguir indignado. Bien. Asintió –Sí, planeaba enseñarle el pueblo a Terry…
―Claro ―cortó Harry mirándola por fin–. Que te vaya bien. Adiós.
Se giró, dejando detrás una estela de magia.
Terry sintió esa magia como un eco del gran mago que llegaría a ser su padre, tembló al reconocer el rastro de furia que dejó.
―Oh, entonces la va a traer ―gruñó Ron antes de darle un trago a su cerveza de mantequilla― No quiero verla después de lo que me hizo esta mañana. Aún me duelen los cachetes.
Harry seguía viendo la mesa de madera, intentando calmarse a pesar de que habían pasado más de dos horas de haberse cruzado con Hermione y Terry–. Tú comenzaste eso. Nunca debiste aceptar verlo hoy.
―¿Qué tiene últimamente Terry con Hermione? ―siguió Ron ignorándo– Quiero decir: ella es tan fastidiosa. Pero parece como si lo único que buscara es estar con ella.
El moreno frunció el ceño ―¿Se la pasan juntos?
Ron lo miró sonriendo –Si dejaras de andar tras Malfoy, te habrías dado cuenta. Ya olvídate de esa serpiente, Harry. Disfruta lo que tenemos.
―¿Qué tenemos?
―Quidditch ―y así Ron comenzó a hablar sobre su tema favorito, hasta que cierta rubia pasó junto a él, sonriéndole–. Oye, te has fijado en lo buena que anda Lavender.
Harry miró hacia la Gryffindor mencionada, estaba recargada en la barra, dándole la espalda –Está igual que siempre ¿no?
―No, no. Espera… ahí ―sonrió embobado cuando ella se dio la vuelta–. Regresó del verano con las tetas más grandes de Gryffindor y Hafflepuff. Además su cabello brilla mucho. Me gusta.
―Su cabello se parece un poco al de Luna…
―Ah, Luna ―Ron hizo un gesto de desesperación–. Me crucé con ella hace rato. No cambiará nunca. Chiflada.
―Es nuestra amiga ―advirtió Harry.
―Sí, pero también está chiflada. Nunca me interesaría por una mujer así. Además, no tiene las tetas como las de Lav.
―¿Lav? ―alzó una ceja― ¿Qué planeas?
―Pues vérselas. Sería genial tener enfrente a una chica desnuda, y me refiero a una real, no como las revistas de Dean.
―Asco ―murmuró Harry.
Ron continuó, de pronto sospechoso ―¿Tú has visto las tetas de alguna chica?
Recordó el pecho de Hermione. Un escalofrío lo recorrió desde el estómago hacia más abajo.
―¡Hermione! ―el grito femenino hizo brincar a Harry, quien sintió que le habían leído la mente, pero era Parvati que saluda a la castaña en la entrada del pub― ¿De nuevo con Terry? ―bromeó antes de cuchichear con Lavender y explotar en carcajadas.
La vio girar los ojos antes de posarlos sobre él, sonreír y dirigirse a la mesa que compartía con Ron.
―Bueno, Terry me dijo que íbamos a compartir una cerveza patrocinada por Ron. Eso es increíble.
El pelirrojo bufó –Se la prometí a él. No te metas, mala amiga.
Hermione frunció el ceño ―¿Mala amiga?
―¡Me dejaste con los cachetes inflándose hasta casi estallar!
―¡Y tú me empapaste! ―replicó ella.
―No peleen ―interrumpió Ginny, llegando también y sonriendo directo a Harry― ¿No se cansan?
Harry permaneció callado. Sinceramente no quería estar ahí. La situación lo tenía confundido, y se sentía vulnerable. Había buscado a Hermione para disculparse por lo que le dijo, pero al encontrarla abrazando a Puckle se sintió… traicionado. Y ahora tenía que compartir mesa con ellos. Todo por la "audacia" de Ron.
Ginny intentó mantener la sonrisa pese al humor de Harry. Se sentó de manera que quedó frente a Hermione, con quien intercambió una mirada, intentando saber qué tenía Potter, pero su amiga, por primera vez, no la quiso ayudar, solo desvió los ojos mieles. Luego notó que Ron parecía querer matar a Hermione con la mirada, y supuso que se habían peleado todos. De nuevo. Por último notó a Terry (de pronto sentía que el chico aparecía de la nada, únicamente cuando se dedicaba a pensar sobre él), quien tenía el gesto tenso… por ella. ¿Qué se sentía el nuevo? ¿Por qué la miraba así?
Hermione soltó un suspiro– No me gusta estar así, no tiene caso haber venido ―dijo antes de levantarse y tomar su abrigo.
Ron parecía dispuesto a decir alguna tontería, pero Harry se adelantó– Voy contigo. No me siento cómodo aquí ―le echó una mirada cortante a Terry.
Ginny no supo cómo detenerlos y quedó con la mirada pegada a la espalda de Potter. Terry sonrió satisfecho, por lo menos esos dos estarían juntos un rato.
―Hermione me desespera tanto ―masculló Ron con gesto aburrido– Si sigue con ese carácter será una vieja solitaria y amargada.
Su hermana bufó― ¿Hermione? Ella no terminará así ―defendió–. Tiene un gran futuro. Además, es la mejor amiga de Harry, eso le abrirá muchas puertas. Estoy segura que pase lo que le pase a Hermione, será por Harry, y será bueno.
Terry frunció el ceño, repasando lo que dijo la pelirroja: sea lo que le pase a Hermione, será por Harry. Sintió que el aire le faltaba, y se marchó corriendo de Las Tres Escobas.
Después de un rato de saberlo caminando detrás de ella, se giró molesta –Pensaba ir a la librería, es decir que no voy a hacer nada que te parezca mínimamente divertido. Deja de seguirme.
Harry renegó –Oh, ahora resulta que si camino es sólo para seguirte ¿no? Estaba dando un paseo.
Ella se cruzó de brazos ―¿En serio?
El silencio le respondió más que cualquier otra cosa. Harry suspiró al final de un par de minutos de sostenerle la mirada– Basta Hermione, es muy fastidioso estar peleando contigo. No me gusta. Me pone… triste ―aceptó en un susurro.
―Tú empezaste todo esto.
―¿Yo? ¿Sólo yo?
Hermione se mordió el labio inferior –De acuerdo, tal vez los dos…
―¿Tal vez?
―¡Bien! Ambos lo hemos hecho ―desvió la mirada hacia la tienda más cercana. En el vidrio del aparador vio reflejado a Harry contemplándola con seriedad. Su reflejo era más alto que el de ella, y se preguntó en qué momento él la superó en estatura; también lo notó más grueso, pero no de mala manera. Sabía que estaba a punto de ocurrir, poco faltaba para que Harry fuera un hombre. Ya no era el niñito de rodillas huesudas y sonrisa tímida; ya no era el joven de ojos abatidos y cambios de humor repentinos; hoy, justo en ese momento, en el reflejo del cristal de una tienda, era toda la audacia de un adolescente mezclado con la firmeza de un hombre adulto. Era muy atractivo.
―¿No podemos ser simplemente Harry y Hermione, de nuevo? ―preguntó él sacándola de sus pensamientos.
Sonrió por lo sencillo de esa declaración, que contenía un valor incalculable. Simplemente Harry y Hermione.
―Eso me gustaría.
Guardaron silencio. Harry sentía que no podía despegar la mirada de la sonrisa femenina, temiendo que desapareciera y que eso significara que los días de peleas y rencillas continuarían. Sabía que no todo iba a ser tan fácil, y que faltaba resolver asuntos como el del libro del Príncipe Mestizo, o como el de Pucket; pero ya no dejarían que los afectara así. No lo permitiría.
―Vamos por unos dulces ―dijo suavemente, comenzando a caminar con lentitud. Ella lo siguió sin pensarlo dos veces.
Estuvieron conversando durante horas, poniéndose al corriente de cualquier cosa que les había sucedido mientras estaban molestos. Harry no podía creer la cantidad de información que realmente intercambiaba con Hermione; sólo después de haberla tenido lejos un par de semanas se daba cuenta de lo vital que era para todo. Reían sobre las mismas bromas. Opinaban casi lo mismo de ciertos asuntos. Eran como el chocolate y la leche, siempre llevándose bien al ser mezclados. Pensó, divertido, que definitivamente él era la leche: sin color y sin chiste; y que ella era obviamente el chocolate: cremosa y dulce. La quería mucho. Le gustaba verla con la nariz roja por el frío, su cuerpo delgado y pequeño, el cabello brillante y despeinado. Le gustaba ella, en general, en serio.
―Debo confesarte algo ―cortó de pronto.
Hermione detuvo su plática y lo miró curiosa ―¿Qué es?
―Hoy por la mañana, cuando Ron te echó el agua encima, tu camisa blanca se transparentó. Vi tus… ―se sonrojó hasta casi estallar– Tus… ya sabes.
―¿Mis senos?
Harry la vio como si se hubiera vuelto loca. ¿Cómo lo decía tan tranquila?
Hermione comenzó a reír –Oh, Harry, es muy tierno que me hayas confesado eso. Siento mucho haberte hecho pasar por eso, debió ser incómodo. No pensé que se me fueran a ver.
―¿No te molesta?
―Seguramente viste más a mi sujetador que a mis senos, ¿no?
Harry fingió hacer memoria a pesar de tener la imagen fresca y clara –Sí, creo que sí.
―Bueno, si es así, no me molesta.
―Bien.
Siguieron caminando con las bolsas llenas de dulces entre los brazos. Harry señaló un callejón que ya conocían bastante bien, cruzaron por ahí hasta llegar a un pequeño parque. Tomaron asiento en una de las bancas, encantándola para que no les congelara el trasero mientras estuvieran ahí.
―Nos queda casi una hora antes de tener que regresar a Hogwarts ―dijo el mago sacando otra rana de chocolate.
Hermione parecía ausente, ponderando algo. Harry sabía que cuando se ponía así, lo mejor era esperar hasta que solita decidiera hablar, así que comió su chocolate con tranquilidad.
Al fin ella volteó a verlo ―¿Te gustaron?
―Saben deliciosas.
Hermione comenzó a reír– ¡Me refería a mis senos, no a las ranas de chocolate!
Harry hubiera preferido dar una cátedra sobre las ranas de chocolate, que responder eso, pero, pasados unos minutos, decidió ser sincero.
―Mucho.
Ella se sonrojó justo como Harry esperaba que lo hiciera desde que le dijo que la vio con la camisa mojada esa mañana; y disfrutó del color cereza en las mejillas femeninas.
―¿Por qué quieres saberlo? ―inquirió mirándola.
―No sé. Autoestima, supongo. Seguramente ya has visto a muchas chicas desnudas, y quería saber si…
―Nunca he visto a una mujer desnuda ―interrumpió divertido–. Quiero decir, más de una vez me he topado con las revistas de Dean, pero nunca a una real, de carne y hueso.
―¿Es decir, que yo soy la primera que…?
―Ajá.
Hermione se sonrojó aún más.
―Yo tampoco he visto a un hombre desnudo ―confesó tímidamente–. Sé cómo son. Libros y eso. Pero nunca a uno real.
Harry quedó pensando un rato, luego revisó que no hubiera nadie alrededor― ¿Sabes? Para ser justos, te dejaré ver mi pecho.
Hermione lo miró confundida, pero comenzó a reírse nerviosamente mientras Harry se levantaba el suéter y la blusa hasta el cuello, dejando expuesto su torso. La risa femenina se detuvo.
Harry se asomó por encima del nudo de tela que tenía frente a su cara, curioso ―¿No más risas? ¿Tan horrible soy?
―Eres hermoso ―susurró la bruja. Y era verdad. La piel blanca temblaba por el frío, haciendo una mezcla bellísima con el paisaje nevado. Un par de tetillas morenas y pequeñas parecían perfectas. El ombligo justo en el centro, poco antes del inicio del pantalón, coronaba una hilera delgada de vello grueso negro que bajaba hasta perderse.
Él quedó estático después de la respuesta de Hermione, y aún más al verla perdida en… él. Nunca nadie lo había visto así. ¿Qué significaba?
Bajó su suéter, rompiendo el hechizo al que la había sometido. Intercambiaron una mirada y rompieron en risas. Estaban nerviosos. Estaban felices. Acababan de compartir algo único y perfecto. Algo muy Harry y Hermione.
―Bueno, eso fue justo ―dijo ella–. Me viste. Te vi. Estamos parejos.
―Así funcionamos nosotros. Siempre equitativos.
Harry supo que el momento se había relajado por completo, aunque dentro de él su corazón seguía latiendo a toda velocidad. Miró las manos de ambos recargadas en la banca. Ella traía guantes rojos. Él traía guantes azules. Lentamente alzó su mano, deseando colocarla sobre la de ella.
―¡Terry!
Hermione se levantó corriendo. Harry salió del sopor en el que estaba, viendo a su mejor amiga ayudar al pálido Puckle medio sostenerse. ¿De dónde había salido? ¿Cómo había llegado hasta ahí? Caminó hacia ellos, notando al joven respirar con dificultad.
―¿Qué le pasa?
―Creo que tiene otro ataque de ansiedad ―respondió abrazando a Terry.
Harry evitó cualquier comentario mordaz. Él sabía lo que era un ataque así, y lo horrible que se sentía. Se aguantó la molestia de ver a Hermione consolar a otro sujeto. No paraba de acariciarle la espalda y susurrarle cosas lindas para darle ánimos. Harry supo que la parte más primitiva de su magia, la más instintiva, comenzó a ser impelida para ayudar a Terry, como evitando que cualquier mal le sucediese. ¿Por qué?
Entonces algo ocurrió. Como si un velo hubiera sido arrebatado de sus ojos verdes, contempló el parecido físico entre Hermione y Terry. Parecían hermanos. No. Algo más. Para cuando la magia de Hermione también reaccionó, alimentando el cuerpo de Terry; Harry ya tenía la respuesta, aunque parecía absolutamente imposible.
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