Glitter Freezer
Disclaimer: Haikyuu pertenece a Furudate Haruichi
II
Hajime y yo compartimos piso en Tokio. Nuestros padres pagan el arriendo de un departamento pequeño ubicado en un callejón al que no le llega la luz por estar rodeado de rascacielos. Pese a que la ubicación es central, la oscuridad en que está sumido el edificio ha hecho del callejón el lugar idóneo para asaltos, violaciones, y reuniones de mafiosos. Vivimos en la oscuridad de Tokio, y esta se encuentra a vista de todos.
Curiosamente, Hajime y yo le simpatizamos al escalafón más bajo de la ciudad. Traficantes y prostitutas nos saludan si nos topamos en la esquina, y a veces, hasta nos preguntan cómo está el día.
—Oikawa-kun, no deberías volver tan tarde de la universidad —me retan si regreso a casa pasada las once—, mira que es peligroso a estas horas de la noche.
Grr, añaden al final las señoritas de alterne mal depiladas.
Yo junto las manos en señal de disculpa y bajo la cabeza. La vida es un absurdo, y así me va. Hajime insiste en que no interactúe con ellos, y que siga caminando cada vez que me dirijan la palabra. Yo respondo, que aún no tenemos pruebas fehacientes, que no hemos visto nada, y que está feo juzgar a las personas por sus apariencias. Hajime se muerde los labios; hemos visto desde el balcón lo suficiente como para ser considerados cómplices de cualquier atraco
El edificio en el que vivimos se encuentra en pésimo estado. Como le llega luz en un rango horario muy restringido, hay problemas de humedades, y el sistema eléctrico es tan antiguo, que los fusibles se bajan con conectar al mismo tiempo tres aparatos electrónicos. Con Hajime, nos acostumbramos a usar tetera en lugar del hervidor, y calentar la comida en la olla en vez del microondas. Tuvimos que reemplazar la nevera y las ampolletas por unas de bajo consumo, y sin saberlo, nos volvimos ecologistas nivel cinco. O eso dicen Issei y Takahiro cada vez que visitan el piso.
—Si es que eres de esos que siguen cualquier moda —me reta Takahiro.
Yo le digo a Hajime que me defienda. Hajime que es rápido con las respuestas, se encoje de hombros.
El departamento es de una incoherencia arquitectónica que genera risa en cualquiera de nuestros escasos invitados, especialmente en Issei y Takahiro. La puerta de entrada abre a un modesto genkan de 3x3 metros, que se estrecha en un largo pasillo con muchas puertas corredizas. La primera de ellas da a una cocina que, en teoría, es de baldosas blancas, pero el moho invadió todas las uniones entre azulejos y hay manchas de hollín por todas partes. Dice el casero, que el antiguo arrendatario tenía tendencias pirómanas, y que allí ensayaba sus experimentos.
Hay una cocinilla modesta, encajada entre la nevera y el lavaplatos, y la puerta del horno no puede abrirse completamente porque choca con el mueble de cocina. Allí no entra gente con sobrepeso, la cocina es tan angosta que raya en lo discriminatorio. No es algo que nos importe demasiado, pero es importante tenerlo presente.
Como odiamos la cocina más que ninguna habitación de la casa, Hajime y yo adquirimos la costumbre de comprar comida enlatada o cenar en el soba-ya que hay a cinco calles. Cinco calles son suficiente para pasar de la miseria de Tokio, a los barrios bulliciosos y modernos llenos de vida. Los rascacielos infinitos, la publicidad luminosa, los carteles de neón, el aroma a piel húmeda. Qué lugar.
La primera vez que comí con Hajime en un soba-ya, fue también, la primera vez que vi a Bokuto. Bokuto no entró al local, sino que pasó por fuera, acompañado de un chico en uniforme. Me llamó la atención su cabello bicolor, y se lo señalé a Hajime, pero cuando el chico se asomó por el ventanal del local, Bokuto y el del uniforme habían doblado en la esquina.
El único baño del departamento viene a continuación de la cocina, y este tampoco está pensado para gente ancha. Quedó dividido por el pasillo en dos habitaciones: la puerta que le sigue a la cocina es la que da al inodoro y la ducha; la puerta del frente es la que da al lavamanos. Si tienes ganas de hacer popó, cagas y te lavas en habitaciones diferentes. Yo me acostumbré a hacer mis necesidades con la puerta abierta. Hajime me odia por ello, dice que soy un sin respeto.
—Qué desagradable —gruñe todas las mañanas—, ¿podrías al menos dejar de poner caras?
—Admite que te mueres por morder mi trasero.
O me golpea en la nariz, o cierra ambas puertas del baño tan fuerte que toda la casa tiembla.
Luego está la puerta que da a mi habitación. Allí hay sitio para un futón, una mesita de noche, y dejo de contar. La puerta de Hajime, contigua a la mía, es de idénticas proporciones. Al frente, de nuestras habitaciones, hay un cuarto de escobas, una habitación ropero, y una despensa. Esas habitaciones las llenamos de los cachureos que no entran en otra parte, y seguramente, están infestadas en nidos de arañas porque las aseamos el día de la mudanza y nunca más. Ya han pasado seis meses de aquello.
La última puerta ubicada al final del pasillo, da a una sala relativamente espaciosa con balcón que da al callejón, donde Hajime y yo comemos y estudiamos. Después de varios meses de ahorro, logramos reunir el dinero suficiente para comprarnos un kotatsu de dimensiones groseras el cual ocupa la mitad de la sala. Es tan grande que no entró por la puerta, y tuvimos que llamar a una grúa para que lo subieran por el balcón. Casi sale más caro el flete que el propio kotatsu, pero valió la pena.
Por mucho tiempo fue nuestro único lujo, y del cual nos sentíamos muy orgullosos. Con Hajime adquirimos la costumbre de dejar la puerta de la sala abierta, para que de esa forma el kotatsu sea lo primero que vemos al entrar. Y extrañamente, nos reconforta. La tela de la cobija es suave y de color negro, y Hajime se queda dormido allí la mayor parte del tiempo.
Hajime siempre está diciendo que deberíamos buscarnos otro sitio, y yo también pienso igual, pero en ninguna parte encontraríamos un piso tan central al precio que pagamos. Podrá tener sus desventajas, pero considerando que pasamos casi todo el día afuera y que llegamos a estudiar y dormir, no tiene sentido buscarse algo más cómodo. Tampoco nadie tiene ganas de una mudanza.
Empezaba noviembre cuando Hajime llegó con el segundo lujo de la casa: un televisor pantalla plana. Yo no podía creerlo.
—Iwa-chan te descerebraste. ¿Dónde piensas instalar ese monstruo?
—No en tu habitación, eso está claro.
A Hajime siempre le resultó natural todo relacionado a la carpintería y la construcción. Después de pasarse la mañana taladrando y martillando, logró montar la televisión en la pared sin que se vieran los cables. Cómo lo hizo, todavía no lo entiendo, pero ahora Hajime tiene una televisión en su habitación. Qué envidia.
—¡¿Qué programa me vas a invitar a ver en tu habitación, Iwa-chan?!
—De momento nada. Tengo que preparar un examen.
—¡Iwa-chan! ¡Quién se compra una televisión para no usarla!
Me explicó que todavía no era posible sintonizar nada. Así que fuimos al kotatsu a analizar nuestras opciones. Hajime ya tenía algunas propuestas, y me mostró un folleto que guardaba entre sus apuntes de álgebra.
—Con este plan, tenemos cable e internet a buen precio. Es el plan más básico, pero mejor que gorronearle wifi al vecino.
Yo asentí. Necesitábamos internet de velocidad, un estudiante no puede vivir tan en la miseria. Ya es suficiente con una cocina estrecha y un baño cortado por el pasillo.
—Pero si vamos a ir a mitad y mitad, tendrás que dejarme ver los programas lo que yo también quiera ver.
—¿Para que me obligues a ver las maratones eternas de Alienígenas Ancestrales? ¡Jamás! Ya pasé por esa tortura.
—¡No seas egoísta!
Hajime se rio y respondió que lo pensaría. Eso era un «sí claro» en el idioma de Hajime. De los dos, Hajime siempre cedía. A regañadientes, pero cedía.
·
·
Bokuto, quien siempre se quedaba practicando sus servicios una vez finalizado el entrenamiento, fue el primero en correr a los camerinos. Se duchó a velocidad sónica, se embetunó el cabello en gel, y al momento que empezó a vestirse, con calzoncillos luminosos y calcetas fosforescentes, fue evidente que tenía plan para la noche. Mientras más ropa se ponía, más excéntrico lucía.
—¿Qué atuendo es ese? —pregunté sin disimular mi desconcierto.
—El atuendo de un ganador, mi querido Chico Kawaii.
—Oikawa —corregí.
Usaba unos pantalones blancos muy ajustados que se marcaban en su rodilla, unas zapatillas galácticas con lucecitas, y una cazadora amarillo fluorescente estilo ochentero. Sacó del bolsillo interno unos lentes de contraventana también amarillos, e hizo unos movimientos con los pies tan rápido que me marearon.
—¡Bokuto! —llamó quien era nuestro capitán. Bokuto giró con demasiado estilo, y yo sentí una punzada de envidia—. R-recuerda que mañana en la mañana hay entrenamiento. No te pases ¿eh?
—Jefe, no seas angustias. La noche es joven.
Se subió los cascos, salió del vestuario cantando y bailando.
—¿Me dijo jefe?
Nadie podía creerlo. Bokuto era un inconsciente.
En preparatoria entrenaba más días a la semana que en la universidad. Aquí, los entrenamientos se restringían a tres días: lunes, miércoles, y viernes, de seis a nueve de la noche. La mayoría llegaba a las siete porque tenían clases en otro campus, Bokuto uno de ellos. Yo por fortuna, estudiaba a tres facultades del polideportivo.
Los sábados en la mañana era el día del acondicionamiento físico cruel y sangriento. Si Hajime estudiase en mi universidad, fijo que ni él lo aguanta. Por ello, era una ley implícita que los viernes teníamos prohibido desmedrarnos: la mayoría salíamos de copas los sábados.
A nadie le hubiese importado que Bokuto se hubiese ido de fiesta un lunes o un miércoles, pero no un viernes. Y apenas dejó el vestuario, las apuestas comenzaron a correr. O no llegaba y se quedaba fermentando en su casa, o terminaba desmayado luego del entrenamiento de velocidad, o vomitando en la sala de máquinas. Yo aposté a que no llegaba.
Por eso se me cayó la quijada cuando le vi en el vestuario a primera hora el sábado.
—¡Boku-chan! Pe-pero…
Pensaba que había sido el primero en llegar. Bokuto sin embargo, ya estaba allí, y llevaba el mismo atuendo que cuando se fue. Con las gafas ridículas, y los cascos puestos, bailaba sobre las bancas y movía sus brazos como si continuase en fiesta. No daba crédito a lo que veía.
—¡Chico Kawaii! —se bajó los cascos y saltó hasta donde estaba— ¡Chico Kawaii! ¡Chico Kawaii! ¡Chico Kawaii!
Yo dejé el bolso deportivo en un casillero y me comencé a desvestir.
—No te creo, estás ebrio. —revisé mi reloj: faltaban para las ocho de la mañana— ¿Cómo puedes…? ¿Es que no piensas…? ¡Agh! Olvídalo. Allá tú.
—Chico Kawaii, Bokuto-san no bebe, no. A Bokuto-san le gusta estar consciente toda la noche o no tiene gracia.
—Si hablas en tercera persona, no has de estar sobrio.
—Pero mi amigo Kuroo me dio una energética y le echó algo adentro. No me quiso decir qué, dijo que me volvería loco saberlo. Chico Kawaii, mira como tiembla mi mano: ¡hay mucha energía en mi cuerpo!
No solo su mano temblaba. Bokuto entero vibraba en una alta frecuencia. Su histrionismo natural se había multiplicado al infinito.
—Solo quiero saltar, y correr, y hacer flexiones, y… y…
—¡Eh! Respira un poco, por favor.
—¿Tú crees que debería hacer deporte en este estado? No le digas a nadie por favor, por favor.
Me tomó de las manos y me miró con ojos suplicantes. La pupila de sus ojos estaba más dilatada de lo habitual, y parecían girar en su eje. Yo como no sabía qué hacer en estos casos, le dije que sí a todo.
Nadie ganó la apuesta. Bokuto estaba encendido, y al terminar la agotadora mañana, todavía le quedaba energía para practicar sus servicios.
—Está dopado —dijo alguien medio en serio, medio en broma. Yo cumplí mi promesa y no dije nada. No era mi problema, no dejaría que lo fuese.
Ya bañado y con el abrigo puesto, me asomé al gimnasio para despedirme de Bokuto. No se escuchaba el sonido del balón siendo golpeado con fuerza, no se escuchaba ni un ruido. Bokuto estaba sentado al lado del canasto de las pelotas con la cabeza inclinada sobre su pecho.
—¿Boku-chan?
No hubo respuesta.
—¡Boku-chan!
Me asusté.
—¡BOKU-CHAN!
Bokuto se sobresaltó, y yo me di cuenta que el muy desgraciado se había quedado dormido. Me sentí aliviado: Bokuto también era un ser humano.
—Parece que ya no sigues tiritando ¿eh? Vete a casa y descansa.
La cabeza de Bokuto volvió a caer sobre su pecho. ¡Mierda! Me quité los zapatos, caminé descalzo hasta Bokuto y me agaché. Le abofeteé el rostro varias veces hasta que sus ojos se abrieron.
—Chico Ka-
—Oikawa —interrumpí— Oye Boku-chan, es hora de ir a casa. No puedes quedarte aquí.
—Tengo sueño.
—En tu casa podrás dormir.
—Vivo en los suburbios. No alcanz…
Se había vuelto a quedar dormido. Resoplé fastidiado, ¿por qué a mí? ¡no era mi problema!
·
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Los mafiosos nunca están cuando se los necesita. Hajime está, pero no ayuda. Al final, tuve que ingeniármelas para arrastrar a Bokuto escaleras arriba por mis propios medios ¡cómo pesaba! Y no lo demostraba el hijo de puta. Otra de las desventajas del edificio donde vivo, es que el ascensor no funciona.
—Así que este es Boku-chan —dijo Hajime. El muy desgraciado no movió ni un músculo. Con su tazón de té en mano, me vio quitarle los zapatos a Bokuto, cargarlo sobre mi espalda hasta mi habitación, y hacerme un lío mientras intentaba abrir el futón con el cuerpo de Bokuto sobre mí. Al final se apiadó y me ayudó a tirar e cuerpo inerte de Bokuto sobre el colchón ¡qué amigo!— ¿Qué le pasó?
—No sé bien. Mezcló una bebida energética con algún estimulante, y cuando se pasó el efecto, se le drenó la energía y quedó así.
—¿Y eso no es peligroso?
—Yo que sé.
—Deberíamos cambiarle la ropa, está sudado y la temperatura está bajando. Se va a enfermar.
Hajime siempre había sido así. Le gustaba verme sufrir más que a nadie, y se reía a mi costa cada vez que podía, pero solo porque yo hacía lo mismo. Si se trataba de otras personas, incluso si eran desconocidos, hacía lo que fuese por ayudarlos, o por darles alguna palabra de ánimo.
Buscó entre sus ropas una sudadera y un pantalón de buzo, y entre los dos le cambiamos sus prendas húmedas.
—¿Qué te sucede? —preguntó Hajime. Me había quedado paralizado.
Los calzoncillos luminosos de Bokuto habían sido reemplazados por unos genéricos de color negro que venden en tri-packs en cualquier supermercado.
—N-nada.
Me recorrió un escalofrío infantil. Me gusta el chismorreo, no lo puedo evitar. Quería saber la historia oculta del cambio de los calzoncillos de Bokuto. De momento me encogí de hombros. Dejé en mi mesita de noche los lentes de contraventana, el iPod con sus audífonos, y su smartphone. Hajime me preparó una taza de café y fuimos al kotatsu a analizar la situación.
—En algún momento tendrá que despertar —dijo Hajime—, y se podrá ir. Pero en el caso que no despierte y tenga que pasar la noche aquí, puedes quedarte en mi habitación.
Parpadeé perplejo.
—¿Tienes plan para la noche y no me avisaste? —Hajime me explicó que uno de sus compañeros de facultad organizó una fiesta para pasar las penas del examen. A mí la idea no era de mi agrado, no me hacía ilusión comerme el marrón yo solo, pero por otro lado los compañeros veterinarios de Hajime no me agradaban nada—. Así que se trata de eso. ¿Y a ti cómo te fue con eso?
—Pésimo, no te jode.
—Que esos veganos no te conviertan.
—Y nunca lo harán.
Asentí. Le pregunté si ya podía ver televisión, y me dijo que solo los canales abiertos hasta que contratásemos un plan. Me sentí desilusionado, pero qué le iba a hacer.
—Me voy al baño a hacer popó —dije.
Hajime se agarró el cabello y murió.
Bokuto no despertó hasta el otro día.
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—Buenos días Bello Durmiente —saludé.
Me había detenido en el umbral de mi habitación con la taza de café en manos.
Eran las siete de la mañana, Hajime debía de estar por llegar, así que decidí levantarme temprano. Estiré las sábanas del futón de Hajime, corrí las cortinas, y abrí las ventanas para renovar el aire. Nunca había aprendido a prepararme desayuno. O bien, no tengo la paciencia para hacerlo. Ponía agua en la tetera, me comía las uñas mientras esperaba que hirviera, y me preparaba un café con muchos cuadraditos de azúcar. A veces, acompañaba la bebida con un pastel de mochi, pero ya no quedaban en la nevera.
Al pasar por fuera de mi habitación, vi a Bokuto de pie al lado de la ventana. Se giró al oírme y me observó extrañado.
—Kawaii-kun, ¿es tu casa? —asentí—. Pero… ¿qué pasó?
—Eso me gustaría que me lo explicaras tú —sorbí de mi café y me hice el importante. Bokuto tenía sus ojos de lechuza clavados en mí—. Te quedaste dormido mientras practicabas tus servicios, y como era imposible que llegases a tu casa en ese estado de aletargamiento, decidí traerte aquí que es más central —omití lo difícil que fue cargarlo todo el trayecto porque tengo orgullo y dignidad, pero endurecí la voz y junté las cejas, que por lo demás, se me da muy bien—. Pensé que te despertarías antes, o que alguien te llamaría al móvil y vendría a buscarte, pero como no pasó ni lo uno ni lo otro… espero que te haya gustado dormir en mi futón.
Era necesario recalcar que cedí mi habitación para él. Pero Bokuto se fijó en otro detalle al que yo no le hube dado importancia:
—¿Nadie llamó?
Negué con la cabeza. Mis dedos repiquetearon sobre la taza.
—Ya veo. ¿Podría…? —Bokuto levantó la mirada.
A lo mejor todavía tenía sueño, pero estoy seguro, que los ojos de Bokuto se humedecieron. Hizo unos raros movimientos con el cuello, y movió los labios de forma errática. Por el modo en que chasqueaba los dedos, me di cuenta que buscaba una palabra para continuar hablando.
Halló otra, más común.
—Lo siento.
—Sí, siéntelo. Me sacas de quicio.
—Esto no tenía que acabar así. Yo… ¿Una ducha…? Si no es demasiado ya. ¡Agh! ¡Qué cosas digo! Mejor me voy.
—Una ducha, claro —me apresuré a decir—. Busquemos una toalla y… ropa. Te puedo prestar otra muda ¡tanto da!
Fue su mirada la que me hizo decir eso. Ya no habían dudas, sus ojos estaban rojos.
Dejé la taza de café en el piso de tatami para tomar el brazo de Bokuto y lo guie hasta la habitación ropero. Cargué en los brazos de Bokuto un par de toallas, un cepillo de dientes, ropas mías, y luego le expliqué la particularidad del baño. Bokuto aunque no hizo comentarios, esbozó una sonrisa. Eso me hizo sentir algo más aliviado.
Hajime llegó mientras Bokuto se duchaba. Observó los zapatos del recibidor, sacó sus propias conclusiones, y me dijo que lo despertara a la hora del almuerzo, que él invitaba. Aunque crucé los dedos, Hajime nunca se cayó ni chocó con las paredes en el trayecto hasta su habitación.
Yo me fui con mi taza de café al kotatsu y estudié un rato. Lo cierto, es que fracasé. Lo único que hice bien, fue terminarme mi bebida.
Bokuto seguía produciéndome una sensación extraña de desconfianza. La facilidad con la que le habían saltado las lágrimas, pensaba yo, no era normal. Y si lo pensaba todavía más, era raro que nadie le hubiese llamado. ¿Qué será despertar en una casa ajena sin saber cómo se ha llegado allí? Y ¿que a nadie le haya importado? Yo, me pasaría todo tipo de preguntas por la cabeza.
Sonreí. De decirle aquello a Hajime, seguramente me habría respondido que mis razonamientos son muy básicos y superficiales. Yo también lo pensaba. En otros sentidos, en vóley por ejemplo, podía producir buenas teorías en base a mis observaciones. Cuando se trataba de personas, y personas impredecibles como Bokuto, la intuición me fallaba.
Sumido en mis cavilaciones, no me percaté que Bokuto se hubo marchado hasta que oí la puerta de entrada abrir y cerrarse. Y al asomarme al balcón, noté la cabellera bicolor del muchacho dejar el edificio a paso de ultratumba. Esta vez no bailaba.
Me preguntaron si habría yaoi. En respuesta, diré que es inevitable que surja, pero tiempo.
