Capítulo 2
Rumbo al sur
Sentado frente al fuego reanimado, hipnotizado por las chispas que saltaban y danzaban perdiéndose en la noche, pensaba Haldir. Había perdido sus provisiones pero la poca comida que había encontrado entre las cosas de Trius (que ahora yacía enterrado no muy lejos del campamento) compensaba todo. Shelly había muerto creyendo que su amado la enterraría, y Trius había muerto esperándola a ella. No podía sentir más culpa en esos momentos. Pudo salvar a Shelly, y debió haber venido más temprano, aunque sea para oír los últimos susurros de Trius.
Se acostó sobre la nieve y miró las estrellas. Todo el día había estado despejado y ahora seguía igual. Las dos lunas, gigantescas, brillaban allá en lo alto.
Su primer promesa en Skyrim y la había fallado; se sentía miserable. Lo peor de todo es que no podía dejar de pensar en Lisel. Su pelo rojo, su piel blanca como la nieve y su cálido cuerpo "cubierto" con ese lujurioso vestido de la posada. ¿Por qué no podía apartarla de la mente? Se odió a sí mismo por ello.
Pensando en Lisel (¡cuántas ganas tenía de volver a verla!), lamentando la muerte de Shelly y Trius y de su padre se quedó dormido y tuvo pesadillas como siempre. Soñó a su padre, tirado sobre un charco de sangre; quiso apartar la mirada pero al hacerlo encontró a Shelly ahogándose, luego a Trius que buscaba y buscaba a su mujer pero no la encontraba, estando a un par de metros de distancia.
Despertó cuando el sol se elevaba sobre unas montañas: el cielo estaba cubierto de nubes grises y el mar se agitaba. Casi podía oír voces que salían de las olas y desde el fondo del mar, "a los Fantasmas". El fuego ya humeaba sin ninguna llama, así que sintió el frío peor que nunca. Comió un pan medio duro de las provisiones de Trius y se cargó un saco lleno a la espalda, que le alcanzaría para volver a Lucero del Alba. Al bajar de la roca y la colina se detuvo ante el montículo donde yacía el bretón y murmuró:
—Perdóname Trius, le hice la promesa a tu amada Shelly de que te encontraría pero el tiempo me ha ganado y la muerte te alcanzó.
Entonces lo recordó: justo cuando soltaba a Shelly hacia el mar tomó un collar de plata que ella cargaba en el cuello (lo había olvidado por completo). Se lo iba a entregar a él como prueba y despedida, pero ahora no tenía oportunidad. Lo puso encima del montículo y lo cubrió con nieve. «"Adiós"» dijo y se giró, pero volteó de instinto a su izquierda (sintió que algo le llamaba desde esa dirección) y allí en la orilla, a salvo de la marea, estaba un pequeño bote de madera y dos remos.
Sonrió torcidamente a Trius y bajó. Estaba en buenas condiciones aunque había visto mejores días. Lo empujó hacia el agua y acomodó los remos, se trepó y navegó rodeando la roca hacia el oeste. Tuvo que rodear toda una isla que hacía el desfiladero pues por ahí no había paso por bote, así que aunque ahorró peligros, llegó a la misma hora que lo hubiese hecho caminando.
El sol ya se ocultaba cuando Lucero del Alba se mostró detrás del pequeño faro; sobre la pequeña bahía estaba un barco de buen tamaño, anclado en el muelle y sobre la costa muchos botes. Una primera hilera de edificios pequeños formaba una media luna sobre la costa, Poco más arriba otra de edificios más grandes, y en la tercera la posada, el palacio del Jarl y otros cerraban la ciudad. Una gran montaña con la torre cilíndrica en la cima protegía la ciudad de los vientos del sur mientras que colinas más pequeñas apenas cubrían del este y oeste.
Justo cuando entraba en la pequeña bahía y tocaba la tierra húmeda de la costa, una mujer bajaba del camino y se dirigía hacia él. Era Lisel, con un vestido blanco corría feliz hacia Haldir que desembarcaba. ¡Qué feliz se sintió él al ver sus cabellos rojos volando con el viento, cubiertos de nieve y brillando! Ella llegó y lo abrazó fuertemente, y él le devolvió el abrazo aún más fuerte.
—¿Y bien? ¡Qué tal te ha ido?—preguntó ella.
Haldir suspiró y la miró a los ojos. Ella pudo ver cómo los de él se entristecían y se llenaban de lágrimas que no salieron.
—Lo encontré. Llevaba muerto varios días.
Se quedó sin palabras, lo abrazó de nuevo y dijo:
—Oh, Haldir, lo siento tanto. ¿Era muy importante para ti?
—Fue mi culpa—continuó sin escuchar la pregunta de Lisel —; le hice la promesa a Shelly de que lo encontraría y no pude. Les he fallado.
Lisel tocó su cara y la dirigió hacia sus ojos:
—Escúchame. No ha sido tu culpa. Has hecho todo lo posible, no podías hacer más.
Abrazados caminaron sobre la costa subiendo el sendero hacia la posada. Cuando pasaron al herrero (un edificio central en la parte inferior de la ciudad) que trabajaba, Haldir habló:
—Debo irme, Lisel. Tengo que ir al sur, hacia Helgen. He estado demasiado tiempo aquí y no puedo retrasar más mi objetivo.
Llegaron hasta la puerta de la posada y Lisel no había contestado. Cuando Haldir iba a abrirla ella lo detuvo y la volvió a cerrar.
—Bien, pero iré contigo—le dijo firmemente.
—¿Qué? De ninguna manera. Tu vida está aquí, tu padre…
—Está decidido, ya lo hemos hablado.
—¿Quieres venir conmigo?
—Sí, quiero. ¿Sabes por qué?—le tomó las manos y se ruborizó casi tanto como su cabello recogido hacia atrás—. Porque me siento extraña a tu lado, porque te encuentro muy atractivo y me siento muy interesada en ti—hizo una pausa y se mordió ligeramente el labio (sus manos ya estaban sudando)—-. Porque te amo, Haldir.
Pero Haldir se quedó sin palabras. Él sabía que ella se sentía atraída, e incluso él la consideraba muy bonita y especial, pero no esperaba eso. «Ella te ama (se dijo a sí mismo). ¿Tú la amas?»
—Lisel —comenzó—. Creo que eres una mujer estupenda, muy hermosa y muy linda, pero yo no puedo darte lo que tú me das. Mi corazón no tiene las fuerzas suficientes para amarte, aunque sí te tengo mucho cariño. No puedo amarte de la misma forma (aún), sin embargo me sentiría muy vacío si no me acompañas.
Lisel, que había empezado a llorar (sin duda por las primeras palabras), sonrió y abrazó a Haldir. Sabía que ella (una bardo, hija de un posadero) no estaba a la altura de un valiente guerrero como Haldir, sin embargo no podía callar más a su corazón así que lo intentó. Él se sentía terrible y a la vez feliz. El viaje sería mejor, mucho mejor con ella, pero se sentía mal por no amarla.
Entraron a la posada y Thoring permanecía recargado en la barra, observándolos. A sus pies había una mochila similar a la que le habían regalado a Haldir y una capa negra doblada y limpia.
Lisel corrió a abrazar a su padre y le besó la mejilla. Él notó que había llorado y miró con agresividad a Haldir. Pero ella se rió y tomó la capa, entonces Thoring se tranquilizó.
—Rustleif tiene tu espada, hija—dijo—. ¿Por qué no vas a verlo? Ya le he pagado todo, así que no le des nada si te pide algo.
Ella se regresó a la puerta y salió, cerrando detrás.
—Haldir—dijo Thoring cuando estuvieron solos—, mi hija te quiere mucho, te ama aunque apenas te conoce nada, está enamorada. Me ha insistido en que la deje ir pues se siente incompleta sin ti, y porque su vida trabajando en la posada ya no la hace feliz. Me dijo que, la aceptaras o no, ella se iría contigo. Yo claro le dije que era una pésima idea, pero ella insistió.
Se cruzó de brazos y su tono se hizo más serio.
—¿A dónde piensas ir?
—A Helgen.
—Bien. Me dijo que se uniría a los Compañeros, en Carrera Blanca, que queda de paso. Como dije, ella te estima mucho, Haldir, así que te pido no la lastimes de ningún modo. Ojalá llegues a amarla de la misma manera y que sean felices juntos, pero te pido por favor: cuídala, pues es lo único que me queda.
"Si aprendes a amarla durante el viaje, cuídala, quiérela y mantenla por el resto de sus vidas, de lo contrario ella se quedará en Carrera Blanca y tú seguirás tu camino.
"Cuando lleguen a la ciudad envíen un mensaje y así estaré tranquilo".
—Señor, yo quiero mucho a su hija, y también la estimo mucho. Confieso que no la amo todavía pues mis sentimientos están nublados por desgracias y dudas. Pero la cuidaré con mi vida pues es muy importante para mí también, tiene mi palabra.
En eso entró Lisel con una espada de acero común, pero bastante afilada. Se ajustó el cinturón a la cadera y se colgó la capa sobre el hombro izquierdo. Sacó un pañuelo blanco de su bolsillo y se lo ajustó al cuello.
—¿Puedes partir ahora?—preguntó Lisel emocionada a Haldir.
—Sí. Dormiremos en el camino.
Haldir recogió la mochila (que cargaba pan, queso y aguamiel para ambos, dos sacos de dormir y un par de antorchas) y se la echó a la espalda. Después de muchas despedidas y agradecimientos de Haldir hacia Thoring por fin salieron de la posada que ya estaba llena de los mineros, pues Lucero del Alba era una ciudad con minas importantes. Estaba muy oscura la noche por las nubes negras que soltaban nieve en cantidades considerables, ni las lunas ni las estrellas ni siquiera la Aurora podían verse allá arriba. El frío no había cambiado nada, seguía helando (aunque Lisel no lo notaba, ni siquiera sin su capa).Bajaron las escaleras y doblaron a la izquierda, subiendo por el sendero. Poco después de pasar la posada un montón de piedras cuidadosamente apiladas señalaba la frontera de la ciudad; al otro extremo del camino había dos tiendas pequeñas y una más grande que se agitaban con el viento, en el centro una olla pequeña hervía algún estofado con un fuego más que cálido que Haldir y Lisel sintieron enseguida. Pero los que acampaban y cocinaban eran lo interesante. Cuatro gatos (o así parecían) charlando, vestidos y en dos patas que voltearon a ver a los caminantes.
Ellos se llaman a sí mismos khajiitas. Son nativos de los desiertos de Elsweyr, más al sur de la provincia imperial.
Pasando por la tienda más grande, sobre un tapete y en la entrada estaba sentado uno de pelaje gris con manchas negras y orejas puntiagudas.
—Herramientas, mercancías y armas, todos a la venta a precios justos—dijo con un acento extraño que parecía de mujer mayor, exagerando la pronunciación de las 's'.
—Hola, Ahkari—saludó Lisel.
—¡Que su camino los guíe hacia arenas cálidas!—como era costumbre desearse buen viaje en Elsweyr.
—Ella y su caravana frecuentan Lucero del Alba cuando no están en Carrera Blanca o en el camino—dijo a Haldir cuando ya no olieron el estofado, bastante lejos del campamento—. Venden varias cosas a los viajeros y a veces a la ciudad.
A Haldir nunca le habían agradado los khajiitas. En Roca Alta no había muchos y todos eran codiciosos y algunos tenían fama de ladrones.
Siguieron caminando en el sendero empedrado y nevado, siempre hacia arriba subiendo la colina. A orillas de la vereda montículos de piedras grandes y pequeñas marcaban una especie de muro, para evitar a los viajeros salirse pues las tierras inhabitadas de Skyrim mantenían criaturas mucho más peligrosas que lobos y más grandes que trolls.
El único paisaje que tuvieron fue de pinos y abetos desparramados por todo el campo, algunas piedras y colinas rocosas y unos cuantos troncos caídos que obstruían el paso. Sobre muchas partes de la orilla también crecían unas bayas rojas brillantes contrastando con el ambiente pálido.
Así caminando por un par de horas el terreno dejó de elevarse por un tramo. Los árboles se iban haciendo cada vez más numerosos, y allá adelante ya no se veía más que troncos y espinas. Pero en una arboleda, todavía en el campo abierto, al lado del sendero había un montículo de piedras similar al de Lucero del Alba, pero con rocas más grandes. Haldir quiso ir pues un fuego parpadeaba allá adentro pero Lisel lo detuvo tomándolo por el brazo. Negó con la cabeza y luego lo arrastró hasta detrás de un tronco caído con hongos y helechos que crecían en él. Alrededor de una gran hoguera yacía un gigantesco hombre de piel pálida y pelo negro, estaba recargado sobre un gran palo con una piedra atada en un extremo. Pero no era ningún hombre, era un Gigante.
—No son hostiles pero tampoco son amigos—susurró Lisel a Haldir—. Hay personas que les entregan animales, normalmente vacas, y ellos a cambio protegen el camino de criaturas salvajes.
El Gigante medía por lo menos tres metros y parecía tan fuerte que podría partir a Haldir a la mitad como un palillo haciendo un mínimo esfuerzo. De repente el suelo retumbó y detrás de los árboles asomó una cabeza descomunal. Toda cubierta de pelo marrón (y de nieve), y tenía una nariz larga que llegaba hasta el suelo (su trompa) y unos colmillos curvados y puntiagudos. Doblaba la altura al Gigante.
Algo excitados dejaron atrás al gigante y su mammoth y continuaron subiendo el sendero. El bosque ya se extendía a sus lados, al frente y detrás, y ambos ya iban cabeceando.
—No falta demasiado para que amanezca—dijo Haldir cuando Lisel casi tropieza pues se quedaba dormida—.Encontremos un lugar para descansar y continuaremos bien entrada la mañana.
No mucho después de decir esto encontraron que un camino se salía del sendero principal: no estaba empedrado pero tenía pinta de ser transitado. "A ver dónde nos lleva esto" dijo Haldir y se adentraron. El sendero ascendía al este.
Llegaron a una formación rocosa que protegía del viento (entonces soplando desde el norte) y se sentaron. No protegía del frío pero era lo mejor y no querían alejarse demasiado del camino principal. Lisel, cubierta con su capa, se sentó en una piedra y observó a Haldir que encendía un fuego y preparaba los sacos lo más adentro de la roca que pudo. El fuego los reconfortó y cansados como estaban durmieron rápidamente. Pero encender un fuego lejos de ciudades y aldeas no es buena idea, sobre todo si estás lejos de la vía principal.
Así, poco más arriba de ellos, sobre la misma colina unos bandidos que usaban un fuerte abandonado como campamento permanente vieron el fuego entre la tormenta de nieve que caía. Ellos siempre vigilaban, atentos a cualquier viajero desprevenido para robarle y tal vez matarle. Éstos llevaban varias semanas en aquel fuerte (alguna vez se llamó Fuerte Martillo Endeble) emboscando caravanas y mercantes.
Haldir y Lisel dormitaban plácidamente cuando dos bandidos se acercaron sigilosamente y golpearon a Haldir con una piedra. A Lisel la amordazaron y pronto la sujetaron con viejas cuerdas llevándosela con ellos. Ambos estaban desarmados pues habían puesto las espadas a un lado para dormir mejor, no temiendo ningún peligro.
Por suerte para los dos, el bandido no tenía fuerza suficiente para noquear a un bretón con una piedra, y Haldir tenía sangre bretona y, mejor aún (o peor para los bandidos), nórdica. El golpe sólo aturdió a Haldir que despertó exaltado. Cuando se puso en pie ya no había nadie, ni siquiera las espadas y la mochila también se la habían llevado. Se puso la capa sobre el hombro (la había usado como manta) y se cubrió la cabeza con la capucha. Agachado y con sigilo no tardó en encontrar las huellas de los bandidos, a pesar de la nieve que seguía cayendo. Eran cerca de las seis de la mañana y todavía seguía oscuro, aunque ya era posible ver unos diez metros frente a ti.
Siguió el rastro colina arriba y descubrió el fuerte. «Maldito sea, pude haber evitado esto si hubiese subido un poco más» se dijo. «No me perdonaré jamás si algo le pasa a Lisel».
En verdad aunque un troll hubiese llegado trotando los bandidos no habrían notado nada por el ruido del viento y el velo de la nieve, así que Haldir era prácticamente un fantasma en el bosque.
El fuerte era bastante antiguo y había partes completamente destruidas, pero casi toda la muralla seguía de pie igual que el edificio principal. Un arco se abría como entrada principal, reforzado con tablas y troncos. Sobre una plataforma un arquero se hablaba a sí mismo mientras manoseaba su arco largo. Haldir no tuvo problema en escalar el muro de piedra y llegar hasta él. Por detrás lo agarró con el brazo y le torció el cuello quitándole la oportunidad de pedir ayuda. Tomó su arco y se colgó su carcaj (con apenas unas trece flechas).
Agachado se puso a buscar en todo el patio pequeño del fuerte. Había un guardia custodiando una puerta de madera en el piso inferior y otro dormitando en la puerta superior. Preparó una flecha y tensó el arco. La flecha cortó el aire, el viento y la nieve hasta clavarse en el pecho del primer bandido. Y justo cuando el segundo sospechaba haber oído algo corrió la misma suerte.
Se bajó de un salto hasta el patio y entró por la puerta que crujió al abrir. Este no era un pasillo de piedra típico de fuertes nórdicos antiguos, sino que todo era de tierra, y a intervalos cortos había arcos de madera que sostenían el techo. Era una mina de hierro, con menas por el suelo y las paredes. Pero estaba vacío como comprobó; recorrió todo el túnel que seguía recto y luego bajaba en vuelta hacia la izquierda para llegar a un punto muerto. Regresó sobre sus pasos y salió de nuevo al patio.
«La puerta de arriba será» se dijo mientras subía por unas escaleras destruidas sobre el muro. Cuidadosamente abrió la puerta sólo un tramo, preparó una flecha y se asomó. Dentro había una fogata en una chimenea vieja y muchas velas que daban luz y calor a la habitación que tenía no más de siete metros de ancho y largo, y tres de altura. Había tres sacos de dormir cercanos al fuego y tendidos sobre ellos dos bandidos. Se puso en posición y tensó la cuerda: «uno» dijo mientras la flecha atravesaba la garganta del más cercano a la puerta; «y otro». Pero escuchó cómo alguien desenvainaba una gran espada, y aunque pensó era Lisel no se atrevió a averiguarlo. Preparó otra flecha y entró pateando la puerta. De un cuarto (aún más pequeño) salió un gran hombre verde colmilludo, un orco, vistiendo una vieja armadura de hierro, empuñaba un mandoble de metal verdoso, que parecía tener dientes.
—¡Te enseñaré lo que es el dolor!—gritó el orco con una voz gruesa como su armadura mientras embestía hacia Haldir armado apenas con su arco y flecha. Aunque tuvo ventaja contra el ataque pesado de su oponente; disparó la flecha que fue a parar a su cuello, donde la armadura no cubría nada. Pero seguía vivo y más enojado, con una flecha en un extremo del cuello. La estaba sacando cuando por detrás Lisel se acercó empuñando Hoja de Ébano y decapitó al orco. El cuerpo cayó y la cabeza salió rodando.
—¿Estás bien?—dijo Haldir.
—Sí, gracias. No me han hecho nada—respondió ella aunque tenía un gran golpe cerca de su ojo derecho—. Toma, esto es tuyo.
Y le tendió la espada negra mientras ella iba con un bandido de los sacos y le quitaba la suya de acero.
—Tomemos lo que podamos y durmamos fuera, odio el olor de los orcos—comentó Lisel. Se pusieron a revisar bolsillos, bolsas, cofres y cajones. Recuperaron sus provisiones y consiguieron una bolsa de oro.
Regresaron por sus sacos de dormir en su campamento y se trasladaron a la entrada de la mina donde durmieron hasta bien entrada la tarde.
Pero el cielo no daba señales de despejarse y la luz apenas entraba por las nubes. Pájaros pasaban volando y se posaban sobre las ramas dejando caer la nieve acumulada. Empacaron todo, se ajustaron las espadas (Haldir se colgó el arco en el hombro) y comieron pan con miel que habían sacado a los bandidos. Bajando sobre la colina fuera del fuerte encontraron que un sendero se separaba de la subida adentrándose en la colina. Después de una breve discusión acordaron en seguirlo, pero si los alejaba mucho de la vía principal se regresarían y retomarían su camino.
El camino ascendía aún más que el fuerte, y pronto lo vieron pequeño y muy abajo. El bosque ya no era tan denso ahí arriba así que pudieron ver el pico de una montaña a su izquierda, bastante cerca y no muy alto. Sobre los pinos más bajos veían destellos de cordilleras lejos al sur y otra más cerca al oeste. De pronto el sendero (que seguía paralelo al principal, yendo siempre hacia el sur) paró de subir y comenzó a descender.
Llegaron hasta una caída pequeña y más allá ya no seguía. Haldir estaba volviendo cuando Lisel se bajó de un salto.
—¡Mira! Aquí hay una cueva.
— Lisel, no tenemos tiempo para esto.
—Sólo la investigaremos y partiremos enseguida, ven.
Haldir bajó de mala gana y encendió las antorchas que cargaban con un yesquero. En la entrada de la cueva había unas vallas de un material extraño negro, pegajoso y apestoso, pero aun así entraron con las antorchas en mano, sin sospechar de las criaturas que vivían dentro ni las consecuencias que les caerían.
