Disclaimer: Inuyasha y todos sus personajes originales son propiedad de su autora Rumiko Takahashi, los tomo prestados para medios recreativos sin fines de lucro.
Safe Haven
Por: Hoshi no Negai
2. El hombre de ojos dorados
Sesshomaru estaba de mal humor como era habitual. Era algo a lo que todos estaban tan acostumbrados que se asombrarían de verlo de otra manera, como sonriendo sinceramente sin una gota de cinismo. Aquel era un pensamiento más bien aterrador para varios de sus empleados más cercanos, como Jaken, a quien la sola idea le crispaba los nervios.
Por esa razón, mientras el estoico hombre avanzaba por los desiertos pasillos con el hombrecillo pisándole los talones haciendo un gran esfuerzo por no quedarse, no se podría decir que era un día diferente a los demás.
Como siempre, el dúo estaba en las oficinas desde la primera hora de la mañana, incluso antes de que el horario laboral normal diera inicio. Sesshomaru siempre era el primero en llegar y el último en salir del edificio a altas horas de la noche. Cualquiera pensaría que no tenía vida propia y trabajaba incluso en lugar de dormir.
La mayoría de los empleados que estaban a su cargo ―e incluso los que no lo estaban― le tenían pavor. Era algo en su mirada excesivamente fría y calculadora, más su tono carente de emociones, lo que mantenía a todos permanentemente asustados en su presencia. Pero nadie podía decir nada en su contra: era el segundo al mando en esa compañía, y a pesar de su mala actitud, era un buen jefe. No en el sentido humanitario de la palabra, no. Era bueno porque era astuto, organizado y muy dedicado a su labor, lo que había logrado que esa compañía se ganara con el tiempo una mejor posición en el mercado nacional e internacional. Estaban en vías de ser algo grandioso con muchísimas posibilidades gracias a él.
Los pasos resonaron en el amplio recibidor principal, donde el escritorio con el manojo de recepcionistas apenas estaba ocupado a la mitad, y se detuvieron en el ascensor. Su oficina se hallaba lógicamente en el último piso, al lado de la de su padre, el dueño. La gran ambición de Sesshomaru era ocupar esa silla en especial y dirigir absolutamente todo personalmente. Le había dado razones más que suficientes para hacerle ver que era el más indicado para el puesto pese a su corta edad. Ahora más que nunca, después de todo lo que había hecho para impulsar el creciente imperio y cuando su padre estaba a sólo unos años de retirarse.
Satisfecho una vez más por haber llegado mucho antes que él, como si se demostrara así lo responsable y capacitado que era, se instaló en su despacho y retomó un trabajo que había dejado inconcluso seis horas antes.
Hacia las ocho de la mañana, poco antes de la hora de entrada oficial, todo el personal comenzó a llegar, llenando el lugar con los cuchicheos de sus conversaciones, el eco de sus pasos y el murmullo de las máquinas electrónicas. Su padre pasó en ese momento frente a su oficina para ir a la suya propia.
Toga, a diferencia de su hijo mayor, era un hombre mucho más ameno con el que compartir el tiempo, a pesar de que su expresión severa podría causar malas primeras impresiones. Tenía buen carácter, voz potente y estaba algo tachado a la antigua, lo cual hacía su imagen más agradable, aunque no menos digna de respeto.
―Llegas muy temprano, Sesshomaru ―lo reprendió frunciendo levemente las pobladas cejas―. ¿Acaso vas a casa por las noches? Tengo la impresión de que nunca sales de aquí.
―Es mi trabajo, padre ―contestó él monótonamente, sin siquiera apartar la vista de su computadora mientras tecleaba.
―Sólo es un trabajo, hijo, no toda tu vida.
―Y es por esa razón que esta empresa permaneció estancada hasta que llegué ―le recordó fríamente. Toga Taisho estuvo a punto de rolar los ojos.
―Tenemos esta discusión todas las mañanas, creo que mejor la evitamos por hoy y cada uno va a lo suyo. Por cierto ―se detuvo cuando se disponía a marcharse―, le pedí a Inuyasha que viniera. Hay un problema con mi equipo y no tengo idea de qué hacer. Los muchachos de I.T están revisando el problema con las máquinas de finanzas, así que pensé que sería bueno que me echara una mano.Y creo que también necesita hablar un momento contigo.
―No tengo tiempo para atender a ese inútil.
Inuyasha era su único hermano. O mejor dicho, medio hermano, después de que su padre se casara por segunda vez. Nunca le había agradado demasiado, ni siquiera cuando eran pequeños. Inuyasha carecía de la inteligencia y ambición que Sesshomaru consideraba primordiales en cualquier persona, además de que había decidido desperdiciar su vida con juegos de vídeo en lugar de hacer cosas que realmente tuvieran importancia. Inuyasha era, en su opinión personal, un niño inmaduro carente de futuro.
Su padre ignoró aquel insulto hacia su hijo menor, ya más que acostumbrado a oír cosas semejantes. Le molestaba que la relación entre ellos fuera tan tensa, pero ya era demasiado tarde para intentar rectificar el mal comportamiento del uno con el otro.
―No creo que te entretenga mucho, imagino que sólo querrá tu firma en su viejo informe de extensión de pasantías, nunca se la diste. Es como si los meses que estuvo aquí no hubiesen valido nada.
No, no valieron nada, pensó Sesshomaru, deseando acabar aquella conversación. Pocas cosas lograban irritarlo tanto como el nombramiento de su hermano menor. Y aquel tiempo en el que tuvo que trabajar bajo su cuidado había sido una pequeña tortura para él.
Su padre se despidió luego de saludar cortésmente a Jaken, que entraba a paso apresurado para dejarle nuevos reportes y documentos sobre el escritorio. Tenía el día repleto de juntas, citas, y papeles que analizar. Inclusive su teléfono celular comenzó a vibrar indicando una llamada, pero lo dejó sobre la mesa sin prestarle la más mínima de atención y se levantó.
―¿Sucede algo, señor Sesshomaru? ―preguntó su asistente con cierto timbre de temor. Sólo él lo llamaba de aquella manera, usando su nombre. Todos los demás, menos su padre, utilizaban su apellido.
―Voy a salir, Jaken.
―¿Necesita que lo acompañe? ¿Quiere que haga algo por usted?
―Sí. No me molestes ―le dijo con aburrimiento. Lo único que le faltaba a Jaken para remarcar su completa devoción hacia él era darle aire con un gran abanico y hacer miles de reverencias. Lo cual creía que haría en cualquier momento.
Atravesó la compañía hasta la planta baja sin prestar atención a los respetuosos saludos de los demás empleados que iba dejando atrás. Necesitaba algo que lo despertara, había pasado gran parte de la noche completando un reporte larguísimo y había dormido aún menos de lo acostumbrado. Y como el café que preparaban ahí era un asco ―porque el idiota encargado le echaba toneladas de azúcar y crema―, debía salir a conseguir algo más adecuado.
Todavía no eran ni siquiera las ocho y media de la mañana, y aunque fuera un día laborable, había poca gente en la calle. Sólo un puñado de hombres de negocios con sus sendos maletines, algunas madres acompañando a sus pequeños hijos al colegio y un grupo de estudiantes de secundaria que entraban bulliciosamente a la cafetería que él tenía por objetivo.
La cafetería, a diferencia de la calle, parecía estar por reventar por la cantidad de personas en su interior. Un montón de clientes se agrupaban en el mostrador y otros tantos se apretujaban en las pequeñas mesas desayunando con tranquilidad. Los estudiantes reían estridentemente mientras aguardaban su turno bromeando. Sesshomaru no tuvo más remedio que situarse detrás de ellos.
Cuando al fin salió del local un cuarto de hora después, y sin ninguna mejora en su humor, decidió tomar un atajo en vista de que las calles se llenaban de gente conforme se hacía más tarde. Algo que Sesshomaru no soportaba demasiado bien eran los grandes grupos de personas, especialmente si éstas eran muy ruidosas. Prefería la calma y el silencio, por lo que pensó que el parque sería un mejor atajo para regresar al trabajo.
El lugar por el que apenas había pasado alguna vez, aunque llevara años trabajando relativamente cerca, estaba mucho más quieto de lo que esperaba. Todos los transeúntes necesitaban llegar a sus destinos cuanto antes, tomar el transporte público o hacer sus labores del día y pocos tenían tiempo para pasearse por ahí.
Se permitió reducir su apresurado paso para disfrutar de la quietud que lo rodeaba. Era otro de sus inusuales gustos: aunque fuera un hombre de negocios muy dedicado a su labor, tenía cierta inclinación por los sitios naturales, especialmente si estaban libres de gente y en total serenidad.
Los frenéticos ladridos de un perro cortaron el tranquilo ambiente, y no tardó en ver aparecer un gran pastor alemán persiguiendo lo que parecía ser una ardilla hasta un árbol. El perro intentaba atraparla, pero obviamente ya estaba fuera de su alcance, y ladraba insistentemente mientras rascaba el tronco con sus patas delanteras. Detrás del animal venía corriendo una chica tratando de detenerlo.
Inmediatamente llamó su atención. Había algo extraño en ella, por lo que se fijó con más detalle en su rostro para tratar de ubicarla en sus recuerdos. Cuando la joven se dio cuenta de que era observada, soltó sin querer la correa del perro que justo acababa de enganchar. El can, olvidándose de su presa, no se movió sino que lo miró con advertencia mostrando sus dientes, aunque Sesshomaru no reparó en él.
Sólo le tomó un segundo más saber de dónde la conocía y, sin que quedara reflejado en sus facciones, se sorprendió en grado sumo. Jamás imaginó que la volvería a ver, y menos en un lugar como ese.
Se quedaron mirando por un momento, con el reconocimiento mutuo rodeándolos, pero sin que ninguno hiciera nada al respecto. Ella parecía algo asustada y él completamente serio. Apenas se habían visto una sola vez hacía un par de años y por meras coincidencias del destino. No habían estado en el mismo sitio por más de qué, ¿diez minutos?, y era obvio que aquella experiencia permanecía muy viva en la mente de los dos, pero por razones diferentes.
Como si se tratara de un interruptor, el recuerdo de aquel día apareció en su cabeza sólo para asegurarse de que aquella era, en efecto, la persona que había visto en esa ocasión.
Sesshomaru estaba saliendo de un hotel muy temprano en la mañana. Acababa de cerrar un trato con unos potenciales socios en Kioto y se disponía a tomar el primer vuelo de vuelta a Tokio, pues tenía otra importante reunión a media mañana.
De repente, cuando estaba por subir al taxi que lo esperaba en la entrada, sintió que algo lo golpeaba fuertemente en el costado. Era esa misma chica que veía ahora, pero en un estado deplorable. Aparentemente había chocado con él sin darse cuenta mientras corría a toda velocidad, y Sesshomaru ni siquiera la había visto venir por la calle. Cuando ella se dio cuenta de que había otra persona en su camino, sus enormes y desorbitados ojos casi se salieron de sus cuencas. Temblaba como una hoja y no conseguía emitir palabra alguna por la impresión, pero miraba nerviosamente sobre su hombro, como si estuviera segura de que alguien aparecería para darle caza.
Sesshomaru estuvo a punto de reclamarle por su falta de atención y torpeza, pero una mancha roja en su ropa lo detuvo. La chica estaba herida, y tras el impacto lo había ensuciado a él. Sólo tuvo que verla un segundo más para decidirse y sin pensarlo de nuevo la arrastró al lobby del mismo hotel del que había salido. La policía no tardó en llegar, pero él nunca supo de dónde había salido aquella aterrada muchacha ni qué le había sucedido.
Y ahora estaba ahí, parada frente a él.
Tenía mucho mejor aspecto, su ropa no estaba ni rota ni sucia y obviamente había comido mejor desde aquella única vez que la había visto. Pero su cara de miedo seguía estando ahí, aunque no tan pronunciada como antes.
Ella posó la mirada en cualquier otra parte que no fuera él, rompiendo al fin el contacto visual que los había inmovilizado a los dos. Recogió la correa de su perro en un rápido movimiento y, antes de tironearlo para irse de ahí, lo miró de nuevo de reojo. Era evidente que se había arrepentido de hacerlo, pues apuró el paso por el camino contrario al que él se dirigía y se perdió rápidamente de vista.
El hombre de cabello claro se giró a medias para verla, aún extrañado por toda la situación. De todas las personas que pasaban por ese parque, de todas las personas que existían en Tokio, ¿se la había encontrado precisamente a ella?
Regresó a su despacho aún con la mente puesta en ella, recordando cada detalle de su primer encuentro, tratando de hallar algo que le diera una pista de su identidad. Se había olvidado por completo de aquel asunto, pero ahora que la había visto otra vez era como si lo viviera de nuevo. Le provocaba mucha curiosidad, quizás más de la normal.
―Ahí estás, idiota ―refunfuñó su hermano por la tarde, asomándose ceñudo a su oficina. Sabía que llevaba buscándolo un buenrato, pero no se había molestado en apartar un minuto de su apretada agenda para atenderlo―. Te estuve esperando desde el mediodía, gracias por dignarte a recibirme. Necesito que firmes esto ―empujó una carpeta por encima de su escritorio mientras se sentaba en una de las sillas de visitantes―. Papá ya firmó su parte y el viejo de I.T también, pero como tú fuiste mi otro superior, sin tu firma no estaría completo y no me lo aceptarían. Y realmente necesito las recomendaciones para este nuevo trabajo, pueden significar la diferencia.
Sesshomaru no le prestó atención. En cualquier situación habitual le habría dedicado al menos una mirada reprobatoria y algún insulto, pero esta vez ni siquiera alzó el rostro. Tomó la carpeta, firmó las hojas que le correspondían y la deslizó hasta el otro extremo de la superficie para luego regresar a lo suyo.
Inuyasha frunció perturbado el entrecejo.
―Vaya, no me dijiste nada. ¿Al fin ha sucedido? ¿Te convertiste en un robot? Igual ya estabas a medio camino, no me extrañaría.
El mayor volvió a ignorarlo. De acuerdo, pensó Inuyasha, esto es demasiado raro. Sesshomaru nunca había sido de muchas palabras, pero tampoco faltaba algún mal comentario cuando estaban los dos en el mismo sitio, o al menos una mueca de disgusto hacia él.
El menor de los hermanos abandonó la oficina sin agradecer por la firma, no sin antes dedicarle una mirada extrañada. Trataba de ver si por lo menos Sesshomaru respiraba como una persona normal.
―Ya lo firmó, estuve horas esperándolo. Oye, ¿sabes si le pasa algo al idiota ese? ―le preguntó a su padre cuando pasó por su despacho.
―¿Por qué lo preguntas? ―contestó éste, mientras tomaba la misma carpeta en la que había firmado su primogénito. A diferencia de Sesshomaru, Toga escuchaba cada palabra con atención, siempre mirando a la cara a quien estuviera frente a él.
―Está raro. No me dijo nada ni me insultó. Creo que no se enteró que estaba ahí.
―Tal vez sólo te ignoraba. Es extraordinariamente bueno en pretender que las demás personas no existen.
―No lo sé, viejo. ¿No notaste que actúa diferente? Parece ausente, es la primera vez que no me llama inútil. Tanto trabajo le habrá lavado el cerebro o algo.
Esta vez Toga sí roló los ojos.
―De ser así se lo habría lavado desde hace años, Inuyasha. Espera un momento. ¿Ésta es la carta de recomendación que escribió Sesshomaru? ―preguntó suspicaz con la carpeta abierta en su escritorio y leyendo rápidamente las líneas impresas en el papel. Nadie que conociera en persona a Sesshomaru podría creer que él escribiría algo tan amable, y menos refiriéndose a su hermano menor.
―No, eso lo escribió Kagome, Sesshomaru sólo lo firmó. Por eso te digo que actúa raro, ni siquiera se dio cuenta de lo que estaba firmando. Eso, o realmente no le interesa. También es muy posible.
―¿Por qué Kagome tendría que escribir la carta a nombre de tu hermano?
―Ah, porque si se lo pedía a él lo único que escribiría sería: "Es un inútil, no lo contraten" ―le dijo, imitando el serio tono de Sesshomaru al tiempo que vaciaba su rostro de emociones. Era espeluznante ver lo bien que lo hacía―. En realidad la escribí yo la primera vez, pero no quedó muy creíble según Kagome, así que tuvo que hacerlo ella.
―Puedo imaginarlo ―sonrió Toga, a sabiendas de que Inuyasha se habría colocado demasiados atributos y alabanzas para nada razonables.
―¿Hay algo que necesites que revise en tu computadora antes de irme? Ya hice todo lo que me pediste, pero no sé si quieres algo más. Tenías un virus del tamaño de Rusia, viejo. No sé cómo haces para colarlos con el nuevo antivirus. Tuviste suerte de que no te causara tantos daños.
―Sabes que me llevo fatal con la tecnología, y como fuiste tú el último que la revisó, pensé que lo encontrarías más rápido ―Toga se encogió de hombros con un gesto despreocupado que su hijo menor había heredado con exactitud―. No, creo que ése era el único problema que tenía, gracias, Inuyasha.
―Bueno, la próxima vez ten más cuidado abriendo tus correos. Y diles a los de I.T que te hagan mantenimiento más seguido o que te instalen el sistema de seguridad de Sesshomaru, tampoco es tan complicado. Será mejor que me vaya, mi entrevista es… ¡mierda, en menos de una hora! ―se asustó Inuyasha al consultar su reloj de pulsera―. ¡No sabía que había esperado a ese idiota tanto tiempo! ¡Si llego será un milagro!
Agarró la carpeta de un manotazo y salió de la oficina como alma que lleva el diablo, sin despedirse de su padre. Toga, acostumbrado a ese tipo de reacciones por parte de su hijo menor, sólo negó con la cabeza para sí y volvió a lo suyo, sin acordarse de lo que habían estado hablando antes.
Pero al transcurrir el día, el hombre reconoció que de verdad había algo inusual en Sesshomaru. Su humor era diferente, como si estuviese distraído, o simplemente no tan enfocado como siempre acostumbraba. No era algo que cualquiera pudiera percibir con facilidad, sólo alguien que lo conociera tan bien como él bien podía darse cuenta del sutil cambio. Y no era normal; lo único que consumía su mente era el trabajo, jamás lo había visto actuar de esa manera desde que alcanzara aquel puesto. No, ni siquiera desde que era estudiante. No le había reñido antipáticamente a casi nadie, ni dado tantas malas contestaciones ni siquiera a Jaken, y eso, más que ningún otro rasgo de su extraña actitud, sí que era una novedad.
Sesshomaru había hecho su trabajo como cada día, pero, evidentemente, algo más ocupaba un espacio en sus pensamientos.
…
Rin pasó el resto del día en estado desconectado.
Aunque no llegó a correr, había salido del parque con tanta prisa que cualquiera pensaría que estaba escapando de algo. Estaba tan concentrada en alejarse de aquel sujeto que casi se dio de bruces con otra persona a la salida.
―¡Santo cielo! ―exclamó la anciana Kaede. Cargaba dos grandes bolsas repletas con sus compras―. Pensé que te habías marchado sin mí, estuve esperándote. ¿Qué te ocurre? ¿Estás bien?
Rin hizo uso de todas sus fuerzas para no girar la cabeza y comprobar que aquel hombre la seguía. Ya debía parecer una loca paranoica ―y hasta cierto punto tal vez lo era―, pero tampoco quería que la mujer le hiciera preguntas incómodas.
―N-no pasa nada. Me di cuenta que me estaba atrasando y no quería hacerla esperar más tiempo ―explicó atropelladamente sin sonar muy convincente. La anciana le dedicó una mirada crítica, pero no hizo ningún comentario―. Permítame ―Rin le extendió la mano para cargar sus bolsas, contenta de tener una buena excusa para regresar al apartamento.
―¿Te gustó el parque? Era el sitio favorito de mis nietos cuando eran pequeños y venían a visitarme.
―Sí, es precioso y muy amplio. No esperaba encontrarme algo así en esta ciudad ―mientras caminaban por la calle, Rin echaba un par de miradas hacia los lados, evaluando silenciosamente a las personas. Comenzaban a aparecer más, y las grandes multitudes solían ponerla más nerviosa de lo que ya era.
―Es un sitio fantástico para desconectarse de la vida en Tokio, sí ―concordó la anciana, fijándose disimuladamente en las nerviosas miradas que la muchacha daba de vez en cuando. ¿Era una característica suya o algo la había alterado en el parque? Tenía que decirle a Sango por las dudas.
No hablaron mucho más en el resto camino, y Rin no pudo evitar sentirse aliviada de ver la fachada del edificio en el que vivían. Acompañó a la viejita a su departamento, que estaba en la planta baja ―pues era la casera― y le ayudó a colocar las compras sobre su mesa, mientras Ben olisqueaba muy interesado el suelo sin soltarse de la correa.
―Si llegas a tener algún problema o necesitas algo, mi puerta siempre estará abierta para ti. No importa la hora que sea, ¿está bien? ―insistió severamente la mayor, como si esperara alguna excusa negativa para rechazar su ofrecimiento. Rin se apresuró a asentir con la cabeza.
―Es muy amable, señora Kuwashima. Muchas gracias por dejarme acompañarla esta mañana.
―Gracias a ti por venir conmigo ―le sonrió un poco más afable, dejando de lado su dura expresión―. Más tarde llegará Sango, imagino que querrás descansar un poco. Que tengas un buen día, Rin.
―Igualmente ―hizo una pequeña reverencia hasta que la puerta se cerró delante de ella, y no tardó en soltar un suspiro mudo. No estaba segura si aquella señora le agradaba o no. Le recordaba a una profesora muy estricta que había tenido en primaria y tenía la impresión de que si hacía algo mal, le bajaría puntos o la enviaría a detención.
Le dio unas palmaditas en la cabeza al perro y fueron al elevador. Una vez en su propio umbral, dio una mirada de soslayo a la cámara en el techo antes de abrir la puerta. ¿Quién estaría viendo esas imágenes en ese momento, la detective o algún otro policía? ¿Las verían en tiempo real o sólo revisaban las grabaciones cada cierto tiempo? La verdad es que no quería ponerse a pensar mucho en eso. Siempre y cuando le brindara algo de paz, cualquier persona de la estación podría vigilar sus movimientos sin ningún problema.
Trató de no pensar en el sujeto de ojos dorados, obligándose a prestarle atención a la televisión o a sus intentos de recoger absolutamente todo el desorden de la sala y su habitación. Pero cuanta más fuerza de voluntad que pusiera de su parte, más empeñado estaba ese tipo en volver a su ía no estaba muy segura de cómo debería sentirse al respecto, pero más tarde se dio cuenta de que quizás había exagerado un poco con su asustadiza actitud. Tampoco era que le hubiera hecho algo, sólo se quedó viéndola de la misma forma que ella lo miraba a él.
Afortunadamente, la detective y la psicóloga la visitaron un par de horas después del mediodía, por lo que al menos por ese tiempo tuvo una verdadera razón para mantener su mente ocupada. Estuvieron hablando un largo rato, aunque Rin no tanto como ellas, compartiendo toda la información que llegaría a necesitar y que no le habían dado ya de antemano.
―Así que, ¿mi abuela te mostró todo por aquí? ―preguntó la detective cuando estaban sentadas en los sillones. En la mesita del frente había tres tazas de té y una bandeja vacía de galletas que la psicóloga había llevado consigo.
―No todo, sólo algunas cosas. Es una bonita zona.
―Sí, es verdad. Me encantaba vivir aquí, todo queda bastante cerca. ¿Viste el parque? ¿Te gustó?
Detrás de aquellas preguntas se escondía algo más que amabilidad. Rin ignoraba que la abuela de Sango le había comentado lo sucedido en la mañana, pero se daba cuenta del tono inquisidor de la mujer a pesar de que estaba bien disimulado.
―Al que más le gustó fue a Ben. Persiguió a una ardilla hasta un árbol y casi la atrapa. ¿No es ilegal soltarlo ahí, verdad? ―le cuestionó con una sonrisita nerviosa. Intentaba desviar un poco el tema de conversación y hacerlo más jovial para no levantar sospechas.
―Siempre y cuando no destroce nada y nadie objete que le molesta, no.
El ambiente en el apartamento era definitivamente diferente al del día anterior. Ambas mujeres notaron que la más joven hablaba con algo más de soltura y no parecía estar tan absorta en sí misma. Quizás se debía a que le habían dado la buena noticia de que las cosas en su pueblo natal estaban en calma y no había señales de sus perseguidores. Era demasiado pronto para aliviarse por eso, pero como no estaba acostumbrada a las buenas noticias, fue un gran respiro para ella.
Poco después la condujeron a pie ―y en compañía de Ben, quien rara vez se apartaba de su lado― hacia donde debía recibir las consultas terapéuticas con la doctora. Las calles estaban concurridas, pero al no ser hora pico, no había gran cantidad de gente moviéndose en masa, lo que hizo el paseo menos pesado.
La doctora Higurashi, que se había tomado la tarde libre para explicarle todo, le iba señalando algunos lugares de interés conforme avanzaban por la calle, soltando algunos comentarios:
―Esta cafetería es muy, muy buena. Los pastelillos de chocolate que preparan aquí son los mejores que encontrarás en esta zona. Por aquí hay una tienda de alquiler de películas, el dueño es muy amable. Por allá, del otro lado del parque en línea recta, está la farmacia a la que acompañaste a la abuela de Sango. En ese enorme complejo trabajan mi suegro y mi cuñado. Y aquí ― finalmente señaló una clínica de aspecto muy moderno, de más de cuarenta pisos, con vidrios azules y hermosos arreglos de plantas decorativas en la entrada―, es donde nos encontraremos tres veces por semana.
Acto seguido la guió hasta el piso número 31. La detective tuvo que quedarse afuera con el perro, quien tironeó de ella para ir a oler las plantas.
Los pasillos eran amplios y bien iluminados gracias a que había grandes ventanas en los extremos. Cada puerta tenía aspecto diferente conforme a la consulta médica que aguardaba del otro lado. Una de ellas llamó especialmente su atención por el mural de caricaturas al otro lado de la puerta de vidrio; ese consultorio pediátrico se veía de lo más bonito.
La consulta de la psicóloga también era un lugar muy bonito y de buen gusto, aunque no detalló nada que fuera realmente interesante. Parecía la típica sala de espera de cualquier médico, pero por lo menos los sillones se veían cómodos.
Rin intentó asimilar lo mejor que pudo todo lo que ambas mujeres le explicaban, aunque no estaba segura de haber captado cada detalle tan bien como debería. Había otra cosa ocupando su ya saturada mente, y ensombrecía cualquier nueva información que quisiera entrar en ella.
Se despidieron de la joven poco antes de que comenzara el ocaso, dejándola de vuelta en el apartamento sólo con la compañía de Ben. No había estado mal salir con ellas, pero se alegraba mucho de volver a su zona de confort. Se sentó rendida en la mesa del comedor dejando escapar un suspiro. Estaba cansada, y no le apetecía hacer nada más que quedarse ahí, con la barbilla apoyada en la mesa. De repente le había entrado mucho sueño, tal vez porque habían sucedido muchas cosas en un solo día; su primer día en Tokio y sentía la cabeza demasiado pesada como para alzarla.
Y, como suele pasar cuando uno quiere algo de paz y tranquilidad, su teléfono celular comenzó a sonar marcando una llamada. Al ver el nombre del contacto en la pantalla, su cansancio quedó en segundo plano conforme se erguía felizmente y lo llevaba a su la oreja.
―¡Makoto! ¡Al fin te acuerdas de mí! ―exclamó con un falso puchero.
―Vamos, mujer, te llamé el miércoles por la mañana ―le contestó de igual manera la persona al otro lado de la línea, una mujer con quien Rin se llevaba estupendamente―. Sabes que estoy muy atareada, trabajo como una esclava de las minas de carbón todo el día, ¡y encima me reclamas! ―la chica rió de buena gana ante el dramatismo de su amiga―. ¿Cómo has estado? ¿Qué tal la gran ciudad?
―Enorme y llena de gente ―dijo a la ligera mientras se encogía de hombros―. Si me pasara algo ya lo sabrías. ¿Cómo está la pequeña Kanna?
―Creciendo. Cumplió dos años la semana pasada, le hicimos una fiesta con los demás niños. Descubrimos que no le gusta el chocolate.
―Vaya, ¿tampoco el chocolate?
―No. Ya sabes cómo es… Quizás es muy joven para decirlo, pero tiene problemas para relacionarse con otros niños de su edad. Estuvo escondida casi todo el tiempo y no pudimos sacarle ni una palabra ―agregó Makoto con preocupación. Rin se mordió el labio consternada. De bebé, Kanna había sido como cualquier niño, pero conforme crecía se notaba que había algo extraño en su conducta. Era como si no quisiera o no supiera cómo expresar sus emociones, ni siquiera le gustaba que la tocaran personas que no conocía.
―Y… ¿crees que tenga arreglo? No necesita más mala suerte, merece crecer como una niña normal.
―Esperamos que se pueda corregir, estamos trabajando en eso. Los estudios indican una inclinación hacia el autismo, quizá sea el Síndrome de Asperger*, aunque puede ser demasiado pronto para saberlo. Todos cruzamos los dedos para que no sea muy pronunciado. Tienes razón, Kanna necesita algo de buena suerte en su vida. Y adivina qué. ¡Al fin me dieron el permiso! ―soltó ya sin poder aguantarse. Se notaba que se moría por darle aquella noticia. Rin se paró de la silla de golpe con los ojos bien abiertos.
―¿De verdad?
―¡Sí! Santo cielo con esos malditos burócratas, después de siglos de papeleos y de charlas con mi marido y el departamento, al fin me concedieron su adopción oficial. ¡Se mudó a casa hoy!
―¡Vaya, qué bien! ¡Cuánto me alegro! No puedo imaginar un sitio donde Kanna esté mejor que contigo.
―Por supuesto que no, soy una persona sensacional. Su cuarto es precioso, estuvimos un par de semanas arreglándolo y parece que le gusta. Ahora mismo está jugando con sus peluches, se ve adorable. Oh, Rin, qué bien se siente tenerla aquí. No soportaba dejarla por más tiempo, un hospital no es sitio para que un bebé crezca, y tampoco un orfanato. Podremos continuar sus terapias en un entorno más familiar y saludable, estoy segura de que en poco tiempo estará mucho mejor.
―Me tienes que pasar una fotografía. Hace más de seis meses que no la veo.
―¿Una sola foto? Tengo como mil. ¡Oh, y le he comprado tantos vestiditos, se verá como una muñeca de porcelana! Bueno, con ese cabello blanco tan precioso y esos enormes ojos negros ya es una muñeca de por sí ―expresó Makoto soñadoramente. Aunque sólo hubiera sido una de las enfermeras a cargo de la niña luego de la muerte de su madre, se había encariñado con ella desde el primer día y la trataba tan dulcemente como si fuera su propia hija, sin importar los problemas que llevara consigo. Había estado pujando por su adopción desde hacía varios meses y las autoridades por fin se la habían cedido. ¡Cómo le encantaría estar ahora mismo celebrando con ellas!
Rin continuó hablando con la mujer por largo rato sobre la niña, y horas después de colgar, la ilusionada sonrisa no se borraba de su rostro. Esa había sido una de las mejores noticias que había podido esperar.
Kanna había llegado al mundo bajo circunstancias bastante anormales. Su madre había estado en coma durante parte de su embarazo, y desafortunadamente nunca logró despertar, dejando así a la pequeña sin ningún familiar que pudiera hacerse cargo de ella. Había pasado todo aquel tiempo en el hospital debido a sus constantes problemas de asma más otros ocasionados por su prematuro nacimiento y pudo ser enviada a un orfanato si Makoto no hubiera intervenido.
―¿Lo ves, Kagura? ―murmuró a nadie en particular―. Todo salió bien. Tu hija está en buenas manos, ya no tienes nada de qué preocuparte.
A pesar de todo, tenía la impresión de que Kagura hubiera sido una buena madre. Era una pena que nunca pudiera comprobarlo por sí misma o siquiera hubiese podido llegar a experimentar su tan soñada libertad, pero al menos ya estaba en un sitio donde nada malo podía pasarle.
Se sentó en el borde de la cama, pensativa, y su mirada se topó con el armario entreabierto. No había entrado en su habitación desde la mañana, cuando agarró la sudadera verde que aún tenía puesta para salir con la anciana Kaede. Dentro del ropero una prenda oscura llamó su atención.
Su sonrisa distraída se esfumó.
Se levantó vacilante y la sacó para examinarla. Era una elegante chaqueta de cuero, demasiado grande para ser suya, de esas que los empresarios más importantes utilizan exclusivamente para viajar y nada más. Le pertenecía al hombre de ojos dorados.
Y como si un hechizo se hubiera roto de repente, el recuerdo de aquel encuentro volvió a ella tal cual se lo hubieran echado encima con agua fría. Le había estado dando vueltas en la mañana y parte de la tarde, intentando no ahondar demasiado al respecto, y repentinamente lo había olvidado tras recibir la llamada de Makoto. Esta vez no tuvo la oportunidad de retener sus pensamientos, sólo los dejó fluir con toda la curiosidad que la carcomía por dentro.
¿Cuántas posibilidades existían de encontrarse con ese hombre justamente en su primer día en aquella ciudad? Ni siquiera sabía que él vivía por ahí. No, ¡ni siquiera sabía nada de él! Y tuvo que cruzárselo de nuevo, cuando creyó que no era más que el tipo que le brindó ayuda en el momento que más la necesitaba.
No, no podía engañarse a sí misma. En realidad en aquel momento de frenesí y horror lo había visto como a su salvador, una especie de héroe anónimo que estaba en el lugar y momento correcto. ¿Cuántas otras personas la habrían socorrido tan diligentemente en su estado? Muy pocas. La mayoría hubiese creído que era alguna indigente ―y con buenas razones― o habrían presentido el peligro que la perseguía, negándose a prestarle siquiera atención.
Pero aquel hombre tan singular había obrado como ningún otro y marcó la diferencia. Si no fuera por él, Rin no estaba segura de cómo habría terminado todo, o si todavía conservaría su vida.
La verdad es que nunca lo había olvidado. Era muy difícil olvidar a alguien tan importante, y también tan diferente a lo habitual. Lo primero que había distinguido de ese sujeto luego de chocar tan bruscamente con él fueron sus ojos dorados. No tuvo tiempo en aquel momento, pero días después, cuando se hubo tranquilizado un poco, reconoció que aquellos ojos eran preciosos. El tipo en sí era muy atractivo, como esos galanes de películas de acción que rescatan a la damisela de las garras del malvado villano. Había sido así más o menos, a su parecer.
Otra cosa suya que le llamó la atención fue su cabello plateado. Sus ojos y cabello, de extraños colores, eran lo que más recordaba de él. Era como lo identificaba, pues nunca llegó a conocer su nombre.
Debía sentirse aliviada y contenta de encontrárselo de nuevo, ¡qué pequeño era el mundo a veces! Pero aunque quisiera sentirse feliz, le resultaba imposible. No sabía qué sentir.
Rayos, como siempre se estaba estresando demasiado por un pequeño asunto sin importancia.
Contrariamente a lo que toda su lógica le dictaba, no comentó nada sobre el fugaz encuentro con su salvador ni a la detective ni a la psicóloga. Estaba tan acostumbrada a contar hasta el más mínimo detalle de su día a día a las autoridades que le resultó demasiado extraño. Sabía que era malo guardar secretos, pero un trocito de ella quería conservar el recuerdo y significado de aquel hombre de ojos dorados para sí misma. Era algo demasiado íntimo como para compartirlo, al menos por el momento.
Aquella segunda noche no necesitó la televisión o la computadora para mantener su mente distraída.
Apretó levemente la chaqueta de cuero entre sus brazos, recordando fugazmente que él se la había puesto sobre los hombros en un repentino acto de amabilidad, poco antes de que llegaran las autoridades al lobby del hotel.
La había guardado todo ese tiempo, y la usaba cada vez que se sentía especialmente asustada. Le brindaba una tranquilidad que no era capaz de explicar. Y a pesar de que no estuviera asustada en ese momento, la abrazó contra su pecho y cerró los ojos con fuerza.
―Gracias ―susurró por lo bajo contra el cuero negro. No había podido decirle aquello cuando tuvo la oportunidad, y eso la hacía sentir muy culpable. Pero quizás ese nuevo encuentro en realidad significaba que había llegado el momento de hacerlo.
Se separó de la prenda, dedicándole una decisiva mirada, como si le hiciera una promesa.
Aunque le resultara difícil y le costara trabajo, se obligaría a sí misma a darle las gracias en persona. Era lo mínimo que podía hacer.
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(*) Síndrome de Asperger: Es una característica mental dentro del espectro del autismo, lo que genera problemas de interacción social y comunicación, de distintas maneras para cada individuo. Una persona con Asperger puede no comprender el sarcasmo, no demostrar afecto abiertamente (o no saber cómo hacerlo) y se enfrasca más en su propio mundo en lugar de prestarle atención a lo que no le interesa.
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¡Oh, Dios, tomen, tomen más preguntas en lugar de respuestas! Aunque sí se han respondido algunas... como... em... ahora sabemos que Ben es un pastor alemán, por ejemplo xD ¿Qué teorías están formulando sobre la historia de Rin? Me encanta leer lo que piensan :D
Apenas es el segundo capítulo y ya han hecho aparición varios personajes importantes como Inuyasha, su padre e indirectamente Kagura y la pequeña Kanna. Este fic contará con muchos otros personajes que irán apareciendo gradualmente, así que presten atención a lo que dicen/o se dice de ellos porque podría ser importante a futuro xD
Y ahora, permítanme un momento para gritar con tantos reviews. ¡OMG 44 EN EL PRIMER CAPÍTULO QUÉ DEMONIOS! Todas son un amor, de verdad que las adoro. Un millón de gracias por su calurosa bienvenida, ¡yo también las extrañé muchísimo! Es genial contar con tanto apoyo, y ver que aunque el primer capi no haya dicho casi nada de relevancia, dejara tan buena impresión. Así que espero que el segundo y todos los demás sean iguales o mejores para ustedes :D
Gracias especiales a: B. De Dragones, Floresamaabc, KaitoLucifer, DreamFicGirl, Saori-san02, Aoi Moss, Freakin'love-sesshourin, Amafle, BABY SONY, Kacomu, NUBIA, Cath Meow, Pulgarcita23, Lifeinpandemonium, Alexa grayson hofferson, Arovi, Emihiromi, Esme, Kikyou1312, MisteryWitch, Rinmy Uchiha, Annprix1, Ailuzz, Nayari, Alexa Reymon, Tanianarcisa, Freaky32, Lucemg, Frutadragón34, Daniela Taisho, Vic del Eien, Jenks, Kami no musume XD, Any-Chan, SeeDesire, Bucitosentubebida, C, Rena Hutchcraft, Clau28, Samantha Blue1405 *gritito fangirl* y Laril, mi beta Ginny y toda la gente sensual de Elíxir Plateado, el igualmente sexy grupo de Facebook para todas los amantes de esa hermosa pareja (Fin del espacio publicitario).
Antes de irme, resolveré un par de pequeñas dudas:
¿Si el fic ya está hecho, por qué no se publica más rápido? Fácil: porque aunque esté escrito en su mayoría, el beteo, correcciones y ediciones son constantes, por lo que no me arriesgaré a quedarme sin tiempo suficiente para arreglar los capítulos más avanzados.
¿Qué onda con el avatar de la historia? Es una foto, no un dibujo, por eso se ve diferente xD Pero el logo sí lo hice yo.
Es todo. Nos veremos el próximo sábado, criaturitas hermosas, gracias por leer y comentar.
