El mundo se había vuelto más gris y aburrido que nunca. Los niños ya no celebraban navidad, desconocían la pascua de resurrección y eran ajenos al personaje que antes llamaban hada de los dientes. Ni siquiera hablar de Sandman, porque, ¿quién era ese? Ya habían pasado años desde que desaparecieron para siempre sin dejar rastro, de un año para otro las fiestas habían muerto.
Lo que nosotros, los simples mortales, no sabíamos, era que las fiestas habían muerto porque también lo habían hecho sus guardianes.
Sandman fue el primero en caer, una vez que Pitch lo borró del globo y pudo crear un reino de pesadillas dentro de la mente de cada niño en el mundo el resto fue relativamente sencillo de eliminar (aunque no fue rápido, de hecho, fue mucho más lento de lo que él hubiera deseado). El único al que le dio una oportunidad de permanecer con vida y a la vez le entregó el honor de mantenerse a su lado, fue a Jack Frost, porque en esa época fue tan iluso como para creer que eran similares. Es que sufría del cáncer invisible de la soledad, que con su velo disfraza la realidad y nos hace ver elementos que nunca existieron en realidad. Para él, Jack era un niño, ignoraba por completo los siglos de edad que poseía en verdad. Hasta el día de hoy lo sigue viendo como un impulsivo jovencito, pese a que la verdad no podía ser más diferente.
Allí estaba Frost, sentado en la orilla de un edificio, observando a un niño pequeño jugar con su nieve. Su mirada carecía de la chispa divertida de antaño, esa que lo invitaba a causar travesuras y unirse a los juegos de los pequeños. Ahora solo se limitaba a ver a esos humanos en miniatura hacer muñecos con nieve sucia de hace días.
"Frost." Lo llamó. No hubo respuesta. "¡Frost!" Nuevamente nada. Esta vez le acercó y posó su mano sobre su hombro, tal vez con más brusquedad de la necesaria. "¡FROST!" Esta vez sí logró que reaccionara. Jack se levantó de golpe y una ráfaga de viento gélido cruzó el aire, cortándolo como un cuchillo. Llevaba su cayado en la mano. Le dedicó una mirada tan breve como su suspiro y cubrió su cabello blanco con la capucha de su polerón.
"¿Qué quieres? Estoy ocupado." Su voz sonaba tan neutra que llegaba a perturbar.
"¿Qué crees que estás haciendo aquí? ¿Jugando ser un guardián?" Nuevamente se puso de pie a la velocidad del rayo, con los ojos chispeantes de indignación. Pitch estaba logrando lo que quería. "Eres tan real para ese niño como yo lo soy para él. Acéptalo, y verás que lentamente deja de doler."
"¿Aceptarlo? ¿Cómo esperas que lo acepte si lo único que quise alguna vez en mi vida fue poder jugar con alguien y que me llamara por mi nombre, que no me confundiera con el viento, o con una nevada que salió de la nada?" Jack mantuvo una mirada desafiante mientras que le recriminaba a Pitch lo que le había hecho. "Tú fuiste el que me condenó a vivir así. Si los guardianes…"
"Los guardianes están muertos. Y tú mataste a uno de ellos…"
"¡Mentira!"
"Aún si pudieran volver a la vida, nunca te perdonarían por lo que les hiciste. Eres un traidor, Jack, nunca fuiste un verdadero guardián…" La mano de Pitch se cerró alrededor de su brazo, ciñéndolo como si fuera una tenaza. "Ahora o tienes a nadie, excepto a mí."
Esas últimas frases fueron el detonante que hizo que algo dentro de su cabeza se rompiera, que se liberara de su amodorramiento. Levantó los pies del suelo y saltó hacia el edificio más cercano, arrastrando a Black consigo por los cielos. Cuando aterrizó, el cuerpo de su acompañante rebotó por el techo, desplazándose dos metros más allá de su posición original. Jack se quitó la capucha, y un verdadero tornado se estaba desarrollando mientras que ellos discutían en el ojo de este. Era momento de aclarar algo.
"¡Tienes razón, yo nunca fui un guardián! ¡Pero eran mis amigos, y si tú nunca hubieras aparecido, seguirían con vida! ¡Si nos hubieras pedido ayuda en lugar de atacarnos, yo te la habría dado, porque sé incluso mejor que tú lo que es que nadie crea en ti! ¡Tú fuiste el que nos causó esto!" De repente, el tornado amainó. El lugar donde se encontraban estaba prácticamente destruido, pero, en los ojos de Jack, aún se notaba la furia que había sentido. Se acercó a Pitch, que se encontraba amedrentado en el suelo, pero que trataba de ocultar el dolor que le producía su situación con una falsa mirada altanera de orgullo. No podía dejar que Jack Frost lo mirase en menos ahora, aunque llevase haciéndolo durante meses y años. Sus rostros estaban tan cerca que podrían haberse besado. Entonces, los labios del más joven se movieron y dejaron caer una bomba.
"Por lo menos yo sí tuve una razón para ser feliz."
"…"
"Eres miserable."
Jack se esfumó, llevándose la tormenta consigo. Pitch, abatido, se quedó tirado en el suelo unos minutos más antes de levantarse, pensando en que si no fuera porque lo último que le quedaba en su miserable (porque sí, era miserable) existencia era, de hecho, ese pequeño rebelde de pelo color escarcha y ojos azules, llevaría ya mucho tiempo fallecido junto al resto de los guardianes. Pero Jack era su amigo, su enemigo, su ser amado y su criatura odiada. Era, literalmente, todo cuanto poseía, todo por lo cual tenía que seguir existiendo. Y aún no saber cómo denominar esa sensación lo traía mal desde hace bastante tiempo. Antes de retirarse a descansar y recuperar sus fuerzas, se acercó al pequeño que Frost estaba observando antes de empezar su numerito dramático. Aún estaba haciendo ese muñeco de nieve maltrecha.
Sin pensárselo dos veces, Pitch pateó la nieve y el muñeco se derrumbó.
Se alejó del pequeño humano llorón, asqueado.
Como si le costara tanto hacer otro con un poco de nieve más limpia.
