Disclaimer: Hetalia y sus personajes no me pertenecen.
La rutina había vuelto a mi vida casi un mes después de llegar a la casa de acogida. Todo era muy normal, tan normal que a veces resultaba hasta aburrido.
Aunque duro poco tiempo.
Había acabado en una casa a las afueras de la ciudad, allí vivían dos adultos y dos niños más. El hombre estaba ya entrado en años y era un piadoso profesor de teología en la universidad, su nombre era Akos, se había casado con una mujer bellísima llamada Imara, parecía mucho más joven que él y me pasaba horas observándola, había algo en ella que me resultaba familiar, tenía un aire a mi padre pero era incapaz de adivinar el que.
Al no poder tener hijos habían decidido dar un hogar a aquellos niños que lo necesitasen.
Los dos niños pese a ser gemelos eran diferentes entre sí, ambos poseían el mismo brillo travieso bajo los ojos de color gris y el mismo pelo rizado color negro azabache. Pero el mayor, Nandor, pasaba las horas sentado cerca de la ventana observando el exterior en silencio, viendo quizás algo que solo él podía ver; en cambio, el menor, Jani, era un manojo de nervios, siempre de un lado a otro sin estar tranquilo y haciendo lo posible para que la gente se diese cuenta de que estaba allí, no como su hermano que prefería que nadie le prestase mucha atención.
Eran muy diferentes de mis sobreprotectores padres, pero era un hogar y podría haber sido peor.
Durante la primera semana y casi la segunda fueron muy amables conmigo, se deshacían en atenciones conmigo y hacían lo posible para animarme y que sonriese. No digo que de golpe dejasen de hacerlo pero supongo que asumieron que debía de pasar página cuanto antes.
En cuanto al caso del asesinato de mis padres…estaba en un punto muerto, no sabía nada, no había pistas, no había testigos y según ellos mi testimonio era confuso puesto que " no existía nadie de ojos rojos", daban por hecho que creí ver eso presa del terror.
Pero yo sabía lo que vi, sabía que era real, tan real como lo era yo.
La rutina que ahora llevaba era similar a la que antes había llevado, me levantaba, me daba una ducha, hacia mi cama, me vestía, desayunaba, me iba a clase, comía, volvió a casa, estudiaba y antes de ir a dormir hacia cuanto quisiese. Todo era igual salvo que mis nuevos "padres" no me permitían hacer ninguna clase extraescolar que no fuese digna de una señorita.
Adiós a la esgrima y al karate. Hola, ballet.
También tenía que ayudar a los gemelos con sus deberes, lo que me gustaba, era como tener dos hermanos pequeños.
Yo siempre había querido uno pero mis padres se ponían muy nerviosos cuando les pedía uno, no sé porque.
También había algo en común en esta casa con la mía, había una cantidad enorme de libros sobre angeologia y muchos cuadros con algún ángel retratado. Teniendo en cuenta la profesión de Akos no lo veía tan extraño como en mi casa, pero al preguntarles por curiosidad me contestaron lo mismo que mis padres.
-No hagas preguntas -me dijeron- cuantos menos sepas, mejor.
Eso me dejo muy confusa, ¿Qué se suponía que no debía de saber?
Para postres, no dejaba de ver cosas extrañas, es decir, sentía que alguien me vigilaba constantemente pero era incapaz de verle, eso me sacaba de quicio, pensaba que me estaba volviendo loca.
Yo deseaba pasar página, ya que no podía recuperar a mis padres al menos quería aceptar de buen grado esta nueva oportunidad, pero era una egoísta que no dejaba de pensar en lo que había perdido.
Akos decía que Dios me castigaría por ingrata, yo le decía que ya me había quitado todo.
Estaba claro que aun me quedaba algo más por perder.
Desde que mis padres murieron de vez en cuando tenía un sueño y lo único que recordaba al despertarme era haberme encontrado con aquellos ojos rojos y una voz masculina que me llamaba.
El no dormir bien y el recuerdo de mis sueños hacían que últimamente estuviese despistada por lo que tenía que quedarme siempre después de clases a estudiar de mas debido a que me quedaba dormida.
Quizás de no haber estado castigada las cosas ese día hubiesen sido diferentes.
Ese día me había quedado en la biblioteca de la escuela a estudiar, ya era tarde y mis compañeros y profesores hacia horas que se habían ido, ya solo quedaban algunas señoras de la limpieza y yo.
Me había cansado de estudiar así que había decidido tomarme cinco minutos de pausa e ir a por un refresco de las maquinas que habían en la entrada.
Al volver di un par de vueltas por las estanterías sin mirar ningún libro en concreto y a la vez, mirándolos a todos. Pase unos minutos distrayéndome de ese modo hasta que al pasar por una zona sentí algo, en el lomo no había título alguno y se veía desgastado, ¿Cuántos años podría llevar allí?
Estire el brazo y saque el libro del estante, el tomo estaba en muy mal estado, parecía que hubiese sido olvidado allí durante siglos, lo cual no podía ser posible, la biblioteca era nueva o al menos no tan antigua.
Al no haber título alguno y movida por la curiosidad abrí el libro, me sorprendió ver de qué se trataba, era un libro que ya había visto antes, del que mi padre me habló.
Era una vieja copia del Libro de Enoc, un texto de esos que la iglesia niega como "auténticos", mi padre me contó que estaba dividido en varias partes, la favorita de mi padre era la que hablaba sobre la caída de los ángeles debido a que tuvieron hijos con humanos.
Ver ese libro me trajo gratos recuerdos, me devolvió a mi casa, me hizo sentirme mejor, como si ese libro fuese un nexo con lo que había perdido.
Mire a ambos lados y cuando me hube asegurado de que no había nadie cerca corrí hacia donde tenía mis cosas, recogí todo y metí el libro en la mochila antes de salir corriendo.
Vale, era robar, teóricamente, pero nadie había tocado ese libro en años así que dudaba de que alguien lo fuese a echar de menos, estaría mejor conmigo.
Después de eso corrí hasta la estación, se había hecho tarde y si no me daba prisa podía perder el último tren de vuelta a casa. Por suerte, logre llegar a tiempo ya que aun había un par de trabajadores con sus trajes y maletines esperándolo sentados en los bancos.
Los imite y me senté en uno de los que estaban libres, sacando mi móvil y cotilleando si tenia algún nuevo mensaje mientras esperaba.
De golpe, un escalofrío recorrió toda mi columna y la piel se me puso de gallina, tenía un mal presentimiento, me sentía igual que cuando estaba escondida en el armario, y eso no me gustaba nada.
Alcé la mirada y observé a los dos hombres de traje que había en el banco de al lado. Al observarlos detenidamente vi algo que no había visto cuando los vi por primera vez. Sus ojos...en la oscuridad se veían rojos, luminosos ojos rojos similares a los del misterioso desconocido, no podía precisar el color real pero si podía ver eso.
Había algo peligroso en ellos que me dio mala espina, instintivamente agarre mi mochila lista para alejarme de ellos todo lo que pudiese sin salir del andén.
-Bueno, bueno -dijo una voz tras mis espaldas-¿qué haces pequeña? ¿Intentabas huir?
Di un respingo al oírle, su voz no era fuerte pero sin embargo me pareció que resonaba en lo más profundo de mi alma y que me instaba a que le contestase.
-Yo…-murmure.
-¿No la hueles? -preguntó el otro que se iba acercando- Huele a mestiza.
-Eso es muy extraño -comentó el otro- los otros no suelen tener hijos con humanos.
-¿Qué tal si se la llevamos al jefe? -preguntó el otro- estará encantado de tener una como esclava.
En cuanto oí lo que pensaban hacerme me estremecí y agarre con fuerza mi mochila, intente escaparme de ellos o hacer que no tenían nada que ver conmigo, pero uno de ellos me agarro la muñeca obligándome a girarme y verle.
Era guapo, se pelo oscuro y revuelto, piel bronceada y ojos negros tras el brillo rojo.
-No tan deprisa, mestiza -me dijo.
Quise forcejear, huir, gritar hasta suplicar por mi vida, pero no podía, me era imposible poder moverse o hacer algo, estaba completamente petrificada, solo podía quedarme quieta mirándole a los ojos que parecían mostrarme el infierno.
En aquel momento entendí que fuese lo que fuesen ellos estaban por encima de mí, tenían el control de la situación y yo no podía escapar.
Uno de ellos me dio un empujón cuando llego el tren forzándome a andar.
-Más te vale disimular -me dijo al oído una vez entramos al vagón.
Me obligaron a sentarme junto a ellos, estaba tan aterrorizada que podía notar como el corazón iba a pararse en cualquier momento del miedo.
¿Por qué no podía hacer nada por defenderme?
Era como si hubiese sido atada por unas cadenas invisibles.
No había pasado ni dos paradas cuando alguien entro en el vagón y lo siguiente que paso fue tan rápido que aun me cuesta recordarlo.
El chico que entro desenvaino una espada al mismo tiempo que mis captores hacían lo mismo, hubo como una especia de explosión de luz que hizo me cegó durante unos segundos y un sonido que parecía similar al ruido de un rayo al caer.
Me pareció oír un siseo tras eso aunque no sabría decir si era alguna palabra en concreto aunque una parte de mi parece reconocer vagamente del idioma en que se ha dicho. Después de eso los diviso fuera del vagón, en una estación que desconozco, tres figuras que se mueven tan rápidamente bajo la luz de la Luna que soy incapaz de distinguirlos.
Oigo voces a lo lejos, parece que el tren ha sufrido una avería y que vamos a estar parados. Atónita me doy cuenta de que nadie más en el vagón está mirando la pelea, nadie más que yo los está viendo.
¿Cómo es posible…?
Alguien me intenta levantar del suelo, aunque ni siquiera me había dado cuenta de que había caído, pero soy incapaz de moverme, no soy capaz de apartar la mirada de la pelea. No sé quién va a ganar y lo peor de todo es que yo debería huir de ellos y volver a casa.
Pero no puedo.
Justo en ese momento uno de ellos cae al suelo y en un movimiento veloz y mortal uno de los restantes hunde su espada en el pecho del otro, quedando él como el ganador.
Ahogo un grito y esta vez sí intentó huir, tropezando en el intento de ir a otra de las salidas del vagón.
Pero de nuevo, algo me agarra.
-¿Te han hecho daño, Elizabeta? -me preguntó una voz con marcado acento alemán.
No soy capaz de reconocer la voz pero doy media vuelta para encontrarme cara a cara con él. Y aunque quiera de mi boca no sale ni una sola palabra, no es que conozca al chico de cabello corto y blanco que tengo delante, nos hemos visto, o al menos yo a él.
Son sus ojos, rojos como la sangre los que me resultan tan familiares.
Y de golpe, sé quién es. Son los ojos que me han estado persiguiendo en sueños durante semanas.
Es el chico que estaba en casa de mis padres.
Hola!
Aquí traigo el segundo cap de esta fic, he tardado un poco porque tenia otros proyectos que acabar antes y tambien por las clases y exámenes, pero aqui esta.
En fin, espero que os guste y muchas gracias a los favs/follows y las reviews!
Nos leemos!
