- ¡Allá va!
Osomatsu lanzó la pelota de béisbol con toda la fuerza que pudo. Jyushimatsu, preparado, la bateó tan fuerte que la bola salió disparada hasta perderse a lo lejos.
-Esta es la quinta bola que pierdes, Jyushimatsu -dijo Osomatsu mirando a su hermano.
-No importa, Osomatsu niisan -contestó con su sonrisa de siempre- aún me quedan cincuenta y cinco pelotas más.
Jyushimatsu sacó un gran saco lleno de pelotas de béisbol mientras Osomatsu negaba con la cabeza sin dejar de sonreír.
Dentro de la casa, el ambiente era mucho más tranquilo. Choromatsu estaba sentado en el suelo leyendo un nuevo manga que se había comprado, mientras Todomatsu, sentado en el sillón, revisaba sus redes sociales. En el techo, Ichimatsu estaba acariciando a un par de gatos que estaban por allí, preguntándose qué era ese extraño sentimiento que no lo abandonaba desde la noche anterior.
A la hora de la cena, cinco de los seis hermanos fueron a comer lo que su madre les había preparado. Como siempre, estaba todo delicioso, pero aún así, ninguno dijo una palabra. Era extraño, todos sentían como que algo faltaba, pero no estaban muy seguros qué era. Probablemente nada muy importante.
Esa noche prepararon la cama que compartían entre todos y se acostaron temprano.
-Me siento menos apretado que en otras ocasiones -comentó Todomatsu. Entonces miró a su derecha.
-¿Totty? -dijo Ichimatsu extrañado. Por lo general no podía verlo en las noches, ya que a su lado dormía...
-Voy a apagar la luz -dijo Osomatsu al tiempo que todo se volvía oscuro.
Dango, dango, dango, dango, dango, dango, daikazoku
-Jyushimatsu, ¿puedes callarte, por favor? -dijo Choromatsu mientras su hermano cantaba.
-Lo siento, Choromatsu niisan, pero recordé esta canción. Creí que la había olvidado, pero no, y me alegra tenerla conmigo.
-Yo también recordé esa canción. Nos la solía cantar mamá para que nos quedásemos dormidos -dijo Osomatsu sin poder evitar sonreír.
Dango, dango, dango, dango, dango, dango, daikazoku
Esta vez, Totty siguió cantando, y poco a poco los demás se le iban sumando a la melodía.
Yancha na yaki-dango yasashii an-dango. Sukoshi yumemigachi na tsukimi-dango
La melodía los relajó y todos, sin excepción, sintieron calidez en sus pechos, en sus corazones. Las últimas sílabas de la canción fueron apenas susurradas, ya que uno a uno iban cayendo en un feliz sueño. Finalmente los cinco hermanos se quedaron dormidos tranquilamente.
