Capítulo 1.1:
Cremè Brulé
Madeleine se observó a sí misma en el espejo. Se encontró criticando su figura cada vez que se arriesgaba a alzar los relieves de su cintura cuando apretaba más esa zona del camisón con ayuda de sus manos. Ladeó un poco su cabeza para observar mejor el cabello que casi alcanzaba la zona pélvica y fue una de las pocas zonas de sus caderas que no criticó. Aquellos cabellos rubios cayendo en semi ondulación le provocaban, por el contrario, cierto orgullo.
Y de nuevo volvió a pensar en sus caderas. ¡Eran demasiado pequeñas! ¿Cómo esperaba ser perfecta para él si tenía unas caderas tan finitas que apenas y pronunciaban su cuerpo? Dio una ligera vuelta de cuarenta y tres ángulos a la derecha antes de volver a su situación actual. Ni viéndolo desde otro ángulo lograba agradarse a sus propias caderas. Genial.
Aunque, el camisón le gustaba. Olía a rosas, era ancho y cómodo. Además, era de Francis, ¿por qué no habría de gustarle? Acercó su nariz al textil, inmediatamente sintió la fragancia de las flores del amor traspasar sus fosas nasales.
Escuchó como el francés se removía en sus sábanas. Se volteó un poco asustada y al ver que simplemente se había removido en sus sueños se alegró un poco. Mínimo, tendría la oportunidad de despertarle por ella misma.
Entonces, se acomodó más sensualmente la camisa y observó sus piernas desnudas, eran bonitas, no las despreciaba tanto y se aseguró de nuevo que no tenía sostén que le impidiese a Francis despertar con una buena mañana. Aún era una chiquilla en lo que se refería a seducirle, pero la única condición que el otro le había informado era no ser tan tímida.
Con ese pensamiento en mente, Madeleine se acercó lenta a la cama y suavemente recargó una pierna en el borde de la cama, mientras alargaba su mano izquierda para tocar suave la nariz del hombre. Al ver cómo fruncía la nariz de forma graciosa no evitó que una ligera risita escapase de sus labios sonrosados, después, se acercó a su oreja y susurró palabras sensuales a su oído. Ni siquiera sabía lo que hacía, pero al menos tenía la certeza de que estaba surtiendo el efecto deseado en Francis, quien sonreía para sí en sueños. Lo que le hizo despertarse de los brazos de Morfeo fue, quizás, la ligera mordidita que Madeleine realizó en su oreja para añadir el toque que le faltaba a su sensualidad de principiante.
—Buenos días. —saludó gentil arrastrando un par de palabras al ronronear la palabra cuando los ojos del franco estuvieron enfocados en su rostro. Él, reconociéndola no desperdició tiempo y se aseguró de tener el control de la situación. Pronto, la canadiense se vio aprisionada en las manos del rubio y sintió como éste delineaba seductoramente todo el recorrido que se necesitaba realizar para bajar hasta sus piernas. Con una mano traviesa, hurgó un poco debajo de la camisa y la joven se vio en el apuro de reprimir un gemido por medio de hipido falso. Por supuesto, aquello no detuvo a Francis, cuya mano ahora se encontraba delineando uno de sus senos para después… parar. Madeleine le observó sorprendida y al ver la lujuria en la mirada del galo decidió no replicar nada. Sintió después como depositaba un casto beso en su mejilla y se alejaba de ella.
—Buen día. Pero… es muy temprano para eso mon amour, ¿no te parece? —Madeleine apartó la vista, repentinamente sonrojada por el comentario asistido de parte del franco. Quien, con toda su galantería (y nada de vergüenza) de por medio, salió de la cama—. Quédate aquí, prepararé un desayuno que te hará odiar los restaurantes de lo Gourmet que es.
Madeleine, más compuesta del anterior comentario (y tal parece, de su propia restricción a aceptar que seguía siendo una novata en esos aspectos) asintió con la cabeza. Sin poder evitarlo, se le quedó observando a su trasero lo que duró en desaparecer en el umbral de la puerta. Cuando se dio cuenta de lo que hacía, se regañó mentalmente, y aunque un ligero sonrojo cubría sus mejillas, no pudo evitar pensar que todo de Francis… era sexy.
—
Una hora después, se encontraba engullendo un delicioso Omellete preparado por el rubio. Y es que él nunca mentía cuando se trataba de cocinar, ¡era simplemente delicioso!
Le dio un sorbo a su jugo de naranja y comenzó una amena conversación con su pareja durante un par de horas antes de que ella se terminase su desayuno, entonces, al darse cuenta de eso el franco se dirigió a la cocina nuevamente y trajo en un pequeño y decorado plato, un postre de color blanco.
—Crème Brulé, —anunció orgulloso el nombre del postre, con su delicado acento francés señalando que era exquisito y a la vez sencillo—. Feliz aniversario.
¡Oh vaya! ¿Cómo podría olvidarlo? Después de todo, era su aniversario de noviazgo con Francis, quién diría que cinco años pasan así de rápido…
Con manos temblorosas, tomó el postre y la cuchara que su novio le ofrecía. Se retiró un mechón del rostro y sumergió la cuchara en la sustancia gelatinosa. Al instante, sintió algo anormal chocar contra la plata. Extrañada, sumergió la cuchara por un lado y se decidió a juntar lo que sea que hubiese obstruido el proceso anterior.
Cuando el cubierto surgió de la superficie se quedó estupefacta. ¿Acaso eso era…?
—Madeleine Williams, ¿te casarías conmigo? —Dijo levantándose de su lugar para encontrarse a su lado y arrodillarse. La canadiense se encontraba sin palabras… ¿tan repentino? ¿Era eso realidad? ¿No sería otra de sus varias bromas?
—Yo… —bajó la mirada pensándoselo un par de segundos, después, levantó la barbilla con los ojos iluminados y la boca torcida en una enorme sonrisa—. ¡Sí! ¡Claro! ¡Por supuesto que me casaré contigo! —Respondió al tiempo que se lanzaba a los brazos de, su ahora prometido. Ambos cayeron al suelo y se rieron juntos a la incomodidad después de un pequeño silencio ocasionado por la cuchara cayendo a su lado. Después de que sus ojos se conectasen, unieron sus labios en un beso sabor a Crema Quemada.
—Te amo Madeleine… —susurró entre besos el galo. La aludida se sintió orgullosa y la mujer más feliz del mundo.
—
«¿Lo que me dices es verdad, Maddie?»Preguntaba su hermano desde el otro lado de la línea. La canadiense no pudo evitar contarle la noticia cuando su novio se fuera a su propio departamento para cambiarse y después ir a su trabajo en el restaurante. La rubia volvió a observar a la gema entre sus dedos.
—Es cierto, hoy en la mañana se me propuso —aseguró intentando no gritar de emoción. Su hermano dijo algo al otro lado de la línea y ella finalmente se permitió celebrar con un agudo chillido.
«¿Cómo se te propuso?»Quiso saber. Su hermana no tuvo que pensarlo mucho tiempo para hacer memoria.
—Pues… despertamos y dijo que me prepararía el desayuno. —Comenzó queriendo ahorrarle los detalles sobre la forma en la que despertaron— Después de que me terminase un Omellete, el me trajo un postre… Crème Brulé, y dentro de él… ¡estaba el anillo! —Dijo sin poder evitar emocionarse con la última parte del relato— ¡Y le dije que sí!
«¡Eso es digno para ti, Maddie» Aseguró Alfred del otro lado de la línea, su menor realizó una pequeña sonrisa tímida y sintió a sus mejillas llenarse de rojo. «Y dime, ¿ya han planeado algo?»
—Acordamos que sería algo pequeño, ya sabes lo poco que me gusta encontrarme con gente a mi alrededor… —murmuró pensativa, buscando las palabras para todas las condiciones— también está… será sencilla, no necesito nada ostentoso para celebrarlo. Después de todo, estaremos juntos toda la vida, ¿para qué gastar tanto si puedo disfrutarlo con él por siempre?
«¿En verdad piensas pasar tu vida con él, hasta que la muerte los separe y todo ese rollo?» Inquirió extrañado Alfred. Después de todo, muchos matrimonios hoy en día se disolvían más rápido que un sólido en ácido. Y eso que tardaba relativamente poco tiempo en disolverse. Madeleine asintió y después se recordó que hablaba por teléfono y no en persona.
—Claro que pasaré toda mi vida con él. Sabes lo mucho que he pasado con él… no creo poder reemplazarlo si se me escapa de las manos. Y no sé qué haría sin él… —murmuró ensimismándose y haciendo que Alfred rodase los ojos. ¿En verdad le amaba a tal grado? Bueno, su hermana siempre había sido tímida y sólo hubo dos chicos en su vida: Carlos y Francis. Es cierto que era difícil para ella reemplazar a alguien, y después de romper su relación con Carlos se habían prometido no dejarse de lado. Y actualmente eran amigos inseparables. En cambio, Francis había sido otra cosa. Si bien, el cubano había sido desde su tierna infancia compañero de juegos y animador cuando él mismo la molestaba (pasado del que se avergonzaba) el franco había sido un giro espontáneo en su vida. Pasó de ser su mesero en aquella ocasión que se fue a cenar con Carlos (la primera que fueron como amigos después del percance) a encontrarse por obra del destino con ella en numerosas ocasiones. Fue más rápido de lo que creyó Alfred que le reemplazaría.
Y ahora simplemente no podía negarse al verlos juntos, simplemente parecían hechos el uno para el otro…
«¿Y has hablado con Carlos ya?» Mencionó recordándolo repentinamente, volviéndose al tema de los ex y lo difícil que sería reemplazar a su prometido.
— ¡Sí! Me llamó hace un par de minutos para contarme como van las cosas en su Viaje por Europa y le mencioné la noticia. ¡Me felicitó! Y dijo que me deseaba suerte.
«Yo igual me alegro por ti. ¿Ya tienen fecha?»
—Francis dijo que podíamos ponernos de acuerdo después de que regresase de trabajar. El problema con eso es que su turno termina hasta las cinco. —mencionó observando que apenas y eran las doce y media.
«Aun así, se supone que mañana no tiene turno, ¿verdad? No veo el verdadero problema en eso.»
—… Tienes razón. Gracias por apoyarme, Al. —sonrió alegre. Escuchó a su hermano del otro lado de la línea hacer sonidos extraños.
«Para lo que necesites Maddie. Te llamo luego, Ludwig está jodiendo con que apague el teléfono.» Mencionó al tiempo que Madeleine escuchaba un par de pitidos en señal de que el otro lado de la línea.
Ahora se encontraba sola en su casa. Tenía una columna que entregar pero tenía plazo hasta más tardar dentro de cinco días. No veía el verdadero infortunio en darse un par de horas para cuidar su piel. Después de todo, se sentía contenta, y en ocasiones como esas merecía celebrarlo. Si Francis estuviese con ella le sugeriría meterse ambos en la tina y platicar mientras, con una mano sostiene una copa de vino de la cosecha del '76, que era su favorito.
—
Había quedado con una amiga para que le hiciese el vestido. Elizaveta tenía su propio negocio que se encargaba de realizar vestidos, y había organizado una llamada hace ya tres días para que la ayudase a escogerlo para su día especial. Entonces, habían quedado en que aquél día podría asistir para que le tomase las medidas y ver los distintos diseños que la otra joven tenía disponible.
Estaba conduciendo su auto, Francis ese día trabajaba hasta las ocho, por lo que difícilmente veía que hablasen y se pusieran de acuerdo para algo más, aunque de algo estaba completamente segura: La boda sería en un mes.
Ya todo estaba semi organizado, sólo hacía falta ajustar detalles menores. Aunque, no por eso dejaba de encontrarse menos nerviosa.
Se estacionó fuera de la tienda de Elizaveta. Madeleine se encontraba más que contenta, ¡sería feliz con Francis! Y eso lo pudo notar Elizaveta al saludarla efusivamente y al ver la enorme sonrisa en los labios de la rubia.
— ¡Por Dios! Déjame verlo. —Pidió al tiempo que tomaba su mano izquierda y admiraba la gema— ¡Es bellísimo! Sé que hace una semana se comprometieron pero… apurémonos con ese vestido, ¿qué te parece?
Madeleine asintió con la cabeza sonriente y caminó al lado de la chica húngara.
—Hace mucho que no te veo la cara, dime, ¿cómo va todo? —Preguntó al tiempo que tomaba una cinta y comenzaba a tomarle medidas. La rubia lo pensó un poco y después respondió.
—Carlos dijo que regresaría dentro de un par de horas para asistirme de padrino. —mencionó mientras Eli le medía la cintura. La castaña le observó preocupada y se mordió el labio.
—Hmmm… pareces más delgada de lo normal, no soy quién para preguntarte pero ¿has comido regularmente? —El rostro de Madeleine empalideció. Elizaveta le fulminó con la mirada— Por favor dime que no lo has vuelto a hacer… —Rogó la castaña. Madeleine apartó la mirada y la húngara suspiró en pos de tranquilizarse, dejó la cinta medidora de lado y habló— hoy no te tomaré medidas, necesitamos primero que te vea un nutriólogo.
—Pero sabes que no es-
—Tu salud es más importante para mí, y estoy segura que para Francis también. —Madeleine quiso replicar algo, sin embargo se mordió la lengua y observó la forma en la que la húngara tomaba sus llaves y un saco para después hacerle señas de que la acompañara.
—
—Lo mejor será comprarte además de lo que recomendó un par de suplementos alimenticios, ¿te parece? —Dijo la castaña ya repuesta de su anterior enojo con la canadiense. La aludida estaba observando aturdida la ventana del co-piloto.
—Sí. —murmuró sin despegar su vista del cristal. Eli, al saberse ignorada bufó.
—Debes hablar con él, de lo contrario no te tomaré las medidas. —refunfuñó sin soltar el volante. Madeleine la observó con sorpresa.
— ¿Qué? N-No creo que sea buena idea… no es necesario que él lo sepa. Con que yo misma me haga cargo es más que suficiente.
—Vale, pero yo me aseguraré de que lo cumplas y de que no lo hagas de nuevo… es un hábito asqueroso y créeme que te lo digo, no hace bien.
—Lo sé… pero el punto es que yo…
—No importa la situación que te lo haya provocado, el punto es que bajo ninguna circunstancia lo vuelvas a repetir. —Paró un momento para suavizar su tono de voz— Estoy preocupada por ti.
Una lágrima que Elizaveta no alcanzó a ver surcó por la mejilla derecha de Madeleine.
—Lo haré, no te preocupes —aseguró.
—
Francis vigilaba que Antonio no quemase la sopa. Era, quizá por eso que no le gustaba que Tony le acompañase a visitar a Kiku.
—Ten cuidado de no envenenar su sabor con una sobredosis de sal. Recuerda que es sólo un pequeñ-
Se vio interrumpido al ver el monumento que paraba en el caldo. Después, observó horrorizado al culpable de tal crimen. Sintió una manita jalarle el codo de la camisa, levantó al pequeño de cabellos azabache y dejó que probase la aberración que Antonio había creado.
—Se puede arreglar si se le agrega res. —mencionó después de pensarlo. Le alcanzó el cucharón y dejó que Francis probara. Después de degustarlo asintió.
—Tienes razón, Kiku. Tony, tienes suerte de que este niño deseara ser mi aprendiz y que tuviese aprendizaje rápido. Que yo ni de chiste hubiera tocado la sopa después de la tonelada que le has dado. —El español rodó los ojos y buscó la carne en la tabla de la mesa. Se la pasó al francés y él la trozó al tiempo que la echaba al caldo.
En lo que faltaba para que se terminara de cocer, acompañaron a Kiku a su jardín. Su madre se encontraba fuera por lo que tenía todo el patio para entretenerse. Después de un par de minutos llegó con una bola de pluma entre las manos.
— ¡Señor Francis! ¡Está lastimado! ¡Ayúdeme a curarle por favor! —Ambos adultos observaron al polluelo preocupados. Después de prestarle la atención necesaria notaron que el pájaro no se movía. No supieron cómo explicarle la situación a Kiku. Francis, que pareció ser el que reaccionó más rápido a la situación se rascó la nuca.
—Mira… no está lastimado. Simplemente se encuentra en un mejor lugar.
— ¿Está muerto? —Inquirió contrariado. Francis asintió.
—Para su suerte, parece haber sido una muerte rápida.
Kiku siguió observando al pajarillo entre sus manos, sintiendo pena por él.
—
Madeleine se encontraba observando sus pies en la tina. Absorta, movía levemente sus manos en el agua. Suspiró y sumergió su cabeza en el agua para aclararse las ideas. Escuchó a la puerta abrirse y se decidió por salir de su baño. Tomó la toalla que había preparado y se cubrió con ella.
— ¡Maddie! ¡Ya llegué! —Escuchó la voz de Francis. Se apresuró de ponerse algo y se cubrió con un camisón con el que se había metido al baño. Comenzó a fingir que se secaba el cabello con la toalla y procedió a abrirla puerta. Descendió las escaleras y comenzó a buscar a Francis con la mirada. Al no encontrarle en ninguna parte se desconcertó, al menos hasta que sintió cómo alguien tapaba sus ojos. Hizo un ligero puchero y se paró en su propio lugar al tiempo que posicionaba sus manos en sus caderas, simulando enojarse.
— ¿Sabes? Con los ojos cerrados no puedo besarte adecuadamente… —para acallar sus quejas, el francés le atrapó los labios en un beso.
Le abrazó y hundió la cabeza en su cuello. Después dejó que Francis la llevase al comedor en dónde esperaba una cena iluminada solamente por unas cuantas velas. Con los ojos más que abiertos y la boca en una gran O, dio un paso sin poderse creer lo que había frente a sus ojos.
— ¿Q-Qué es esto? —Murmuró sintiendo que las piernas le fallaban. Francis le volvió a sonreír y le abrazó por detrás.
—Bueno, hace muchísimo que te debía esto. No encontré otro día mejor que hoy. Después de todo, en nuestro aniversario no te di nada. —La rubia seguía sin palabras. Desvió su vista a su prometido y de su prometido nuevamente al comedor. Sin caber en sí misma volvió a inquirir.
— ¿Cómo en tan poco tiempo? —Francis se encogió de hombros.
—Realicé la comida en el trabajo y la traje envuelta en aluminio para que no se enfriase. Después simplemente serví. —la canadiense volvió a observar los platillos. Se notaban deliciosos, eso lo podía decir sólo con ver. No sólo eso, al parecer, ya que todo lo que él cocinaba era delicioso. Apretó una de las manos de Francis ligeramente para después acercarse al comedor. Su prometido se apresuró para sacarle una silla.
Comieron y conversaron amenamente, el francés había destapado una de sus botellas favoritas y comenzaron a disfrutar de un par de copas. Después de que Francis recogiese las cosas de la mesa Madeleine se preparaba para salir.
— ¿A dónde irás? —Preguntó el galo. La joven se encogió de hombros al tiempo que se calzaba un saco.
—Iré a recoger a Carlos del Aeropuerto, se supone que su vuelo regresaba a las once y media. —Respondió al tiempo que abría la puerta. Observó fuera durante un par de segundos y después maldijo para sí— ¿Tú escuchaste la lluvia?
—No, ¿está lloviendo?
—Tal parece. —Tomó un paraguas, se quitó el anillo, no quería que nada le pasase— Regresaré al rato.
—Cuídate. —Susurró el franco asomándose desde la cocina. Demasiado tarde puesto que Madeleine ya se había salido.
—
En un principio, la lluvia no pareció arrecir tan fuerte. Después, al salir bien de la casa pudo notar que el tiempo era malo. En el sentido literal de la palabra.
Una hora y media después, era muy tarde en la noche y por si no era poco, el tiempo hacía mal. Lo que había comenzado con una pequeña lluvia terminó en una tormenta. Madeleine maldecía por no poner nunca el noticiario en la mañana, así al menos estaría segura de las posibilidades.
Su teléfono sonaba, activó el dispositivo de manos libres y contestó la llamada.
— ¿Aló? —Contestó dubitante.
«¿Todo bien allá mon amour? Aquí ha comenzado a llover muy fuerte»Madeleine suspiró. Después de evitar perder el control del volante, se tranquilizó.
—No lo creo. La buena noticia es que ya casi he llegado al Aeropuerto. No creo que sea buena idea regresarme ahora que estoy tan cerca. Le pediré a Carlos para que nos quedemos ahí en el Aeropuerto durante un par de horas para ver si el tiempo aminora. De lo contrario nos quedaremos allá hasta que se tranquilice. —Pudo sentir la ola de celos invadir a Francis, contó mentalmente hasta veintitrés (que era su edad) y después le respondió— Francis, sabes que ya no hay nada entre él y yo.
«No puedo evitar sentir celos de él siendo alguien que no hay desaparecido de tu vida aún después de…»
—Pero no es necesario que… —iba a replicar. Pero escuchó un pitido frente a ella y observó a unas luces acercarse sin freno. Abrió grandes los ojos. Aquellas luces fueron lo último que vio.
