¿Quién es usted?
-Su novio tenía razón – añadió el desconocido con toda naturalidad, poniéndose a la luz -. Esta casa sólo va a darle quebraderos de cabeza. Es mucho más vieja de lo que cree, y parte de las cañerías siguen siendo las mismas del principio. Y en cuanto a la instalación eléctrica... es un milagro que todavía no se haya producido un incendio, porque se hizo hace treinta años, y muy mal, por cierto – frunció el ceño con disgusto -. Agujerearon todas las paredes, e incluso rompieron algunas; es increíble lo que la gente puede hacer en nombre de la comodidad. Y luego está lo de la calefacción. Hasta yo mismo me quedo helado cuando sopla viento de la bahía, y no creo que usted tenia la intención de instalar una caldera moderna, ¿verdad? – movió la cabeza con aire pensativo -. En conclusión, creo que debe pensárselo mejor. Le aseguro que no sabe en lo que se está metiendo.
Durante unos minutos, Sakura se quedó tan asombrada que no pudo articular palabra. Aquél era el hombre más impresionante que había visto en su vida, y estaba tan absorta mirándolo, que no entendió nada de lo que le decía. Era alto y esbelto, características que quedaban resaltadas por el jersey de cuello alto negro y los pantalones ajustados del mismo color que llevaba. Su cabello, desordenado, era castaño, fino y un poco largo por detrás. Sus ojos castaños tenían una mirada profunda, espiritual e impresionante. Su tez era extraordinariamente clara, y en cuanto a los rasgos de su cara, destacaban las altas mejillas, su nariz aguileña y los labios perfectamente dibujados.
Lo primero que Sakura pensó al mirarlo fue que parecía un artista, pero luego cambió rápidamente de opinión, pues lo cierto era que más bien parecía el modelo de un artista. Rasgos clásicos, belleza inolvidable y esa gracia y manera de estar tan rara tanto en los hombres como en las mujeres. Pero lo principal era saber qué estaba haciendo en su casa.
Por fin recobró el aliento y fue capaz de preguntar:
-¿Quién es usted? ¿Cómo ha entrado?
-Le pido disculpas – respondió él haciendo una leve inclinación -. Me llamo Xiao Lang Lee. Y usted es...
-Sakura. Sakura Kinomoto.
-Encantado – respondió él pasando suavemente una mano por la repisa de la chimenea -. De todas formas, su novio se equivocaba en otras muchas cosas. La estructura de esta casa es tan sólida ahora como el día en que se terminó su construcción, y desde luego no se le va a caer encima, ni nada por el estilo – agregó con cierta indignación -. Fue construida para durar y durarán otros cien años más, desafiando a terremotos, inundaciones o... fuego eléctrico – concluyó dirigiendo una mirada cautelosa al techo.
Sakura se libró de pronto de la estupefacción que le habían producido sus modales y su voz musical y le dijo con cierta brusquedad:
-Perdone, pero, ¿cómo ha entrado aquí? ¿Qué hace usted aquí?
El desconocido la miró como sorprendido por la audacia de aquélla pregunta.
-Mire, querida, yo también podría hacerle la misma pregunta. Al fin y al cabo, ésta es mi casa.
-Su... - murmuró Sakura consternada -. Pero si acabo de dejar un depósito por ella. Soy la primera persona que ve esta casa, y nadie podría haberla comprado sin pasar por Kai. A no ser que... no será usted uno de los herederos del señor Lam, ¿verdad?
-¿Cómo? – murmuró él con el ceño fruncido -. Ah, se refiere al tipo que vivía aquí – se dirigió a la puerta, como si hubiera perdido el interés -. Era un individuo raro, sí señor. Pasó todos estos años encerrado aquí, solo. A mí me daba pena: Mire – añadió abriendo y cerrando la puerta doble sobre sus goznes -. Suave como la seda.
-Porque si es usted... quiero que sepa que me encanta esta casa. Sea cual sea el precio que usted fije, dentro de unos límites razonables, por supuesto – agregó rápidamente -, estoy segura de que la casa lo vale. Si teme que no sepa mantenerla, puede perder cuidado. Estoy en condiciones de permitirme el mantenimiento diario e incluso las reparaciones que necesite... Mire, entiendo que le cueste trabajo vender una casa que ha pertenecido durante tanto tiempo a su familia, pero le prometo que la cuidaré lo mejor posible. Comprendo que debe albergar muchos recuerdos para usted, y no sé qué más decirle, salvo que me esmeraré al máximo para cuidarla.
El hombre levantó la vista de la puerta y le dirigió una mirada extraña y pensativa.
-La creo – murmuró.
Sakura dejó escapar un suspiro de alivio.
-Entonces, ¿le parece bien? ¿Permitirá que me quede con la casa?
-La verdad, no veo qué puedo hacer yo para impedírselo – respondió él encogiéndose de hombros con aire negligente, y pasó a través de la puerta hacia el salón contiguo.
Sakura lo siguió un tanto desconcertada.
-Pero yo creía...
-Dios mío, qué color tan espantoso – exclamó de pie en el centro de la habitación, con los labios fruncidos en una mueca de disgusto -. ¿Cuándo han hecho esto? De todas formas, no llega a ser tan horroroso como el papel pintado del piso de arriba. ¿Sigue estando el estampado de rosas? Hace tiempo que no lo veo.
Sakura asintió sin decir nada.
-No me explico cómo nadie es capaz de dormir en una alcoba semejante. Personalmente, no comprendo por qué la gente se empeña en cubrir las paredes. Están forradas de madera, y los paneles se pusieron para que lucieran en toda la casa. Yo seleccioné personalmente los mejores... palo de rosa y teca, y corazón de pino en esta habitación, para que reflejara la luz.
Sakura parpadeó, aturdida.
-¿Perdón?
El hombre se acercó a la repisa de la chimenea y la inspeccionó.
-Bueno, menos mal que no pintaron la repisa. Eso también estuvo de moda durante un tiempo. El mármol es importado de Italia, ¿sabe,como las baldosas del vestíbulo.
Sakura sacudió la cabeza, atónita.
-No, no lo sabía – entonces carraspeó, empezando a estar preocupada -. Perdone, pero, ¿qué precio pide usted?
Él le dirigió otra extraña mirada, como si pensara que era un poco lerda.
-Querida mía, yo no tengo la menor idea. Esta casa no la vendo yo.
-Pero... ¡si acaba de decirme que era suya! Usted me ha dicho que era el heredero del señor Lam.
-Yo no he dicho nada de eso.
Sakura lo miró alarmada primero e indignada después.
-Pero usted... usted me ha inducido a creer... ¿Quién es usted? – le preguntó con furia.
Él se dirigió al balcón y lo abrió de par en par. Luego se quedó allí de pie, con las manos en la espalda, contemplando el jardín.
-Dios mío... – murmuró -. Desde luego, han dejado que la casa se deteriorara. Le va a ser muy difícil volver a ponerla en orden, si es que lo consigue.
Sakura avanzó un paso hacia él, pero después se lo pensó mejor y retrocedió. Si no era el dueño legal, tenía que ser un intruso. Y aunque de ningún modo parecía peligroso, era consciente de que se encontraba en una casa vacía con una persona que no tenía derecho a estar allí.
-Está usted en una propiedad privada – le dijo fríamente, armándose de valor -. Salga de aquí inmediatamente.
Él la miró con aire divertido.
-¿Y dónde me aconseja usted que vaya?
Sakura se quedó desconcertada por lo inesperado de la pregunta y por el atractivo brillo de su mirada. Volvió a recorrer con la vista aquel cuerpo esbelto embutido en negro con su pose graciosa e incluso sexy. Luego volvió a ponerse seria y le dijo de modo tajante:
-Le aseguro que me trae sin cuidado. Pero esto es una propiedad privada y usted no pinta nada aquí. Si no quiere meterse en líos, le aconsejo que se marche inmediatamente.
Aquello era un farol, y él debía saberlo, pues en la casa no había teléfono, y por lo tanto no podía avisarle a la policía. Sakura se encontraba completamente sola en aquélla casa vacía, y si pedía auxilio, la ayuda llegaría demasiado tarde. Por lo tanto, lo más sensato habría sido salir corriendo de allí, pero Sakura no siempre era razonable cuando estaban en juego sus derechos individuales. Era hija de un soldado, y se negaba a retirarse sin oponer resistencia.
El hombre volvió a entrar, dejando el balcón abierto, y atravesó la sala en dirección a la biblioteca. Sakura lo siguió, sin poder hacer nada.
-Esta madera es de ciprés – comentó él -. Con el tiempo se ha oscurecido y se ha puesto muy bonita, ¿verdad?
A Sakura la sorprendió aquel brusco cambio de tema.
-Yo creía que era roble... – murmuró con voz trémula.
Él negó con la cabeza, agitando su flexible pelo castaño.
-No, en absoluto. Un constructor ordinario habría utilizado roble, pero el ciprés es mucho más duradero, sobre todo en este clima. ¿Ve? No cruje, ni se abomba con la humedad o el calor. Hay que tener mucho cuidado a la hora de diseñar estanterías, porque es indispensable que no cedan con el peso de los libros. Por supuesto, hoy en día a nadie se le ocurriría utilizar ciprés. Era mucho más fácil de encontrar cuando se construyó esta casa.
Sakura empezaba a sentirse intrigada. Ciertamente, aquel hombre era un intruso, y empezaba a sentirse incómoda, pero por otro lado, él no tenía una actitud violenta, y además sabía muchas cosas acerca de la casa. Sin dejar de mirarlo con cautela, por temor a movimientos inesperados, dijo:
-Kai me comentó que esta casa tenía más de cincuenta años.
-Muchísimo más – asintió él -. El último clavo se colocó en 1895.
-No puede ser – replicó Sakura inmediatamente -. Este barrio no es antiguo.
-Claro que no – asintió él mientras señalaba la ventana con un ademán -. Todas las casas que la rodean se construyeron mucho más tarde. Naturalmente, me halaga el hecho de que imitaran mi estilo, pero es una verdadera pena que me quitaran la vista. Antes resultaba espectacular, pues hasta donde alzaba la vista sólo había prados y bosques. A mí me preocupaba el entorno tanto como el diseño de la casa, y por eso cuando vi esta finca pensé que era lo mejor que podía encontrar. Esta casa era una residencia campestre muy alejada de la ciudad.
Sakura se sentía cada vez más insegura y confusa al escuchar aquellas cosas. La cabeza le daba vueltas. Aquel hombre no podía ser un ratero común, porque un ladrón no utiliza un lenguaje tan culto y refinado. De hecho, hubiera sido más natural encontrar un personaje así en un museo de Europa que en una casa abandonada de la bahía Chesapeake, en Mariland. No podía tener más de treinta años, y sin embargo hablaba como si hubiera dedicado su vida a estudiar la historia de aquélla casa y sus alrededores. ¿Una casa de campo? ¿Desde cuándo las afueras de Baltimore podían considerarse un retiro campestre?
-¿Cómo sabe usted todas esas cosas? – le preguntó con cautela.
Él esbozó una sonrisa cargada de amabilidad y condescendencia.
-Pero si ya se lo he dicho. Porque ésta es mi casa.
-Querrá decir que ha vivido aquí.
-No. Quiero decir que la construí yo – respondió él con toda la seriedad del mundo.
-Pero si acaba de decirme que esta casa se construyó en 1895.
-Exactamente.
Sakura sintió una opresión en el pecho. Peor que un ladrón: estaba loco, y ella se encontraba allí atrapada, con él. Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para conservar la calma, e incluso consiguió esbozar una sonrisa.
-Entonces, ¿cuántos años tiene usted?
Él frunció las cejas, pensativo.
-No estoy seguro... ¿en qué año estamos?
Sakura empezó a temblar. Lo más sensato que podía hacer era salir corriendo hacia la puerta, pero quizás aquel gesto lo incitaría a la violencia. Además, con su estatura y su agilidad de movimientos, la alcanzaría en cuestión de segundos. Era la primera vez que se enfrentaba a un psicópata, y lo que le pareció más adecuado fue mantener la calma y conseguir que siguiera hablando. Mientras tanto, miró a su alrededor buscando algún tipo de arma.
Como ella no respondió de inmediato, el desconocido se encogió de hombros y dijo:
-Bueno, no tiene importancia. En cualquier caso, soy veinticinco o treinta años más viejo que esta casa.
Sakura consiguió hablar con mucho esfuerzo.
-Pues se conserva muy bien para su edad.
-Gracias – respondió él metiéndose las manos en los bolsillos -. Aunque eso no es mérito mío, claro está. Es una de las ventajas que tiene mi estado.
-Su... estado.
Sakura acababa de descubrir un atizador metálico en el hueco de la chimenea. Con el mayor disimulo posible, empezó a acercarse.
-Sí, claro, mi estado. Sé que esta situación es un tanto violenta para usted, pues veo que no ha deducido la verdad. El caso es que yo... he fallecido.
Sakura se quedó clavada en el sitio y lo miró fijamente. Aquello era peor todavía de lo que había pensado. Evidentemente, aquel hombre tenía más imaginación que un psicópata normal. La situación empeoraba por momentos.
-Lo siento – murmuró, pues no se le ocurrió decir otra cosa.
-No lo sienta. Debe mirarlo desde mi punto de vista.
Entonces le miró como si la viera por primera vez. La repasó desde la punta de los cabellos hasta los botines, deteniéndose en cada uno de los detalles: los pendientes de aro, la falda de vuelo y la larga bufanda que llevaba enrollada al cuello. Sakura, incómoda por aquel escrutinio, se sintió un poco aliviada cuando él dijo:
-Interesante – y después, mirándola a los ojos con una sonrisa, añadió: - En efecto, es usted una joven interesante. Creo que me gusta.
-No sabe cuánto me alegro – respondió Sakura débilmente.
La sonrisa de él se hizo más amplia, y su mirada se volvió conspiradora.
-Por supuesto, cualquier persona normal, lo habría deducido mucho antes, pero eso no es un punto menos a su favor. A mí nunca me han entusiasmado las cosas normales – mientras hablaba, Sakura avanzó otro paso hacia la chimenea -. Aparte de todo, no parece que esté usted asustada en lo más mínimo, cuando es probable que una persona normal lo estuviera.
-¿Y por qué iba a asustarme? Usted no quiere hacerme ningún daño, ¿verdad?
-Por supuesto que no – respondió él con aire digno, como si la sola idea le pareciera un insulto -. Me parece, simplemente, que muy pocas personas reaccionarían con tanta tranquilidad a la vista de un ser incorpóreo.
-Bueno, acaba de decir que yo soy diferente a la mayoría de la gente – respondió Sakura en tono apaciguador -. Y yo no puedo asustarme por algo en lo que no creo, ¿verdad?
Él la miró, un tanto confuso.
-¿En qué no cree?
-En los fantasmas – respondió ella con serenidad.
Ya estaba lo suficientemente cerca de la chimenea como para sentirse más tranquila. Un solo movimiento más, y tendría el atizador en la mano.
Él hizo una mueca.
-Qué palabra tan prosaica.
-Me da igual el nombre que les dé. Yo no creo en ellos.
Daba la impresión de que aquélla conversación lo divertía.
-Bueno, dadas las circunstancias, yo me atrevería a decirle que el hecho de que usted crea o no carece de importancia – y a continuación, dándose una palmadita en el pecho, agregó -: Lo cierto es que estoy aquí... de eso no cabe duda.
-Pero eso no significa que sea usted un fantasma.
-Acabo de decirle que lo soy.
Sakura miró de reojo el atizador, esperando que él no lo hubiera notado. Y aunque lo notara, ella lo alcanzaría primero.
-En ese caso, demuéstremelo – le desafió sosteniéndole la mirada.
-¿De qué manera?
-Haga algo propio de un fantasma. Desaparezca, atraviese una pared, o arrastre cadenas, lo que quiera...
-Bah, esos son trucos de salón de niños – respondió con aire desdeñoso.
Sakura aprovechó aquel momento para asir el atizador con ambas manos por encima del hombro, como si se tratase de un bate de béisbol.
-De acuerdo – le dijo respirando dificultosamente -. No quiero hacerle daño.
Él no pareció sorprenderse ni inquietarse.
-No se preocupe, aunque quisiera, no podría hacerme daño.
Sakura empezó a retirarse cautelosamente hacia la puerta, con el corazón palpitante.
-Voy a salir de aquí. No se acerque a mí y no le ocurrirá nada. No intente detenerme.
-Preferiría que no se marchara. Me apetece charlar con usted un poco más.
Los tres metros que separaban a Sakura de la puerta de pronto le parecieron una distancia insalvable. Dejándose llevar por el pánico, dio media vuelta y salió corriendo. Pero para su sorpresa, y aunque era imposible, lo encontró plantado delante de la puerta. Hacía sólo dos segundos estaba en el extremo opuesto de la habitación, y ahora se encontraba a dos pasos de ella, impidiéndole el paso. Sakura ni siquiera lo había visto moverse.
Cegada por el terror, Sakura asió el atizador con todas sus fuerzas y se lo tiró encima. A aquélla distancia no podía fallar; el golpe debía dejarle inconsciente, o algo peor. Sakura pensó todo aquello en un segundo de terror y arrepentimiento solamente una décima de segundo antes de que viera el atizador atravesando limpiamente su cuerpo, chocar contra la pared y caer al suelo sin tocar a nadie.
Sakura reprodujo la escena en su imaginación una segunda y una tercera vez. Cómo el pesado atizador de acero voló por los aires, atravesándole a la altura del hombro como si no hubiera ningún obstáculo, como si de una figura holográfica se tratara. Volvió a verlo arqueando las cejas, como si le reprochara su salvaje comportamiento. Después se agachó y le devolvió el atizador con muy buenas maneras.
Entonces Sakura echó a correr. Se las arregló para pasar por la puerta, abrió la puerta principal, entró en su coche y arrancó el motor. Al cabo de unos minutos llenos de terror y velocidad, se encontró a sí misma en el aparcamiento de un edificio situado a unas cuantas manzanas, agarrada al volante y temblando de pies a cabeza.
No sabía cuánto tiempo pudo estar allí, mirando a los coches que pasaban por la calle que tenía enfrente, temblando y tratando de respirar profundamente. Por fin empezó a aclarársele la mente, y pensó que tenía suerte de seguir con vida; no por lo que acaba de ocurrir en la casa, sino porque no sabía cómo había podido llegar hasta allí en el coche.
Al cabo de un rato, apagó el motor y se quitó el cinturón de seguridad. Se mezo los cabellos y sacó la mano húmeda. Estaba sudando a mares. Se apoyó en el reposacabezas y respiró hondo.
-Bueno – murmuró con un hilo de voz -. No me ha pasado nada.
Pero, ¿cómo podía decir que no le pasaba nada cuando acababa de ver lo imposible? Lo que había visto en aquélla casa iba en contra de la lógica y la razón, y la única explicación posible era que había sufrido un ataque de locura... que estaba perdiendo la cabeza. ¡Pero ella era una científica, no podía perder la razón!
Permaneció unos minutos con la mente en blanco, observando a la gente. Empezó a calmarse un poco, y al cabo de un momento empezó a decirse que sus sentidos la habían engañado. Ella no había visto el atizador atravesando el cuerpo de aquel hombre. ¿Cómo podía estar segura? Después de aquélla absurda conversación sobre fantasmas, era lógico que su imaginación le hubiera jugado una mala pasada. Había sido víctima de la histeria, sin duda.
Tenía una cabina telefónica muy cerca, y sabía que lo que debía hacer en aquel momento era llamar a la policía. Pero, pensándolo bien, lo más probable era que cuando la policía llegara el intruso hubiera desaparecido. No se trataba, por otro lado, de denunciar un asalto o un intento de robo, pues entre otras cosas, en la casa no había nada que robar. De todas formas, había allanado una propiedad privada, y su deber de ciudadana era avisar a la policía de que había un loco suelto por el barrio. A pesar de todo, Sakura no se sentía con fuerzas para hablar con la policía. Prefería marcharse a casa, tomarse una copa de vino, y después llamar a la policía.
Después de pasarse por el supermercado para comprar algunas cosas que necesitaba, cuando llegó a su edificio de apartamentos, Sakura ya estaba más tranquila, y aunque no había olvidado el incidente, por lo menos ya no estaba asustada y podía razonar. Las leyes físicas de la materia no permitían el desplazamiento de una masa mediante un atizador de chimenea sin que esa masa sufriera algún daño. No existían pruebas que demostraran la existencia de los fantasmas.
Por lo tanto, sólo cabía una explicación: que lo que ella creía haber visto no era más que una aberración momentánea, una alucinación visual o incluso un hábil movimiento del desconocido. Algo había ocurrido, pero no del modo en que ella lo había percibido. Era algo muy simple, de lo que no debía preocuparse. Una cosa tenía clara, no obstante: si la intención de aquel individuo era asustarla para que no comprara la casa, no iba a salirse con la suya. Una vez que Sakura Kinomoto tomaba una decisión con respecto a cualquier cosa, ya no se echaba atrás, y si algo sabía con seguridad era que quería comprar aquélla casa.
Ningún ladrón de aspecto sexy, buenas palabras y mente pervertida iba a disuadirla de ello. Si se veía obligada a colocar barrotes en las ventanas y puertas blindadas, así lo haría, pero la casa iba a ser suya.
Decidió que no iba a contarle a Kai lo sucedido, pues al presentarse ante él como una mujer en apuros, lo único que conseguiría sería despertar todavía más sus instintos machistas de protección, y eso ella no lo soportaba. Primero no quería que comprara la casa, y no le convenía añadir el dato de que el vecindario era peligroso a su lista de razones en contra. En resumidas cuentas, iba a ahorrarse un montón de problemas si no le decía nada.
Al entrar a su edificio, que estaba vigilado por una empresa de seguridad, se sintió completamente tranquila y a salvo. Por lo menos los edificios modernos tenían la ventaja de que uno no se encontraba con fantasmas por ahí. Cogió las bolsas de papel del supermercado del maletero y subió por el tramo de escaleras que conducía a su apartamento. Mientras metía la llave en la cerradura se preguntó si Kai la habría llamado ya para contarle algo acerca del contrato y si se había acordado de dejar el contestador automático puesto. También, a pesar suyo, debía llamar a la policía.
Abrió por fin la cerradura, empujó la puerta con el pie y buscó a tientas el interruptor de la luz. En aquel momento, una figura larga y delgada se incorporó del sofá, poniéndose en pie.
-Hola- dijo Xiao Lang Lee.
Continuara...
Hi! Como estuvo fantastico verdad jejeje un fantasma si ya se Sakura teme a los fantasma y todo es por eso que quise esta entre todas, lo imaginan.
Bueno intentare actualizar pronto, Reviews please.
Besos, Ciliegia.
