Lo admito, he tardado más de lo que pensaba, pero debía ir utilizando poco a poco un tono más dramático y menos humorístico y ha sido más difícil de lo que pensé en un primer momento. Ah, lo de la idea de "Eren enfermero" me la dio Hessefan, así que tuve que utilizarla porque era demasiado hilarante para poder aguantarme.

Es la primera vez que escribo un fic de más de un capítulo en un año... se hace raro seguir con esto.

El siguiente capítulo es el último si no pasa nada así que no tendréis que esperar mucho más.

Nos leemos abajo.


Desde aquel primer encuentro con Annie convertida en titán, la pierna de Rivaille siempre le había dado muchos problemas y con el trote del caballo no hizo más que agravarlos. Por ello, el diagnóstico no fue muy esperanzador: esguince de segundo grado, de tres semanas a un mes de recuperación. Perfecto, simplemente perfecto. Y encima, el doctor había sido intransigente, debía guardar cama durante tres días sin opción a negociar. «¡Te ataré a la cama si es necesario!» Para un hombre de acción como él no se le ocurría nada peor que pasar setenta y dos horas sin hacer ni un maldito movimiento.

Ah pero, cómo no, Eren también estuvo presente así que hizo su convalecencia mucho menos soportable.

Desde el principio Rivaille le puso en claro que no tenía ninguna intención de darle las gracias. Fue un pobre intento que se fuera ofendido y ya le dejara en paz, pero como supuso Eren no quiso moverse de su lado nada más que para terminar sus tareas rápidamente e ir al baño. Incluso comió en la misma habitación que él y no se fue a su habitación ni para acostarse en una cama decente. Acabó dormido sentado en la silla, con los brazos cruzados y la barbilla en el pecho lo que le provocó unos dolores horribles en la zona de las cervicales.

Y cada hora Rivaille estaba más irritado. El sol de la mañana le dio de lleno en la cara y le irritaba pensar en los titanes. Veía una mota en el suelo a cinco metros de él y le irritaba no llegar a limpiarlo con un paño. E incluso había llegado a detestar la cara siempre sonriente de Eren, algo que nunca creyó que le pasaría. Irritante, simplemente irritante. Había acabado pensando que todo era culpa suya, si él hubiera entendido desde el principio que ellos dos sólo eran superior y subordinado nada habría pasado. Sí, tenían una buena relación basada en la confianza mutua que podía confundirse con algo parecido a la amistad, pero sólo era eso. Maldita sea, ¡estaba en esa cama sin mover un músculo porque Eren no podía controlar sus putas hormonas! Acabó apretando los dientes con fuerza para no ladrarle los insultos que se había inventado durante la noche y para verle largarse con el rabo entre las piernas. Al final se las ladró de todas formas, pero Eren ni se inmutó.

Durante esas pocas horas, el chico se dedicó a vigilarle para que se tomara los antiinflamatorios y cuidarle para que no le faltara de nada. ¿Que quería un almohadón más mullido? Eren le traía siete. ¿Un libro más interesante? Eren cogía todos los que veía de esa misma temática. ¿Demasiado frío? Eren cogía las mantas más limpias de la lavandería y se las ponía en las piernas con cuidado para no rozar el tobillo herido. Rivaille ya se había mentalizado que iba a cuidarle durante esas largas tres semanas y, desgraciadamente, nada ni nadie conseguiría separarle de él.

Bueno, menos una orden directa de su capitán.

—Déjanos solos —dijo Irvin entrando en la habitación. Eren sólo dudó durante un segundo, al momento siguiente ya estaba fuera cerrando la puerta tras sí para dejarles mayor intimidad—. Vaya, es muy obediente.

—Mucho. Excepto cuando le digo que me deje solo de una puta vez —replicó Rivaille poniéndose cómodo entre la multitud de almohadones y dejando la taza de té a un lado.

—Sí, ya veo que estás muy mal atendido —bromeó Irvin mirando a su alrededor—. ¿Cómo te encuentras?

—Ya no me duele, ahora sólo estoy aburrido. Quiero salir de aquí y entrenarme un poco, incluso me divertiría escuchar a Hanji hablando de los titanes otra vez —gruñó pasándose la mano por el pelo. Necesitaba darse un buen baño caliente—. Ando mandándole tareas al crío para que me deje a solas un rato porque parece que no quiere despegarse de mí.

—Parece que le importas.

—Lo que parece es que le gusta dar por culo —espetó Rivaille arrepintiéndose de inmediato de esa afirmación—. ¿Qué querían en la capital?

—Parece ser que hay un supuesto nido de titanes cerca de aquí. No sé, no estoy seguro de lo que es. Encontraron huellas de humanos junto con titanes, como si estuvieran andando juntos o se hubieran convertido en la mitad del camino. Yo no confío mucho en eso, ya sabes que los titanes van por libre aunque es posible que se estén reuniendo después de lo que pasó con Annie. —Rivaille asintió en silencio, escuchándole con avidez—. Quieren que mande una partida para investigar los alrededores. No confío encontrar nada, ya se habrán largado de ahí al ver que los estamos investigando, pero órdenes son órdenes y debo obedecerlas. Me tienen en el punto de mira desde mi accidente y por ahora no puedo decidir por mí mismo, si quiero seguir siendo el Capitán tengo que cumplir como se espera de mí, aunque tomando las precauciones necesarias.

—¿Y por qué no te llevas a Eren? —preguntó entrelazando sus manos en el regazo—. Así el chico aprende un poco de trabajo de campo y la partida irá más segura al haber un titán entre ellos, imagínate que les atacan.

—Tú lo que quieres es que te libre de él un par de días. —Rivaille sonrió sin avergonzarse—. No me fío de Eren si no estás delante para controlarle.

—Vamos, Irvin, sabes que no soy su puto apéndice y ya le has visto transformarse. Lleva al menos un año sin perder el control y es de mucha ayuda. Confía en el chico, lo hará bien.

Al ver a Irvin pensativo, Rivaille se dio cuenta de que tenía la batalla ganada. A primera vista parecía que estaba dudando, pero le conocía lo suficiente para conocer todas y cada una de sus expresiones. Sólo estaba sospesando las posibilidades, pero Eren iba a ir en esa partida le gustara o no.

—De acuerdo. —Rivaille suspiró aliviado—. Pero la expedición durará cuatro o cinco días, en menos de una semana estará de nuevo aquí dándote por culo —añadió con una sonrisa maliciosa.

—No pasa nada, Irvin. Lo dejo en tus manos —contraatacó Rivaille, sabiendo quién iba a ser el ganador de esa batalla verbal.

La partida estaba compuesta por cuatro hombres, incluidos Eren y Mikasa ya que esta no había consentido separarse de su hermano del alma. Había llegado a sus oídos unos rumores que decían que la chica se había encerrado en el despacho de su Capitán durante una hora y que aunque no habían levantado la voz en ningún momento, cuando salieron de su despacho él estaba lívido y ella satisfecha. Pero como todos los rumores, Rivaille lo olvidó al segundo.

Los chicos iban a salir al día siguiente y él cada vez estaba de mejor humor. Se le abría un mundo de posibilidades al pensar quedarse, no uno ni dos, sino al menos cinco días sin la sempiterna presencia de Eren siempre a su lado. Era la primera vez que se encontraba realmente a solas desde que el mocoso apareció en su vida ya que el chico no había consentido despegarse de él en todo ese tiempo. Y, siendo justos, Rivaille tampoco había hecho un verdadero esfuerzo de apartarse de él. En fin, más un centenar de horas solo se le aparecían ante los ojos como si fuera un verdadero alivio.

Pero, como nada en la vida de Rivaille era un camino de rosas, Eren se apareció en su habitación poco minutos antes de marcharse. Y el chico parecía mucho más nervioso de lo normal así que gruñó ante la posibilidad de que se hubiera negado a alejarse de su Sargento cuando este estaba convaleciente. Pero no lo consentiría, Eren se iba a largar de ese castillo, aunque sea a rastras.

—Hola —tartamudeó desde el marco de la puerta sin atreverse a entrar—. Supongo que ya sabrá que me marcho.

Rivaille no pudo, ni quiso, disimular un suspiro.

—Sí, me lo dijo Irvin. Pásatelo bien y no hagas muchas locuras.

—El caso es que… no quiero irme sin decirle… algo.

Oh, no. No, no, no, no. No podía confesarse ahora, no podía partirle el corazón antes de una expedición. Estaría muy distraído y no podría conservar la mente fría en todo momento.

—El caso es que… Sargento… —repitió el chico sin saber cómo empezar— Yo… yo llevo mucho tiempo queriendo decirle…

—Eren. No —atajó Rivaille. La garganta se le secó de golpe cuando vio la mirada destrozada del joven soldado y el pequeño temblor en el labio que le indicaba que sólo el orgullo era lo que le impedía ponerse a llorar. «Me cago en la puta, me estoy volviendo un blando»—. Quería decir que ahora no, no es el momento de hablar. Te vas en unos pocos minutos y supongo que tendrás muchas cosas que decirme, ¿no?

La mirada desolada de Eren se transformó en dudosa, insegura. Bien, al menos había evitado la crisis, ahora sólo quedaba esperar a que volviera para hablar como los adultos que eran o pretendían ser.

—Sí, tiene razón. Lamento haberle molestado, Sargento —dijo Eren dando un par de pasos para atrás—. Le… le echaré de menos.

—Ajá. Me parece bien.

—¿Y usted… no me va a extrañar?

Ay, por el amor de Sina. ¿Es que no se iba a largar de una vez?

—Yo sólo echo de menos a los muertos, los vivos ya están aquí —le contestó desinteresadamente.

Eren le ofreció una media sonrisa algo triste y asintió.

—Sí, tiene usted razón… de nuevo —afirmó entrecerrando la puerta—. Nos vemos a la vuelta.

Por instinto, o pura idiotez, Rivaille tuvo el impulso de alargar la mano con una petición que murió en su boca antes de que pudiera salir. «No vayas».

Agitó la cabeza quitándose esas ideas de la cabeza. ¿Pero qué estaba pensando? Lo que quería era que se largara y lo dejara en paz de una vez por todas, no quería retenerlo con él ahí. Eren debía irse, le haría más hombre y a lo mejor se daría cuenta que entre ellos dos no iba a haber nada nunca. Todos ganaban.

Sí, era mejor así.

oooooooo

El primer día fue perfecto. Ya había pasado el tiempo preventivo que Rivaille debía estar en la cama sin moverse y al fin salió para hacer las tareas que podía, entre ellas limpiar y acondicionar la zona oeste, presentarse ante los nuevos, que era grupo bastante menos numeroso que los años anteriores, y explicarles cómo funcionaba todo en esa Legión. Escuchó a un chico diciendo en voz baja algo como «da mucho más miedo en persona» pero obvió el comentario.

Fue muy curioso lo que le ocurrió tras haber visto a una chica ponerse lívida al mirarla durante un segundo. Sonrió y se dio la vuelta para comentárselo a Eren, cuando recordó que ya no estaba. Frunció el ceño y les ordenó que pusieran en grupos para mandarles alguna tarea estúpida que se le ocurriese, pero ni así pudo mejorar su humor. Finalmente, a la hora de la cena tuvo mucho cuidado en ponerse al lado de Irvin y preguntar, de pasada claro, que si sabía algo de la expedición.

—He enviado también a la chica que tenía los pájaros amaestrados. Todos los días le mando uno y ella me lo devuelve en respuesta con su emplazamiento exacto atado a la pata. Así sé dónde están, aunque no pueda ir con ellos —gruñó todavía molesto por su condición.

—Ajá, sí, muy interesante —afirmó Rivaille sin haber escuchado mucho—. ¿Y sabes algo de Eren?

—¿Por qué quieres saberlo? —preguntó Irvin alzando una ceja.

No tenía ni idea. Quizá era que se seguía preocupando por él, más por inercia que por otra cosa. Las viejas costumbres no se podían evitar.

—Por nada, olvídalo.

El segundo día no fue mucho mejor. Seguía persiguiendo el fantasma de Eren detrás de él aunque supiera a ciencia cierta que no lo iba a encontrar, pero le resultaba muy fácil olvidarlo. Se convencía diciendo que era normal buscar su silueta a cada hora, el chico había estado cerca durante años y era comprensible que ahora le echara en falta. Eren había estado ahí cada vez que había tenido un problema y quizá le hubiera ayudado a solucionarlo un par de veces, y cuando se enfadaba Eren siempre le animaba para que descargase su furia en él y dejara en paz a esos novatos que lo miraban con miedo. El chico se había encontrado a su lado cuando la melancolía le ahogaba y no podía hablar para expresar absolutamente nada, le había acompañado en su dolor sin decir ni una palabra porque sabía con demasiada certeza por lo que estaba pasando.

—Tengo miedo —le confesó un día que ambos estaban agotados de haber visto tanta muerte.

—¿De qué? —preguntó Eren mirando al vacío como él.

—De dejar de sentir. De dejar que me importe todo esto. De convertirme en lo que siempre he odiado. —Rivaille se miró las manos realmente confundido. El olor de la muerte todavía se encontraba en el aire y la lejana fogata con todos los muertos aún ardía a pesar de que habían pasado horas desde que la batalla hubo terminado—. Pero si no puedo dejar que me afecte durante un segundo, me volveré más loco de lo que estoy.

—No estás loco, Rivaille. No más que todos nosotros.

El Sargento sonrió tristemente.

—Mal de muchos… ¿no?

—Sí, exacto. —Eren volvió la cabeza y le forzó a clavar su mirada helada en la suya, mucho más cálida—. Pero no dejes de sentir, Rivaille. Aunque duela tanto que ya no puedas más.

La voz de una chica nueva le sacó de su ensoñación y le preguntó de nuevo dónde podía dejar los libros antiguos. Aquella era la cuarta vez que soñaba despierto, no solía ser tan despistado durante el día, normalmente dormía lo suficiente por la noche para mantenerse despejado y atento a cualquier señal sospechosa. Pero la noche anterior no había podido conciliar el sueño, no por el dolor de la pierna que ya había dejado de molestarle, sino porque no podía parar de pensar: «no tengo sueño, no puedo dormir, no voy a dormir nada y por la mañana no podré levantarme». Y justo antes de dormirse recordó que Eren siempre le avisaba las pocas veces que se le había echado el mundo encima y no había tenido fuerzas para ponerse en pie. Había pasado mala noche, horrible de hecho.

—¿Señor? —le volvió a preguntar el chico que se encontraba delante de él—. ¿Se encuentra bien?

—Perfectamente, siga con su trabajo.

—¿Pero qué habitación limpio ahora? Hemos terminado con el tercer piso y…

—El techo. Lo quiero libre de cagadas de pájaro —ordenó sin sentir aquella calidez agradable en el estómago cuando mandaba alguna tarea estúpida.

Debía estar enfermo, seguro. Enfermo y somnoliento, mala combinación. Debería descansar al menos durante la tarde, un buen libro vendría bien para esos casos. Pero como veía que no podía concentrarse en ni una maldita línea decidió que una conversar con Hanji un rato le despejaría las ideas. Aunque era probable que se las embotara un poco más.

—¿Sabes algo de Eren? —preguntó a Irvin sin miramientos esa vez.

El Capitán dio un respingo en su silla.

—Tranquilo, está bien. No han podido encontrar nada, como ya habíamos imaginado.

—Bien, me alegro. —Rivaille se dio la vuelta para salir del despacho cojeando con orgullo, pero se permitió una última pregunta—. ¿Cuándo volverá?

—Depende… —Irvin apoyó el mentón en la mano y sonrió— ¿Cuánto te interesa saberlo?

—No voy a caer en ese juego tan idiota.

—Bien, entonces tampoco te importará que no te lo diga.

Rivaille gruñó y salió admitiendo que esa vez Irvin había ganado la batalla.

Durante el tercer día le volvió el mal humor con creces. Llamaba "Eren" a cualquier persona con quien hablara, no importaba si fueran chicos, chicas, caballos o plantas. Estaba tan cansado de sí mismo, que acabó encerrado en la cocina, cabreado consigo mismo, sin dejar que nadie se le acercara más de dos metros. Había fijado la mirada en su té, ya frío, mientras se planteaba con firmeza que ya no iba a pensar más en ese mocoso engreído, idiota, maleducado, estúpido, grosero y molesto chico de diecinueve años. No, daba lo mismo lo tentador que era recordarle preocupado por su pierna, o bromeando sobre la cara de caballo de Jean, o mirando preocupado el horizonte con todos los músculos del cuerpo en tensión a la espera de que apareciera el titán simio.

—¿Cree que hoy sobreviviremos otra vez, Sargento?

—A mí me queda mucho por vivir aún, ¿y a ti? —le había contestado cerrando la mano en las espadas poniendo atención en la figura de Irvin unos metros más adelante, dispuesto a todo en cuanto viera la señal.

—También —afirmó con convicción.

—Bien, recuerda eso, te ayudará a seguir luchando. Y no te separes de mí, Eren.

El chico le miró durante medio segundo con la cara radiante de felicidad.

—No pensaba hacerlo.

Rivaille apretó la taza contra sus manos hasta que no sintió los dedos. Trató de calmarse puso todo su esfuerzo en alejar esos recuerdos de su mente y en centrarse en otra cosa. A lo mejor debería de volver a hablar con Hanji, el día anterior había funcionado.

—¿Rivaille? —preguntó Irvin entrando a la cocina—. Necesito hablar contigo.

—Pues habla —dijo él apartando el té su vista—. ¿Ha pasado algo?

—No. —Rivaille supo en seguida que mentía, pero se esforzó en poner su cara más inexpresiva para que no advirtiera que se había dado cuenta de inmediato—. Debes ir a la ciudad, ha habido un problema grave en la capital con los suministros de la Legión y sólo podría confiar en ti para solucionarlo.

—¿Es importante?

—Sí —admitió su Capitán. E instintivamente supo que esa vez no mentía.

—Está hecho —aceptó poniéndose de pie apoyándose en la mesa. Un día fuera de ese castillo le haría mucho bien y dejaría de pensar en cosas estúpidas.

Estuvo a punto de preguntarle si había noticias de Eren, pero se esforzó por permanecer callado. Si quería olvidarse del chico durante una semana, podría empezar por dejar de preguntar por él cada vez que podía.

Así que cogió su capa, las instrucciones de Irvin y se marchó a la capital sin volver la vista atrás, alejándose de esos pensamientos tan repetitivos que le hacían replantearse muchas cosas.

oooooooo

A su vuelta, ya al día siguiente, se encontraba más tranquilo y controlado. Es decir, podía echar de menos a Eren, no era ningún crimen admitirlo. Que el chico era más inocente que un bebé recién nacido, sí; que a veces le daba ganas de pegarle por las idioteces que hacía, también; que tenía la cabeza llena de pájaros, paja y cientos de maneras diferentes de matar a un titán, por supuesto; pero el crío tenía buen corazón. No era egoísta, ni mezquino, ni envidioso. Y había sido una buena compañía para Rivaille, incluso podía decir que era un buen amigo, un muy buen amigo. Así que ¿cómo no lo iba a extrañar?

Además, había otro tema que no podía dejarle de dar vueltas. Cuando llegó a la capital, se encontró que el problema era sólo que la entrega de pescado se iba a retrasar algo más de lo normal, nada más. La sensación de que Irvin le estaba ocultando algo importante se intensificó conforme pasaban los minutos y no podía esperar a que le dijera exactamente lo que estaba ocurriendo.

Dejó su caballo en la cuadra y bajó de él con cuidado. El traqueteo del galope no le había hecho mucho bien a su pierna y esperaba que no se hubiera hecho nada más grave, pero era más urgente hablar con Irvin para olvidar esa sensación de desasosiego que lo estaba ahogando. No quería que su mente le hiciera una mala pasada, así que se había esforzado por no suponer nada hasta hablar con él, pero las posibilidades que se había imaginado eran realmente aterradoras.

—¿Has regresado? —preguntó Irvin al verle entrar en su despacho sin llamar. Tenía la cara algo desencajada y parecía enfermo, pero Rivaille no se contuvo.

—Ya me estás viendo. —Avanzó hasta apoyar las manos en la mesa de su superior, mirándole amenazadoramente—. Y ahora me vas a decir por qué me has mantenido lejos de aquí. ¿Qué coño ha pasado?

Irvin suspiró y se pasó la mano por su pelo.

—Será mejor que te sientes.

—No, hoy no estoy para juegos. Vas a decírmelo ahora a no ser que quieras que te lo saque a golpes.

Un silencio mucho más denso envolvió la habitación.

—Te he enviado lejos de aquí porque temía que hicieras algo insensato. —Rivaille iba a protestar pero se mordió la lengua al ver que Irvin continuaba—. Llevo dos días sin recibir los pájaros de Marie.

—Se los habrán comido, se habrán perdido, se habrán muerto por el camino —dijo él inmediatamente sin querer aceptar otra cosa.

—Por eso envié a Mike, para comprobar que todo está bien. —Le pasó un pequeño papel por encima de la mesa—. Acabo de recibir la contestación.

Rivaille lo cogió sin pensárselo dos veces, pero no pudo leer su contenido completo, sólo palabras sueltas. «He llegado al lugar…», «…parece un ataque…», «…demasiada sangre. No pudo haber…», «…y el cuerpo de Ackerman». «No queda nadie, Irvin».

—¿Dónde está Eren? —preguntó Rivaille apretando el papel contra su puño. Él no contestó—. Dime de una jodida vez dónde está Eren.

No queda nadie, Irvin…

Rivaille nunca supo cómo llegó a su habitación. Apenas había seguido escuchando las pobres excusas de Irvin, algo de que Mike seguiría buscando hasta encontrarlos a todos pero que la batalla parecía haber sido una carnicería. Se sentía mareado, confuso, con náuseas, sintiendo asco de sí mismo por seguir respirando. Había llevado a Eren a la horca, la única persona que podía ver algo bueno en él. Se aguantó las ganas de vomitar, pero no quiso dominarse a la hora de darle golpes a la pared hasta que los nudillos le sangraron.

No, pensó con más detenimiento cuando se hubo calmado, Eren no estaba muerto. No podía estarlo, se negaba a aceptar esa posibilidad y hasta que tuviera su cadáver en las manos no lo creería.

«…demasiada sangre. No pudo haber supervivientes.»

Pero Eren no era un humano normal. Él debía de estar ahí fuera, seguramente asustado y confundido, pero vivo y dispuesto a seguir peleando. Nunca hubiera dejado que le pillaran por sorpresa, se debía haber transformado en titán y había debido dar mucha pelea, y Eren siempre ganaba cuando apostaba por su vida. Así que Rivaille tomó una decisión, él le había metido en ese lío y él iba a traerlo de vuelta.

Sabía que Irvin haría lo posible por impedírselo, una cosa era ir a la ciudad que estaba a muy corta distancia y otra muy distinta salir en busca de Eren, la pierna no aguantaría el intenso galope que estaba más que dispuesto a sufrir. En la mitad de la noche, cuando estaba a punto de amanecer, cogió un nuevo caballo y las escasas provisiones a las que tenía acceso.

—¿Y usted… no me va a extrañar a mí?

Era incapaz de recordar aquel momento como si fuera una escena de teatro que se repetía en su mente, martilleándole la cabeza y provocándole una sensación de culpabilidad más penetrante con cada paso. Y cuando cogió las bridas y salió a la oscuridad con cuidado de no hacer ningún ruido, supo que si Eren le hubiera hecho esa pregunta en ese momento, la respuesta habría sido completamente distinta.

«No, no te voy a echar de menos, Eren, al menos no voy empezar en este momento. En realidad llevo media vida echándote de menos, pero acabo de darme cuenta ahora.»


Es la primera vez que mato a un personaje que realmente me encanta, es una sensación extraña la verdad. Pero bueno, es un fic humor / drama y est lo tenía pensado hacer así que no me podía echar atrás ahora. Espero que os haya gustado, al menos un poco.

Besos,

KJ*