Terminando de empacar, se dirigió escaleras abajo; Annie su mucama, ya había mandado llamar a los lacayos para que subieran las cosas de la señora al carruaje. Dándole la espalda al interior del salón se encontraba el señor Darcy, de brazos cruzados, y muy quieto mirando por el ventanal.
- ¿Ocurre algo mi señor? – Elizabeth lo hizo en un tono apenas audible pero lo suficientemente alto para que el señor Darcy la escuchase.
- Para nada querida, le recuerdo que todo a su tiempo, no pierda la paciencia amada mía, que es uno de los encantos que me han conquistado, pero claro tiene muchos otros de los cuales no me cansare de admirarle.
- si usted así lo quiere, así será- se expreso de mala gana Elizabeth, pasando por alto el elogio de su esposo - pero no por eso olvidare nuestro tema pendiente- pensó.
- Esta usted muy tensa querida, me preocupa que se enferme, no sería conveniente para su salud, me temo que tendremos que omitir ciertos destinos que tenía planeados para nuestro viaje, pero no se preocupe, yo mismo me encargare de cuidarla de ser necesario, pero por lo pronto será necesario que le de indicaciones a su mucama para que no la descuide.
- No tenga cuidado, se lo agradezco, y de salud me siento maravillosa.
- Me alegra escuchar eso, entonces no retardemos más nuestra salida y partamos.
- Por supuesto, le sigo.
- No mon amour, las damas primero, yo soy quien cuidare sus espaldas, nunca lo contrario.
- Bien, gracias, entonces, con su permiso, mi amado caballero.
Así se encaminaron los dos juntos al carruaje, Elizabeth no dijo nada, y el señor Darcy se quedo muy serio ante la actitud de su esposa.
Había pasado ya más de 3 horas de camino y ninguno había dicho ni una sola palabra, a excepción de los comentarios del chofer al señor Darcy y viceversa. Elizabeth se había sentado frente a su marido y no en el mismo asiento, desde su lugar por la ventanilla podía ver los campos, y como se iban disolviendo dándole lugar al espesor del bosque, y por su ventanilla entraba un poco de aire; olvidando la plática pendiente, Elizabeth Bennet quedo rendida al ritmo de los cascos de los caballos y el ruido de las ruedas, sin más, quedo dormida.
Negrura; ese lugar, ahora el solo reconocer la negrura, le golpeo el pecho, quería recordar mas pero no podía. - ¿Porqué? ¿Por qué no puedo recordar más?- se decía una y otra vez, en un segundo todo cambio a ese familiar deja vu; Ese frío, esa sensación de que algo iba mal, ella se esforzaba por ver, pero no conseguía ver más que la misma negrura ,la reconocía, lo sabía, esa negrura se fue difuminando a una densa bruma, una neblina impenetrable; La sensación de no poder respirar regreso a su pecho, llenándola de miedo, esa voz de nuevo, era tan familiar, pero ¿de quién era?, no podía reconocerla, cuando se concentro en tratar de reconocer el timbre de esa voz tan familiar, se percato de que el tono de voz subía convirtiéndose en un grito.
¡Corre querida, corre!
No duro ni un segundo en pensarlo y echo a correr, no supo hacia donde corría, solo sabía que el instinto le decía que obedeciera y las piernas le respondieron, no podía correr más a prisa porque los pies no le respondían como hubiera querido, entre la espesa neblina, iba esquivando lo que parecían troncos, había muchas ramas, que le iban aruñando la piel, y rasgando su vestido. La maleza casi le llegaba a los tobillos no podía ver que pisaba, no tardó en enredarse con unas hierbas y caer sobre su pecho al piso, cuando se daba cuenta que entre la niebla se podía ver lo que podía ser la luna. Con las manos llenas de tierra, una vez en el piso se dio cuenta que estaba en el bosque, y entre los pinos, esa voz le rogaba solo una cosa, que se alejara lo más pronto que pudiera.
¡Corre cariño, date prisa, corre¡… ¡HUYE!
Al reaccionar ante aquellas palabras se puso pie a toda prisa e intento correr lo más rápido que pudo, cuando quiso voltear a ver de que se suponía que huía, comenzó a escuchar su nombre.
- Elizabeth… Elizabeth… Elizabeth… ¿Elizabeth mi vida, me escuchas? ¡cariño despierta! ¡Por lo que más quieras despierta!
- ¡Oh Señor Darcy!
- Tranquila querida, ya paso -mientras decía esto el señor Darcy la calmaba con un abrazo dejando la cara de Elizabeth frente a la ventanilla.
- Oh dios mío- dijo Elizabeth con un toque de terror en su voz que sonó casi como un suspiro.
- ¿Qué pasa querida? , hágamelo saber, ¡se lo suplico! Me tiene usted realmente asustado, está usted fría. Desde que comenzó a jadear, me di cuenta que era más que un mal sueño, pero cuando usted comenzó a revolverse en su asiento me vi en la necesidad de tratar de despertarla.
- Lamento que me viera en ese estado, no es común en mi persona, pero ya hablaremos de eso luego por favor le suplico ahora yo a usted amado, que me saque de aquí cuanto antes, este lugar lo reconoce mi alma y no es nada que me alegre, si no que me atemoriza.
- Insisto, me preocupo en su salud, cuando lleguemos llamare al doctor para que la revise, no quisiese que se enfermara.
- Como usted quiera, pero le aseguro que estoy bien de salud, aun así se lo agradezco pero insisto en que es innecesario.
- Entonces hablaremos cuando lo sea lo más prudente, por lo pronto no se preocupe, estamos por salir de los terrenos del bosque y pronto llegaremos a nuestro destino, ya verá que le va a encantar. ¿Quisiera que platicáramos de lo que me quería usted hablar por la mañana? podría servir para que se calmase.
- No, por lo pronto, con un abrazo por el momento será suficiente.
- Duerma querida, en mis brazos, no le pasara nada, este usted tranquila, yo le avisare cuando hayamos llegado.
- No me preocupa estar en sus brazos, me preocupa lo que pueda soñar.
- Este usted tranquila, a la primer señal de que este usted teniendo un mal sueño, yo la despertare de la manera más sutil.
- Se lo agradezco, mi dulce señor Darcy.
Después de sentir tan distante a su esposo, era lo más cerca que él se había mostrado ante ella. De ese modo es que se dejo recostar en su pecho y dejo que el cansancio de la adrenalina recién vivida se apoderada de ella. Esperaba poder dormir, y nada mejor que estar entre los brazos de su amado esposo, con su exquisito perfume para arrollarla en lo que esperaba que fuera un dulce sueño. Así el señor y la señora Darcy, pasaron juntos las últimas horas en el carruaje a su siguiente destino.
