El momento de quererte.
Capítulo 2.

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Colonnello sentía dentro de su pecho un bombeo constante tan fuerte que temía que fuera a reventar.

Siempre le pasaba cuando pensaba en ella. Su corazón bailaba cuando Lal Mirch estaba en su mente, pero sólo era eso, un simple corazón, humano y frágil, viviendo la ilusión del amor. Después de todo, ella se negaba a corresponder sus sentimientos.

No, no es eso. Ella tenía miedo de amarlo.

Siempre ponía una barrera entre ambos cuando se le acercaba, incluso llegó al punto de estar con la guardia alta cada vez que él entraba a la misma habitación que ella. Colonnello comenzaba a pensar que nunca iba a alcanzar una estima más elevada que la que implicaba ser su pupilo. No sería su pareja ni su esposo; no sería el amor de su vida. Sólo el recluta que la habían forzado a entrenar.

Pero no le importaba eso ahora, precisamente ahora.

Ella estaba en sus brazos. El palpitar en su pecho iba al mismo ritmo que el de él y su cuerpo se sacudía en ligeros temblores cada vez que sus labios se presionaban. No eran pocas las veces que Colonnello fantaseó con esa situación y esa vez no se sentía nada como en sus sueños, era infinitamente mejor.

Exacto. Ella estaba ahí.

Su frágil corazón había ganado fuerza. Ya no se aferraba a una esperanza infundada. Esta era la realidad.

Ella está acá.

Qué pena que las cosas eran de un color diferente para Lal Mirch.

Ella estaba convencida de que la mañana siguiente la pasaría haciendo sufrir a Colonnello por su insolencia y descaro. Tenía toda la intención de hacerlo. La aceleración de su ritmo cardíaco no tenía nada que ver con miedo, sino que se debía plenamente a lo que su cuerpo deseaba, y Lal sabía mejor que nadie qué era lo que había plantado en ella ese deseo. O quién.

Avergonzada por ese pensamiento, volteó su cabeza en dirección a la ventana y miró el mundo exterior como si verdaderamente hubiera capturado su atención, pero después de tanto tiempo Colonnello ya podía leerla como un libro. Con un dedo gentil tomó su barbilla y guió su cabeza para que sostuviera en él la mirada que no quería darle; sus ojos brillaron con enervante pasión cuando bajó la vista hacia el rostro sonrojado de la chica.

No había ninguna sonrisa en los labios de Colonnello, sólo la intensidad ardiente de su mirada que ambos sabían que era el comienzo del infierno.

Se inclinó sobre ella y besó sus labios, besó su mejilla, la punta de su nariz, su frente, y volvió a buscar sus labios.

Las manos de Lal, que hasta entonces habían estado acariciando los cabellos rubios del chico, se deslizaron hacia abajo y agarró con un leve temblor en los dedos ambos extremos de su remera. Su beso se interrumpió cuando tiró hacia arriba para quitarle la prenda.

Ninguno hizo esperar el próximo beso, y las toscas manos de Colonnello se envolvieron alrededor de la espalda de su amante, sosteniéndola en el aire sin esfuerzo, y movió su cuerpo hacia adelante para recostarla en la cama.

Había algo cautivador en observar a Lal desnuda. Sus ojos contenían una vulnerabilidad a la que Colonnello no podía resistirse.

Paseó su mirada desde su rostro hasta su cuello, delicado en la penumbra, y luego hacia sus pechos. Sin el sujetador estaban ligeramente más bajos, menos juntos, más naturales, ambos tan perfectos y amoldados a su figura. No los miró por mucho tiempo, sólo lo suficiente como para comprobar lo hermosa que le parecía. Eran sus ojos los que quería ver, y sus manos le contarían el resto.

Colonnello levantó la vista y trató vanamente de suprimir una risa cuando se dio cuenta de que su entrenadora estaba completamente avergonzada al verse así de expuesta. O quizás enojada. O probablemente las dos cosas.

Ella separó sus labios, seguramente para lanzar algún insulto hacia su estúpido alumno, pero no le fue posible. Una lengua intrusa se había infiltrado en su boca, recorriendo cada centímetro de ella, trazando caminos que sólo él había recorrido, adueñándose de cada uno de sus suspiros. Esa era la peculiar forma que tenía el hombre de disculparse.

Colonnello estaba embriagado de ella. Por primera vez estaban tan cerca que podía sentir cómo el adictivo aroma de su cabello se le impregnaba en la piel. Ese aroma que por meses estuvo adorando a escondidas, ahora podía por fin aspirarlo sin ocultarse.

—Dime, Lal, kora. ¿Has hecho esto alguna vez? —ella dio un respingo y se mordió el labio.

—No.

Colonnello sonrió, ya lo sabía.

Lal quiso darle un puñetazo en la cara, también sabía que lo sabía, pero en su lugar viró la cabeza y él aprovechó la oportunidad para acercarse a su oreja. Se sorprendió al escuchar un suave gemido y al sentir unas largas uñas clavarse en su hombro cuando su lengua acarició su lóbulo. Eso era lo máximo que podía soportar.

Se acercó a su oído y susurró:

—¿Me dejas enseñarte?


¡Colonnello es un atrevido! Tengo que conseguirme uno así

¡Muchas gracias por el apoyo! No me esperaba que este fic tuviera esta bienvenida, son los mejores *w*
Los reviews me ayudan a mejorar, ¡te agradecería mucho que me comentaras lo que opinaste del capítulo!

Nos leemos en el próximo capítulo~

-Eritea.