Disclaimer: los Juegos del Hambre no nos pertenecen.
Historia para el foro "El Diente de León" - SYOT Colaborativo.
Es importante que lean la Nota de Autor al final.
Capítulo 1: Baku
En un mundo antiguo, apareció Baku, un espíritu benigno que se alimentaba de pesadillas. Nadie parecía ponerse de acuerdo en cómo lucía: algunos decían que se parecía a un cerdo, solo que tenía un largo hocico que usaba para alimentarse. Otros en su lugar veían una enorme cabeza de elefante con el cuerpo de un león y las patas de un tigre…
No importaba que tan monstruoso fuera su aspecto, porque Baku era el nuevo héroe de los hombres. Por las noches, Baku los visitaba, alimentándose de los sueños oscuros, apartando las pesadillas, tan llenas de desesperación, y dejando en su lugar sueños tranquilos y reconfortantes.
Por un tiempo, la esperanza y la luz volvió al mundo. Pero Fobétor se sintió ofendido.
Y jamás es una buena idea ofender a un dios.
Amber Thousen, 16 años, Distrito 1
Mi espada fina choca con la suya varias veces, hasta que al final ella me desarma. Suelto un suspiro, algo desalentada, pero termino por dejarlo.
Hoy es día de Cosecha, dentro de unas pocas horas tendremos que ir a la plaza, junto a todos los jóvenes elegibles. No me conviene estar cansada para entonces. Me hallo en la academia del Distrito 1, practicando con mi hermana mayor, Amethyst, como acostumbro a hacer día tras día. Medirme con ella con la esperanza de vencerla, no porque me crea mejor, sino porque tal vez así consiga que me valore más de lo que hace. Pero nunca pasa.
—No te sientas mal, Amber, vas progresando— dice ella con una plácida sonrisa y acomoda tras la oreja unos mechones de su pelo liso y rubio, que se le han escapado del moño, durante la contienda.
No le contesto y ella se sienta en una colchoneta, bajando la mirada a unas pulseras doradas que nunca se quita. Una herencia de familia, concretamente de nuestra madre, muerta hace varios años. Estaban muy unidas.
Finalmente dice:
—Amber, ¿qué dirías si me presento voluntaria este año?— sus ojos viran hacia mí, cautelosos. Y no sé qué sentir, si emoción porque un miembro de mi familia vaya a participar en los Juegos y más ella, que es a quién más admiro. O miedo por lo que tendría que afrontar. Desde que mi madre enfermó para después morir, cuando yo solo tenía siete años, hemos estados muy unidas. No me gustaría perderla.
—Qué tanto papá como yo estaríamos orgullosos de ti, y estoy segura de que serás una excelente vencedora― sonrío mostrándole todos mis dientes, y ella me devuelve la sonrisa. No es ninguna mentira, tanto si sale elegida como si se presenta voluntaria, confío en que será vencedora―. ¿Tienes previsto hacerlo?― como respuesta, ella se encoge de hombros.
–Solo si veo que vale la pena– responde.
Decidimos volver a casa para no tener que prepararnos para el evento con prisas. En un día normal quedaríamos a comer con los amigos de mi hermana y hablaríamos sobre los juegos, el Capitolio, o cualquier tema de actualidad en el distrito. Pero hoy no es un día normal, el colegio se cierra, al igual que la orfebrería de mi padre. Y la academia solo es frecuentada por unos pocos no preocupados en pasar el mayor tiempo con su familia y amigos, antes de la elección. Mi hermana es la persona que más aprecio, y el entrenamiento profesional y yo, lo que más aprecia ella. Creo que es natural que estemos juntas en la academia, hoy.
Además, comportarme como si no fuera un día especial me gusta, no pensar en la remota posibilidad de que el papel entre las manos de Dimitri, nuestro escolta desde hace varios años, sea el mío o el de ella. Que crea que vencerá no significa que me entusiasme verla en una arena.
Nos cruzamos con algunas personas conocidas a las que saludo con una perfecta y amplia sonrisa, mientras que Amethyst se muestra algo reservada. En ese asunto somos bastante contrarias, yo amable y sensible mientras que ella es cerrada y fría. No me importaría sino fuera porque esa sensibilidad les hace creer, tanto a ella como a mi padre, que soy débil. No lo soy.
Cuando llegamos a casa somos recibidas por mi padre que, después de saludar, nos manda a ducharnos y prepararnos para la Cosecha. Escojo mi mejor vestido, azul, al igual que mis ojos.
Mi padre, Zafir, es un hombre fuerte, regio y respetado, aunque poco cariñoso. De joven era el perfecto profesional, dispuesto a todo por participar en los Juegos, y nos ha inculcado esa mentalidad. Sólo en días de Cosecha es algo más blando, como lo muestra al abrazarnos con afecto antes de que las dos debamos reunirnos en la plaza, con los demás.
—Papá, ya— le susurro, con una cálida sonrisa—. No voy a salir elegida y lo sabes—aunque parezca mentira no estoy muy preocupada, hay muchas jóvenes en el distrito con más posibilidades de salir elegidas que yo, mi hermana incluida.
Él se separa y me sonríe, cuando ella dice:
—Me presentaré voluntaria― volteo mi rostro hacia Amethyst, esperando no haber comprendido bien—. Si ella sale elegida me presentaré voluntaria―.
Niego con la cabeza, no, eso no. No quiero que vaya a la Arena en mi lugar, me da igual que venza. No quiero.
—No― digo, con firmeza, mi hermana me mira sorprendida, normalmente no suelo contestarle así, la admiro y respeto demasiado como para ello. Pero su sobreprotección me exaspera.
—Es por tu bien― insiste pero yo no le hago caso y me separo, precipitándome hacia la plaza. Ignoro la mirada severa de mi padre. Supongo que al volver me reñirá. Mi familia siempre ha sido un ejemplo de prestigio, valor y educación. Me debo a esos valores.
Me hago la nota mental de preparar una hermosa disculpa para cuando termine el evento, mientras intento calmarme. Pero no lo consigo hasta que me toca formar fila con las demás chicas de dieciséis años. Cuando la expectativa por quién saldrá elegido supera mi rabia por la acontecido minutos antes. Me giro hacia Amethys, quién está jugando con sus pulseras, mientras mira a nuestro alcalde y a Dimitri, con impaciencia. Intento llamar su atención para articular una inaudible disculpa, cuando una llamada me interrumpe.
—Amber Thousen— pestañeo mirando al escolta, desconcertada, ¿cómo que Amber? Se supone que yo no iba a salir elegida. Intento caminar, resuelta hacia el estrado. Soy rápida y hábil, puedo vencer. Y es ese pensamiento el que hace que interrumpa a Amethyst en el momento en que preguntan por voluntarias.
—No― digo con valentía y determinación, tanto a Dimitri como al distrito―. Me niego a aceptar voluntarias. Yo seré el tributo femenino del Distrito Uno–. Y mis ojos se dirigen hacia mi hermana, a la cual le dedico una silenciosa pero firme promesa: ganar los Juegos del Hambre y volver.
Adler Rademacher, 17 años, Distrito 3
El día se estaba haciendo eterno, volví a mirar las agujas del reloj que no avanzaban y hacían cada vez más tortuoso el paso del tiempo.
—Adler, es hora de que te vayas.
Vuk me llamó desde la otra habitación, suspiré mientras me levantaba desde la cama y estiraba mis brazos en el aire.
Es sólo un trámite más, sólo tenía que convencerme de aquello y sería más fácil.
—Me voy — le avisé, pude ver cómo asentía, sin siquiera mirarme —. Vuelvo luego.
Fue una especie de promesa, una forma de convencerme a mí mismo de que las cosas irían bien ese día y que volvería al lugar que tanto calor me había traído, el nido que me cobijaba junto al hombre que había sido mi padre todos estos años, el hombre que me salvó.
En el camino al lugar designado, sólo podía pensar y me intentaba convencer de que las cosas irían como todos los años. Dónde sólo miraba como dos chicos eran sorteados y elegidos, como algunos lloraban y otros respirábamos, como el tren se iba entre aplausos no de celebración, sino para dar ánimos.
La fila para decir los nombres era enorme, con algo parecido a la tristeza miré como pequeños de tan sólo 12 años se encontraban en aquel lugar, bien vestidos y esperando expectantes no ser elegidos.
¿Cómo se podía vivir así? Con el miedo de que tu nombre fuera sorteado y se sellara tu destino. Porque los del Distrito 3 no mucho podíamos hacer ante los profesionales del 1 o el 2, porque lo había visto en los Juegos y sabía cuál era el final de cada uno antes de que siquiera partieran.
—¿Nombre?
—Adler Rademacher…
El hombre me buscó en la lista y en no menos de 5 segundos ya me había localizado, sólo alguien entrenado como él podría hacer un proceso así tan rápido. Me miró y sus comisuras se levantaron con una sonrisa cuando me dio el paso para ponerle en las filas que se formaban.
Caminé ignorándolos a todos, mirando mis zapatos llenarse del polvo de las calles y escuchando las risas nerviosas de los chicos a mi rededor. Había miedo flotando en el aire.
Cuando ya todos estuvimos en posición, el ruido de un trombón rasgó el aire y todos callaron sin chistar. Frente a mí los cuerpos presentes se pusieron rígidos, uno que otro apretó sus puños con fuerza, producto del pánico. Yo mismo sentí aquella sensación ahogarme, como si subiera por mi garganta y quisiera salir, escapar, huir.
Se escuchó el suave taconeo venir desde el escenario, giré mi vista y la enfoqué en ese punto, justo en el momento que Nove hace acto de presencia en este.
Nove Ulle es la mujer designada a ser nuestra escolta, una mujer de entrada edad que siempre me ha inspirado un sentimiento extraño, no he podido odiarla porque siento que ella se siente tan perdida y sometida como yo en este mundo, pero al mismo tiempo no puedo verla con buenos ojos al ser ella quien nos sentencia al leer nuestros nombres. Su falda larga, color azul piedra, parece mimetizarse con el color del escenario, su camiseta blanca tampoco resalta y qué decir de su maquillaje, no parece alguien proveniente del Capitolio, donde según Vuk todos llevan lo último en moda, lo último en maquillaje, lo último en colores fuertes. Nove es una mujer extraña, fuera de lo normal del Capitolio y con una sonrisa triste que invita a intentar saber qué sucedió en su pasado.
—¡Bienvenidos chicos y chicas del Distrito 3!
Alarga sus manos al cielo dando la bienvenida, deja mostrar sus dientes entre su enorme sonrisa, la que no sube a sus ojos ni por asomo. Comienza a hablar y mis oídos parecen sordos a sus palabras, me enfoco en aquellas ojeras demacradas bajo sus ojos, en sus brazos y manos tan delgadas que dejan a simple vista sus huesos, en la pose falsa que utiliza para verse más fuerte de lo que es.
Miro a mi rededor, las caras de miedo e incertidumbre, y el odio vuelve a atraparme.
Sólo somos juguetes, putos juguetes.
—¡Y cómo no vamos a hacerlos esperar más! Vamos a la parte que aquí nos convoca y tanta emoción nos trae año a año — se acerca tres pasos a las dos peceras de cristal que contienen los nombres de todas y todos.
Trago aire y lo retengo sin darme cuenta, veo sus labios moverse sin perder la perfecta sonrisa mientras mueve sus manos en el aire y se acerca aún más a los pedestales con las peceras. Ahogo un gemido, que sin darme cuenta escapa de mis labios.
—¡Y primero las chicas! — estira la mano y la introduce sin cuidado, comienza a mover los papeles con despreocupación mientras mira al público expectante. Coge uno y lo saca, estirándolo de manera triunfal —. ¡Lily Monros!
El grito es en seco, el silencio donde se encuentran las mujeres es total y repentino, una a una todas se voltean a mirar donde una chica de piel pálida les mira con ojos ansiosos. Parece temblar, pero desde mi posición no puedo dar fe de aquello, puedo verla cerrar los ojos con suavidad y luego formar una especie de mueca en forma de sonrisa sobre su boca.
—Bueno… la suerte hoy no está de mi lado.
Y comenzó a caminar hasta el escenario, su cabello ondulado se movió a su compás y una especie de angustia me recorrió el cuerpo, se veía pequeña y menuda, ¿cuántos años tendría?
Es por estar perdido en mi mente que no noto que Nove ya está revolviendo con sus huesudas manos la pecera de los hombres, escogiéndonos como peces para ser almorzados frente a un grupo de hombres gordos y hambrientos.
—¡Adler Rademacher!
Y cuando aquellas palabras salieron de su boca, fue que pude sentir realmente lo que era estar en ese lugar, las miradas sobre mí y la mueca neutra que se formó en mi rostro.
Endurecí la mandíbula y apreté los puños.
Yo no era un juguete.
Mana Prescott, 17 años, Distrito 5
Camino detrás de mamá, rumbo al lugar que eligió para llevar a cabo su investigación. Es un secreto entre las dos, me ha hecho prometer no decir nada a nadie, ni siquiera a papá. Me encanta acompañarla a los trabajos de campo, en especial, en días de escuela ya que nunca me ha gustado asistir.
Cuando eres más inteligente que el resto, los niños no suelen ser muy amables y con el paso de los años solo se ha tornado más aburrido.
Llegando a la montaña escuchamos un ligero gemido, es un pequeño zorro que parece herido. Mamá se acerca con prisa y yo la imito.
—¿Qué es lo que tiene mamá? ¿Si se muere lo comeremos? — pregunté con curiosidad, mirando sobre su hombro.
—¡Mana!—suelta ella mientras me mira con los ojos muy abiertos para después suspirar—. No digas esas cosas, tenemos para comer a diferencia de otros distritos que necesitan de cualquier animal herido, además solo tiene lastimada la patita. Se la vendaré y quedará como nuevo—mientras lo hacía, presté más atención al zorro, apestaba y me miraba como si quisiera gruñirme, así que le fruncí el ceño desafiándolo—. Menos mal no fue nada grave, parece que se lastimó con los cables que dejamos en el árbol.
—¿Los zorros trepan?
—Parece que este sí. Quizás es una especie propia de la zona. Míralo, Mana, seguramente ha existido desde antes que tú y yo, y probablemente lo siga haciendo después que nosotras—dijo mientras lo acariciaba. —. Lo hará igual que el planeta, a pesar del daño que les causamos.
El zorro se durmió y me acerqué a acariciarlo, su pelaje era suave y agradable. Justo en ese momento oímos un potente sonido desde el cielo, era una nave del Capitolio, de esas que llegaban en tiempo de Cosecha.
—Es triste que a pesar de los años y todo lo que han pasado las personas, no seamos capaces de entender que el matarnos entre nosotros no nos llevará a ningún lado—dice mientras se acerca y me abraza, ha de temer por mí—. A nadie le corresponde decidir sobre la vida de otros, Mana. No lo olvides, es uno de los más grandes errores de nuestra raza— me sonríe mientras acaricia mi cabello. De pronto su figura empieza a hacerse borrosa, intento tocarla, pero no puedo y poco a poco me envuelve oscuridad.
Abro los ojos con fuerza y me incorporo, recuerdo ese día, fue una semana antes de la desaparición de mamá hace ya dos años. Jules Prescott era demasiado inteligente y su investigación, de la que solo compartía información conmigo, era muy importante, por lo que seguramente el Capitolio quiso sacar provecho. Recuerdo haberla buscado ese día y solo encontrar desorden, por lo que me asusté. Busqué a papá en su oficina y lo encontré golpeado e inconsciente. No ha vuelto a ser el mismo desde entonces y quizás yo tampoco.
El Distrito 5 es dueño de gente demasiado inteligente para su propio bien y es normal, desgraciadamente, el presenciar ejecuciones o castigos públicos a aquellos que no quieren donar su mente al Capitolio, pero el caso de mi madre es distinto ya que no sabemos que es lo que pasó con ella y no puedo dejar pasar un día sin pensarlo.
Estoy en el suelo, al pie de la montaña. Me gusta pasar el tiempo aquí, en especial siendo día de Cosecha. Una sensación húmeda en mi mano me hace bajar la mirada, es Lewis el ya no tan pequeño zorro que curó mamá. Después de su desaparición, él siguió volviendo al lugar, seguramente en su búsqueda y a pesar de que solía desquitarme con él, fue el único ser con el que me permití expresar todo mi dolor. Lo siento apoyar su cabeza en mi regazo pidiendo caricias y no puedo evitar darle lo que quiere.
— ¿Estas preocupado eh? Te has vuelto un blando—recuerdo las veces que solo llegaba a morderme los talones—. Las posibilidades siempre están a la orden del día, aunque me gustaría asegurarte que no saldré seleccionada es imposible saberlo—sus grandes ojos están clavados en mí y no puedo evitar sonreír—. ¿Sabes?, papá en sus buenos años descubrió muchos escritos y anoche entre paginas sueltas leí algo que me hizo pensar en ti, porque a pesar de ser un zorro como muchos de los que hay aquí para mi eres único y me gusta pensar que yo lo soy para ti. Estamos domesticados —pareció entender, porque se pegó más a mí y yo sentí mis ojos aguarse, así que tragué con fuerza —. Pórtate bien Lewis, si no lo hace lo sabré—sonrío y noto que la cinta que le coloqué en su cuello, esa que era la favorita de mamá, se ha deshilachado, así que se la quito y guardo en mi bolsillo—. Prometo regresártela.
Me dirijo a la plaza central donde se llevará cabo la primera parte de la macabra obra y una vez en mi lugar busco a papá con la mirada, está más demacrado de lo usual y me revuelve el estómago saber que es mi culpa.
— ¡Mana Prescott! — sin importar mi desinterés en lo que la escolta decía, esas palabras me son imposibles de ignorar. Consciente de los hechos, volteo hacia papá, parece que va a tener un ataque, así que intento llegar a él, pero los agentes de la paz me lo impiden.
— ¡Resiste! —le grito y con mi mirada intento decirle que no voy a abandonarlo. Miro mal a quienes me agarran de los brazos para luego soltarme con fuerza y dirigirme al escenario central mientras aprieto la cinta en mi bolsillo.
Escucho el nombre del otro tributo seleccionado y me es imposible no reconocer esos anteojos.
Genial, es el Niño Boom y no puedo evitar rodar los ojos al imaginar que uno de mis posibles finales puede ser volar en mil pedazos.
Brandon Ashcroft, 14 años, Distrito 7
Como todos los años, me siento incapaz de dormir en la víspera de la cosecha. Me escapo de casa al alba a ver a Shaleen, mi mejor amiga, porque necesito a alguien para hablar. Alguien fuera de casa.
El Capitolio había matado al hermano de mi madre en los juegos y desde entonces ella cultivó un odio profundo a todo lo que representase. Mi madre me enseñó a sentir lo mismo, por ello siempre he tenido insomnio el día antes de la Cosecha.
Escalo por el tubo de desagüe hasta llegar a la ventana de mi amiga. Rasco en el vidrio y ella enseguida me abre. Le propongo que me acompañe durante un rato al bosque, antes de tener que vestirnos para la ocasión. No hay que preocuparse demasiado. No empezará el show hasta el mediodía, así que la gente suele aprovechar para dormir. El Capitolio nos obliga a cerrar los negocios y a no ir al bosque a talar. Por lo tanto, siempre las calles han estado vacías.
Shaleen se fuga conmigo, descendiendo por el tubo, y corremos para adentrarnos en la foresta. Nos acercamos al lago. Nos encanta bañarnos y retozar en el agua. Siempre ha sido nuestra diversión cuando estamos sin obligaciones. Ella aún está estudiando en el colegio, yo tuve que dejarlo pronto para trabajar como leñador.
Salimos del agua y nos sentamos en una roca a contemplar cómo asciende el sol. La estrella Venus que ha desaparecido sobre el horizonte hace apenas unos minutos.
—Oye Brandon, ¿te encantaría fugarte conmigo a la Luna?
—¡A la Luna! —me desternillo mientras la observo—, cualquier sitio lejos de Panem valdría. Por cierto, ¿cuántas veces vas a entrar tu nombre en el sorteo?
—Pues seis veces, ¿y tú?
—Nunca he pedido teselas, por lo tanto, solo entraré dos veces.
—¡Qué suerte!
Pasa delante nuestro una libélula que se posa en una ramita. Al instante sale volando hacia el lago.
—¿Sabes, Shaleen? —sonrío y le acaricio la mejilla—, yo voy a ser como esa libélula. Si salgo seleccionado, saldré volando y no me volverán a ver jamás.
—¡Qué loco que eres!
Luego comentamos cómo fue la cosecha del año pasado, lo que nos lleva a recordar la ridícula indumentaria con la que se presentó Pondlily Ironmelt —la escolta de nuestro distrito—, es una de las mujeres más guapas que he conocido en mi vida, pero todos dicen que es malvada. Ella nació en el Capitolio, es cruel como todos los de allí. Lloramos de risa durante mucho rato. Después cojo de la mano a Shaleen y la insto a regresar, pero antes tenemos recoger algunas bayas para llevarlas a casa.
Tras despedir a mi amiga, franqueo el umbral de mi casa. Mi madre me ha estado esperando para desayunar con mi hermana Lindsay. Le falta un año para ser elegible. Por ello intento animarla, contándole chistes. Luego me acicalo en el servicio mientras mi madre me trae una camisa y un pantalón planchado. Son los que ha guardado de mi padre difunto de cuando iba a la cosecha.
La mirada de mi madre es sombría. Siempre ha temido que sufra la misma suerte de su hermano. La animo diciéndole que será igual que cualquier otro año. Pasaremos el mal trago y luego lo celebraremos juntos esta noche. Me visto y salgo de casa nervioso. Me he citado con Shaleen y su hermano para irnos a la plaza en el puente de Shakestream. Mi madre se acercará un poco después con mi hermana.
Los tres alcanzamos el tropel de gente de mi distrito que intenta encontrar un rincón. Los agentes de la paz incitan a la calma con cierta rudeza. Aquí somos propensos a la rebelión y ellos lo saben. Por eso quieren tenernos bajo control, no pueden permitirse una escena con las cámaras del Capitolio filmando. Nos dirigimos al puesto de control y de allí a la fila que nos corresponde. El hermano de ella tiene que ir adelante de todo al ser mayor, nosotros por ser más pequeños estamos casi atrás de todo.
En pocos minutos estamos rodeados de agentes de la paz y detrás el resto de obligados asistentes de mi distrito. Se adelanta el alcalde y da un discurso soporífero e infumable sobre la importancia de los juegos. Presenta a la escolta y a nuestro mentor. Él había ganado los juegos hacía unos años y es una persona de pocas palabras. Enseguida interrumpe Pondlily. Este año va con el pelo recogido en rodete y entintado con mascarilla con miles de gamas de degradados de colores esmeralda, turquesa y chocolate iridiscente. Tiene decoraciones con piñas doradas y bayas rojas. Un vestido largo de pathworking con texturas de corteza arbórea. Zapatos de tacón verde esmeralda.
Se aproxima al micro y como siempre nos festeja con: "Felices Juegos del Hambre y que la suerte esté de vuestra parte", y va a por la urna de las chicas y extrae una papeleta. Sale seleccionada Kenley Goodkin. No sé mucho de ella, solo lo que me ha explicado Shaleen. Ella sube espartanamente a la tarima. No todo el mundo es capaz de mantener el tipo. Muchos se ponen a llorar o montan una escena. Llegado este punto, siempre me muero de asco.
Ahora toca a los chicos. La escolta va a por una papeleta de la urna e inesperadamente escucho mi nombre. Me quedo totalmente blanco. No para de nombrarme una y otra vez para que me acerque a la tarima. Entonces reacciono y salgo corriendo. Los agentes de la paz me descubren y van a por mi. Me rodean con bastones y me golpean hasta dejarme desfallecido, no sin resistencia. Me arrastran hacia la tribuna y me esposan. Pondlily invita a aplaudir, pero nadie lo hace.
Nos llevan a dentro del ayuntamiento y lo último que veo es el rostro asustado de Shaleen antes de que la puerta se cierre detrás de mí.
Riley Wood, 16 años, Distrito 9
Mi mejor vestido ondea con el ligero viento que recorre el distrito, lo que me hace sentir un escalofrío al notar una ráfaga de aire colándose entre mis rodillas. Me estremezco.
Cuando era más pequeña, mi abuelo me decía que, si guardaba silencio y cerraba los ojos, dejándome llevar por todo lo que hay a mi alrededor, podría escuchar la manera en que las espigas de trigo, avena y linaza bailaban al compás del aire suave del Distrito 9.
A veces me pregunto si, en esos momentos en los que era más joven e ingenua, llegué a creérmelo realmente. De cualquier forma, a pesar de que ahora el silencio es sepulcral, podría incluso escuchar el mugir de las vacas del vecino Distrito 10, estoy demasiado distraída como para enfocarme en cosas tan tontas como escuchar a los cereales bailar.
—Seguramente tu conejito ha de estar esperando que regreses a casa esta tarde —susurra una voz femenina detrás de mí.
Volteo para encontrarme con mi mejor amiga, Elizabeth Clearwater, que me pone una mano en el hombro y vuelve a retroceder rápidamente, antes de que nadie note que estamos hablando. Recuerdo haberme despedido de ella hoy en la mañana, antes de regresar a mi casa a cambiarme. "Por otra", ha dicho mi abuelo en varias bromas. Ambas hacemos como si nada, ya que eso se supone que deberíamos estar haciendo mientras el alcalde del distrito lee el Tratado de la Traición, como lo ha hecho desde que asumió el poder, hace casi dieciocho años.
En lugar de centrarme en lo que debería, me quedo pensando en la manera en que el vestido de mi amiga comienza a deshilacharse por las puntas.
Hace prácticamente nada que mi padre bajó del estrado que han construido sobre la plaza del distrito, dando así fin al discurso que le corresponde leer como alcalde. Ser la hija de alguien con una posición como la suya ha hecho que nunca me falte casi nada; siempre he tenido comida en mi mesa, ropa qué vestir y zapatos qué calzar. Podría decirse que lo tengo todo, aunque haya momentos en los que siento que no tengo nada; mi supuesta "posición social" me ha hecho ganarme cierto desagrado por parte del resto del distrito.
El Distrito 9 es uno de los más pequeños y sólo destaca en la historia de Panem por ser el sector de la nación dedicado a la plantación y recolección de cereales. Ni los Agentes de la Paz ni el Capitolio nos prestan demasiada atención, lo que suele resultar mejor, comparado a tenerlos encima como sucede con los distritos más grandes y ricos.
El escolta de nuestro distrito, Taegan Kayden, ocupa ahora el lugar que mi papá dejó vacío. Me resulta difícil odiarlo tanto como me gustaría: llegó nuevo el año pasado, y desde entonces su carisma ha sido muy notoria, varias chicas del distrito incluso lo consideran guapo.
—¡Bienvenidos y Bienvenidas a la Cosecha... de los Vigésimo Octavos Juegos del Hambre! — habla con demasiada emoción, sin darse cuenta que la mayoría de personas aquí reunidas no están nada emocionadas—. ¡Les deseo a todos y cada uno de ustedes, que la suerte esté siempre, siempre en su favor! — "Suerte" lo único que puede protegernos o salvarnos ahora—. ¡Es momento de elegir a nuestros tributos! ¡Primero las señoritas!
Siento cómo Elizabeth me toma de la mano y me la aprieta fuerte, y yo le devuelvo el apretón. Recuerdo que me dijo que ella había pedido varias teselas; yo nunca necesité ninguna. Las papeletas que están en esa urna y llevan mi nombre son pocas, al menos en comparación con muchas de las chicas que me rodean.
Taegan lee el nombre que está escrito en la papeleta, sacándome de mi ensimismamiento:
—¡Riley Wood!
El nombre resuena rebotando en mi cabeza, como un tic tac imparable, y siento como si mis pulmones se llenaran de algodón, impidiéndome respirar. No puede ser mi nombre: es el de la chica que lleva puesta mi ropa, la que siente como si fuera a desmayarse, y a la que mi amiga abraza, hecha un mar de lágrimas.
Antes de empezar a llorar yo también, paso al frente, sintiendo las primeras lágrimas caer.
Kinsey Alcott, 16 años, Distrito 11
Día a día todo se repite y parece que estoy viviendo en un eterno déjà vu: mamá encontrará la excusa perfecta para reñirme, mi padre me dará un recital sobre las responsabilidades que caerán sobre mis hombros cuando cumpla dieciocho años, llegarán mis primos Nathan y Graham a casa y con ellos las odiosas comparaciones que me harán desear que un rayo caiga sobre mi cabeza y la parta en dos… Porque sólo en la muerte veo la salida para este ciclo interminable y soy demasiado cobarde para acabar con todo esto por mi cuenta.
Cada despertar tengo la impresión de estar en un mundo diferente, donde soy feliz sin tener que ocultarme por miedo a las burlas y a las recriminaciones, pero pronto mi ilusión se desvanece dejándome en el mundo real. No obstante, anoche no hubo sueños que me calmaran, permanecí despierto por la ansiedad, ya que ayer, mientras estaba en la escuela, llegó a casa la notificación de que he sido preseleccionado para la cosecha.
En el Once no siempre nos toca participar en el sorteo que envía a dos desgraciados a morir para diversión del gobierno nacional. Al ser tan grande el distrito, resulta imposible reunir a todos los chicos elegibles en la plaza principal, por ello se realiza una selección previa, de esa manera quienes quedan por fuera pueden seguir ocupándose de sus obligaciones.
Mis hermanas fueron preseleccionadas apenas una vez de las siete cosechas que les correspondieron. Y a Nathan, que tiene dieciocho, lo acaban de escoger por primera vez. Esta será la tercera vez que correré ese riesgo, intento tranquilizarme, pero no puedo evitar pensar que la suerte no estará de mi lado, dicen por ahí que a la tercera va la vencida.
Apenas clarea el día, cuando no resisto más estar en la cama y salgo al amplio jardín. Hace tiempo que soy demasiado grande para la casita en la que mis hermanas solían jugar de niñas, pero es mi escondite del mundo cuando las cosas se ponen feas y, en mi estado actual, es mejor no aparecer frente a papá. Yo podría cometer una estupidez como derramar la leche o quebrar la fina porcelana que nos obsequió el prometido de Amanda y él ya no sabe tolerarme, quiere que yo comprenda que la vida no es fácil y menos entre los que tenemos la suerte de pertenecer al selecto gremio de capataces, quienes deben ser hombres duros y de autoridad, estrictos para castigar a los infractores, sin detenerse en consideraciones, sin demostrar solidaridad o empatía; que entre ellos literalmente sobrevive el más fuerte. Evidentemente ése no soy yo y es lo que papá no comprende.
Finalmente, el cansancio me gana, la tensión y el miedo le pasan factura a mi cuerpo y sin darme cuenta me quedo dormido pero, lejos de haber descansado, cuando despierto estoy agarrotado y muy adolorido por la mala posición en que dormí.
Renatta me ha venido a buscar, sin duda se me ha hecho tarde.
― Date prisa, Kin. Papá de seguro ya te está esperando ― mi hermana siempre ha cuidado de mí y hoy no es la excepción.
―Gracias, Rennie― le susurro al pasar a su lado, agachándome para atravesar la pequeña puertecilla.
―¡Ánimo, hermanito! Esta será la última vez ― promete abrazándome y quiero creerle, correspondo su abrazo y le dedico una breve sonrisa antes de salir a toda prisa hacia mi habitación.
No demoro nada en bañarme y ponerme la ropa de cosecha que heredé de papá: una guayabera beige y pantalón marrón de lino, él no era tan alto como yo, ni yo tan corpulento, por lo que Rennie las tuvo que ajustar. Sin ánimo para más dramas me voy directo al galpón donde me espera mi padre. Vivimos a unas cuantas hectáreas de la plaza y se me ha hecho tarde para irme a pie como quería. Lo encuentro hablando con Nathan, quien le trata como a un igual, restregándome en la cara que jamás me llevaré así con papá. Apenas me ven, Nathan arremete en mi contra:
― ¡Por fin estás listo, primo! Tardas más que tus hermanas ― es un palmo más bajo que yo, pero compensa la diferencia con una figura robusta y una actitud de macho alfa que me desagrada.
―Vámonos de una vez ―sentencia papá cortante―, al mal paso darle prisa.
Les ignoro durante todo el camino y me separo de ellos en cuanto llegamos, dejo que me fichen y camino directo a la zona que me corresponde, logrando, de alguna manera, bloquear el miedo y al mundo que me rodea, concentrado en que no ocurra lo peor, porque la cosecha ha comenzado.
Un silencio súbito y opresivo me envuelve cuando noto que los chicos de adelante se apartan para dejar pasar a Nathan. A través de la brecha que ha abierto, se acercan dos agentes con sus respectivos mazos dispuestos, supongo, a dar caza a mi primo, pero él sigue su camino hacia mí, me toma del brazo, me sacude, y masculla con evidente desagrado:
―Deja de avergonzarnos. ¡Sube ya!
Me sobresalto al comprenderlo, no fue a Nathan a quien eligieron, sino a mí. Busco con la mirada a Rennie y a Audrey, pero ninguna está. Me toma una respiración tomar consciencia de que nadie podrá salvarme sino yo mismo. Respiro, hondo esta vez, ocultando mis temores y avanzo hasta colocarme al lado de la mujer que escogió mi nombre, junto a ella se encuentra una niña pequeña que no parece tener miedo. La escolta, contrariada probablemente por mi reacción, se da prisa al presentarnos.
―Distrito Once ― dice sobriamente, a pesar del ridículo acento―, conozcan a sus tributos: ¡Bethany Curtis y Kinsey Alcott!
Los miro a todos y sonrío de verdad por primera vez en el día, porque si nos volvemos a ver ya no seré objeto de sus burlas, si no, al menos habrá acabado todo.
Ya no me queda nada que perder.
Vanille LaPelier, 19 años. Control de Clima
Cuando la instructora toma delicadamente mi mano y la mueve haciendo que mi dedo se deslice por la ciberfibra que conforma el holograma, mi primera impresión es que estoy tocando humo. Un humo más denso de lo normal, etéreo y ligero pero cuya presión puede ser sentida por mis huellas dactilares y que a la vez cede sin resistencia.
Con una sonrisa en la cara, miro hacia la pantalla observando cómo ocurre la magia.
—Con este menú de aquí, puedes crear el tipo de nubes que quieras y colocarlas en la parte de la Arena que desees.
Mi dedo, guiado por el suyo, crea un cúmulo algodonoso y lo arrastra hasta la parte alta del holograma, justo encima del edificio. En la pantalla, la sombra de una nube aparece en el tejado.
—Puedes hacerlas más grandes o más pequeñas...
Coloco el pulgar y el índice juntos sobre la nube y a la vez que los voy separando, esta aumenta de tamaño, cubriendo el sol.
—O puedes llenar toda la Arena de ellas y subir la probabilidad de precipitaciones con este otro menú.
—¿Subir la probabilidad? ¿No puedo simplemente hacer que llueva y pare cuando yo quiera? —pregunto.
—Claro que puedes. Pero debes manejarte bien en todas las opciones, a veces tampoco está tan mal dejar las cosas al azar.
Me apoyo en el respaldo del asiento, poniendo las manos en mi nuca.
—El azar está sobrevalorado. Prefiero dejar las cosas a mi gusto, pero estoy impresionada al ver la cantidad de opciones que hay a mi disposición. ¿Qué tal las opciones sobre el día y la noche? ¿Esas también se pueden pasar a manual?
—¡Por supuesto! Aunque aún no se ha hecho, una Arena donde siempre sea de día o siempre de noche es posible. El cielo de la Arena mostrará lo que tú quieras que muestre. ¿Recuerdas esa edición donde el cambio del día a la noche y de la noche al día estaba condicionado por las muertes?
—Dos muertes, día. Dos muertes más, noche. Conozco esa edición, pero yo era muy pequeña.
La mujer me sonríe y consulta su reloj.
—De todos modos, consulta con Rowan antes de hacer un cambio así. La longitud del día y la noche vienen por defecto en la mayoría de las ediciones... Y ahora Vanille, voy a ir a la cafetería a almorzar antes de que venga Lucky. Hemos terminado por hoy, pero puedes quedarte practicando un poco más.
—¡Hasta mañana!
Ni bien me quedo sola, me crujo los nudillos y comienzo a juguetear con las opciones, creando una tormenta de granizo, una ventisca helada y bajando la temperatura, hasta que el sonido de alguien aclarándose la garganta a mis espaldas hace que gire mi asiento 180 grados.
Me cuesta unos segundos encontrar el origen del sonido, pero al fin veo a mi compañero Vigilante apoyado en la pared blanca.
—¡Hola Lucky! La instructora dice que...
—Lo sé. Lo he oído, llevo aquí un rato.
Me da un escalofrío. Qué perturbador es este chico. ¿Llegó sin decir nada y se quedó ahí parado observando todo desde a saber cuándo? ¿Por qué no saludó?
—Pues no me había dado ni cuenta, debe ser porque te fundes con la pared.
Sin contestar a mi broma, él avanza y se sienta a mi lado, observándome de derecha a izquierda y de arriba a abajo. Me encojo de hombros como para decirle "¿qué diablos pasa?".
—Te quiero... —dice tomando uno de mis mechones.
Abro tanto los ojos que por un momento pienso que me van a salir. ¿Este chico daltónico y que se viste como un señor de 200 años de edad está interesado en mí? ¡Al menos que se broncee primero!
—Esto... ¿¡Qué dijiste!?
—Te quiero arrancar el cuero cabelludo tira a tira —susurra.
Suspiro aliviada.
—Qué susto me diste. Pensé que estabas seduciéndome o algo. ¡La próxima vez no seas tan ambiguo!
Ignorando mi respuesta, saca unas gafas de sol de su bolsillo, se las pone y se acomoda en el asiento. Tras lo cual arrastra el menú de ciberfibra de las opciones sobre clima que hay frente a mí y comienza a trastear entre las opciones.
Como no propone ningún tema de conversación, me siento en la obligación de hacerlo yo.
—Lo de arrancarme el cuero cabelludo lo has dicho de broma ¿no? ¿Y por qué te pones esas gafas de sol?
En la pantalla, la lluvia aumenta, la luz disminuye aún más y un relámpago hace que todo se vuelva blanco por un momento.
—Porque soy demasiado joven para quedarme ciego si voy a tener que mirar mucho esa fábrica de migraña portable que tienes por peinado.
—Pobre. No tienes ni idea de estilo, pero no te preocupes porque al parecer vamos a vernos a menudo durante los próximos meses... Solucionaré eso.
—Lo dudo. Mucho, de hecho. Oye... Esto es entretenido. Creo que podría gustarme, aunque ya le he tomado apego a mi puesto.
—¿Me enseñas el panel de los mutos? —digo con curiosidad—. Me han dicho que los has traído de tu propio portafolio.
—Sí, hice unas cuantas cosas para presentarles a los seleccionadores y decidieron usarlas para testeo. Nada demasiado elaborado.
Lucky hace que vuelva a salir el sol, deja el menú del clima a un lado y abre el de las mutaciones. Tras arrastrar una de ellas con su dedo, la deja sobre el tejado del hospital psiquiátrico que conformaba la Arena del año anterior. Es un pavo real macho el cual comienza a caminar majestuosamente de aquí para allá. Luego mi compañero Vigilante modifica algunos valores en la consola virtual y el muto abre su cola como un abanico.
—¡Oh dios mío! —exclamo, al ver el bello efecto caleidoscópico de las plumas de diferentes colores brillando al sol.
Entonces me fijo que no son plumas, son como esquirlas de cristal superpuestas que salen disparadas en varias tandas en cuanto él presiona un botón, quedándose clavadas en la pared de una caseta blanca que hay en el centro de la terraza.
—¡Oh dios mío! —repito—. ¡Eso estuvo impresionante! Me gustaría verlo en unos Juegos del Hambre de verdad. ¿En serio lo has hecho tú?
—Claro. ¿Por qué crees que me dieron este puesto? —dice, pero no suena presuntuoso sino como si fuera lo más obvio del mundo—. Tú sin embargo... Eres diferente al resto. ¿Qué hiciste para pasar el control? ¿Tienes contactos?
No logro discernir si lo dice para molestarme o no, pero me asombra que se haya dado cuenta.
—Originalmente el resultado de la prueba indicaba que yo destacaba en habilidades sociales y me ofrecieron un puesto como escolta, pero no me gustó cómo sonó eso... A decir verdad, me entusiasmé demasiado cuando anunciaron lo de los nuevos Vigilantes y me apunté ese mismo día pero luego me arrepentí en parte. Me podían mandar al Distrito 1 o al 4 pero eso eran dos posibilidades entre doce de que me tocase un distrito bueno.
—¿Y por qué simplemente no lo rechazaste?
Al recordar a mi ex gemela astral, Cósmica, mi labio se tuerce hacia abajo involuntariamente.
—¿Recuerdas aquella moda de los gemelos astrales?
Él entrecierra los ojos mirando hacia un lateral.
—Eh... Creo que me suena de algo, pero nunca me interesó demasiado.
—No sé por qué no me extraña en absoluto. En fin, yo tenía una gemela astral. Ella fue la que obtuvo el puesto pero lo nuestro ya estaba muy deteriorado, y eso de los gemelos astrales como que no se veía muy fiable. Creo que era un timo, y necesitaba una excusa para romper definitivamente, así que aprovechando que nuestro look era idéntico me presenté en su lugar.
—Se darían cuenta al hacer la comprobación del chip de identidad.
—Así es, pero cuando les conté mis razones, la seleccionadora sonrió y dijo que eso me acababa de dar puntos o algo así, así que aquí estoy... Básicamente.
—Ahora entiendo —dice distraídamente, lo cual tampoco me deja saber lo que piensa al respecto.
Una alarma se activa en mi teléfono, señal que me indica que debo irme ya.
—Otro día me enseñas más de tus mutaciones. ¿De acuerdo? Es un tema que me interesa. Ahora debo asistir al juicio por la custodia de mi gato... Esa Cósmica cree que podrá apartarlo de mí por siempre.
El bicho me odia en realidad, creo que estamos ante un caso de alienación parental. Pero que me ahorquen si dejo el tema de lado.
—Una cosa —dice Lucky cuando me pongo en pie—. Antes has dicho que el azar está sobrevalorado. ¿Por qué piensas eso?
Su pregunta me hace reír.
—Ahora que lo pienso tu nombre es "Lucky". Creo que si tenemos el poder de hacer algo para cambiar lo que no nos gusta por algo que nos agrade o nos sea útil... ¿Por qué conformarnos con lo que el azar nos ofrece?
Es lo que mi familia me ha inculcado desde siempre, ellos mismos lo hicieron conmigo. Me crearon a su gusto.
—Conozco a alguien a quien le caerías bien —dice, aunque no especifica quién—. Suerte pues con lo del gato, y en lo de aplastar a esa gemela astral tuya.
—Ex gemela astral. Y no me la desees, no la necesito.
Mi abuela me consiguió un buen abogado.
Lo último que veo de la sala de control antes de salir, es que Lucky ha sacado una mutación monstruosa que ha aplastado al pavo real contra el suelo, llenándolo todo de sangre.
—Wow... —murmuro impresionada ante el bicho gigantesco, pero también algo triste porque el pavo real me gustaba.
Hola! Aquí, en la fiesta de playa en la que al parecer #marizpe se imaginó el lanzamiento, traemos la primera ronda de Cosechas. Este capítulo llega a ustedes gracias a la gentileza de paulys, Freyja, Camille, galdrastafir, Natalie, Stelle y Alphabetta; a quien corresponden los personajes de Amber, Adler, Mana, Brandon, Riley, Kinsey y Vanille, respectivamente.
¡Sí! ¡Lo he dicho! Alphabetta resultó ser la mamá de Vanille. Y con eso vamos con la respuesta a la pregunta que ha tenido a todos de cabeza (y que nosotras hemos estado deseando responder desde el sábado pasado).
¿Quién es la mente maestra detrás de cada Vigilante?
-Vanille: Alphabetta
-Lucky: AleSt
-Cherise: HikariCaelum
-Arah: Coraline T
-Rowan: Elenear28
Eso, lamentablemente, significa que #nonosconocen y por ello declaramos desierto el premio en las apuestas. ¡Nadie ganó! Pero no se depriman, que habrá más oportunidades de darle extras a sus chicos.
Fuera de eso, estamos contentas porque dos terceras partes de los submitters han probado ser excelentes padres y se encuentran al día con los comentarios. Felicidades a: La chica de pelo rojo, Freyja af-Folkvangr, Camille Carstairs, Paulys, Joy Hamato, Chupipli, Imagine Madness, Amber Swan, bermone, pilarz, marizpe, Robyn Raven, Stelle Lioncourt, ponchi535, Yolotsin Xochitl, Cassian RenMei y wenyaz. También un agradecimiento especial a Twilli Prince por habernos dejado un review larguísimo sin tener la obligación de velar por un hijo o hija en este fic.
Si tu nombre no apareció en la lista anterior, deberías empezar a preocuparte un poco XD.
Es importante para los autores de cada capítulo el recibir feedback personalizado sobre su segmento. Por eso los animamos a dejar reviews no generales sino por personaje. Si quieres ver un ejemplo, abre los reviews de esta historia.
Los reviews con crítica constructiva son bien recibidos, pero si no tienes nada bueno que decir, por favor no digas nada. Muchos autores están empezando y quieren mejorar, no desanimarse.
Ya está actualizado el blog con las veinticuatro fichas. El arte es de Imagine Madness, igual que los gafetes de los Vigilantes. ¡Gracias, Imagine!
Ojalá puedan pasarse por ahí y darnos una opinión.
Preguntas:
1.¿Cuál de los cinco Vigilantes crees que podría sentir preferencia por tu tributo? Explica por qué.
2. De esta ronda ¿quién fue tu favorito y por qué? ¿Quién crees que la tendrá más difícil en la Arena?
3. ¿A qué tributo, que no sea tuyo, esperas conocer? ¿Crees que alguno de estos chicos pueda ser aliado de tu tributo?
La próxima semana empezamos con la ronda de tributos de distritos pares con Geb, Bounder, Regulus, Adeline, Magdie y Hyden. Necesitamos todos esos POVs hoy, sábado 23 de abril en el correo del foro, así que esperamos noticias de lauz y Amber, que son quienes aún no mandan su borrador. :)
Esperamos que les haya gustado este capítulo.
Saludos, sus Vigilantes.
