Otro de los drabbles perdidos que consideré recuperar. Va unido al de "Princesa" (teniendo ambos el mismo número exacto de palabras), siendo ambos juntos una especie de triángulo amoroso Prusia ► Hungría ◄ Austria. Son como una especie de reflexión acerca del amor que procesan cada uno de ellos a la húngara y cómo la hacen sentir: uno como una Princesa, otro como una Guerrera.
También es de mis primeros años en el fandom así que, de nuevo, perdonad todo posibler fallo de OoCness o algo así.
Prusia y Hungría pertenecen a Himaruya Hidekaz y su obra Axis Powers Hetalia.
¡Se aceptan reviews/críticas/opiniones/tomatazos~!
Así es como le gustaba verla: totalmente desnuda en su cama, con su cortina de pelo arremolinada bajo su espalda y su cuerpo evidentemente cansado totalmente a su merced.
Colocando sus piernas a ambos lados de su cuerpo, acercó el rostro a su cuello. Tan frágil, tan blanco e impoluto, tan apetitoso. Apenas podía resistir las ganas de marcarlo, de reclamar aquel como su propio territorio, como si la yugular de la mujer fuera sólo el conducto por donde su propia sangre prusiana la recorría.
De hecho, no se molestó si quiera en tratar de contenerse.
Los besos se sucedían con los mordiscos, pintando la blancura de su piel en rojo. Los dientes se sucedían con sus labios a medida que iba recorriendo su garganta hasta llegar hasta sus firmes pechos, llenando el previo silencio de la habitación con sus suaves gemidos.
Aún era capaz de sentir no sólo el olor sino también el sabor de las perladas gotas de sudor que el ejercicio había condensado sobre su cuerpo, palpar la humedad a medida que ascendía y descendía las curvas de su cintura, oír su respiración entrecortada por el cansancio, deleitarse con aquel rostro que aún le observaba con aquella expresión que parecía desafiarle a un par de rondas más.
Volviéndole tan loco.
Era como viajar en el tiempo a aquellos años donde, sin apenas mediar palabra, se entrelazaban con sus lenguas y sus cuerpos, dejándose llevar por sus más primitivos instintos a un por aquel entonces desconocido mundo de nuevas y fuertes sensaciones.
Porque, después de todo, así es como le gustaba verla: como la fiera guerrera que tantas y tantas batallas había librado contra y junto a él, aquella que durante tanto tiempo había confundido con un peleón chico que creía que los penes brotaban de la nada como árboles y no como la niñera de aquel estúpido y remilgado señorito.
—Gilbert, siempre serás un despreciable, insensible y egoísta cretino—susurró la voz de Hungría desde la almohada, incapaz de aparentar siquiera estar un poco seria.
El del pelo blanco se limitó a sonreír pícaramente en respuesta.
—Y tú siempre serás mía.
