Quizás no era el hombre más educado del mundo (un 'grosero', tal y como decían las enfermeras a sus espaldas), pero su papá era un hombre del que estar orgulloso. Era un hombre de 'honor', como decía Squallo, uno de los amigos de papá que siempre le acompañaba cuando venía de visita.

Papá la llamaba Rin-Rin y la hacía rabiar para luego reírse de sus pucheros con aquella sonrisa ladeada. Squallo la llamaba también así. Ella les llamaba Papi y Sir. Tiburón (o Sirenita cuando estaba muy irritada). Consideraba que los tres se llevaban muy bien.

No venía casi nadie más de visita pero para ella era más que suficiente, las fuerzas le abandonaban de vez en cuando y el cansancio la hacía dormir mucho más de lo normal. El poco tiempo que estaba libre, sin pruebas a las que atender o quimioterapia, dibujaba, a su papá, a Sir. Tiburón y sobre todo a las avecitas que hacían sus nidos en el árbol que estaba en frente de su habitación.

Cada semana o dos le llegaba por correo algún libro de ilustraciones que disfrutaba en copiar y releer. El último había sido: Los tres cerditos. Le había gustado, después de todo no era más que una niña.