CAPÍTULO II
VERDAD Y CASTIGO
Por Viry Villa3
Manu me escuchó, había una distancia considerable entre nosotros, sin embargo parecía cambiar; podía divisar cómo su piel se movía y su calor corporal aumentó, no dejaba de sudar, y emitir un extraño humo como el vapor. Cooler o mejor conocido como Cólera; apareció saliendo del cuerpo de su huésped como un ente maligno y oscuro, yo aún en el suelo me puse a idear algo para salir de esta complicada situación. Entonces recordé algo, en más de una conversación con él e incluso con Cólera, se me insinuaba, mencionó que quería tocarme.
Así que opte por actuar y fingir – Aaah… Manu…― Lo intente seducir; cambiando mi tono de voz y moviéndome lo más sensual que pudiese, hasta ponerme de pie. Hice que una tira de mi ropa cayera a mi antebrazo intencionalmente y subí la falda del vestido para que pudiese ver mis muslos o tal vez algo más. Dije – Oh, Manu… Sé que te gusta lo que ves…― lo provoque un poco más, y no solo a él si no a… ―Ven aquí, ahora… Héctor― Manu pareció calmarse, pude notar que algo se movió en su entrepierna. Uno de sus demonios que representa la Locura, al cual llame Héctor, me dio la oportunidad de ponerle nombre a algo como eso. Salió como de costumbre un poco loco, se detuvo justo a unos centímetros de mí, me vio de pies a cabeza como si estuviese guardando todo en su mente y sólo exclamó – Aaaah… No sé por qué el Amo Manu te dejó si estás tan buena. – Yo le dije fingiendo indiferencia – ¡Mph! Pues ya ves; lo que son las cosas…― Se acercó más y me rodeó, tomó uno de mis pechos, lo aplastaba bruscamente; yo no evite quejarme, Manu nos observaba, quieto sin moverse. Héctor― Mmmh… Slurp ― Babeó un poco al mirarme de esa manera morbosa ― ¿Qué pasa si toco aquí? – Dirigió su mano hacía mi entrepierna, alzó mi vestido y metió su mano en mi ropa interior. Yo me quejaba pues comencé a excitarme al tacto de esos fríos y delgados dedos masculinos.
Manu no soportó más y gritó molesto – ¡BASTA! Tu no vas a tocarla Héctor, ahora regresa― Demandó a aquella pálida criatura que había dejado de manosearme. Éste se molestó y entró al cuerpo de Manu sin chistar. Él se acercó, yo me quede un poco extasiada, y él me dijo – Tú, vienes conmigo― Me tomó del brazo halándome violentamente, casi me arrastraba de la desesperación, yo solo pronuncie un ligero y ahogante ― ¿Qué? ―
Me lanzó a la cama, ahí él se me echó encima diciéndome – Ahora que estas aquí, finalmente te puedo tocar, y follar lo que me plazca. ― Yo sólo me quede impresionada, se acercó aproximándose a mis labios y me beso bruscamente, después comenzó a bajar lentamente por mi cuello besándolo desenfrenadamente y sus manos las tenía ocupadas tocando mis piernas, yendo más y más dentro de mi vestido, no pude aguantarme más, lo rodee con ellas y lo abrace acercándolo aún más hacia a mí. De repente se me vino a mi mente –…Alexander― Sin querer lo dije en voz alta; Manu lo escuchó y dijo ― ¡¿Qué?! – Yo solo lo mire y balbucee – Eh… Aaah… ― Lo empuje con fuerza, me levante de prisa gritándole – ¡Lo siento, pero no puedo…!― Corrí a la habitación en la que me quedaría, pero al parecer Manu había sacado nuevamente a Héctor y llegó antes que yo, frene para esquivarlo pero al darle la espalda me pescó por detrás, me dijo con su típica voz agitada – ¿A dónde crees que vas? No te iras hasta terminar lo que empezaste.― Me quede callada, entonces de la nada Héctor cayó a un costado mío, volteé inmediatamente, traía incrustada una… una… bayoneta de… ― Él… está aquí…― Me bloqueé por un instante, corrí a buscar a Manu; pero mi sorpresa fue el toparme con Alexander me vio escrupulosamente y me dijo― ¿Qué pasa contigo? – Le conteste tajantemente, evitando su penetrante mirada esmeralda ― Nada― Sentía su mirada pesada sobre mí ― Veo que no acabaste el trabajo ― Yo solo agache mi rostro, no pude decirle nada al respecto, escuche a Héctor retorciéndose del dolor. Alexander dijo – No puede escaparse de eso. – Manu nos vio, Alexander giró hacía él y dijo – Aaah… Me encargare de esto ahora.― Sacando bayonetas pequeñas de lo más profundo de sus mangas. Mis pensamientos cambiaron en ese instante, corrí hacia ellos, me puse en medio. Escuche que Alexander me llamo – Hera… ― Titubeó un segundo, pareciendo meditar algo. ― Esto me dolerá más que a ti. ― Y yo me desconcerté al oírlo; pues no se me ocurrió lo siguiente, me tomó de mis ropas levantándome casi hasta su altura, tumbándome hacia la pared, me golpeé en ella fuertemente. Se acercó a Manu amenazadoramente, volviendo a sacar sus bayonetas normales, estaba decidido a atravesarlo, y por alguna extraña razón Manu no se movió, me incorpore del piso gritando, llorando suplique –…Aah… ¡…Noooo! ¡Detente, Alexandeeeer!― Utilice algún tipo de poder que desconocía casi por completo, pues trae sus desventajas… Detuve los movimientos de Alexander era como si lo hubiese paralizado, Manu me giró su vista, confundido y yo le grite aun en el piso ― ¡Vete! ¡Huye! No creo poder mantenerlo mucho tiempo – Manu me dijo ― ¿Qué? No, tú también vienes conmigo. No te dejare aquí – Yo le grite replicando – ¡No, no puedo! – Me puse de pie y me dirigí hacia Héctor, le quite las bayonetas y dije – ¡Váyanse…! – Manu me volvió a gritar molesto por mi testarudez – He dicho que no. ¡Vámonos! – Me tomó del brazo y me arrastro con él.
Salimos del edificio, yo me sentí cansada, caí nuevamente al suelo. Manu volteó y gritó mi nombre; de repente aparecieron unas figuras de negro, los soldados del Vaticano ya se encontraban atacándole, eran de la sección XIII de Iscariote, yo ya no pude ponerme de pie, se me acercó alguien, alce mi vista forzosamente, vi que era Heinkel, la cual me miro con desdén y detrás suya estaba Yumie, la cual decía – ¿Este es el maldito demonio bastardo? – Desenfundo su katana, vi como acuchilló a Manu en el brazo yo ya estaba al borde de las lágrimas grite – ¡No! …No le… hagas daño – Heinkel exclamó con fastidio ― ¡Ay por favor, cierra la maldita boca! ― Se acercó a mí, enterrando su mano en mis cabellos rojizos, de una manera violenta, halándome hasta levantar mi mojado rostro para seguir diciéndome de cosas ― Lo único que sabes hacer es llorar, debería matarte ahora. Sería muy sencillo.― Me forzó a abrir la boca con la punta de su arma, fría y dura… Me lastimó un poco.
Alexander apareció, saliendo de la puerta principal del edificio, diciendo – Ni se te ocurra… ― Heinkel me soltó en el acto ―…Sabes bien que ella es muy valiosa para nosotros. Sus lágrimas queman, su sangre mata… Nació para ser un arma al beneficio de Dios nuestro Señor. – Yo solo los escuche… Alexander se acercó y me cargo repentinamente como damisela, no podía verle a la cara, pensé "Está enojado" ya casi no tenía noción de lo que pasaba a mi alrededor.
Alexander me llevaba hacia el auto negro, y alcance a oír que dijo – Querida Hera, será mejor que descanses, haz llegado a tu límite. Suficiente por hoy.― Volteé a ver a Manu caído, siendo capturado por el resto de los Iscariote, y enseguida perdí el conocimiento.
Desperté… un instante, me encontré en lo que parecía un laboratorio pero yo estaba dentro de algún tipo de cápsula la cual está llena de un líquido que parecía agua. Vi a varias personas a mi alrededor pude escuchar murmullos uno dijo
– No tardara en despertar, es hora.―
Yo estaba consiente o eso me pareció. Drenaron el curioso líquido, y sentí cómo quedaba colgando por unos cables que estaban incrustados por mi espalda lo más raro fue que no sentía dolor, mis ojos me pesaron nuevamente, no podía moverme pero podía oír todo, sentí como me halaron para luego acostarme en una camilla, después me vistieron y me llevaron a mi habitación. Sentí un piquete en mi brazo derecho, hizo que me adormeciera más, me dio mucho sueño.
Abrí mis ojos gritando – ¡MANU!― Me incorpore de la cama y me quede desconcertada, mire alrededor de la habitación vi mis ropas era un vestido muy parecido al de la monja Yumiko, solo que en blanco. Todo lo anterior pareció un sueño, ¿lo era? –Manu, tengo que buscarlo.― Me levante de la cama desesperadamente; corrí hacia la puerta y salí del cuarto, solo para encontrarme con Heinkel y Yumie, pero esta vez era Yumiko.
Heinkel me vio y enseguida se acercó a mí diciendo ― ¡Hey! Tienes prohibido salir de tu habitación – Camine hacia ella y le dije con lágrimas en los ojos – Por favor, déjame verlo… Necesito verlo… Aaah… ― Caí de rodillas, llore, y le suplique. Yumiko me vio con lástima, y dijo – Heinkel… Déjala. Está bien Hera. Pero hay un pequeño problema… Él se encuentra en… el cuarto subterráneo. La otra mujer se molestó, pero no dijo más nada. ― T-te llevaremos hasta donde él está, pero…―
Llegamos a la habitación, la cual no podía ser nada más ni nada menos que la cámara de tortura, la cual se encuentra muy dentro, ocultó para que el mundo no sepa los horrores que se encuentran en la actualidad. Hay muchas habitaciones donde se utilizan aun en estos días, para aquellas criaturas impuras, es difícil entrar parece un laberinto y casi no hay luz. Entre, mientras Heinkel se encargaba de los guardias, me aproxime a la puerta grande y pesada, logre abrirla y entre a la habitación, es muy grande. Oí varias voces que decían:
– Es ella…―
―Sí, mírenla.―
―Ahí está, esa chica― No pude ver de dónde venían, la luz era muy tenue, pero eran solo susurros, solo que no supe si en verdad había alguien más ahí o solo fueron ideas mías…
Me acerque a Manu… o lo que parecía ser él, movió su cabeza a mí y solo pudo pronunciar con una voz dolida –He… Hera― Yo me quede viendo aterrada… ―Ma- Manu…― Lleve mis manos a mi boca como si no quisiera que me escucharan, no pude evitar mi llanto.
Flashback
―…Pero te lo advierto lo que veras es algo que nunca pudiste imaginar ni en tus peores pesadillas. –
– No me importa, lo afrontare―
Fin del Flashback
―Ay… Manu esto es… esto es… ―
―Esto es gracias a ti. ―Escuche una voz masculina a unos metros detrás de mí ― Debes estar feliz por haber logrado capturar a un ser tan desagradable, lamento lo que hayas pasado. – Volteé inmediatamente, venia hacia a mi Enrico Maxwell, líder de la Organización de Iscariote. En ese momento cambie y dije – ¿Feliz? ¡Mph! ¿Por qué, por atrapar a alguien como él? ¡Je! Y qué lo digas. ―Sonreí maliciosamente, trate de guardar las apariencias Se detuvo frente a mí y le dije aún sin verle directamente – Tú bien sabes lo peligrosa que soy ya con un arma entre mis manos, pero puedo serlo igual o más sin una… ―Alcé mi vista a la suya; diciendo ― Sabes a lo que te enfrentas.― Lo mire fijamente a los ojos, y él pudo ver mis ojos rojos llenos de lágrimas mi rostro creo que era lo suficiente amenazador no pude evitarlo solo quería matarlo.
De regreso a la habitación:
― ¡Maldito Vaticano! ¡Maldito Maxwell, lo odio! Tiene a Manu… tiene a Manu como si… como si no fuera ni un ser humano… ¡Aaarrg! ¡Debería asesinarlo! …Soltar a Manu para que haga un completo caos… Claro no es mala idea… Sí – Sonreí pensando que era un plan perfecto, la verdad es que me encontraba muy furiosa y no pensaba con claridad.
De repente Alexander entró interrumpiendo mis malvados planes, como si nada le mire poco sorprendida y pregunte viéndole de mala gana.
― ¿Qué haces aquí? – Me cruce de brazos, demostrando mi disgusto por sus actos de hace rato.
Alexander contesta en su tono habitual –Maxwell me envió a vigilarte.― Mientras se acomodó en el sillón con su mirada esmeralda penetrándome a través de esos cristales de sus gafas, causándome aquél escalofrío ¿o era algo más?
Sonreí despreocupada ―No me extraña que no confié más en mí, y más si Manu está ahora involucrado. Por cierto, Alexander… ¿Tú…Tuviste que ver en que lo tengan encerrado de esa manera?―
Alexander respondió seriamente sin ninguna emoción en concreto – Es un demonio, se merece eso y más.―
Le respondí casi burlándome – ¡Ha, ha, ha! Siempre me dices lo mismo, ya hasta me lo sé de memoria. Además esa no fue la pregunta que te hice.―
Alexander se quedó callado un momento, espere alguna reacción de su parte. Sólo se puso de pie repentinamente, diciéndome antes salir – Tú bien sabes que sí – Salió de la habitación.
Me quede desconcertada un segundo, luego puse una ligera sonrisa diciendo entre dientes – Mentiroso.―
Mientras tanto Enrico Maxwell se encontraba en una habitación poco iluminada, parecía meditar en algo, un tablero de ajedrez se podía divisar entre las tenuidad del cuarto, frente a él esta una silla más vacía, de repente aparece Alexander diciendo ― ¿Qué es lo que planeas Maxwell?― Enrico se sobresaltó de su silla tomando la parte en donde recargas tus brazos y codos, pues no lo vio venir y contestó con sorpresa ― ¡¿A-Anderson?! No me pegues esos sustos. ―
―Dicen por ahí que si te asustas con esto, entonces ¿cómo tendrás el corazón? ― Dijo el sacerdote acomodándose en aquella silla dorada, y vacía ― Lo siento, no era mi intención.―
―Sí, lose. ―Volvió a tomar su postura anterior diciendo ―No te preocupes, además necesito de tu ayuda. Vamos a preparar el castigo previo a la ejecución del demonio "Manu"
―Oooh… ¿Ya tienes algo en mente?―
―Digamos que sí y no. En realidad necesito probar algo o mejor dicho a alguien ― En su mente estaba la joven Hera; pero también Alexander. Maxwell lo probara en el proceso de lo que se aproxima para comprobar su lealtad. ―No la pierdas de vista. Quiero que ella misma se encargue de la ejecución de mañana. ―
Alexander abrió sus ojos de sobremanera diciendo ― ¿Estás seguro de eso? ―
Maxwell entrecerró sus ojos mirándole le dijo ― Estás cuestionándome, Anderson…―
El Padre giró su vista a un costado diciéndole al albino ― No, para nada. Si es lo que quieres, así se hará. ― Se levantó de la silla, apartándose del juego inconcluso de ajedrez.
Enrico Maxwell, sonrió de manera oscura diciéndose a sí mismo ―Aquí es cuando todo se pondrá bueno. ―
― ¡Heinkel, Yumiko! ― Llamó Alexander Anderson a sus subordinadas; apartándolas de la puerta ―Pueden descansar, yo me encargare de vigilarla. ―
― ¡Eh…! Pero, Padre Anderson…―Replicó Heinkel, más sin embargo frenó sus labios al ver la intimidante mirada que le clavaba el rubio.
― No me hagas repetirlo de nuevo…― Mencionó Alexander de manera severa. Las jóvenes no chistaron más, pero Heinkel no quedó conforme, Yumiko trataba de calmarla, pues sabe que le tiene cierto desagrado por Hera.
El Padre, volvió a entrar a mi habitación, como si fuera la suya me gire a verle pues me estaba poniendo cómoda al menos eso fingía. ―Otra vez, tú… Sigues empeñado en vigilarme, ¿eh? ―
―Es una orden de Maxwell. Debo acatarla. ― Dijo yendo al mismo sillón, en el cual se sentó y se encorvó apoyándose en sus rodillas, mientras me observaba con mucha atención.
―Ese escalofrío… ―Me dije a mi misma, dándole la espalda ―…No me gusta que me veas así. ― Le dije en voz alta.
― ¿Por qué, te molesta? Disculpa, no es mi intención. ― Se disculpó tranquilamente, de una manera en que muy pocas veces reacciona, hizo que me sonrojara. Contesté sin mirarle. ―Ya… Ya me preparaba para dormir. ―
―Dormir… ¿tu? Pero si así has estado todo el día. ―
―Uhm, y qué… Aún sigo cansada. ― Dijo la joven, yendo al baño, y encerrándose en él.
―Ugh… ―Expresó el sacerdote, mientras esperaba en silencio, sólo observando todo lo de a su alrededor.
―Para qué lo quiero aquí… Me pone nerviosa… Mi corazón no deja de palpitar ahora, más que nunca… ¡Maldición! ―Grite dentro de mi… No quería salir del baño, sabiendo que aquel alto y fornido bulto, sentado al sillón, estaría ahí esperando, vigilándome… Sus ojos verde esmeralda, estarán sobre mí una vez que salga de aquí…― Me arme de valor y comencé a abrir el picaporte, y encontré el enorme cuerpo masculino de pie justo frente a mí.
― ¡Qué haces! ― Exclame con mucha sorpresa.
― Tardaste demasiado. Pensé que te habrías desmayado de nuevo. ―
― ¿Eh? Es eso o solo querías verme sin ropa interior. ―
― ¿Huh? ¡Qué estás diciendo! ―
Dije solo para fastidiarle ― ¡Lo que oíste! La mayoría de…― Detuve mi habladuría debido a que me observó con atención.
― ¿En serio no traes ropa interior? ― Preguntó con preocupación, cosa que me sorprendió, y no evite el sonrojarme frente a él. Comparándonos a ambos yo realmente parezco una niña a su lado, puesto que ya tengo la mayoría de edad, es demasiado alto… Sigo sintiéndome roja. ―Qué pregunta tan tonta, claro que traigo. No soy una cualquiera, Alexander. ― Dije ya alejándome de tremendo ente, que me siguió hasta la cama.
―Buenas noches… ―Dije sin verle a la cara, seguía sonrojada, y no entiendo el porqué.
―Descansa, Hera. ― Me regaló una sonrisa, era raro verlo sonreír, claro si no fuese por otros asuntos como por ejemplo encontrarse con los de Hellsing, en especial Alucard.
―Yo no voy a dormir, así que descansa tranquilamente. ―
Escuche que me dijo más serio, y yo no podría dormir sabiendo que estaría ahí, impidiéndome el poder salir de aquí, para poder ayudar a Manu. De tanto darle vueltas al asunto, me quede dormida. Ignorando finalmente lo que sucedía alrededor mío.
Alexander se puso de pie, y enseguida se quitó su larga sotana gris, colocándola en una mesa que se encontraba a unos metros de él, acto seguido se abrió aquella camisa blanca hasta dejar descubierto sus pectorales marcados, se podía divisar su bello color rubio, y una que otras marcas como cicatrices, de seguro eran de mucho tiempo atrás, o incluso relativamente recientes, después sacó ese típico cuello blanco clerical, observó aquél saco griseado admirando su pequeño arsenal de bayonetas en todos los tamaños, su biblia al lado del corazón, y otros utensilios más, material de oficina. Diría él, limpiaba sus armas blancas, hasta dejarlas brillar, no tenía otra cosa más que hacer, aparte de observar a la joven chica que dormía plácidamente en la cama cerca de una ventana alta, y en la esquina de la tenue habitación.
Al pasar un rato, Alexander posó su vista en la delgada figura femenina acostada a unos metros lejos de él. Se puso de pie, aproximando su ser hacia esa cama, observando el cabello oscuro rojizo de la chica, la poca piel descubierta que está tapado en su totalidad por la vestimenta blanca, le miró distinto está vez. Le dio la espalda y en eso escuchó unos balbuceos por parte de la chica, se giró inmediatamente llamándola:
― ¿Hera, Hera? ―
―Uhmn… Uhm… Mmh… N-no… ―
El padre se acercó más para despertarla, puso su mano en un hombro delicadamente, pero el despertarla fue el reto. ―Hera, despierta… ¡Estás soñando! ― La chica comenzó a hablar más claramente, además de estar dando unos manotazos.
―Gah… ¡No, déjame es muy pronto! ― Abrió sus parpados de golpe, y al mismo tiempo se incorporó de la cama, sin darle tiempo al hombre de moverse, casi chocan ambos cara a cara.
―A-Ale-Alexander…― Pronunció ella aún un poco adormilada.
El paladín no quiso apartarse, por alguna extraña razón, se quedó quieto como si estuviese paralizado por un hechizo de petrificación, y Hera ni siquiera parpadeaba, se encontraba en un dilema, algo en la mente de ambos sucedía, pero ninguno cedía.
Entonces ella finalmente se movió soltando un ligero suspiro ― ¿…Qué…? ―Levantó sus manos al mismo tiempo que hablaba hasta la altura del pecho masculino del hombre ― ¿…estás haciendo? ― Colocó ambas manos delicadamente en el pectoral, sintiendo su calor corporal, lo empujó levemente con sus delgadas manitas, y se dio cuenta de que se encontraba desarregladas sus ropas de clérigo.
―De nuevo… no… Las palpitaciones irregulares… ¿por qué? ¿Por qué me suceden ahora? ―
Mientras lo alejaba de ella, el paladín, no se midió en lo que hizo. La tomó desprevenida pescándole ambas delgadas muñecas, con una sola de sus manos blancas por los guantes, las pegó en el pecho de la chica con forme iba cayendo de nuevo a la cama. Se quedó sobre ella, mirándole, ella sorprendida dijo ― ¿…qué…? ¿…Alexander? ― El hombre se acercó hasta su rostro, Hera se sonrojo mucho, y casi cierra sus ojos por algún motivo.
―…Debes descansar. ―Dijo Alexander soltándola y se irguió de nuevo.
Hera pensó ―…No, eso tenía otro significado… o sería mi imaginación. ― Sí, lo sé… Tú también deberías dormir.
―No voy a caer en tu trampa. Tenías una pesadilla, por eso te desperté. Ahora vuelve a dormir.
―Sí, sí. Claro. ― Dije con sarcasmo, volviendo a recostarme de mala gana sobre la blanca almohada, y le di la espalda, viendo hacia la pared, claramente oí que tomaba una que otra de sus armas blanca, y la volvía colocar en su lugar.
Mientras tanto:
El joven llamado Manuel, el hereje que seguía en la profundidad de su encierro, seguía colgado como un muñeco de trapo, un montón de cuchillas con cadenas mohosas lo atravesaban de su espalda, brazos, manos, piernas y pies. Parece un pedazo de carne en mal estado, con tantas heridas que no podía regenerar y mucho menos sacar a uno de sus demonios, con todo aquello le impedía liberar alguno, puesto todo está bendito.
―Malditos… humanos…― Musitó adolorido el chico.
― ¡Tch! De qué hablas maldito monstruo… Aunque yo difiera totalmente; eres parte de la humanidad. ― Dijo Enrico viendo con total repulsión en su rostro ― Pero bueno, ya para mañana terminará tu sufrimiento, y entre más rápido mejor. Detesto el tener que custodiar a una vil criatura como tu debajo de este templo sagrado de Dios.
― ¡Tch! Qué tonterías dices, humano… ― Dijo el chico con una voz agotada. ― Bien sabes las cosas que has hecho… Arderás en el infierno y espero observar eso con lujo de detalle… ―
Enrico frunció el ceño diciendo ―No pienso seguir escuchando esas palabrerías inmundas de ti… ― Le dio la espalda al cuerpo magullado que seguía suspendido en el aire. El sujeto se acercó a una especie de palanca a unos metros más, e hizo un movimiento con ella. Esto causó que el chico exhalara un grito de dolor, pues las cadenas le jaloneaban más, desgarrando su piel mojada, sucia y llena de sangre junto con sus huesos.
―Como dije antes… Todo terminará mañana, una vez seas ejecutado. ― Dijo Enrico caminando a la salida, dejando de nuevo con ese agudo dolor en el cuerpo ya casi adormecido del chico demonio.
El hombre albino llegó hasta lo que parece ser una oficina, y mandó llamar a Heinkel Wolfe, la cual llegó a los pocos minutos.
―Ah… ―Exhalo un suspiro Enrico Maxwell con cierta pesadez como si estuviera cansado, la joven lo notó al entrar y preguntó. ― ¿Qué sucede, Maxwell? ―
―Oh… Claro. ¿Qué está haciendo Anderson? ―Interrogó el albino mientras acomodó unas hojas y carpetas.
―El Padre Anderson sigue cuidando de la… ― Giró su vista y mostro una mueca de desagrado ―…chica…―
―Uhmm… Sigue sin agradarte, ¿eh?― Heinkel solo le veía, no quería responder. ―No está bien llevarse mal con los hermanos, lo sabes.
―Ella no pertenece aquí. ― Contestó tajantemente.
―Sin embargo sigue siendo útil para nosotros, es una humana muy poderosa contra todas esas pestes de allá afuera. La única forma de que se vaya de aquí, es estando muerta. ― Comentó el hombre sin ningún titubeo.
Detrás de sus lentes la chica abrió un poco más sus ojos notándose el color de su iris verde ―Ya es tarde… ¿No puede dormir? ― Preguntó con una ligera preocupación.
―Ah, querida. El mal nunca duerme. ― Contestó con una sonrisa ligeramente de lado.
―Estoy de acuerdo con usted. Si eso es todo lo que necesita, ¿puedo retirarme ahora? ―
―Por supuesto. Gracias. ―
Heinkel le dio la espalda para retirarse de la habitación, ya fuera, se quedó pensando un segundo en Maxwell, algo intuyo en él, cosa que le causó una mala espina… ¿Por qué le diría esas palabras acerca de Hera? ―Algo estás tramando, Maxwell…― A pesar de que ambos, junto con Yumiko Takagi, la monja; fueron educados por Alexander Anderson cuando eran niños, a veces desconfiaba de Enrico, pero al ser el líder de la sección de Iscariote era difícil confrontarlo, de igual manera al final todos sus actos tenían sentido.
Hera volvió a erguirse de la cama, Anderson se percató y preguntó ― ¿Ya no puedes dormir? ―
―Ah… No, me fastidia tu presencia…―
Alexander se sorprendió un poco al oírle decir aquello, giró su vista diciendo ―Qué lástima… Aquí seguiré hasta que amanezca, puedes estar segura. ―
La joven Cervantes le observó con pesadez diciendo ― Qué gusto. ― Volvió su vista al frente, parecía un poco ida de momento y dijo en voz baja ― Aun así... Me da gusta, a pesar de que no me agrade sentirte en la misma habitación. ―
El padre logró oírlo que musitó la chica, se puso de pie lentamente; y se encaminó hacia ella diciendo ―…Si a mí tampoco me agrada el estarte custodiando. ―
―Je…―Sonrió la chica de una manera burlona, cayendo de nueva cuenta en la cama. ― Eres un mal mentiroso… Alexander… ― Contestó sin verle a la cara.
―Mph, al igual que tú. ― Volvió a alejarse de la cama, y tomó su abrigo colocándoselo nuevamente, para ahora salir de la habitación. Algo ocurría y ella lo intuyo.
Me levante de la cama y note por la rendija de la puerta que él seguía ahí, como el paladín que es. Definitivamente no me dejaría salir, y mi única esperanza era que Manu sobreviviese hasta mañana que pueda lograr huir de aquí.
―Solo un poco más… Hera… ― Dijo Alexander Anderson mientras colocó una especie de barrera para protegerla. Incrustó con la ayuda de sus bayonetas más pequeñas en cada pared, y en la puerta una hoja de papel con símbolos y escritura antigua.
De inmediato la chica se percató de lo que sucedía fuera de su habitación.
Estaba en lo correcto. Me puse de pie frente a la puerta, y donde intente tomar la perilla dorada sentí como si una descarga de electricidad me diera un ligero choque eléctrico, evitando que pudiese tocarla. ¿Cómo era posible…? Así que me valió y grite ― ¡Alexander! ¡¿Qué significa esto?! ―
―Es una barrera…―
―¡Eso ya lo sé, no estoy mensa!―
―Uhm… La hice especialmente para ti. No te preocupes, así evitaremos que ese maldito hereje no se atreva a pasar por aquí y quiera asesinarte.
―Dices estarme protegiendo con esto. ― Dije con duda… Pero igual ya había intentado atacarme, qué me diría lo contrario… Lo más seguro es que lo vuelva a hacer, ha de pensar que estoy en su contra. Me entristeció la idea.
Escuche del otro lado los pasos fuertes y pesados del Padre Alexander, y oí su voz llamándolas nuevamente a ellas. Heinkel y Yumie.
―Necesita descansar Padre. ―Comentó Yumiko con preocupación en su tono de voz.
―Lo sé. Pero no hay tiempo para eso. De igual forma cuídenla mientras regreso… Hay algunas cosas pendientes que debo terminar e iré a hablar con Maxwell.
Heinkel que permaneció callada, a Alexander se le hizo poco inusual que ella no replicara está vez, pero no le tomó mucha importancia, así que se le alejo del par de mujeres yendo por unas escaleras.
―Así que le puso una barrera…―
―Eso es obvio…―
―Uhmm… Para qué… Esto no evitara que salga.―
Yumiko observó los pergaminos y notó que eran distintos ―Espera… Esto es diferente. ―
―Es para que no escape de aquí. ―Conteste al oír tanto parloteo de su parte.
― ¿Eh? Entonces no puedes salir. ―
―Claro que no… Dijo que me protegería y lo está haciendo bien. Es probable que Manuel si escapa me busqué por venganza… ―
―Entonces…. Eso quiere decir que el Padre se va a tardar…― Sonrió Heinkel de una manera oscura y mórbida. Pateó la puerta con mucha facilidad logrando abrirla.
Yo me quede estupefacta al verla entrar, caminando hacia mí de manera amenazante, y peor aun sacando ambas pistolas de entre su abrigo oscuro, y me apuntó con ella una en la frente, y la otra en el pecho.
―Pero… qué…―
―¡Me vale lo que diga Anderson, lo que diga Maxwell…!―
― ¡Heinkel! ¡Qué haces! ¡Déjala! ―Gritó Yumiko, tratando de defenderme, fue inútil al momento de acercarse ante ella.
― ¡Aléjate, Yumiko! ―Le dio un cabezazo justo en su frente y la alejó más dándole un golpe en el pecho con su codo. ― ¡Esto no te incumbe! ― Gritó ella, y giré mi vista a un costado, me sentí tan atemorizada tanto me repudiaba como para en verdad matarme. Note que Yumiko había dejado caer su katana, tal vez lo hice para ayudarme sabiendo que sería inútil sacar su otra personalidad la cual de seguro también me mataría. Wolfe no dejó de apuntarme en la frente, volteó penetrándome con su mirada color peridoto, siendo más temible que antes.
―Ahora es cuando… Hera…―
Oí eso y me quede petrificada, mis ojos se abrieron en gran manera que no evite soltar unas lágrimas, Heinkel logró golpearme con la empuñadora de su arma derecha, en mi lado derecho, lo hizo con tanta fuerza que me daño, caí a un costado y sentí un ardor tremendo en esa parte de mi cabeza cerca de la sien, y el líquido carmín comenzó a brotar rápidamente. De nuevo se acercó rápidamente aplastando mi cráneo contra el suelo, con su pesada bota militar, y reía, disfrutaba lastimarme, intente detenerla eleve mi mano hasta sentir el calzado, pero era inútil lo hacía con más fuerza, me ardía la herida cada vez más, y el pisotón me hería contra el suelo. ― ¡Ha, ha, ha! ¡Desde hace mucho que deseaba hacer esto! Se siente bien, ¡eh! ― La katana estaba a un metro de mi alcance… Debía hacer algo, tenía que defenderme… Solo es cuestión de estirar mi brazo y tomarla… Sólo eso… Pero me duele, y comienzo a perder mi vista. Se detuvo de repente, e inclinándose a mí rostro, sucio y ensangrentado me volvió a colocar el cañón de su arma en mi mejilla. ―Te dije que sería sencillo acabar contigo…―
Alcancé a oír que estaría a punto de jalar el gatillo, ya no tenía tiempo. No puedo creer que de verdad vaya a terminar de esta forma… Dios me está castigando… A mi mente se vinieron miles de imágenes, y pensamientos a cerca de mi vida, las cosas que había dejado a medias, los amigos olvidados, las mentiras que dije, los secretos que siguen ocultos y me llevare a la tumba, solo eso… Hasta que uno de ellos me hizo sonreír, un día nublado con lluvia ligera y fresca, alguien más estaba ahí un hombre cuyo rostro desconocía me arropó con un saco negro como la noche, y una mano blanca por un guante me tomó de la cabeza, yo era apenas una niña, y recuerdo haber peleado con mi madre… ¡¿Por qué se viene eso a mi mente ahora?! ¿Era él… puede ser? ¡¿Por qué no recuerdo su rostro?! No puedo dejar las cosas así… Tengo… Tengo que… hacerlo…
―Despídete, Hera…―
…Continuará…
Notas del autor:
He aquí una actualización tardía xD Bueno se lo dedico a Daryl nwn y a KasumiSakuyami (amiga de deviantArt) Espero que les haya gustado, y pues no demorare tanto está vez (creo) owo, Después de todo este fic lo había iniciado por alguien más, y unos amigos de la prepa hace como 7 años, y pues bueno, será corto. Gracias pues, por leerlo. ¡Nos estamos leyendo! ¡Bendiciones!
