Un muchacho italiano, de unos 30 años de edad llevaba bastante tiempo trabajando en una empresa administrativa muy importante para su país, aunque muy en el fondo a él le importaba una soberana mierda si era importante o no, él estaba trabajando en eso sólo para poder mantenerse, en el fondo hubiese estudiado algo más ligado a sus gustos, que tuviera que ver con la comida por ejemplo, como le encantaba cocinar, además muy en el fondo era bastante flojo. Demasiado, realmente.

Pensaba que todo comenzaría a desmoronarse, ya no tenía ímpetu de trabajar, sus compañeros de trabajo eran todos unos estirados individualistas, como le gustaría estar acostado en su casa. Un día de mañana, el bastardo alemán –como lo llamaba él-: había traído a una compañera de trabajo para él, que estaría al lado suyo en su oficina todos los días de su vida en esa basura de empleo; quizás ahora todo realmente se jodería en su vida, porque ninguno de sus compañeros de trabajo le agradaba, menos podría llevarse bien con una mujer, que además no hablaba su idioma.

-¿Cuál es tu nombre? –dijo la mujer, era española.-

-Lovino Vargas –suspiró pesado el joven de ojos pardo.-

-Yo soy Isabela Fernández Carriedo, mucho gusto –sonrió dulcemente ante los ojos del italiano, el que algo entendió de lo que decía y fingió desinterés.-

-Deja tus cosas en el escritorio que ves ahí, espero que puedas ubicarte.

La mujer suspiró, probablemente esperaba un poco de ayuda de parte del italiano, pero esto no iba a ocurrir, porque Lovino Vargas, señores no ayudaba ni a su sombra a verse más oscura, nunca había hecho semejante cosa, con gracia de Dios trabajaba aunque fuera un poco, pero no lo iba a hacer.

Lovino comenzó a hacer un avión de papel con otro de sus documentos y tarareaba una canción, todo esto mientras Isabela se ubicaba en su escritorio, en ese momento tocó la puerta un personaje interesante. Era el francés del despacho de al lado, llevaba otros pocos años trabajando ahí y se destacaba bastante, también se destacaba por involucrarse con cualquier cosa que emitiera sombra, la verdad.

-Permiso –sonrió y guiñó el ojo-: Gilbert me dijo que había llegado una nueva compañera a nuestro santuario del trabajo, pero no imaginé que desprendiera tanta hermosura –se acercó a la española y le besó la mejilla-: Bonjour, belle.

-Buenos días –sonrió ella animadamente.-

-Mi nombre es Francis Bonnefoy, espero que nos llevemos muy bien –dijo con un tono de voz bastante sugerente y mordió su labio inferior.-

-G-Gracias –dijo Isabela, algo intrigada.-

Luego de esa escena, Lovino miró con una total cara de hostilidad, algo en el francés no le agradaba. Pensó para sus adentros que probablemente la pobre muchacha no estaría mucho tiempo sin ese debajo de su falda, suspiró y comenzó a jugar con su silla mientras la castaña de ojos verdes comenzaba a trabajar, luego de un rato ella pareció encolerizarse y se colocó de pie frente a él.

-¿Qué pasa, idiota? Me tapas de la luz –dijo hostilmente el italiano.-

-¿Acaso eres idiota, eh? ¿Vienes acá a calentar la silla mientras todos los demás se esfuerzan en trabajar? –suspiró pesado-: ¿Cómo leches te ganas tú el sueldo, eh? Menudo imbécil, ponte a trabajar –la española tomó la hoja con la que el italiano estaba jugando y la arrugó.-

-¡Puttana! ¿Quién eres tú para referirte de esa manera conmigo, eh? Estoy en mi derecho de hacer lo que me dé la gana, yo veo si me esfuerzo o no. ¿Qué pretendes tratándome de esa forma, eres mi madre acaso?

-¡Menudo gilipollas! –la española se sentó en la silla y continuó trabajando sin dirigirle la palabra en todo el resto del día hasta la hora de almorzar.-

Cuando llegó la hora de comer, Lovino fue a uno de los restaurantes cercanos a la oficina, pidió una lasagna y vino, como siempre hacía. Nuevamente comía solo, cuando se dio cuenta la española entró al mismo restaurante que él, lo quedó mirando y bajó la mirada apesadumbrada, luego caminó hacia él.

-Quería disculparme por haberme comportado tan grosera contigo, pero no me agrada mucho la gente que pierde el tiempo, espero que comprendas mis motivos, Lovino –sonrió-: y que mejoremos nuestra relación.

-¡Qué va! No necesitaba que te disculparas, ni siquiera yo haría algo así ¿Crees que me hiciste sentir mal? Tonta, cosas así no me preocupan, te disculpas en vano –bufó.-

Isabela se sintió tan mal en ese momento, que halló más opción que botarle la lasagna encima de la cabeza y salir del restaurante. Lovino quedó pasmado, algo ardió dentro de sí, suspiró pesado y en su cabeza pronunciaba sin cesar "Puttana, puttana, maldita puttana".

Cuando regresó a la oficina antes de lo estimado y ella no estaba, se asomó hacia afuera y no había llegado nadie todavía, ahí fue cuando vio pasar a la española con el francés conversando, fingía desinterés pero trató de escuchar su conversación.

-Gracias, y disculpa por no aceptar tu invitación a comer, después de todo ando trayendo algo de comida conmigo.

-No te preocupes, hermosa –dijo el francés de manera dulce-: otro día puedes aceptar una invitación ¿Verdad? Un día podemos cenar juntos, si quieres.

-Lo pensaré –sonrió animada.-

Isabela entró en la oficina, antes Lovino caminó lo más rápido posible a su escritorio para que ella no notara que estaba escuchando. La española sacó una cajita de su bolso que contenía un almuerzo hecho por ella, en él había carne, arroz y tomate, oh, deliciosos tomates rojos y aliñados de un modo exquisito. Los ojos del italiano se iluminaron violentamente y un poco de rubor le invadió, después de todo no había alcanzado a comer nada por limpiarse la lasagna. La española notó la actitud de Lovino y se acercó tiernamente.

-¿Quieres comer conmigo? No me importa si me tratas mal o rechazas mi comida, pero pareces hambriento.

-¡No tengo hambre! –dijo a la defensiva, pero su estomago sonó con demasiada fuerza.-

-¿Seguro? –la española rió.-

-Está bien, dame –suspiró.-

La española colocó una rebanada de tomate en sus dedos y los acercó a la boca del italiano, quien maldijo a la mujer en su mente, realmente era una mujer bonita, sus ojos verdes brillaban fulgurosamente y un fuerte rubor apareció en su rostro sonriente. El corazón del italiano comenzó a latir con gran fuerza mientras la española colocaba el tomate en su entrada, lo introdujo y él lo saboreó, era un manjar delicioso, aunque no sabía bien qué era lo que le gustaba, haber comido tomate, que era una de sus comidas favoritas o haber saboreado los dedos de esa mujer hermosa, que además hablaba de un modo tan delicioso.

-¡Coño, Lovino! ¿Dónde estás? Parece que estás en la Luna, tío –la española río mientras comía tranquilamente.-

El italiano suspiró pesadamente, miró a la española y trató de aparentar un poco de indiferencia.

-No pasa nada, tonta.