– ¡No vas a poder pillarme! ¡Lento, lento! – La pequeña niña gritó animadamente, mientras corría por toda la expansion de la granja a la que habia llegado sin saber en realidad cómo.

– ¡Aline! ¡Espera! – Le devolvió el grito el muchacho, carcajeando y corriendo tras ella.

La muchacha de rubio cabello se negó a esperar al muchacho de pelo castaño, que había ido con ella, su hermano, y continuó corriendo hasta perderse dentro de un granero. Sus ojos acaramelados revisaron todo el lugar y sonrió abiertamente, emocionada. Caminó entre los enermes montones de paja, tirandose en uno que otro, pues realmente era divertido. Al levantarse de uno de ellos pudo ver a lo lejos un montón de gallinas, que por supuesto no tardó en perseguir.

– ¡Venid, venid! – Sus pequeños y finos brazos se estiraban en dirección a las gallinas, que clocaban y corrían como locas por huir de la pequeña de apenas siete años de edad.

– Oye... No deberías hacerles eso... – Una suave voz resonó a sus espaldas, haciendola saltar estrepitósamente.

– ¡Gyaa! – Miró al chico, con el ceño fruncido – ... ¿Y tú quién eres? – Refunfuñó.

– ... Este es mi granero... vivo en la casa de aquí al lado, con mis padres y mi hermano... – Murmuró el muchacho, que para sorpresa y curiosidad de la chica llevaba un enorme cubo de hierro relleno de alpiste hasta casi revosar.

– ... Oh. ¿Este sitio es tuyo?

– Bueno... es de mis papás... –Le aclaró él.

La chica enarcó una ceja, mirando el pelo del chico. Inclinó su cabeza hacia la derecha e infló sus mejillas.

– ¿Qué le pasó a tu pelo?

– ¿Mi.. pelo? – El niño dejó el cubo en el suelo, y las gallinas poco tardaron en ir a prisa a por él – Mi pelo siempre ha sido así... – Dijo, acariciando un poco un par de sus mechones, en efecto, blanco platino.

– ¿Siempre? Que raro es.

El muchacho se quedó en silencio, mirando a la rubia sin una expresión que se pudiese definitir correctamente.

– ¿Por qué tus ojos tienen dos colores? – Volvió a preguntar la niña, acercándose a él.

– Pues... no lo sé.

– Haaah... eres muy raro. – Dijo la chica, cruzándose de brazos. Él no respondió, y el silencio entre ambos niños se creó, justo cuando el chico fue a abrir sus labios ella le cortó. – Pero me gustan. Son originales. – Una enorme sonrisa dejó ver sus blancos dientes.

El niño se descolocó un poco. Aquella chica era realmente extraña.

– ¿Por qué estás aquí? – Acabó preguntando él, al agacharse y acariciar un poco a un par de galinas que comían el alpiste dentro del cubo.

– Vine corriendo mientras jugaba con mi hermano.

– ¿Encontraste este sitio por suerte?

– ¡Sí! Cerca está el hotel donde estoy quedándome con mis papás.

– Hmn... – El chico alzó el cubo y empezó a lanzar el alpiste a sitios diferentes en el suelo escuetamente resubierto con paja.

La niña miró al chico, que miraba a las gallinas comer tranquilamente, sin una expresión, infló sus mejillas y frunció el ceño. Es un niño antisocial ¿no? Pensó.

– ¿Y qué haces?

– Estoy dándoles de comer para que pongan buenos huevos después.

– Pero puedes comprarlos en el supermercado. ¿Por qué los quieres de ellas?

– Por que mis papás también lo venden y así podemos ganar dinero mientras comemos sin gastarlo en el supermercado...

– ¿Todo lo que comeis tú y tus papás son huevos? – Preguntó alterada la chica.

El niño rió, negando.

– No. También tenemos un huerto, allí hay verduras y frutas.

– ¡Puaj! ¡Verduras! – La niña sacó la lengua en una mueca de asco. Con esto el niño volvió a reir.

– ¿No te gustan?

– ¡No! ¡Las odio, están muy malas!

– Por eso no creces ¿no? Eres muy pequeña. – Le dijo, mientras se acercaba a ella, enrealidad el chico le sacaba tan solo media cabeza... media cabeza que a ella le hizo parecer pequeña y le molestó.

– ¡Soy la más alta de mi clase! – Mintió, y el niño rió un poco.

– Bueno... – El niño miró el cubo, vacío ahora y miró a la chica. – Tengo que ir a dar de comer a los conejos.

– ¡¿Conejos?! ¡Ahhhh! ¡Quiero verlos, quiero verlos! – Exclamó animadamente – ¡Amo los conejos!

– ¡Ah! ¿Enserio? ¡Son muy bonitos!

– ¡Sí, sí! – Exclamó sonriendo alegremente, juntando sus manos y asintiendo con fuerza.

– Ven, hay muchos y son muy bonitos. Seguro que te gustan. – La niña, con ojos brillantes y una sonrisa de oreja a oreja asintió y segundos fue lo que tardó en ir corriendo detrás del chico.

Fin Flash Back

La chica suspiró, mirando al techo fijamente, como si fuese a encontrar algo interesante allí. Jugueteó con una de sus trenzas, moradas, mientras su mente se llenaba con las imágenes de aquellos recurrentes sueños. Aún algo molesta por no poder recordar aquella silueta que tanto la perseguía en sus sueños, de la que realmente apenas recordaba nada. Era más alto que ella, era un chico... Su pelo y sus ojos eran muy raros para su mente de niña pequeña, pero no podía definitivamente acordarse del color de ninguno y le gustaban los conejos tanto como a ella. Y seguramente ahora estaba en una granja alejada de esta ciudad a la que ni por asomo recordaba cómo llegar.

La chica de ojos, esta vez, verdes, dejó escapar un pesado suspiro y apoyó su codo en su muslo. Su mentón recayó en su palma y con cuidado el brazo contrario reposó sobre su pierna izquierda, estaba harta de no recordar nada más allá de sus doce años... Mala memoria a largo plazo.

Mientras ella tamporileaba en su muslo, embobada en ver sus pies gopear con cuidado en suelo una sobra de cabello blanco plateado bajaba las escaleras con tranquilidad.

– Aline... ¿Hay algún problema? – La suave voz del chico le despertó de su ensoñación.

– ¡Ah! – Miró al chico, sonrojandose con levedad, avergonzada por haber estado tan distraida – Ah, Lysandro... No, no pasa nada – Le dió una gentil sonrisa – Solo recordaba...

– Hmn... Se te veía angustiada... ¿Tal vez un mal recuerdo?

– Bueno... no sabría definirlo... pero no creo que sea malo, tan solo algo difuso – Admitió, sonriente.

– Ya veo... Bueno, yo también tengo una mala memoria.

– Oh, lo sé, querido – Ambos rieron con levedad – ¿Estás en busca y captura de tu libreta una vez más?

Las mejillas del contrario se sonrojaron con levedad, y sus ojos bicolores se desviaron hacia otro lado.

– Bueno... sí.

– Vaya – La chica rió un poco y posó su mano con cuidado en el brazo del muchacho – Tampoco te pongas así – Sonrió amablemente – ¿Quieres que te ayude a buscar?

– Sucrette me regañó antes de ayer por hacerte buscar mi libreta.

La muchacha rió con levedad, negando levemente.

– Bueno, para mi no es una molestia. – Dijo ella, dejando su mano sobre la del muchacho con una amable sonrisa. – ¿Dónde la viste por última vez?

– ... Por... ¿Ultima vez? – El muchacho albino bajó la mirada, pensando un poco – Tal vez en el club de jardinería, pero no estoy seguro.

– Entonces vayamos para allá ¿hmn?

El de ojos bicolores asintió con una suave sonrisa a la par que ambos se levantaban y comenzaban a andar por los pasillos, en los que apenas habían unos cuantos estudiantes caminando de aquí para allá.

– Vaya, realmente la gente aquí no viene muy temprano.

– Oh, no. Todos prefieren quedarse en el patio o la biblioteca en el caso de llegar pronto de cualquier forma.

La pelimorada asintió.

– Aún así, sucrette está mucho por los pasillos...

– Sí, ella está por ahí desde que llegó.

– ¿No había estado aquí desde que entrasteis todos?

– ¿Sucrette? Para nada. – Él negó. – Ella llegó hace dos años.

– Vaya... no lo sabía.

–Tras ella el instituto se volvió, de alguna forma más... interesante.

La mirada distante del chico parecía no posarse en ningún punto de este plano, sonreía, de forma casi melancólica. La chica, frunciendo un poco sus labios miró el cielo, azul y sin rastro de una sola nube.

– No he tenido momento de preguntarte... ¿Qué te parece el instituto?

La voz del chico cortó sus pensamientos.

– Ah... bueno – La chica llevó su mano hasta su cuello, acariciandolo un poco, antes de tomar su mano contraria – Solo llevo un mes aquí... Pero que es un buen sitio, es agradable.

El muchacho rió.

– En efecto lo es. ¿Has entrado a algún club ya?

– Lo... estuve mirando... El de música me interesaba.

– ¿Tocas algún instrumento?

– Sí, el teclado.

– ¿El teclado?

– Mi abuelo tocaba el piano, pero el teclado es más fácil de transportar que un piano de cola además de más barato... Normalmente toco rock... así que es más fácil – Comentó la de falsos ojos verdes, entrando al area reservada para el jardín. – Tú y Castiel teneis un grupo ¿no?

– ¿Ah? ¿Cómo lo sabes?

– Me lo dijo Sucrette.

Él suspiró una leve sonrisa, negando.

– Haah... Ya entiendo.

– ¿E-Está mal?

– No, solo me hubiese gustado comentartelo yo mismo.

La muchacha miró a otro lado, levemente sonrojada.

– Ya... bueno, vamos a buscar. No seas despistado y busca bien.

Le miró, de reojo, él la estaba mirando, profundamente, quieto, totalente quieto. Esto, por un momento, la intimidó y le hizo tener una sensación de déjà vu. Su respiración se volvió lenta, pero no pesada. Y tras unos segundos el silencio se rompió por su suave voz.

– ¿Pa... pasa algo?

– Ah, no, disculpa. –Dijo él, apartando la mirada, casi desconcertado – Solo... me recordaste a alguien que conocí hace mucho.

Ella, quieta, le vió agacharse para empezar a buscar. ¿A... alguien conocido?