Los mantos de glicina colgando del techo chocaban contra su cabeza. El pasto crujiendo bajo sus pies descalzos. La breve sombra que proyectaba al interior de la recámara que bien podía confundirse con el ondular de las cortinas por la ventana abierta. Ahí estaba su secreto río subterráneo serpenteando en sueños, desnudo a pesar de que el invierno ya se anunciaba. Una pierna flexionada y el brazo contrario extendido, haciéndole lucir más alargado y espigado. Su respiración empeñaba la ventana mientras se pegaba más a ella. Cada detalle de su cuerpo, de su rostro se grababa en su cerebro a fuego en esas noches que aprovechaba el pesado sueño de su esposa para escabullirse al jardín y pegarse a la ventana de Tweek.

Tenía ocho o diez años cuando comenzó todo. Uno de sus amigos de la primaria comentó que unos niños de cursos superiores a veces se ponían bajo las escaleras para mirar bajo las faldas de las muchachas a través de los orificios entre escalón y escalón. Le pareció aburrido y estúpido, pero los demás apoyaron la idea y se plantaron bajo las escaleras de un cuarto piso. Esperaron un poco, ocultos, hasta que un grupo de niñas no mayores a ellos se acercó. Sólo una llevaba falda, haciéndoles renegar porque además no era bonita. Todavía puede escuchar el choque de la suela de goma contra la escalera, sus voces chillonas y alegres. Levantó la mirada hacia el patrón cortado del cuerpo de esa niña. Los escalones tapaban sus piernas, su torso y todo lo demás, salvo su blanca ropa interior, enmarcándola. Las escuchó seguir riendo, sus amigos bromeando porque él sí había visto. Desde entonces quedó embrujado.

El completo control de mirar a alguien sin que lo sepa, una invasión a su privacidad, una violación a su espacio sin que nadie pudiera saberlo ni detenerlo. Sin lastimar a nadie tampoco. Pasó de las escaleras a los baños, después se aventuró más allá a a los estacionamientos donde solían besarse los adolescentes. Tuvieron que pasar un par de años para que se sintiera lo suficiente hábil para buscar una casa sin cortinas o con estas tan delgadas que le permitieran observar. Fue una noche de San Valentín y ellos eran un matrimonio adulto. De esos que buscan excusas para revivir la llama que en realidad nunca existió. Grises fantasmas moviendose por la rutina cumpliendo el bien marcado calendario sexual, ajenos por completo a la euforia que estaban despertando en Craig hasta el punto de sentir su erección chocar con el alfeizar. Era inexperto y descuidado, así que no notó a la escandalizada vecina que lo descubrió hasta que escuchó las sirenas y lo condujeron a la comisaría. Ahí supo lo que era, cuando le leyeron los cargos ante su avergonzada madre y su colérico padre. Craig era voyeurista.

Después de ser el hazmerreír del pueblo pasó un par de meses tratando de convencerse que no era un chico anormal. Pero era su naturaleza y no podía ir contra ella. Sólo debía ser más cuidadoso, sólo debía mantenerlo bajo el agua. Así se fabricó su imagen de hombre sano. No fumaba, no bebía, comida balanceada. Se casó con su novia del colegio. Se mimetizó con las grises sombras de sus conocidos a la par que refinaba sus habilidades, escogiendo mejores víctimas, momentos adecuados, los pasillos más solitarios, las casas más alejadas. Todos a quienes miraba eran especiales para él, los guardaba en sus memorias o en fotografías. Sin embargo jamás había sentido nada comparado a Tweek. No sólo era su belleza física, era su incapacidad de mantenerse en el mismo mundo que el resto haciendo esa invasión más profunda, penetrando en una mente difusa completamente diferente a cualquier otra.

A escondidas de Red le había mostrado pornografía por primera vez, alegando que era absolutamente normal. Aquella noche debió seguirlo al baño para encontrarlo masturbándose y fue como rozar el paraíso. Avergonzado y sonrojado, lavando con insistencia sus manos queriendo borrar lo que había hecho y Craig sintió la necesidad de besar su frente, abrazarlo y jurarle que era el mejor de todos. Salió hacia su habitación buscando apagarse entre los muslos de Red.

Su esposa estaba contenta al principio porque Tweek y él se habían hecho buenos amigos. Le hacía tanta falta una figura de autoridad y el pelinegro parecía fascinado por cumplirla ayudándole a hacer las tareas, saliendo los domingos a recorrer las apacibles calles de su barrio en bicicleta. A veces se acomodaban los tres juntos en la cama del matrimonio a mirar películas hasta quedar dormidos y entonces Red no podía evitar apretar los dientes al ver la forma en que el rubio se pegaba a su marido.

Su santa liturgia de cada noche. Descalzarse para no hacer ruido, salir por la puerta trasera, rodear por detrás para llegar a la pequeña ventana. La cortina está corrida y eso le produjo una serie de gotas frías correr por su espalda. Intentó mirar, poner sus manos a los lados de sus ojos para tapar la luz innecesaria, se agachó buscando un resquicio de tela que no cubriera por completo. Gimió frustrado antes de darse por vencido y volver al interior de la casa. Tweek estaba esperándolo en la puerta, completamente desnudo y con una sonrisa ladeada que no podía significar nada bueno. Se sonrojó, tratando de volver sobre sus pasos, excusarse. Pero nada en el rubio delataba curiosidad. Él sabía, lo sabía. Se acercó al pelinegro, seguro, congelándolo en su lugar.

-¿ No tienes frío sin zapatos?- su voz fue una caricia más profunda que la de su mano sobre su mejilla. Estaba tan avergonzado que sentía lágrimas en los ojos. El rubio se puso de puntillas para poder abrazarlo pegando sus labios a su cuello.

-Escuché ruidos afuera y...- la risa de Tweek no era de burla, sino compasiva. Sin romper el abrazo, clavando sus preciosos ojos sobre él con aquella ternura angelical que le hacía sentir de ser posible más culpable.

- Yo sé que te gusta mirarme. Te he visto haciéndolo- subió sus labios por su cuello, rozando apenas donde unas gotitas de sudor se formaban bajo su barbilla- a mí también me gustas mucho, Craig-

-No- quitó los delgados brazos de su cuello, retrocediendo- no es lo que piensas-

-No te preocupes, no le diré nada a la tía Red- sonrió con suavidad- no haré mucho ruido, te lo prometo- dio el paso que los separaba, de nuevo en puntillas para poner sus manos en las mejillas del adulto, pegando sus labios. Un beso inexperto, torpe. Primerizo. Suficiente para romper el encanto de lo inalcanzable y volver a Tweek tan mortal como él, tan... Vulgar. Volvió a retroceder con intenciones de rechazarlo, pero el rubio lo sujetó con mayor fuerza, acercándose a su oído- si te vas ahora, voy a comenzar a gritar y ya quiero verte explicando esto a tu esposa-

Estaba acorralado.

Apretó los labios, dejando que el rubio volviera a ellos. Esta vez él tomó el control, sujetándolo del cabello con rudeza para hacerlo abrir más la boca y meter su lengua, recorriendo su paladar. Rodeó su cintura, pasando apenas la yema de los dedos por su piel, midiendo su suavidad, los relieves en su espalda antes de su trasero, la firmeza de la carne adolescente, cálida, impúdica. Bajó sus labios por el cuello con más delicadeza para no dejar marcas, sólo para saborearle. Lo sujetó de los muslos para cargarlo, azotándolo contra la pared, haciendo que mordiera sus labios para no hacer mayor ruido. Sus piernas fuertemente cerradas en su cintura, presionando sobre el short de su pijama la erección que ya estaba consiguiendo, para su propia sorpresa. Porque Craig nunca se excitaba por el acto sexual, siempre debía recurrir a su imaginación o recuerdos. Pero había algo en ese niño, una droga, un hechizo que no le permitía más que besarlo y sentir sus labios incendiarse por donde pasaban, sus manos imantadas por todo su cuerpo.

-Lame- pidió el rubio, introduciendo dos dedos en la boca del adulto, confundiéndolo a pesar de haber obedecido. Lo vio llevarlos a su trasero, introducirlos con un gesto de dolor que fue relajando de a poco- no eres ni de lejos el primero así que no te preocupes- bajó las piernas, tocando el suelo, bajándole el short para después darle la espalda y recargar su mejilla contra la pared, inclinándose con las piernas abiertas- no necesitas ser gentil-

Craig asintió sin saber por qué lo hacía, tomando las caderas del otro para entrar de una en él. Gimió fuerte por la presión y el calor de su interior. Salió y volvió a entrar con la misma fiereza, atento a las piernas temblando de Tweek y sus esfuerzos por no gritar. Puso su mano en su boca, pegándolo más contra la pared al ir más rápido y profundo. La lengua del rubio entre sus dedos y sus caderas ayudándole a encontrar otro ritmo le nublaban, sentía el orgasmo aproximarse y no quería, porque eso significaría separarse, salir del ensueño para enfrentar la pérdida de su espectáculo favorito, la materialización de un ideal que le haría perder por completo el interés. Aunque fuera tan apretado, aunque fuera tan húmedo y caliente.

A lo mejor, si se lo permitía, Tweek podría mostrarle otras depravaciones más placenteras.