La Cosecha

Al amanecer nadie sonríe y el rostro de mi madre es de puro tormento. El día de la cosecha ha llegado.

No he dormido casi nada en la última semana, no por falta de intento o porque tal vez me sobren energías que quemar, no. La cabeza me da vueltas todo el día y las preocupaciones gritan en silencio cuando me recuesto por las noches.

Me preocupa mi hermana que por primera vez ha entrado al sorteo, me preocupa mi familia porque sé que si mi hermana sale elegida yo tomaría su lugar sin pensarlo dos veces y entonces que sería de mi madre, que sería de mis hermanos, de Rachel y el hijo que viene en camino.

Rachel no saldrá elegida, por alguna razón los hijos de alcaldes y políticos nunca salen electos en los sorteos.

Quizá la suerte si este de su lado.

Me visto con los pantalones de tela que ha preparado mi madre y una camisa celeste que hace que mis ojos se vean más verdes de lo que estoy acostumbrada. Mi madre recoge el cabello de Lily en una bonita trenza que recorrer la coronilla de su cabeza y cae en su espalda formando una hermosa cascada de cabello rubio brillante.

Mi hermanito de tan solo seis años de edad me observa desde el filo de la cama donde se cambia de ropa lentamente, pensativo.

Me provoca abrazarlo y prometerle que nada va a pasar, que todo estará bien pero no puedo hacerlo y no lo haré.

Al cabo de unos minutos nos sentamos en la mesa mientras mi madre sirve cuatro tasas de agua de cedrón y Lily parte en dos los dos panes que ayer Rachel me dio para que trajera a casa.

Tienes que comer bien antes de la cosecha, me dijo.

Comemos en silencio esperando que suene la trompeta que nos dirá el momento en que somos necesitados en la Plaza, frente a la Corte de Justicia.

Ned lleva puesto mi antigua ropa de ceremonia y debo admitir que le luce bien, quizá mucho mejor de lo que a mí me lució hace doce años. Sus ojos azules se clavan en los míos y puedo escuchar su súplica de miedo, pero me vuelvo a quedar callada.

Qué podría decirle? Yo no soy dueña del tiempo, yo no sé lo que va a suceder allá afuera y hacer falsas promesas tan solo lo lastimaran si algo llegase a pasar.

Aunque hay pan fresco y agua para beber, no tenemos hambre y nos sentamos a esperar.

Tal vez me coma mi trozo de pan al regresar de la ceremonia, lo compartiré con todos antes de ir a visitar a Rachel y hablar con su padre acerca del trabajo de guardia que aún está pendiente. Al finalizar este día él sabrá acerca del embarazo de Rachel y mañana nos casaremos.

La trompeta suena y nuestras respiraciones se detienen.

Mi madre estira las manos en la mesa y los tres la encontramos con las nuestras. Sé que está a punto de llorar pero permanece fuerte, no quiere llorar una tragedia antes de que ésta suceda.

Sin decir una sola palabra los cuatro salimos de la casa, me aseguro de cerrar la puerta bien antes de seguir avanzando. Los pasos me pesan, la mano Lily en la mía se resbala, nada parece real y espero con ansia despertar de ésta pesadilla. Solo que muy dentro de mí, sé que no es ninguna pesadilla y en realidad estamos todos caminando hasta un matadero.

Miles de jóvenes vestidos con camisas celestes caminan junto a nosotros hacia la Plaza, pero no logro registrar el rostro de nadie porque mi vista está fijada al frente.

De repente logro divisar las pantallas gigantes colgando de inmensos podios, las cámaras grabando la reacción de nuestros rostros y las cuatro figuras sentadas encima de una tarima que ha sido elaborada especialmente para la transmisión de la ceremonia de la Cosecha.

En las pantallas gigantes puedo ver los rostros de los cientos de jóvenes acercándose a registrarse en las mesas donde Agentes de la Paz aguardan impacientes.

He cruzado la malla sin darme cuenta y cuando me vuelvo ya no tengo a mi madre cerca, solo a mi hermana sujetando mi mano con temblorosas manitos heladas.

"Me va a doler?" me pregunta con voz temblorosa y me agacho para hasta estar cara a cara con ella. Le beso la mejilla e intento sonreírle.

"Solo un poquito, sentirás un pinchoncito chiquitito, nada más" sé que no me cree por la mueca en su rostro pero no me contradice y más pronto de lo que hubiera preferido un Agente de la Paz me agarra del brazo y me separa bruscamente de mi hermana pequeña.

Mi preocupación dura nada más que un segundo en todo caso, ya que Lily levanta la cabeza en el aire y luce muy confiada, quizá demasiado confiada.

Los de primera clase, los hombres están en el primer pabellón que a su vez se divide en diferentes secciones que los separan por edades para registrarlos. La segunda clase, las mujeres están en el pabellón del centro y los de tercera clase, los evolucionados, que es el grupo a donde pertenezco estamos en el tercer pabellón y a la izquierda de la formación.

Los de tercera clase llevamos un tatuaje en la parte trasera de nuestras manos para poder ser reconocidos con facilidad. Las manos pálidas de la Agente de la Paz que pincha mi dedo índice para tomar una muestra de sangre, rozan mi tatuaje y me mira a los ojos antes de soltarme la mano. Sus ojos son inexpresivos.

Vuelvo a la fila y busco a mi hermana en el pabellón del centro pero no la veo, tiene que estar en las primeras filas por tener apenas doce años. Yo estoy en una de las últimas por tener dieciocho.

Sigo buscando hasta que por fin mis ojos encuentran a Rachel y mi corazón salta y se encoje a la misma vez, siento miedo y emoción por verla. No me agrada para nada que haya entrado al sorteo y cuando me sonríe tiernamente, un vacío me llena el estómago y siento como si alguien me hubiese proporcionado un golpe justo debajo del pecho.

Le murmuro que la amo y por la sonrisa en su rostro sé que pudo leer mis labios. Yo daría la vida por esa mujer, y aún más por nuestro hijo.

El Alcalde Hiriam ha empezado con su discurso de bienvenida y debo admitir que es muy elocuente con sus palabras, no que le esté prestando atención tampoco. Leroy se encuentra parado a un lado del escenario, sus ojos inspeccionan cada rincón de la Plaza y da indicaciones por un auricular al mar de gente a su mando.

El día es hermoso, cielo azul, cálido clima, hasta los pájaros cantan en la distancia; todo grita ironía.

La tarima es de color blanca, las pantallas deben medir unos tres metros por tres, el edifico de Justicia se levanta detrás del Alcalde y sus invitados para la ceremonia, y dos de ellos lucen tan mal como el resto de nosotros nos sentimos.

Katniss Everdeen, la ganadora de los Septuagésimos cuartos Juegos del Hambre que ahora tiene el gran honor de servir al Distrito Doce como mentora y Haymitch Abernathy, el vencedor de los Quincuagésimos Juegos que así como Katniss también sirve como mentor al Distrito Doce. La tercera invitada es la acompañante del Distrito, Effie Trinket la excéntrica mujer de cabello azul eléctrico y sonrisa turbadoramente amplia.

Haymitch sigue refugiándose en el alcohol, estoy sorprendida que aún siga con vida después de ser un alcohólico por más de cincuenta años, pero es un vencedor hasta los huesos, eso lo admito.

Cuando el Alcalde para de hablar y un Agente de la Paz saca una pequeña vasija de cristal llena de papeles se me acelera el corazón.

Effie Trinket se levanta de su silla y no entiendo cómo puedo caminar con esos tacones del tamaño de mi mano, su falda es tan ajustada que apenas y mueve los tobillos para movilizarse, pero logra moverse con tanta elegancia que me desconcierta y distrae a la vez. No debería estar preocupándome por su sentido de la moda.

"Felices Juegos del Hambre!" grita la mujer en el micrófono, su voz hace eco en la callada multitud de asustados habitantes, pero su sonrisa es intocable. "Y que la suerte este siempre de su lado."

Me pregunto si el Presidente Snow junto con su manada de políticos inventó ese lema con el afán de ser sarcásticos. Debe ser eso porque no hay una razón lo suficientemente buena como para tan terrible lema.

La suerte nunca está de nuestro lado.

Cuando su mano se introduce en la vasija el tiempo parece detenerse y veo sus dedos buscar, remover, coger, soltar y coger de nuevo para luego sacar un pequeño trozo de papel blanco y ubicarlo en frente de su rostro cargado de pesado maquillaje azul y fucsia.

"Rachel Berry."

El nombre resuena una y mil veces en mis oídos hasta que por fin logro parpadear y mirar a mi derecha. El estómago se me ha caído, deber eso o alguien me ha arrancado una parte de mí sin que me diera cuenta.

No.

Encuentro sus ojos aterrorizados y llorosos, el resto de chicas se han alejado de ella, dejándola solo en el centro de un círculo y mis pies se mueven mientras una lágrima cae por su rostro.

No ella.

Ella también se mueve con la intención de dirigirse a la tarima pero no se lo permito y tomando su brazo la traigo hacia mí y me paro en frente de ella, cubriéndola de las cámaras y del peligro del Capitolio.

"Soy voluntaria."

Mi voz no suena como mi voz, estoy rota, me he quebrado, me ofrezco como sacrifico pero no me arrepiento de ello.

"No, Quinn" me ruega Rachel y sus manos me halan hacia atrás mientras yo no miro a ningún otro lado que no sea la sonrisa forzada de Effie.

"No!" escucho los gritos de Lily a la distancia y también veo como Marissa la marca por la cintura y se esconde con mi hermana entre la multitud de chicas de quince años.

"Me ofrezco como tributo."

Effie aplaude con mórbida alegría y Katniss me observa con ojos curiosos.

El momento en que Rachel es forzada a soltarme me obligo a no pelear con los Agentes de la Paz que la toman por los brazos, sé que no la lastimaran, trabajan para su padre y yo podre despedirme de ella en unos minutos dentro de la Corte de Justicia.

Camino, pero parece que estoy flotando, nada es real en este momento. Nadie se ha ofrecido desde hace veintisiete años cuando Katniss lo hizo para salvar la vida de su hermana.

Seguramente es por eso que me mira con curiosidad.

Cuando llego a los escalones Leroy me mira sorprendido y agradecido pero no me dice nada y subo las cinco gradas hasta que la mano de Effie me toma por el brazo y me atrae hasta el centro de la tribuna, aun sonríe y eso me aturde.

Como puede estar feliz y si en verdad lo está, qué clase de persona en realidad es?

"Vaya, vaya" dice con su voz chillona, "eres la segunda persona en ofrecerte como tributo en el Distrito Doce."

Podría jurar que esta complacida, contenta. Apuesto a que está feliz porque mi sacrificio representa atención para ella, para los planificadores, para éste sádico evento.

Sin querer, les estoy dando un buen show y esa no es mi intención.

Desde el frente de la tarima puedo ver todo el panorama que son los tres pabellones, formados unos tras de otros, con ojos expectantes, aliviados de que no hay sido ellos los elegidos.

"Vamos venga, un tributo de tercera clase," Effie prácticamente grita, aunque se la puede escuchar claramente por el micrófono.

La cabeza me da vueltas, está es la última vez que veré los rostro de mi gente, la última vez que puedo ver el bosque desde aquí arriba, no volveré a cazar ya nunca más.

Alcanzo a ver a mi madre y noto que está llorando descontroladamente. María, la madre de Santana le ofrece apoyo y le rodea con su brazo los hombros. Ella entiende, ella pasó por esto.

La mirada de Ned me penetra de una manera inimaginable, está furioso pero no conmigo, su semblante esta retorcido mientras piensa y trata de entender a cabalidad lo que está sucediendo.

Marissa aún tiene a mi hermana entre sus brazos y parece que Lily todavía pone resistencia, también llora descontroladamente.

"Ven cariño, dinos tu nombre."

El eco del micrófono resuena en el aire y yo me acerco con miedo, odio tener miedo y eso es justamente lo que el Capitolio espera, el miedo es el show.

"Quinn Fabray," sigo sin reconocer mi voz.

Rachel está llorando más fuerte que mi madre, dos amigas la están abrazando pero sus manos descansan protectoramente sobre su vientre.

Ya nunca conoceré a mi hijo.

"Y quién era la jovencita por la que te ofreciste como tributo?" me pregunta con tono sugestivo, alguna vez una historia de amor fue un gran show, recuerdo.

"Mi novia," suspiro la palabra y el suspiro me duele más de lo que podría imaginar. Que será de Rachel cuando vea como me asesinan en los Juegos? No quiero provocarle dolor, ni a ella ni a mi madre.

"Honorable," la sonrisa no llega a sus ojos y su mano descansa fríamente sobre mi hombro, es como una carga. "Vamos todos, brindémosle un aplauso a nuestro tributo!"

Y tal como sucedió la primera que alguien se ofreció como tributo, el Distrito Doce no aplaude. Todos se me quedan viendo antes de levantar sus manos derechas, el dedo pulgar sujetando al meñique y los tres restantes levantados en saludo, sus labios besan esos dedos y me los ofrecen.

Nadie está de acuerdo con lo que sucede, con lo que ha venido sucediendo por tanto tiempo y está es la manera de mostrarlo.

De repente mi novia y mi familia no son los únicos que lloran. Amigos, amigas y ex compañeros y compañeras de la escuela lloran en silencio, se despiden de mí.

No me volverán a ver.

"Ahora vamos con los chicos!" de nuevo su voz es demasiado alegre, ha decidido ignorar ese diminuto acto de rebeldía, tal vez ella también tenga miedo.

Cuando Rachel levanta la mirada y sus ojos rojos y dolidos se clavan en los míos deseo que las cosas fueran diferentes, que viviéramos en un lugar donde no tengamos que vivir aterrados, donde nuestros hijos no crezcan para entrar en un sorteo que decidirá la manera en que van a morir. En un mundo donde nuestras vidas no descansan en una vasija de cristal.

"Lexmir Schuester."

El único hijo del Señor Schuester, el amable profesor de la escuela. Mis ojos encuentran su mirada inmediatamente y en pocos segundos observo como su esposa, la Señora Emma cae desmayada en sus brazos.

Lexmir tiene apenas quince años y se ve tan aterrado como aquel conejo al que le clave el cuchillo en el cuello hace unos días cuando me vio acércame.

Como sucedió con Rachel, a Lex también lo han dejado solo en el centro de un semicírculo y los rostros llenos de alivio no se hacen esperar.

A Lex lo escoltan dos Agentes hasta la tarima, no recuerdo que me hayan escoltado a mí también aunque es muy probable que lo hayan hecho, solo que no estuve prestando atención.

Lex esta visiblemente temblando de pies a cabeza, es flacucho, de cabello rizado, no tiene la quijada de su padre pero si tiene una réplica de los ojos inocentes de su madre y sé que a cualquiera le va a costar trabajo matarlo en la arena.

Espero no ser yo, al fin y al cabo habrá veinticuatro de nosotros en la arena. Tal vez alguien más sufra esa condena.

Lex me mira asustado cuando pasa por mi lado y de nuevo mi mente se desenfoca de la ceremonia al buscar en la multitud a Rachel.

Está llorando y me duele verla así. Pero prefiero que este llorando y viva, que feliz y muerta.

Los Agentes de la Paz me dejan en una habitación dentro de la Corte de Justicia antes de darse la vuelta y salir. Me siento en un sillón de color rojo chillón.

La casa de Rachel tiene varios lujos, así que no me sorprendo al ver las alfombras de felpa, ni los sillones de cuero. El sillón que tiene Rachel en su habitación es más cómodo que este de todas maneras.

El miedo empieza a abrumarme de repente. Sé que no voy a lograrlo, sé que seré presa fácil, tal vez una de las primeras en morir. Empiezo a temblar.

La puerta se abre de golpe y mis hermanos pequeños me golpean con un abrazo desesperado, los dos llorando. Mi madre cierra la puerta y camina hacia mí, sus ojos suplican algo, pero no sé qué.

"Por qué lo has hecho?" me pregunta simplemente mientras Lily y Red reclaman cada una de mis piernas como sillas y sus brazos se agarran de mi cuello y hombros.

Mi madre sabe de mis sentimientos, conoce nuestra relación, pero aun así entiendo porque me hace esta pregunta.

Ella jamás ha amado así como yo amo a Rachel, no entendería lo que soy capaz de hacer por ella. Esto es una clara prueba de ello.

"Va a darme un hijo."

Mis palabras pesan en el aire y las lágrimas caen a prisa por el rostro de mi madre.

"Tienes que ganar," me dice mi hermanito e intento sonreírle, quiero prometerle que lo haré, pero estaría mintiendo.

"Puedes hacerlo, eres muy fuerte," Lily aporta y en lugar de responder con palabras, beso sus frentes y les doy un fuerte abrazo. Como me hubiera gustado verlos crecer.

"Entonces comeremos pan todos los días!" me dice un emocionado Ned y esta vez sí me río antes de dejarlos en el sillón para acercarme a mi madre.

"No te preocupes por comida," le digo mientras la levanto de la silla en la que ha caído, "Rachel cuidará de ustedes, estoy segura."

Leroy también lo hará, no le gustan las deudas y yo acabo de ofrecer mi vida por la de su hija, así que se va a asegurar de que a mi familia no le falte nada.

"Puedes ganar, deber ganar," ruega mi madre mientras me agarra el rostro con sus suaves manos. "Eres más fuerte de lo que piensas, más astuta, audaz. Sé que hallarás la manera de regresar," sonríe, pero apenas y besa mí frente antes de acercarme a su rostro, "tienes tu propia familia esperándote ahora."

Antes de poder decirle que sus palabras me han roto el corazón en mil pedazos, la puerta se abre de golpe nuevamente y veo como Agentes de la Paz arrastran a mi familia fuera de la habitación.

No puedo pelear, no conviene pelear y tampoco me puedo mover de donde me ha dejado mi madre.

Pasan segundos o minutos, no estoy segura pero de repente siento el calor y el amor que solo una persona me puede brindar, abrazarme por completo. Sus brazos se cuelgan en mi cuello y su aliento agitado por la falta de oxígeno me quema la piel. Rachel.

"Vas a ganar," me dice sin mostrar nostalgia, ni culpa. Siempre concentrada, siempre con la cabeza donde debe estar, la amo.

"Vas a ir al Capitolio y vas a hacer que te amen, te van a amar y vas a ganar."

Sus manos aprietan mi rostro con fuerza, se asegura de que la esté escuchando mientras yo solo me enfoco en acariciar la piel de sus brazos.

Como la voy a extrañar!

"No te vas a preocupar por tu familia, no vas a pensar en mí, ni en el bebé, no vas a pensar en Lex. Vas a pensar en ti y vas a volver a mí en una sola pieza, me entendiste?"

Ahora entiendo, no me está dando un consejo, me está dando una orden y yo torpemente asiento con la cabeza.

"Tienes un encanto Quinn, un encanto poco común. La gente te quiere, extraños quieren ser tus amigos, todas las chicas quieren tenerte en sus brazos," la quedo viendo esperando encontrar celos en sus ojos, pero todo lo que encuentro es determinación, "utiliza ese encanto."

Me besa sin darme oportunidad a responder, me besa suavemente, delicadamente. Sus labios se sienten como plumas al moverse con los míos y yo solo sé que la amo y que tengo que regresar a ella porque me lo ha pedido, me lo ha ordenado.

La puerta se abre nuevamente y entra Leroy con una muy exaltada Santana detrás de él. Mi amiga, mi hermana en muchos sentidos, mi aliada, llora descontrolada y sin dudarlo estrecho un brazo y espera un segundo antes de meterse en el medio de mi novia y yo.

Las dos la abrazamos y sus quejidos casi me provocan derramar lágrimas, pero no puedo, no debo y no lo haré. No lloraré, no les daré el placer de verme llorar, no a las cámaras.

Mis ojos no saben disimular cuando lloro, se tornan rojos y tristes, no podría ocultarlo.

Por encima del hombro de Santana, Leroy me observa con la mirada más suave que me ha dedicado en la vida. Luego se acerca y con torpeza me toca el hombro.

"Te debo una vida, a tu familia no le faltará nada, te lo aseguro."

Su promesa me tranquiliza y mucho, ahora solo falta enfrentar a veintitrés forzados asesinos y regresar a casa.

Lo lograré?

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