Lo conocí cuando ingresé a secundaria, claro que no nos hicimos amigos desde el comienzo. Él se sentaba en la última fila y su expresión era de una seriedad que daba miedo, por lo cual no me acerqué. Tampoco es como si hubiera querido acercarme a alguien.

Delante de mí había un chico con corte hongo y cejas pobladas, se removía inquieto en su asiento y miraba hacia todos lados. Tal vez buscaba a alguien. Al reparar en mí, sonrío ampliamente y se presentó.

¿Metal...? No, Rock Lee. Sí, ese era su nombre. Bien, por lo menos no estaría solo ese día. Hubiera sido problemático el no haber platicado con nadie el primer día.

Unos pocos asientos delante de mí, había una chica que se me hacía sumamente conocida. Ella tenía un aspecto sencillo pero aún así era muy bonita y las dos cebollas que tenía como peinado, le hacían ver un tanto adorable. Quizá intentaría hablarle después, tal vez eso me ayudaría a reconocerla.

Seguí recorriendo a todos con la mirada y ¡demonios!, ninguna persona llamaba realmente mi atención. No había ninguna chica a la que pudiera considerar sumamente guapa. ¿Cómo le haría para sobrevivir durante mi estadía allí? Sin ninguna chica que me motivara a seguir asistiendo.

Las clases transcurrieron con normalidad, fue lo típico. Todos se presentaron, los maestros nos dieron falsas advertencias sobre si mismos, encargaron los materiales para trabajar, pidieron que todos fuéramos amigos y todas esas chorradas que se hacen durante los primeros días.

Hubo una única cosa que logro emocionarme un poquito: el profesor preguntaba sobre los gustos de cada uno, sin mucho interés. Yo quería saber que le gustaba a aquel extraño chico que se veía tan apático pero, ¿quién diría que su respuesta sería tan apática como él mismo? Aunque, eso sólo logro aumentar mi interés.