–¿Te lo imaginas? Debe ser un Dios del sexo... muero por hacerle una felación –dijo Izzy por tercera vez en el día.

Desde que Sebastian Morgenstern fue presentado hace semanas, ningún bailarín había dejado de hablar de él y sobre las cosas que les gustaría hacerle o que les hiciera. Las únicas excepciones eran Alec, Aline y Clary... aunque esta última, a diferencia de los otros dos, sí que había fantaseado con él en más de una ocasión, sólo que sabía su lugar y lo insignificante que era para que semejante hombre se dignara siquiera a mirarla.

Esa tarde, después de ducharse, mientras intentaba secar sus horribles rizos, el portero del teatro entró a los vestidores con un arreglo floral en la mano. Era común que algún admirador enviará regalos a las bailarinas, especialmente a la principal, así que ya nadie se sorprendía por ello, es más, ni atención le ponían. Pero ese presente no iba destinado a Aline, si no a la más insulsa de la compañía y quien nunca recibía cosas de ese tipo: Clary Fairchild.

–¡Debe ser una broma! –exclamó Hellen Blacktorn, amiga íntima de la prima ballerina.

Todos tenían la boca abierta, aquello era simplemente inaudito. La zanahoria recibió algo de algún admirador y a juzgar por lo costoso del mismo, no era cualquiera.

–¿Qué esperas? ¡Saca la tarjeta! –urgió Izzi.

Clary hizo lo que pedía y leyó en voz alta:

"Tu cabello es fuego de invierno, brasas de enero y mi corazón arde en él".*

–Wow... ¡Tu admirador es un poeta! –festejó la pelinegra.

–Uno muy malo –se burló Jace, el pianista que los acompañaba durante los ensayos–. ¿Quién escribió semejante estupidez? No... mejor dicho, ¿qué idiota puso sus ojos en ti?

–Jace... ¡Lárgate! –le espetó Isabell y el músico rubio, tras fulminar con la mirada a la pelirroja, se marchó–. No deberías dejar que te hable así –dijo la ojiazul–, si no te defiendes siempre pasará sobre ti.

–Déjalo... Jace no tiene arreglo, siempre será así.

–Eres demasiado blanda para desenvolverte en este medio –tras decir eso tomó la tarjeta y releyó las palabras–. Quien quiera que sea tu fan, está enamorado de tu cabello... quién lo diría, los rizos que tanto odias terminaron trayéndote un costoso ramo de rosas.

Ambas mujeres se divirtieron adivinando la posible identidad del sujeto, hicieron desde las suposiciones más divertidas hasta las más tontas, pero nunca acertaron.

Días después Clary fue mandada llamar al despacho de Magnus, el cual la recibió mientras le daban un masaje.

–¿Magnus?

–¿Eres tú galletita? –preguntó sin levantar la cara. Aquello era extraño, hasta el momento siempre la llamaba zanahoria, en el mejor de los casos.

–S-sí.

–Desde mañana empiezas a practicar el solo de Firebird después de cada ensayo. Tienes dos semanas para dominarlo. Eso es todo. Ahora largo, aún puedo sentir los nudos en mi espalda.

Aquello era una locura. No tenía sentido.

–¿Aún sigues aquí? Qué esperas para irte... vas a arruinar...

–¿Por qué? –cuestionó la pelirroja, olvidando por completo que Magnus Bane odiaba ser cuestionado y peor aún, ser interrumpido. El azabache se incorporó furioso de la camilla para reñirla, importándole un rábano estar completamente desnudo. Clary apartó los ojos, no quería problemas con Alec por haber visto de esa manera a su pareja, pero aquella actitud lo molestó más y soltó un bufido.

–¿Ahora eres muy tímida no? Mi tiempo vale oro para gastarlo en jueguitos. Si quieres fingir "inocencia", ahórratelo. Sé muy bien lo que has hecho para conseguirlo, así que basta de esos ojitos de cordero. Todos los días después del ensayo te vas a quedar aquí para arruinar tan magnífica coreografía con tus torpes pasos. Y si vuelves a hacerte la santa ni tus amiguitos te van a salvar. ¿Entendido? Ahora largo... mi rostro se va a arrugar si te sigo viendo.

La ojiverde huyó despavorida. No tenía idea de que había sido todo eso, pero le tenía el suficiente miedo al coreógrafo como para quedarse a preguntar más detalles.

Nunca en toda su vida como bailarina de ballet se había sentido tan mal como en esa última semana. Desde que salía el sol hasta que se ponía, Clary vivía en el estudio, ensayando la nueva obra de la compañía –Rubíes– durante las mañanas y por las tardes, el solo que le dieron.

La peor cosa que le pudo pasar.

Sin importar que tanto anhelaba tener más reconocimiento en la danza, aquella tortura no lo compensaba. No sólo era Magnus, quien nunca estaba conforme con ella, sino que Jace –el pianista frustrado que la detestaba porque descubrió que era un muerde almohadas completo y babeaba por Alec–, no paraba de quejarse. Repetía una y otra vez la melodía, pero ni siquiera llegaba a la mitad cuando Bane ordenaba iniciar de nuevo. Aquello hizo que sus ataques hacia ella fueran peores, sin Izzi a su lado, él no tenía reparo en joderla. Por si no fuera suficiente, el rumor de que se abrió de piernas para obtener un solo se esparció como la hierba mala, ahora todos los demás la señalaban y murmuraban en su cara cosas nada agradables –como si ellos no hubieran hecho lo mismo–.

Estaba harta, su cuerpo dolía como el infierno: las articulaciones de sus hombros estaban inflamadas, las rodillas chasqueaban constantemente, en cinco días perdió dos uñas, se sangró los pies y casi se rompe el tobillo al girar de más estando agotada. ¡Lo odiaba tanto!

–¡SUBE MÁS LA PIERNA!¡CUÍDADO CON ESE ARABESQUE! ¡LEVANTA LA CARA!¡EXTIENDE MÁS LOS BRAZOS! ¡PÁRATE BIEN EN LAS PUNTAS! ¿QUÉ ES ESO? ¿DÓNDE ESTÁ EL FUEGO? ¡BASTA¡ ¡ESO ES LO MÁS HORRIBLE QUE ESTE LUGAR JAMÁS HA VISTO! –gritó Magnus por vigésima vez en esa hora.

–¿No puedes hacer las cosas bien? Mis dedos se van a lastimar por repetir una y otra vez está asquerosa pieza –tercio Jace.

–Tú cállate Herondale... Es más, ya vete. No te necesito más aquí esta noche –indicó el azabache.

–Gracias –soltó de mal humor y sin decir más el rubio cogió sus cosas para marcharse, dejándola sola con un muy enojado exbailarín.

–Yo...

–Cállate. No digas una palabra más –exclamó el moreno mientras paseaba de un lado a otro de la habitación, la mano que sostenía el puente de su nariz temblaba, sin duda se estaba conteniendo.

Tras lo que pareció una eternidad volvió a hablar.

–¿Qué voy a hacer contigo? Eres hija de una de las mejores bailarinas. La preciosa genética de Jocelyn corre por tus venas y tú no eres capaz de hacer el arabesque más sencillo de forma decente –los ojos del mayor se clavaron en los suyos como dagas–. Dime, Clarissa, ¿por qué bailas?

La pelirroja supo que debía dar una respuesta rápida y simple, si titubeaba, estaría muerta.

–Porque me gusta el ballet.

El hombre frente a ella soltó un suspiro.

–¿Lo ves? "Te gusta", pero no lo amas. En esta profesión no se llega lejos si no haces sacrificios. Se tiene que amar y dejar todo en cada paso. Tu madre lo sabía al igual que yo, por eso fuimos la mejor pareja de este sitio... hasta que cometió el error de enamorarse y mandar todo por la borda para tenerte a ti. Como sea... te voy a dar una tarea –aquello le dio mala espina a la joven–. Tómate toda la semana siguiente para descansar, reflexiona porque estás aquí, si es por ti o por tu célebre pariente y su grandioso legado. Hasta entonces no quiero ver tu cara. Si te apareces de nuevo sin estar dispuesta a vender tu alma por amor a la danza, me aseguraré de que no vuelvas a pisar un escenario más en toda tu vida.

Magnus tomó su abrigo de piel y se fue. La dejó sola y sin poderlo evitar se puso a llorar.

Una hora más tarde, cuando se hubo tranquilizado, abandonó el recinto y se encaminó hacia su casa... o al menos esa era su intención. No había dado una docena de pasos cuando su chamarra se resbaló de su bolso, antes de poder levantarla, una mano pálida se le adelantó.

–Aquí tiene –dijo una voz grave, cuyo timbre reverberó a través de la columna de la chica.

–Gracias –alcanzó a decir antes de quedar bajo el encantamiento de los ojos, más negros que la noche, de Sebastian Morgenstern.