—Diálogos ─
«Pensamientos»
Palabras sobresalientes
La Leyenda de los Sennin.
Capitulo 2
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El amanecer nos encontró, fríos y hambrientos, en una aldea, famosa por sus manantiales de agua caliente. Nunca en mi vida había estado tan lejos de mi pueblo natal. Todo lo que sabía acerca de aquellas aldeas con aguas termales, era lo que decían los niños de mi aldea: que los hombres eran tramposos y las mujeres eran tan ardientes como los manantiales, siempre dispuestas a acostarse con un hombre por el precio de un cuenco de vino. No tuve la posibilidad de averiguar si tales rumores eran ciertos; nadie se atrevía a engañar a un señor Sennin, y la única mujer que vi era la esposa del posadero, que nos serbia la comida.
Me sentía avergonzado de mi aspecto. Mi madre había remendado mis viejas ropas tantas veces que era imposible averiguar su color original; estaba sucio y manchado de sangre. No daba crédito a que el noble quisiera que yo me hospedase en la posada, al igual que él. Yo pensaba que tendría que dormir en los establos, pero al parecer él no quería perderme de vista. Le dijo a la mujer que lavara mi ropa y me envió al manantial caliente para que me bañara.
Cuando regrese, somnoliento a causa del agua caliente y tras una noche en vela, el desayuno estaba preparado en la alcoba y él ya estaba comiendo. Con un gesto, me indico que comiera yo también. Me arrodille en el suelo y entone las oraciones que acostumbrábamos a rezar en casa antes de la primera comida del día.
─No debes rezar ─mascullo el señor Sennin, con la boca repleta de arroz─, ni siquiera a solas. Si quieres sobrevivir, tienes que olvidar esa etapa de tu vida. Se ha terminado para siempre ─trago y tomo otro bocado─. Hay cosas mejores por las que morir.
Supongo que un creyente verdadero habría insistido en rezar sus oraciones, y posiblemente fuera eso lo que los hombres muertos de mi aldea habían hecho. Me vino a la memoria el modo en que sus ojos se mostraban carentes de vida y sorprendidos al mismo tiempo, y deje de rezar. Había perdido el apetito.
─Come ─insistió el noble, no sin cierta amabilidad─. No quiero tener que cargar contigo todo el camino hasta Myoboku.
A duras penas comí un poco para que él no se molestara. Más tarde me envió a decirle a la posadera que preparase las camas. A mí me incomodaba darle órdenes a la mujer, no solo porque yo pensaba que se iba a burlar de mí, sino también porque a mi voz le estaba sucediendo algo extraño. Notaba que se iba apagando, como si las palabras fueran demasiado débiles para expresar lo que mis ojos habían contemplado. En cualquier caso, una vez que ella alcanzo a comprender lo que yo le pedía, hizo una reverencia casi tan profunda como cuando se había inclinado ante el señor Sennin y se apresuro a obedecerme.
El señor Sennin se tumbo, cerró los ojos y se quedo dormido casi de inmediato. Yo esperaba dormirme también al instante, pero mi mente, conmocionada y exhausta, no encontraba reposo. La mano quemada me palpitaba de dolor, y podía oír todo a mi alrededor con una claridad poco usual y ligeramente alarmante: todas las conversaciones de la cocina, todos los sonidos de la ciudad... mis pensamientos regresaban una y otra vez a mi madre, me decía a mi mismo que no la había visto muerta, que lo más probable era que hubiera huido; si, seguro que se encontraba a salvo. Todos querían a mi madre en nuestra aldea; no, ella no habría optado por morir. Aunque había nacido en el clan de los Jinchūriki y llevaba parte del espirito del zorro de las 9 colas con ella, no era una fanática; encendía incienso en el templo y también llevaba ofrendas. Seguro que mi madre, con su fuerza casi sobrenatural y su conocimiento en torno al bosque, no estaba muerta; seguro que no yacía en algún lugar bajo el cielo, con sus perspicaces ojos vacios y sorprendidos.
Mis propios ojos no estaban vacios, sino, para mi vergüenza, cuajados de lágrimas. Enterré la cara en el colchón e intente frenar mi llanto; los hombros me temblaban violentamente y los sollozos me ahogaban, sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Instantes después, note que una mano se posaba en mi hombro, y el señor Sennin dijo en voz baja:
─La muerte llega de repente; la existencia humana es frágil y breve. No existe plegaria o encantamiento alguno que pueda cambiar su curso. Los niños lloran la muerte, peros los hombres y las mujeres nunca lloran: se sobreponen a ella.
Su propia voz se quebró al pronunciar la última palabra. El señor Sennin estaba tan descolocado como yo mismo: su rostro permanecía impasible, pero brotaban lágrimas de sus ojos. Yo sabía el motivo de mi llanto, pero no me atreví a preguntarle por el suyo.
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Debí quedarme dormido, porque soñé que estaba en casa, cenando. Sujetaba un cuenco que me resultaba tan familiar como mis propias manos. En la sopa había un cangrejo que escapo del recipiente y huyo en dirección al bosque. Corrí tras él pero no logre encontrarlo. Intente gritar: ¡"Me he perdido!", pero el cangrejo me había arrebatado la voz. Al despertar, encontré al señor Sennin zarandeándome.
─¡Levántate!
Había dejado de llover. La luz me indicaba que era mediodía. La alcoba estaba poco ventilada y no muy limpia. No corría ni una gota de aire y los colchones de paja desprendían un olor ligeramente agrio.
─No quiero que Pain me persiga con un centenar de guerreros solo porque un muchacho le hizo caer de su caballo –gruño con simpatía─. Tenemos que darnos prisa.
Yo no pronuncie palabra alguna. Mi ropa, lavada y seca, estaba en el suelo. Me vestí en silencio.
─Lo que no me explico es que te atrevieras a enfrentarte a Yahiko Pain, cuando a mi me temes tanto que ni siquiera me diriges la palabra...
No es que le temiera; más bien me impresionaba. Era como si un ángel, espíritu, o tal vez un héroe del pasado hubiera aparecido inesperadamente frente a mí y me hubiera acogido bajo su protección. Por entonces no habría sido capaz de describirle, pues no me atrevía a mirarle de frente. Cuando le miraba de reojo, su rostro en reposo se mostraba impertérrito. No severo exactamente, sino carente de expresión. Por entonces yo ignoraba como una sonrisa podía transformarlo. Contaba el con unos 40 años de edad tal vez algunos mas; era alto, del cabello blanco y espaldas anchas; sus manos eran bien formadas, con dedos largos y inquietos que parecían hechos a propósito para empuñar el sable.
En ese momento, asió la empuñadura y elevo el sable sobre la estera. Con solo ver el arma, me estremecí. Me imagine como había traspasado la carne de numerosos hombres, se había manchado con su sangre y había escuchado sus últimos gritos de agonía: me aterrorizaba y fascinaba por igual.
—Rasengan —dijo el señor Sennin, al observar mi mirada. Soltó una carcajada y palmeo la desgastada vaina─. Viste atuendo de viaje, como su dueño. En casa, mi sable y yo lucimos mejores galas.
«Rasengan», repetí para mis adentros. Así se llama el sable que me había salvado la vida, tras acabar con las de otros.
Abandonamos la posada y proseguimos nuestro viaje, alejándonos del olor a azufre que emanaba de los manantiales de agua caliente y ascendimos por la montaña. Más allá, los arrozales daban pasó a las plantaciones de bambú, como las que había en mi aldea. El bosque humeaba debido al calor del sol, aunque era tan frondoso que apenas dejaba traspasar la luz. Las cigarras cantaban con estridencia y los macacos gimoteaban con desesperante monotonía.
A pesar del calor, avanzábamos a paso rápido. Cuando a veces el señor Sennin se adelantaba y me embargaba un sentimiento de absoluta soledad. Me afanaba entonces en proseguir sendero arriba, siguiendo el sonido de sus pisadas, hasta darle alcance en la cima, donde le encontraba contemplando la inabarcable panorámica de las montañas cubiertas en su totalidad de bosques. Al parecer, él conocía bien aquellas tierras agrestes. Caminamos durante largos días y dormíamos escasas horas por la noche: algunas veces en granjas deshabitadas, otras en chozas de montañas abandonadas. Además de en los lugares en los que parábamos, nos cruzamos con algunas personas en aquellos caminos solitarios: un leñador, dos muchachas en busca de zeta ─que huyeron al vernos─ y un monje que se dirigía a un templo lejano. Tras varias jornadas, cruzamos la espina dorsal del país. Todavía teníamos que escalar unas cuantas laderas empinadas, pero los descensos eran cada vez más frecuentes.
La quemadura, que se iba curando lentamente, me dejo una cicatriz plateada que cruzaba la palma de mi mano derecha.
Las aldeas eran cada vez más grandes, hasta que finalmente nos detuvimos para hospedarnos en una ciudad a medio camino que contaba con numerosas posadas y tabernas. Todavía nos hallábamos en territorio Akatsuki, pues el símbolo de la nube roja podía verse por doquier y me asustaba salir a la calle, aunque albergaba la esperanza de que los posaderos rindieran tributo al señor Sennin. El respeto que la gente solía mostrarle tenía un elemento más profundo, una especie de lealtad a la vieja usanza que no debía salir a la luz.
Me trataban con afecto, aunque yo no pronunciaba palabra. No había hablado desde hace días, ni siquiera al señor Sennin, aunque a él no parecía importarle mucho. Él mismo era un hombre silencioso, inmerso en sus propios pensamientos; pero de vez en cuando me miraba a hurtadillas y le descubría observándome con una expresión en el rostro que podría interpretarse como lastima. Entonces, se disponía a hablar, pero al instante refunfuñaba y murmuraba: "da igual, no importa; lo hecho, hecho esta".
Los criados siempre andaban contando chismes, y a mí me encantaba escucharlos. Estaban todos muy interesados en una dama que había llegado la noche anterior y que iba a hospedarse otra noche más. Viajaba sola a la aldea de la Niebla con la intención, al parecer, de encontrarse con el mismísimo señor Pain, y lo hacía acompañada nada más que de sus lacayos, no de su esposo, padre o algún hermano. Era bellísima, aunque ya no era joven —rondaba los 40 años—, y se mostraba atenta, cortes y con un gran semblante; pero... ¡Viajaba sola! ¡Qué gran misterio! Se rumoreaba entre los criados y demás empleados de aquel humilde hostal que la mujer había enviudado y que se dirigía a la capital a encontrarse con su hijo, otros decían que ella nunca se había casado, mientras que el mozo de cuadra aclaro a todos que los portadores del palanquín le habían contado que ella no tenía hijos.
Las criadas murmuraban que ni siquiera la riqueza y la alta cuna podrían librar a uno de su destino, y el mozo añadió:
—La señora es de la estirpe Senju.
La noticia provoco murmullos de sorpresa y renovada curiosidad sobre la señora, quien poseía sus tierras por derecho propio, pues la tierra es la única propiedad que heredan las mujeres y no los varones de la estirpe.
—No es de extrañar que se atreva a viajar sola ─comento la cocinera.
Animado por la buena acogida de su narración, el mozo de cuadra prosiguió:
—Pero el señor Pain considera ofensiva esta situación y tiene el propósito de hacerse dueño del territorio de la señora Senju, bien por la fuerza o por el matrimonio.
—¡Ten cuidado con lo que dices! ¡Nunca se sabe quien está escuchando! —le increpo la cocinera.
La criada principal me vio rondando por el umbral de la puerta y me hizo señas para que entrara.
—¿Hacia dónde viajas? ¡Seguro que vienes de lejos!
Yo sonreí y negué con la cabeza. Una de las criadas que se dirigía a las habitaciones, me dio unas palmaditas en el brazo, y dijo:
—No puede hablar, es una pena...
—¿Que te ha pasado? ¿Es que alguien te ha metido polvo en la boca como a los perros?
Se estaban burlando de mí, no sin cierta amabilidad, cuando la criada regreso seguida por una mujer que imagine seria uno de las criadas de la señora Senju. Para mi sorpresa, se dirigió a mí con cortesía.
—Mi señora desea verte.
Yo dudaba si acompañarle, pero su cara denotaba honradez y a mí me picaba la curiosidad por conocer a la misteriosa dama. Le seguí por el corredor y después a través del patio. Ella subió los escalones que conducían al porche y se hinco de rodillas frente a la puerta del aposento. Pronuncio unas breves palabras, y entonces se dio la vuelta y me pidió con un gesto que subiera.
Eche una rápida mirada a la dama, y al instante hice una reverencia. Estaba convencido de que me hallaba ante una princesa. Su cabello rubio oscuro atado y dividido en su espalda, caía como la seda; su piel era pálida y tersa; sus mantos tenían diferentes tonalidades: grises, verdes y crema. Transmitía una serenidad y firmeza que, de primer momento me recordó a los profundos remansos de la montaña, e inmediatamente después, al acero templado del sable que me salvo la vida.
—Me han dicho que no hablas —dijo ella, con una voz tan calmada como un arroyo. Yo sentí la compasión de su mirada y me sonroje levemente—. A mi puedes hablarme —continuo.
Alargo el brazo y tomo mi mano entre las suyas dibujando el símbolo de los Jinchūriki en la palma. Yo di un respingo como si me hubiese pinchado con una ortiga y rápidamente aparte la mano.
—Cuéntame lo que viste —me dijo, con voz gentil pero insistente. Al ver que no respondía, prosiguió—: Fue Yahiko Pain, ¿no es cierto? ─casi involuntariamente la mire. Sonreía, pero su sonrisa no denotaba alegría─. Y tu perteneces a los Jinchūriki ─añadió.
El señor Sennin había insistido en que no debía revelar mi identidad, y hasta ese momento creía haber enterrado para siempre mi personalidad anterior, junto con mi antiguo nombre, Haruto. Pero frente a esta dama me encontraba desvalido. Estaba a punto de asentir con la cabeza, cuando escuche los pasos del señor Sennin por el patio con absoluta claridad. Caí en la cuenta de que reconocía sus pisadas, y pude distinguir que le guiaba una mujer, la misma que me había traído con anterioridad. Entonces repare en que, si prestaba atención, podía oír todos los sonidos de la posada. Percibía como el mozo se levantaba y salía de la cocina; distinguía el cuchicheo de las criadas y reconocía la voz de cada una de ellas. Esta agudeza auditiva, que había ido en aumento desde que había dejado de hablar, me envolvía ahora con un aluvión de sonidos. Era una sensación casi insoportable. Llegue a pensar que la dama que se hallaba frente a mi era una hechicera que me había embrujado. No me atrevía a mentirle, pero no era capaz de pronunciar palabra.
Quede a salvo gracias a la mujer que apareció en la estancia, se arrodillo ante la señora Senju, y dijo en voz baja:
—Su señoría está buscando al muchacho.
—Pídele que entre, Shizune —respondió la dama—. Y ten la bondad de traer los utensilios del té.
Al entrar el señor Sennin en la estancia, la señora Senju y el intercambiaron profundas miradas y cruzaron algunas palabras de cortesía, como extraños, sin que la dama llegase a pronunciar el nombre de él, aunque yo presentía que se conocían bien. Entre ellos existía cierta tensión que más tarde yo alcanzaría a comprender, pero que en aquel momento me hacía sentir aun mas incomodo.
—Las criadas me hablaron del muchacho que viaja contigo —dijo la dama—. Deseaba conocerle personalmente.
—Sí, le llevo conmigo a Myoboku. Es el único superviviente de una matanza. No quería dejarle a merced de Pain ─el señor Sennin no parecía dispuesto a seguir hablando, pero tras unos instantes continuo─: Le he dado el nombre de Naruto.
Ella sonrió ante el comentario, esta vez con una sonrisa autentica.
—Me alegro —respondió—. Es cierto que tiene cierta semejanza.
—¿Lo crees así? A mí también me lo pareció.
Shizune regreso portando una bandeja, una tetera y un cuenco. Yo veía con claridad los utensilios al tiempo que la criada los colocaba sobre la estera.
—Algún día los invitare al pabellón del té de la residencia de mi abuelo, en Senju —dijo la dama—. Allí celebraremos la ceremonia del té tal y como manda la tradición, pero por el momento tendremos que conformarnos.
Al escanciar la dama el agua caliente en el cuenco, emano un olor agridulce. La señora Senju removió el té con energía hasta formar una espuma de tono verdoso. Luego le paso el cuenco al señor Sennin y este, al tomarlo en sus manos, lo giro tres veces y bebió de él. A continuación se limpio los labios con el pulgar y devolvió el cuenco a la dama. Esta lo lleno de nuevo y me lo entrego. Con sumo cuidado, seguí los mismos pasos que el señor Sennin: me lleve el cuenco a los labios y bebí el líquido espumoso. Tenía un sabor amargo pero resulto ser reconfortante. En la aldea del Remolino nunca había tomado nada parecido. Nuestro te estaba hecho a base de tallos y de hierbas silvestres.
Devolví el cuenco a la señora Senju e hice una torpe reverencia. Temía que el señor Sennin observara mi ineptitud y se avergonzara de mi, pero al mirarle aprecie que sus ojos estaban clavados en la dama.
En la estancia flotaba el ambiente de algo sagrado, como si acabáramos de asistir a la comida ritual de los Jinchūriki. Me envolvió un sentimiento de añoranza de mi hogar, mi madre y mi vida pasada; pero, a pesar de que los ojos se me enrojecieron, logre dominar el llanto. Estaba decidido a sobreponerme.
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La posada era mucho más grande y lujosa que cualquiera de los lugares en los que nos habíamos hospedado durante nuestro trayecto por las montañas, y la comida que nos sirvieron esa noche era diferente a todo lo que yo jamás había probado. Comimos pescado de agua dulce, así como varias raciones de arroz, mucho más blanco que el que podía encontrarse en la aldea, en donde solo era posible comerlo tres veces al año si así lo deseaban las estaciones. Por primera vez bebí vino de arroz. El señor Sennin se encontraba de excelente humor ─"flotando", como solía decir mi madre─. Su congoja y silencio había desaparecido y a la vez note como es que el vino había lanzado su eufórico hechizo también sobre mí.
Cuando terminamos de comer, el señor Sennin me pidió que fuera a dormir, pues él iba a dar un paseo para tomar el fresco y despejar la cabeza. Me tumbe y escuche los sonidos en la oscuridad. El pescado y tal vez el vino me habían alterado y agudizado el oído, despertándome con cada uno de los lejanos sonidos. De vez en cuando oía ladrar a los perros de la ciudad, iniciando uno a uno para luego formar un gran alboroto. Momentos después caí en la cuenta que era capaz de distinguir el ladrido de cada uno de ellos. Reflexione sobre los perros, sobre cómo sus orejas se mueven nerviosamente mientras duermen y como solo algunos sonidos los perturban. Tendría que aprender de ellos, pues de lo contrario nunca volvería a dormir.
Cuando a medianoche escuche el tañido de las campanas del templo, me levante y acudí a la letrina. Me lave las manos en el alije del patio y me quede quieto unos instantes, escuchando. Era una noche tibia y tranquila, en la posada reinaba el silencio, pues todos dormían en sus aposentos.
Al subir sigilosamente los escalones que conducían al porche, oí la voz del señor Sennin. Por un momento pensé que había regresado a la alcoba y me hablaba a mí, pero una voz de mujer le respondió. Era la señora Tsunade Senju. Sabía que no debía escucharles. Se trataba de una conversación en voz baja que nadie salvo yo podía percibir. Entre en la alcoba, deslice la puerta hasta cerrarla y me tumbe sobre el colchón deseando conciliar el sueño; pero mis oídos anhelaban un sonido que me era posible negar, y en ellos fueron entrando cada una de las palabras pronunciadas.
Hablaban del amor que se profesaban, de sus escasos encuentros y de sus planes para el futuro. Muchas de las frases eran breves pero cargadas de sentimiento, aunque por aquel entonces yo no conocía bien su significado. Me entere de que la señora Senju viajaba a la capital y que temía que Pain insistiera en casarse con ella debido a las tierras del clan Senju que estaban a su cargo, tierras que si fueran de él, aumentaría solo su ya gran poderío.
—No te casaras con nadie, salvo conmigo —susurro él.
Y ella respondió:
—Es mi único deseo. Ya lo sabes.
Entonces, el señor Sannin juro que nunca tomaría a una esposa, ni yacería con ninguna mujer que no fuera ella, y menciono que tenía un plan, aunque no lo desvelo. Escuche mi nombre e imagine que de alguna forma yo iba a estar involucrado, y me entere de la existencia de una larga enemistad entre él y Pain, remontada a los años en los que era su pupilo y habían roto lazos tras su traición en una batalla.
─Moriremos el mismo día ─dijo él─. No podría sobrevivir en un mundo en el que tú no existieras.
A continuación los susurros dieron paso a otros sonidos: los de la pasión entre un hombre y una mujer. Jadeos, gruñidos, suspiros y otros más llegaban a mí, mientras yo en un intento de darles privacidad, me tapaba los oídos con las manos. Yo conocía el deseo, había satisfecho el mío con las muchachas del burdel, pero ignoraba todos sobre el amor. Me jure a mi mismo que nunca contaría lo que estaba oyendo. Por ese instante me alegraba de carecer de mi voz.
No volví a ver a la dama. Al día siguiente partimos temprano, una hora después del amanecer. La mañana era tibia, las criadas de la posada nos habían traído té, arroz y sopa antes de nuestra marcha. Una de ellas ahogo un bostezo al colocar las fuentes delante de mí, y después se disculpo entre risas. Se trataba de la muchacha que el día anterior me había dado unas palmadas en el brazo al saber que no hablaba, y cuando partimos, salió a nuestro encuentro gritando.
—¡Buena suerte, muchacho! ¡Buen viaje! ¡No te olvides de nosotros!
¡Ojala nos hubiéramos quedado una noche más! El señor Sennin se burlo de mi diciendo que tendría que protegerme del acoso de las muchachas en cada poblado. Aunque apenas había podido dormir la noche anterior, el buen humor del noble era evidente y avanzo a grandes zancadas por la carretera, con mas energía de la habitual. Yo pensaba que tomaríamos el camino de postas hasta Konoha; sin embargo, atravesamos la ciudad siguiendo el curso de un rio menos caudaloso que el que bordeaba el camino principal.
Llevamos víveres de la posada para alimentarnos por el camino, ya que bien sabíamos que una vez alejados del caudal del rio y sus pueblos aledaños, entraríamos a una zona en donde no se vería ni un alma. El sendero angosto y solitario, era muy empinado; y cuando llegamos a la cima hicimos un alto para comer. Atardecía, y el sol proyectaba sombras inclinadas sobre la llanura que se extendía a nuestros pies más allá las interminables cadenas de montañas adquirían un tinte azul y grisáceo.
—Allí se encuentra la verdadera capital, la de todo el continente, en donde vive el emperador. Como la capital del imperio esta tan lejos y el emperador se encuentra débil de salud, los señores de la guerra como Pain actúan como se les viene en gana —su estado de ánimo volvió a ser taciturno—. A nuestros pies se encuentra la escena de la peor derrota de los Sennin, en donde el clan del sonido nos traiciono y se unió al bando de Pain. Hubo más de 10.000 víctimas —me miro y continuo—: Se lo que se siente contemplar la matanza de tus seres queridos... yo no era mucho mayor de lo que tú eres ahora.
Me quede mirando fijamente la llanura vacía, incapaz de imaginar cómo sería una batalla. Pensé en la sangre de 10.000 hombres empapando la tierra. En la húmeda bruma, el sol iba adquiriendo un tono rojizo, como si hubiese absorbido la sangre de la tierra.
—No he querido ir a Konoha —dijo el señor Sennin, mientras descendíamos por el sendero─, en parte porque allí me conocen demasiado y también por otras razones que algún día te contare. Eso significa que tendremos que dormir esta noche a la intemperie, pues no hay otra ciudad por los alrededores en la que alojarnos. Atravesaremos la frontera del feudo y llegaremos a territorio Sennin a salvo del alcance de Yahiko.
Yo no quería pasar la noche en la llanura solitaria. No me gustaba admitirlo pero temía a los fantasmas; me asustaban los 10.000 espíritus que allí habría. El murmullo de un torrente cercano sonaba en mis oídos como la voz de un fantasma, y cada vez que un zorro aullaba o un búho ululaba me despertaba con el pulso acelerado. En un momento dado me pareció oír las voces de los muertos clamando venganza e intente rezar, pero tan solo sentía un profundo vacio. El sabio de los seis caminos, aquel dios que veneraban los Jinchūriki, había desaparecido junto a mi madre. Alejado de los míos, era incapaz de comunicarme con él. A mi lado, el señor Jiraiya dormía tan plácidamente como si se encontrara en la alcoba de la posada, y sin embargo yo sabía que él estaba al tanto, aun mas que yo mismo, de las suplicas de los muertos.
Intentando desviar mí atención de todo aquello que captaban mis oídos, me coloque a reflexionar, estremecido, sobre el mundo en el que estaba penetrando; un mundo del que nada sabía, el mundo de los clanes, con sus inmutables normas y brutales códigos de honor. Me dirigía a el por el deseo de este noble, cuyo sable me había salvado la vida y que ahora prácticamente era mi dueño.
Nos levantamos antes del amanecer y, cuando el cielo adquiría un tono grisáceo, cruzamos el rio que marcaba la frontera del dominio Sennin.
El señor Jiraiya me hablo de la vida del campo, de los métodos agrícolas utilizados, de los diques construidos para el regadío, de las redes tejidas por los pescadores y de cómo se extraía la sal del mar. No había nada por lo que él no mostrara interés y era un entendido en todas las materias. El sendero dio paso a una carretera, cada vez más concurrida, por la que trascurrían campesinos en dirección al mercado cercano.
Aquella noche cuando llegamos a la posada, todos conocían al señor Sennin, y corrieron a saludarle con exclamaciones de júbilo y se arrojaban al suelo en reverencia a su persona. Prepararon las mejores camas y manjares exquisitos para servirnos. Mi percepción del señor Sennin estaba cambiando. Sin duda, yo sabía que procedía de una alta cuna, de la casta de los guerreros, pero por entonces no acertaba a conocer quién era exactamente o cual era su función en la jerarquía del clan. Empezaba a darme cuenta de que su posición debía ser sublime y yo comenzaba a sentirme más retraído ante su presencia.
A la mañana siguiente el señor vestía un atuendo acorde a su posición. Nos esperaban los caballos y cuatro o cinco lacayos. Durante el viaje intentaron mantener una conversación conmigo, me preguntaban de donde venia y como me llamaba, pero cuando descubrieron que yo no podía hablar llegaron a la conclusión de que, además de mudo, era sordo y estúpido, por lo que me hablaban con voz bastante alta, con palabras sencillas y haciendo gestos.
No dejaba de preguntarme qué es lo que haría yo cuando llegase a nuestro destino. Suponía que iba a ejercer como criado, trabajando en los jardines o en el establo, pero resulto que el señor Sennin tenía otros planes para mí.
En la tarde del tercer día desde la noche que pasamos a la intemperie, llegamos a la ciudad Myoboku, distrito del clan Sennin, cercano al rio brumoso y un acantilado que daban la sensación de vértigo. El rugido del rio tronaba en mis oídos, y cuando los caballos comenzaron a cruzar el puente que nos llevaría al distrito, no pude evitar cerrar los ojos.
El señor Sennin me llamo desde el centro del puente. Yo descendí del caballo y me dirigí al lugar donde se había apostado. Sobre el parapeto había colocado una enorme roca en la que aparecía esculpida una inscripción.
—¿Sabes leer, Naruto?
Negué con la cabeza.
—Mala suerte. ¡Tendrás que aprender! —soltó una carcajada—. Y me parece que tu preceptor te va hacer la vida imposible. Echaras de meno tu vida salvaje en las montañas, chico. Eso te lo puedo asegurar.
A continuación leyó en voz alta la inscripción: "El clan Sennin da la bienvenida a los justos y los leales. Que los injustos y los desleales sean precavidos". Bajo la leyenda aparecía el blasón de los sapos. Seguí caminando junto a su caballo hasta el extremo del puente.
Myoboku era la primera gran ciudad en la que yo había estado. Parecía inmensa y abrumadoramente desconcertante. La cabeza me estallaba de tanto ruido: vendedores, telares, y otros muchos sonidos que nunca antes había escuchado y no lograba identificar. Una de las calles estaba repleta de alfareros, y el olor de la arcilla y del horno se me metió en las narices. Era la primera vez que oía el torno de un alfarero o el rugido del horno. Por debajo de los demás sonidos, yo escuchaba la charla, el griterío, las maldiciones y las risas de la gente de la ciudad. Por encima de las casas se ergio el castillo, por espaldas al brumoso rio antes atravesado. A nuestra derecha se encontraba una zona de canales y calles sinuosas donde había muchas mansiones, rodeadas por altos muros con techumbre de teja, apenas visibles entre los árboles.
El sol había desaparecido y el ambiente olía a lluvia. Los caballos aceleraron el paso, como si supieran que habían llegado a su destino final. Al final de la calle aparecía abierta una amplia cancela. Los guardias salieron de la garita adyacente y cayeron de rodillas ante la llegada de su señor. Yo así las riendas y el señor Sennin desmonto. Los criados se hicieron cargo de los caballos y se alejaron con ellos.
El señor Sennin cruzo el jardín a grandes zancadas en dirección a la casa. Yo me quede inmóvil un instante, dubitativo, sin saber si debía seguirle o bien unirme a los lacayos; pero él me llamo, haciendo señas para que acudiera a su encuentro.
El jardín estaba repleto de árboles y arbustos, que a pesar de crecer densos como los de la montaña, cada uno ocupaba su propio lugar en la disposición, trasmitiendo una sensación de sosiego y equilibrio. También allí abundaban los sonidos, como el murmullo del agua dentro del estanque y el croar de uno que otro sapo allí presente.
Los criados de la casa esperaban en la veranda para dar la bienvenida a su señor. La servidumbre se componía de tres muchachas, una mujer de cierta edad y un hombre que rondaba los 60 años. Tras las reverencias, las muchachas se retiraron, y el hombre y la mujer se miraron sin apenas disimular su asombro.
—¡Se parece a...! —susurro la mujer.
—¡Que extraño! —convino el hombre, negando con la cabeza.
El señor Sennin sonreía mientras se quitaba las sandalias en la veranda para acceder a la casa.
—Cuando le encontré era de noche y no me di cuenta hasta la mañana siguiente. Pero solo es un ligero parecido. Su color de cabello, piel y ojos son muy distintos.
—No, es mucho más que eso —dijo la anciana guiándome al interior—. Son muy parecidos.
El criado nos siguió frunciendo los labios mientras me observaba como si acabara de morder una ciruela agria, como si presagiase que mi entrada en la casa traería consigo la desgracia.
—Le he dado el nombre de Naruto —dijo el señor, girando la cabeza hacia atrás—. Calienten el baño y busquen ropa para él.
—¡Naruto! —Exclamo la mujer—. Pero ¿cuál es tu verdadero nombre?
Al ver que yo no respondía, y que tan solo me encogía de hombros y sonreía, el criado contesto bruscamente:
—¡Es un idiota!
—No, puede hablar perfectamente —replico el señor—. Le he oído hablar, pero las cosas terribles que ha presenciado le han dejado mudo. Cuando supere la impresión, hablara de nuevo.
—Claro que sí —dijo la anciana, mirándome sonriente—. Ven con Ma. Yo cuidare de ti.
—Te pido excusas, Jiraiya —dijo el criado, testarudo. Yo tenía la sensación de que estos dos criados conocían al señor desde niño y lo habían criado, he ahí tanta familiaridad para con su titulo—; ¿qué planes tienes para el muchacho? ¿Le buscamos trabajo en el jardín o en la cocina? ¿Debemos enseñarle sus labores? ¿Hay algo que sepa hacer?
—Tengo la intención de adoptarle —respondió el señor Sennin —. Mañana puedes iniciar los trámites, Pa.
Hubo un prolongado silencio. Pa se quedo estupefacto, pero no más que yo lo estaba. Ma intentaba disimular su sonrisa. Entonces, los dos comenzaron a hablar a la vez.
—Esto es muy inesperado —dijo, de mal talante el criado—. ¿Lo habías planeado antes de iniciar el viaje?
—No, sucedió por casualidad. Ya sabes lo que he sufrido tras la muerte de mi pupilo y como he buscado consuelo en mis expediciones. Encontré a este chico, y desde entonces mi sufrimiento ha ido haciéndose más soportable.
Ma enlazo las manos.
—El destino los ha encontrado. En cuanto repare en ti, note que habías cambiado, que de alguna forma habías curado tu herida, si bien es cierto que nadie podrá reemplazar a Nagato...
¡Nagato! Así que el señor Sennin me había dado un nombre como el de su pupilo y tenía la intención de adoptarme. Los Jinchūriki dicen que renacemos a través del agua: yo lo había hecho a través de la espada.
—Jiraiya, estas cometiendo un terrible error —dijo Pa, sin rodeos—. El muchacho es un don nadie, un plebeyo... ¿qué va a pensar el clan? Los consejeros del clan jamás lo permitirán tan solo la petición es una ofensa.
—Mírale —dijo él—. Quienesquiera que fuesen sus padres, seguro que alguno de sus antepasados no era plebeyo. En todo caso, le rescate de los Akatsuki. Pain quería que lo mataran. Una vez que he salvado su vida, el chico me pertenece, y debo adoptarle. Para estar a salvo de los Akatsuki tiene que contar con la protección del clan. Mate a un hombre, quizá a dos, por su causa.
—Un alto precio. Esperemos que no sea aun más alto —contesto Pa, con brusquedad—. ¿Que hizo el muchacho para atraer la atención de Pain?
—Estaba en el lugar inadecuado en el momento inoportuno, nada más. No hace falta contar su historia. Puede ser un pariente lejano de mi madre. Seguro a se te ocurrirá algo...
—Akatsuki llevan tiempo persiguiendo a los Jinchūriki. ¿Puedes afirmar que no es uno de ellos?
—Si antes lo fue, ya ha dejado de serlo —respondió el señor Sennin, con un suspiro—. Todo eso ya es pasado. Es inútil discutirlo, Pa. He dado mi palabra de que protegería a este muchacho y nada me hará cambiar de opinión. Además, le he tomado cariño.
—Traerá la desgracia —insistió Pa.
Los dos hombres se miraron fijamente durante un instante. El señor Sennin hizo un gesto impaciente con la mano y Pa bajo los ojos y se inclino a regañadientes. Mientras tanto, yo pensaba en lo útil que resultaba ser señor: uno siempre sabia que al final se saldría con la suya.
De repente una ráfaga de viento azoto las contraventanas, y junto con el ruido de este, los sentidos volvieron a mí. Era como si una voz me dijese "En esto te vas a convertir". Deseaba con todas mis fuerzas volver atrás en el tiempo, hasta el día antes de ir a las montañas a recoger setas. Quería regresar a mi antigua vida, con mi madre y mi gente, pero bien sabía que mi niñez había terminado. Tenía que convertirme en un hombre y sobreponerme a todo lo que el destino me enviara.
Con esos nobles pensamientos en mi mente, seguí a Ma hasta el pabellón del baño. Hizo que me desvistiera y me dejo que me bañara a solas en el gua humeante. Al poco tiempo volvió con un ligero manto de algodón y me pidió que me lo pusiera. Ya fuera de la tina, me froto el cabello con una toalla y me lo peino.
—Tenemos que recortarlo un poco —murmuro y paso las manos por mi cara—. Todavía tienes poca barba. ¿Cuántos años tienes? ¿Dieciséis?
Asentí con la cabeza. Ella sacudió la suya y suspiro.
—Jiraiya quiere que comas con él —dijo, y añadió quedamente—: Espero que no le traigas más sufrimiento.
Me imagine que Pa le había hecho participe de sus recelos.
Seguí a Ma de vuelta a la casa, en cuyo interior intente asimilar todos los detalles. Había oscurecido casi por completo. Las linternas proyectaban un resplandor anaranjado sobre los rincones de las estancias, pero no alumbraban lo suficiente para ver los objetos con nitidez. Ma me condujo hasta la sala principal.
La sala era la más hermosa de cuantas había llegado a conocer. Desde entonces, he frecuentado numerosos castillos, palacios y mansiones de nobles, pero ninguno me ha impresionado tanto como la sala de la casa del señor Sennin aquella noche del octavo mes, con la lluvia cayendo mansamente sobre el jardín.
Escuche ruidos procedentes del piso inferior y me senté rápidamente en el suelo, con los pies pulcramente recogidos bajo mis piernas. El señor Sennin entro en la sala, seguido por dos de las muchachas, que llevaban bandejas con comida. Me miro e inclino la cabeza. Yo hice una reverencia en respuesta.
La lluvia caía ahora con más fuerza y en la casa y jardín resonaba el cantico del agua. Esta se desbordaba de los canales y bajaba por las cadenas hasta llegar al torrente que discurría entre los estanques. Cada una de las cascadas tenía un sonido diferente. La casa estaba cantando para mí, y en ese instante me enamore de ella. Deseaba formar parte de aquella casa: haría cualquier cosa por ella y rodo lo que su dueño me pidiera.
