Capítulo 2 – Verde

El sol le quemaba el cráneo. El sol le quemaba el cráneo, y no había sombra. Nunca había sombra. Nunca había un descanso. Siempre todo era sol, todo era quemaduras. El sol quemaba. Le quemaba, y no podía evitarlo. Como no podría evitar lo que sucedería a continuación. Lo que sucedía cada día.

Quemaduras.

Nunca un descanso, un alivio.

El niño se apartó el cabello negro y sucio del rostro y suspiró. Se oían sus gritos desde la esquina.

Estúpido muggle.

Porque los muggles eran asquerosos. Sólo hacía falta conocer al repugnante de Tobías para darse cuenta. O escucharlo. O verlo. Su mera existencia era repugnante.

"Lo sé" Se dijo Severus cansinamente ". Si no fuera por él yo no estaría aquí"

Pero ni que importara.

Se detuvo frente a su casa; era gris, sucia, vieja. Era repugnante.

La calle de la Hilandera era horrible. Lily nunca iba a jugar allí. Ni tampoco a la plaza, si iba al caso. La había esperado durante esos tres días, pero la niña no había aparecido.

"Qué más me da esa sangre impura" Intentaba convencerse una y otra vez "No me importa"

Se miró la blusa, frunciendo el ceño. Su ropa era repugnante.

Su vida era repugnante. ¿Sí había pensado en morir? Oh, no, eso jamás. Su padre lo notaría, y se molestaría con su madre.

¡Es tu culpa!, le diría. ¡Todo es tu culpa!

Y además, claro, estaba Hogwarts. Iría a Hogwarts, era la razón para estar vivo. Lily también iría a Hogwarts…

"No quiere estar contigo" Se repitió "Eres feo, sucio y tienes ropa horrible. Eres repugnante, y por eso no va a la plaza. Te está evitando"

Estúpida sangre impura.

No, no era estúpida. De hecho, parecía muy lista. Muy hábil y precoz con la magia.

Para ser una hija de muggles, claro. Una sangre impura.

Pero ni que le importara a él esa hija de muggles.

Una sangre impura.

NO le importaba.

Se oyó una especie de estallido dentro de la casa.

Se encogió.

Tal vez Tobias había arrojado un plato.

Otra vez.

Y un grito.

Tal vez su madre estaba llorando.

Otra vez.

Siempre era otra vez. Una y otra vez, el mismo círculo, el mismo comienzo y el mismo desenlace.

Abrió la puerta con todo el sigilo que fue capaz. No debía ser visto mientras peleaban. O sea, no debía ser visto nunca, en todo el día, ningún día.

La sala era del tamaño de un alfiler, con las paredes de un azul oscuro, la lámpara de techo llena de telarañas, una alfombra raída y… Tobías gritando y su madre llorando.

Siempre era igual.

Igualmente repugnante.

Y tal vez Severus podría haber pasado desapercibido al abrir la puerta silenciosamente, cerrarlas tras sí con total sigilo, huir de la zona de fuego y, con algo de suerte, llegar a la cocina y echarse algo a la boca.

Pero la puerta era vieja, vieja y repugnante. Y cuando la abrió, crujió.

Y Tobías clavó sus ojos cafés iracundos en su hijo de diez años. Severus tragó saliva. Estaba perdido.

Otra vez.

El hombre a quién le debía su repugnante vida se acercó a él a grandes zancadas.

– ¡¡¡¿DÓNDE ESTABAS?!!! –Le gritó acercando su rostro hasta que su narizota casi tocó la de su hijo.

Severus comenzó a temblar.

–Y-Yo…–Y las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Y comenzó a retorcerse las manos. Y tuvo miedo. Otra vez.

– ¡¡¿QUÉ DICES?!!

–E-Estaba Ju-jugando en…en…la…la pla-plaza…–Balbuceó enredando los dedos en la blusa.

– ¡¡¿Y QUIÉN TE DIO PERMISO?!! –Exclamó a voz de grito irguiéndose otra vez y comenzando a andar por la habitación velozmente, como intentando decidir que le arrojaría primero.

Otra vez.

Y otra vez Severus iba a largarse a llorar. A llorar como su madre, que estaba sollozando acurrucada contra la pared.

Pero esa vez no lloró. Las lágrimas eran repugnantes, lo sabía, te dejaban el alma seca como un desierto, los ojos hinchados y rojos, y un dolor de cabeza lacerante e inaguantable.

El niño alzó la barbilla y encaró a su progenitor con una determinación inexplicable, y hasta suicida.

–Pues me lo diste tú, no sé si no lo recuerdas, Tobías–Repuso con fría insolencia.

La mirada que le dirigió el hombre hizo que Severus reincidiese en su teoría de que tenía un parentesco serio con los basiliscos.

– ¡NO TE ATREVAS A HABLARME ASÍ, CHIQUILLO DESEREBRADO! –Chilló. Severus empezó a temblar, pero mantuvo el rostro en alto– ¡Y NO ME MIRES ASÍ! ¡NO SÉ NI PARA QUÉ NACISTE! ¡NO SIRVES PARA NADA MÁS QUE PARA CAUSAR MOLESTIA! ¡SÓLO OCUPAS ESPACIO!

Severus sintió sus ojos llenarse de lágrimas. Pero no iba a llorar. Eso era para cobardes, mujeres y niños pequeños.

Y él era un mago.

No era un muggle repugnante como él.

– ¡ESTÁS CASTIGADO! –Lo cazó de la blusa y lo arrastró por las escaleras en dirección a su cuarto– ¡TE QUEDARÁS AQUÍ!–Abrió la puerta con fuerza innecesaria– ¡SIN CENAR!–Lo arrojó sobre la cama con violencia– ¡SIN SALIR DE TU HABITACIÓN!–Salió del cuarto como un huracán y cerró la puerta tras sí. Severus oyó el inconfundible (Y conocido) sonido de la llave girando en la cerradura– ¡APRENDERÁS A RESPETARME!

Y sus pasos se alejaron hasta que el niño no los oyó más.

Sólo había silencio.

Y tal vez otra persona se hubiera sentido ahogada, estando allí encerrada en esa diminuta habitación de paredes oscuras y luces tenues, con apenas una pequeña ventana con los vidrios sucios, en ese silencio que podría haber sido agobiante, desquiciante, agotador.

Pero Severus estaba tranquilo, porque, pese a que su cuerpo vibraba en descargas de odio puro hacia Tobias, agradecía a Merlín ese momento carente de gritos, sollozos o golpes, y también agradecía que Tobias no lo hubiese golpeado.

Y sintió alivio. Suspiró.

Se había quedado encogido en la cama tal cual había caído, por lo que se estiró lentamente intentando relajarse, ya que tenía tiempo allí dentro para rato.

Miró en derredor; las paredes eran de un verde desvaído. Tenía recortes de El Profeta pegados en las paredes, una pequeña estantería con libros, una cama, un pequeño mueblecito…

Observó los recortes: la presencia del Señor Tenebroso gritaba desde cada página.

Cerró los ojos. Algún día estaría a su lado, luchando por una causa, un héroe: libraría al mundo de los muggles, criaturas tan despreciables y repugnantes como la que estaba en ese preciso momento en el piso de debajo de su casa.

Pureza de sangre, eso era lo que contaba. Los muggles eran asquerosos, repugnantes. Merecían morir.

No supo cuanto tiempo estuvo así, quieto, imaginando el momento en el cual sería glorioso e importante, pero cuando abrió los párpados, estaba cubierto de sudor y el crepúsculo parecía cercano.

Supuso que se había quedado dormido, y se acercó a la ventana para abrirla y dejar entrar un poco de aire y refrescar la calurosa habitación.

Con un poco de fuerza y mucha voluntad, consiguió levantar el ennegrecido cristal hasta que la ventana quedó abierta de par en par. Sacó la cabeza por la ventana. El viento era inexistente.

Miró a ambos lados: si tomaba el camino a la izquierda por esa repugnante calle oscura, podría ir a…quién sabía dónde. Pero sí tomaba el camino hacia la derecha…iría hacia el pueblo de los muggles. Donde estaba Lily.

Pero estaba encerrado. No era que él quisiera ir donde ella, claro que no, pero si quisiera…y no es que así fuese, pero si fuera el caso…no podía.

Bajó la vista, derrotado, insultando en silencio al adoquín de la calle, deseando poder llegar hasta allí, correr hasta el cansancio, ser…libre.

A quien quería engañar, el encierro si lo ahogaba, si lo asfixiaba, lo oprimía, lo angustiaba. Ansiaba la libertad, el aire fresco, el sol quemándole el cráneo…

Y tuvo una idea. Una alocada, imposible y hasta quizá dolorosa (y suicida) idea. Parpadeó.

Era decidir entre la valentía o la cobardía.

Entre el dolor o el alivio.

Entre la libertad o el encierro.

Porque sí, la libertad le iba a doler.

Cerró los ojos, apretando los párpados con fuerza, sin siquiera él entender que era lo que iba a hacer.

Sacó una pierna por la ventana. Luego la otra. Sentado en el borde, sin abrir los ojos aún, se arrojó al vacío.

Duró poco, bastante menos de lo que había imaginado. En un momento estaba sentado en la ventana mugrienta, al siguiente un viento inexistente le agitaba los cabellos, y al otro caía de pie en la acera, más mugrienta aún.

De pie.

Frunció el ceño, considerándolo.

"Magia." concluyó al fin orgulloso de sí mismo, encogiéndose de hombros, y, sin pensárselo dos veces, echó a correr hacia el pueblo muggle. No es que estuviese apurado, ansioso por ver a Lily, claro que no. Sólo quería huir con rapidez antes de que Tobias se diese cuenta de su escapada. Sólo era eso.

·Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ· –

El sol arrancaba destellos dorados a las cadenas metálicas de los columpios en la plaza. Severus veía todo borroso, como si latiera. El calor debía de ser sumamente abrasador. Se tocó la cabeza con una mano. Quemaba.

Otra vez.

Lily no estaba. La había esperado por horas, pero no estaba allí.

Otra vez.

Siempre era otra vez. Siempre quemaba. Nunca había sombra. Porque el sol quemaba. Siempre.

Severus frunció el ceño, de repente furioso, y pateó una piedra en el suelo, haciendo que ésta volase algo más o menos que dos metros.

Suspiró, y comenzó a arrastrar los pies en dirección a su casa, al tiempo que intentaba idear una forma de trepar el muro de su casa y volver a meterse en su habitación sin que Tobias lo estrangulase, cuando sus ojos se toparon con el bosque que rodeaba el pueblo.

Y pensó que disfrutar de un poco de fresca sombra sentado bajo un árbol era una oportunidad irresistible en un día tan abrasador como ése.

Algo de sombra después de tantas quemaduras.

Un descanso.

Reuniendo todo su acopio de fuerzas, echó a correr en dirección hacia la arboleda.

Se internó en el follaje, profundamente de forma de que fuese difícil dar con él. Pasados unos cuantos minutos se sentó en el suelo. Estaba cubierto de hojas grandes y pequeñas, caídas seguramente de las plantas circundantes. Levanto una. Debajo de ella había una tierra oscura, húmeda…fresca. Cerró los ojos, recostándose sobre la alfombra de hojas. Se oía el rumor suave del río a lo lejos. Era tan hermoso. Tan pacífico.

Oyó un crujido, como el de una ramita al ser aplastada con el zapato.

Se puso de pie de un salto, abriendo los ojos de golpe.

– ¿Quién es? –Gritó, intentando que no le temblase la voz– ¿Hay alguien?

Las hojas de un arbusto se agitaron tras él. Se dio vuelta veloz como un rayo.

– ¡Muéstrate! –Exclamó, notando como le flaqueaba la determinación– ¡Muéstrate! –Se miró las manos con desesperación. Si tuviera una varita… en un lapso de inspiración, se inclinó y tomó una ramita torcida del suelo– ¡Muéstrate! –Repitió alzando la rama con mano tembleque– ¡Estoy armado!

Hubo un movimiento en el arbusto que se había agitado momentos antes. Severus lo apuntó velozmente.

– ¡Armado! –Repitió haciendo énfasis en la palabra.

– ¡No dispares! –Exclamó una voz de niña que Severus había llegado a memorizar.

Lily Evans salió velozmente de su escondite, pálida como la cera y con las manos en alto.

– ¡No disp…! –Lily miró el palito que Severus enarbolaba y se detuvo en seco. Arqueó una ceja, al tiempo que bajaba los brazos para cruzarlos sobre el pecho–. No estás armado–Observó burlona.

Severus sintió que un calor ardía en sus mejillas. Bajó su varita falsa con pesadez.

–No, no lo estoy.

– ¿Entonces por qué dices que sí? –Lo increpó Lily autoritariamente, alzando la barbilla.

–Yo…–Balbuceó Severus.

"No, por nada. Sólo creí que Tobias venía a por mí para asesinarme y fui lo suficientemente estúpido como para fingir tener una varita mágica cuando es obvio que Tobias sabe que yo no tengo ninguna."

Lily arqueó las cejas, esperando una respuesta que nunca llegaba. Al fin, se encogió de hombros.

– ¿Sabes qué? No importa.

Severus arrojó la rama al suelo, sintiéndose estúpido.

– ¿Qué…qué haces aquí? –Preguntó al final.

Lily se sentó en el suelo.

–Hace mucho calor. Aquí es tan fresco… –Lo miró– ¿Por qué no te sientas?

Severus frunció el ceño, quedándose boquiabierto. Hace cuánto nadie le decía eso…

Tragó saliva y obedeció.

Lily sonrió.

–Hace rato que quería hablar contigo–Se abrazó las piernas y apoyó el mentón en las rodillas, mirándolo como embelesada, intensamente con sus ojos verde brillante–. Tienes tanto que contarme…

Severus se aclaró la garganta, donde había sentido salirle una cosa extraña que le dificultaba respirar.

– ¿Por qué no viniste? –Preguntó él– ¿A la plaza?

Lily torció la boca, componiendo una expresión triste.

–Tuney no quiere que hable contigo.

Severus frunció el ceño.

– ¿Tuney? –Repitió. ¿Quién cornos era Tuney?

–Tuney, mi hermana–Explicó Lily haciendo un puchero–. No le parece bien.

Severus puso cara de comprensión. Su hermana muggle, que por cierto era todo menos linda, algo que él no podía entender, ya que siendo hermana de Lily…aunque ni que él pensara que Lily era linda. Menuda estupidez.

– ¿Y entonces qué haces aquí? –Volvió a preguntar él. No lo entendía. Si su hermana muggle era tan importante para ella, no comprendía porque Lily en ese preciso momento…

La niña sonrió con picardía.

–Se supone que no estoy aquí.

Severus frunció el ceño aún más.

– ¿Y donde se supone que estás? –Curioseó.

–En mi cama–Informó Lily sin borrar la sonrisa–, durmiendo la siesta. Pero lo que no saben–Su sonrisa se ensanchó–es que mi almohada cubierta por la manta se parece mucho a mí dormida.

– ¿Cómo llegaste hasta aquí? –Preguntó Severus sorprendido.

Lily se rió.

– ¡Hay, sí que eres preguntón! –Severus se ruborizó–Vine a la plaza para ver si podía dar contigo. Justo cuando te vi, resulta que te viniste corriendo hasta aquí y no me quedó otra que perseguirte corriendo yo también. Pero eres rápido, así que me perdí y tardé varios minutos en hallarte. Y justo cuando llegué, tú me dices que tenías una pistola…

– ¿Pisto qué? –Exclamó Severus.

–Ahora las preguntas las haré yo–Ordenó Lily. Severus calló–. Y tengo muchas–Advirtió con otra sonrisa.

Levantó la vista. Estaba rodeado de troncos cubiertos de musgo, altos y largos, gruesos y nudosos, todos concluían en un amasijo de hojas verde esmeralda.

Verde. Allí todo era verde.

El verde era un color muy bonito.

El verde era el color de la naturaleza.

El verde era el color de la casa Slytherin.

El verde era el color de los ojos de Lily Evans.

Pero ni que le importara eso.

La miró.

–Sólo pregunta.


Sí lo leen les pido que lo comenten. Acepto cualquier crítica, siempre y cuando sea constructiva.

Kiss and Love

NatWizard