«Click»
El sonido la sacó de sus pensamientos.
Miró a todos lados, para buscar el origen del sonido, pero era imposible saber de dónde provenía, había muchos turistas como ella en California en esa época del año. Cientos de personas con cámaras por aquí y por allá. A lo lejos, algunos reporteros registrando las siempre bulliciosas competencias de surf en las playas californianas, cualquiera habría podido tomar esa fotografía que la sacó de sus pensamientos.
No era famosa, no tenía porqué alarmarse por el sonido de una cámara. Tampoco tenía porqué pensar que la habían fotografiado a ella, una chica simple, una más del montón. Una sonrisa triste se formó en su rostro al perderse en ese pensamiento, y en ese momento lo oyó de nuevo.
«Click»
Levantó la cabeza con rapidez para identificar la fuente del sonido, debía estar cerca, estaba sentada en la orilla de la playa lejos del bullicio, y lo vio.
Rubio, americano posiblemente, aunque no distinguía completamente sus rasgos a esa distancia, el hombre estaba con una cámara en mano. A pesar de estar agachado enfocando algo a lo lejos en la línea del horizonte, se notaba que era alto, muy alto.
Se lo quedó mirando un rato, el hombre seguía en esa posición hasta que volvió a sonar el obturador.
«Click»
Era americano, definitivamente y la sonrisa del hombre hizo que su corazón se saltara un latido, esa sonrisa capaz de derretir el hielo y sus piernas que las sintió de gelatina, era la sonrisa más hermosa que había visto en su vida.
No la fotografiaba a ella, sino algo más allá de su visión, lejos en el punto donde el mar y el cielo se encuentran. Tuvo curiosidad de saber qué era aquello que tenía tan concentrado a aquel hombre.
Miró su cámara, se maldijo porque la chica que estaba unos metros más allá de él y que había captado su atención por accidente cuando fotografiaba el paisaje, se había percatado de su presencia. No estaba seguro si se habría dado cuenta de que ya la había fotografiado unas cuantas veces, pero es que no había podido resistirlo, era preciosa.
Su mirada melancólica, su belleza natural, pura, etérea y esos rasgos asiáticos la volvían exótica a la vez. Para él, en su ojo experto de fotógrafo, era necesario capturarla en un momento eterno, algo que sólo podía lograr con una cámara.
Lo seguía mirando, lo sabía, sentía sus ojos sobre él. Tenía dos opciones, hacerse el loco, como si nada pasara, seguir fotografiando la naturaleza o ir a conocerla. Revisó la memoria de su cámara nuevamente, tenía poco más de diez fotos de ella.
«―Eres una gallina, no, peor que una gallina, eres un pollo. Pero, ¿qué le voy decir? Hola, soy Kuon, soy fotógrafo profesional, y estaba pasando por aquí con mi cámara cuando te vi y no pude aguantar el impulso de fotografiarte porque pensé ¿qué? ¿Que su mirada melancólica era lo más hermoso que he visto en la vida? Por dios hombre, tienes treinta años, no puedes andar por la vida diciendo esa clase de frases cursis como si fueras una adolescente de quince años.» Se decía a si mismo.
Se sentó en la arena con frustración.
Por el rabillo del ojo vio que ella se levantó de su posición, y el vestido blanco con pequeñas flores de color cereza se arremolinó con el viento. Otro momento perfecto, pensó él y no pudo evitar mirarla directamente.
Sus ojos se encontraron y fue un momento que ambos calificaron como mágico.
Cuando sus ojos se encontraron, notó que el hombre tenía los ojos del verde más hermoso que haya visto nunca, distinto los suyos propios del color del ámbar, y tan distintos a los de sus compatriotas en Japón, distintos a los ojos que tuvo ese otro que le rompió el corazón. Pero la intensidad de esos ojos verdes que la miraban la sacaron de ese carril de pensamientos, captando toda su atención, no pudiendo apartar la vista de él.
Lo vio levantarse con la cámara en mano y dirigirse hacia ella.
― ¿Puedo sacarte una foto? Su voz era profunda, masculina. Le hizo sentir mariposas en el estómago. Estaba tan cerca, la brisa le hizo llegar la fragancia de su aroma, a madera, a limpio, entremesclada con el aroma de la brisa del mar, le agradó. Sintió que se ruborizaba.
Por lo que respondió automáticamente. ―Kyoko, me llamo Kyoko Mogami.
Una leve sonrisa de satisfacción se formó en los labios del hombre, ya sabía su nombre. Su belleza exótica efectivamente, era oriental. ― ¿Puedo sacarte una foto, Kyoko?
―Claro― respondió ella, ruborizándose más aún y no sabiendo porqué estaba aceptando esto.
Lo vio levantar la cámara y antes de escuchar el click del obturador, indicando que ese desconocido, la había fotografiado, le dijo: ―Mi nombre es Kuon Hizuri.
Más tarde, después de beber algo en un café cercano, habían quedado de verse al día siguiente, y al siguiente y al siguiente. Y cuando compraron su primer álbum fotográfico, las fotografías tomadas ese día, estuvieron ahí, porque algunas historias de amor comienzan por accidente.
