Diez años después


Yamato


Llamó a la puerta de nuevo, visiblemente molesto. Siempre que Taichi y él pasaban la noche en alguna posada, dormían en habitaciones distintas.

― No quiero molestarte en el caso que vuelva con compañía.- le decía siempre con una sonrisa pícara.

Yamato no solía dormir con mujeres, no le gustaba ser un mujeriego empedernido como su mejor amigo. Golpeó de nuevo, pero esta vez con más intensidad.

― Taichi.― dijo en voz baja. ― Te mataré.

La puerta se abrió con cuidado y apareció una mujer rubia cubierta con una sábana. Yamato la miró aterrorizado, pues era la mujer del posadero. Recordó como la noche anterior Tai no había dejado de mirarla.

― Ni se te ocurra Taichi. ― le había dicho adelantándose a sus pensamientos.

Taichi lo miró sorprendido y fingió estar molesto.

― ¡Jamás haría algo así! ― dijo con una sonrisa pícara.

La mujer lo observaba molesta.

― Yo, eh...siento si he interrumpido.― empezó a decir.

― Si buscas al imbécil de tu amigo, no está.― dijo secamente.― Se ha largado y encima me ha robado.

Yamato palideció y, automáticamente, la ira recorrió todo su cuerpo. Taichi siempre se desentendía de las mujeres al día siguiente, según él mismo porque no le gustaban las despedidas ni las explicaciones innecesarias. Sin embargo nunca robaba, o al menos, no sin un motivo.

― Toda la razón, es un auténtico imbécil. En cuanto consiga dar con él, me encargaré de que le devuelva personalmente el dinero.

La mujer lo observó con recelo y cerró de un portazo. Yamato recorrió el pasillo que lo llevaba de vuelta al comedor, descendió las escaleras y chocó contra una figura enorme. Era el posadero.

― Si buscas a tus amigos, el larguirucho está tomando unas gachas. ― dijo señalando con la cabeza hacia una mesa.― El otro no sé dónde está.

― Gracias.― respondió Yamato.

Se dispuso a continuar con su camino, pero el hombre puso una mano encima de él y le obligó a detenerse. Olía a sudor y llevaba la ropa manchada.

― ¿Has visto a Glenda? Se marchó temprano y aún no la he visto. Tiene tareas que hacer, maldita sea.

Yamato lo miró desconcertado. No sabía quién era esa tal Glenda.

― Mi esposa, chico. ¿La has visto?

Yamato negó con demasiada intensidad.

― No, no. Yo vengo directo de mi alcoba.

― De acuerdo. Coge un bol de gachas y come, es lo mínimo que podemos hacer.

La noche anterior habían eliminado una manada de lobos que estaba causando estragos en la aldea. No habían tenido suficiente destruyendo gran parte del ganado, sino que también habían empezado a atacar a los aldeanos. No resultó uno de sus trabajos más difíciles. Los aldeanos pagaron sus servicios con un puñado de monedas y el posadero les dejó quedarse a dormir sin pagar. Y el imbécil de su amigo, había decidido agradecérselo acostándose con la esposa del hombre.

Se sentó al lado de Joe, haciendo que este diera un respingo.

― ¡Yamato! ― dijo en un tono demasiado agudo.

― Buenos días, Joe.

Empezó a comer las gachas. No eran las mejores que había probado, pero no sabía cuándo volverían a llevarse algo a la boca. Joe comía a su lado en silencio. Era muy alto y delgado, con la piel pálida y sonrisa amable. Joe era una persona nerviosa e inquieta, además de inteligente. Era el mayor de los tres, tenía 23 años. Él mismo había inventado unas lentes que le ayudaban a ver mejor.

― ¿Dónde está Taichi? ― preguntó.

― No lo sé. Termina eso rápido, tenemos que irnos de aquí lo antes posible.

Joe lo miró con curiosidad, dispuesto a abordarlo con varias preguntas. Una tercera persona se sentó a su lado.

― ¿Cómo habéis dormido, princesas?

Yamato observó a Taichi y estuvo tentado de lanzarse encima de él para darle una paliza. El muy imbécil sonreía de oreja a oreja. Taichi era un chico alto, musculoso, con el pelo castaño revuelto y unos ojos de color café. Era alegre, optimista y dicharachero.

― ¿Dónde estabas?- preguntó Joe.

― Tenía unas cosillas que hacer.― respondió con indiferencia.

Cogió un puñado de gachas del plato de Yamato sin preguntar. Al probarlas hizo una mueca de desagrado.

― ¡Puaj! Esto está asqueroso. ¿Cómo os podéis comer semejante bazofia?

Yamato estaba dispuesto a replicar cuando dieron un golpe seco en la mesa. El posadero se encontraba frente a ellos con cara de pocos amigos. Taichi le sonrió, como si no fuera consciente de lo que sucedía. Glenda apareció detrás de él.

― Mi mujer dice que le has robado.― dijo mirando a Tai.

A Joe casi se le salen los ojos de las órbitas ante aquella afirmación. Yamato pensó con rapidez, intentando encontrar una solución a aquel problema.

― Debe tratarse de una equivocación. ― empezó a decir Yamato.

― No, no lo es. ― dijo Taichi con tranquilidad. ― Me he acostado con ella y después le he robado. Y lo volvería a hacer.

El rostro del posadero se tornó rojo de ira. Se giró para pedirle explicaciones a su mujer. Bastó una señal de Taichi para que ambos comprendieran que era el momento perfecto para escabullirse sin ser detectados.

― ¿También te has acostado con ese? ¡Dijiste que no volvería a pasar!

A Yamato no le dio tiempo a escuchar cómo seguía la conversación. Corrían con todas sus fuerzas. Taichi iba delante, indicando el camino que debían seguir. Entraron en los establos.

― ¿Vamos a robar caballos? ― preguntó Joe escandalizado.

― Vamos a tomarlos prestados. ― repuso Taichi.

Cada uno montó en un caballo distinto y se marcharon a toda velocidad.

― Vas a tener que contarnos de qué va todo esto, Taichi. ― dijo Yamato.

― En cuanto nos hayamos alejado y estemos fuera de peligro os lo cuento todo.


Joe


Un par de horas después se detuvieron en un claro y descendieron con cuidado de sus caballos.

― Ya puedes empezar a explicarte. ― dijo Yamato.

― Sí. ― corroboró Joe. ― ¿Por qué has hecho todo esto?

― Os lo contaré todo. Anoche decidí intimar más de la cuenta con la posadera.

― Una magnífica idea. ― dijo Yamato.

― Ya sabes que las mujeres me pierden. ― dijo Taichi a modo de respuesta. ― No debería haberlo hecho, pero lo hice.

― ¿Y por qué le robaste? ― preguntó Joe.

― En la alcoba bebimos algo de vino. Parece que ella no está muy acostumbrada, a la tercera copa me contaba todos los entresijos de la posada. Resulta que ellos no pagan a sus empleados. Y esa mujer roba a casi todos los hombres.

― ¿Y tú has decidido vengarte ella? ― preguntó Yamato.

― ¡ Pues claro! Esa mujer se merecía un escarmiento.

― Pongamos que tienes razón. ― dijo Joe con seriedad. ― Esa mujer no era trigo limpio y has hecho que aprenda una lección. ¡Pero nosotros hemos robado tres caballos!

― Bien, mi plan tiene lagunas. Es inevitable. ― repuso. ― Esos caballos necesitaban salir a trotar, les estamos haciendo un favor.

― Tai. ― dijo Yamato interviniendo por primera vez en la conversación. ― Has hecho bien.

Esto provocó que su mejor amigo sonriera de oreja a oreja.

― Sin embargo… ― empezó a decir. ― Hemos sido llamados por el rey de Terra para reunirnos con él. No creo que debamos llamar la atención ni protagonizar historias de robos o adulterio.

― Yamato tiene razón. ― dijo Joe. ― Si el rey quiere confiar en nosotros para alguna tarea, no debemos dar pie a que sospeche de nosotros.

― Lo siento. ― dijo Taichi con sinceridad. ― He hecho lo que he considerado justo.

― No importa.- dijo Joe.

― Sí. No volveremos a esa aldea en una larga temporada.

Joe sacó el mapa que llevaba guardado en su saco. Lo extendió delante de sus amigos y señaló el punto en el que se encontraban. Recorrió con el dedo el tramo que aún les quedaba por realizar hasta llegar a Terra.

― Si todo va bien, mañana a primera hora estaremos entrando por las compuertas del reino. ― observó Yamato.

― Continuemos. Haremos uso de los caballos un trecho más. ― se detuvo y observó a sus amigos. ― Luego se los regalaremos a algún granjero o algo.

Montados de nuevo en los caballos Joe sintió que estaba realmente excitado. Llevaban un año ofreciendo su ayuda a todo aquel que la necesitara. Eran una especie de banda que cumplía las misiones que le eran encomendadas.

"Una banda de tres", pensó.

Recordó el día que conoció a Taichi y Yamato. Fueron a su aldea a exterminar unas ratas (en sus inicios hacían todo tipo de trabajos). Joe admiró su trabajo y al conocer lo que hacían quiso unirse a ellos, además se le daba bien luchar con la lanza. Ante la falta de miembros los dos se mostraron de acuerdo y pasaron a convertirse en aliados y amigos. Desde entonces habían hecho todo tipo de trabajos: atrapar ladrones, investigar robos, detener malhechores, exterminar animales…

Era innegable, se habían ganado una buena fama. Eran capaces de pasar desapercibidos y siempre realizaban las misiones con éxito. A Joe le gustaba la idea de que esto había llegado a oídos del rey y quería contar con su ayuda para alguna misión importante.

Si conseguían superarla con éxito, podrían decir que eran ayudantes de la corte.

Sonrió al pensar aquello.