Capítulo 2
Lo que la tormenta se llevó
Todos los miembros del club eran amables, y era bastante fácil dejarse llevar por el ambiente tranquilo y desenfadado que se creó rápidamente entre todos. Sin embargo, Tonks optó desde el principio por quedarse callada y escuchar lo que los demás decían. Se encontró riendo por lo bajo cada vez que Richard hablaba, ya que el hombre era gracioso sin siquiera pretenderlo. Le recordaba un poco a su padre, con sus ojos bondadosos y su risa contagiosa. Entonces recordó que el día siguiente iría a casa de sus padres, y eso la animó un poco. Extrañaba a su padre. Extrañaba lo simple que era el interactuar con alguien no esperaba nada de ella, y esa persona era él.
Casi una hora después de que la reunión comenzara, Tonks se dio cuenta de que no era la única que había decidió guardarse cualquier comentario que pudiera tener. Era el hombre llamado Remus, el otro integrante que se había unido recientemente. Prestaba atención a todos los que hablaban, pero se limitaba a asentir y sonreír. Su sonrisa era peculiar, Tonks pensó. Era pequeña, casi invisible, pero reconfortante, cálida… y pacífica.
Bajó la cabeza un poco y centró su mirada en sus manos entrelazadas sobre el libro que estaba en su regazo. Sus pensamientos se desenfocaron un poco y perdió el hilo de la conversación que se desarrollaba justo frente a ella. No fue que volvió a la realidad hasta que escuchó risas un minuto después. Al alzar la vista se encontró con los ojos de Remus puestos sobre los de ella. Él le sonrió, el gesto tan tranquilo como lo había sido durante el resto de la noche. Ella le devolvió una sonrisa titubeante y desvió la mirada hacia la chica que se llamaba Luna, quien tenía la palabra en ese momento.
Cuando la reunión llego a su fin todos se pusieron de pie lentamente y comenzaron a despedirse unos de otros. Ginny, la chica pelirroja, se dirigió hacia ella justo después de dejar de abrazar a Leah.
– Estuviste realmente callada – comentó la chica sonriendo.
– No tenía nada importante por decir – dijo Tonks encogiéndose vagamente de hombros.
– Está bien, entendemos – le quitó importancia Ginny –. Espero que te haya gustado y que consideres volver – agregó.
– Volveré la siguiente semana – aseguró con una pequeña sonrisa.
La chica le sonrió y la observó por un pequeño instante. Por la forma en que la miraba, como si tuviera cientos de preguntas formulándose en su cabeza, confirmó de una vez que la joven pelirroja sabía quién era ella.
– Bien, nos vemos – dijo Ginny finalmente, una última sonrisa alegre en su dirección antes de salir por la puerta. Tonks agradeció en su cabeza que ninguna de las preguntas de Ginny hubiera hecho su camino fuera de su boca, porque honestamente no creía haber sido capaz de responder a ninguna de ellas.
Luna salió poco después alegando que debía alcanzar a su amiga por un motivo que no reveló. Remus les sonrió y les deseó buenas noches antes de también irse. Al final sólo quedaron ella y Leah.
– Disfruté mucho estar aquí –le dijo a la mujer.
– ¿Te veremos aquí en la siguiente reunión? – preguntó ésta.
– Estoy bastante segura de que sí – afirmó. Y tras despedirse y devolverle el libro que le había prestado, salió de allí.
…
Tonks había sido muy cercana a sus padres mientras crecía. Al ser la hija única de una pareja joven, había disfrutado mucho del tiempo de ambos, ya fuera para jugar o al ayudarle a realizar tareas del colegio. No tuvo una etapa en su adolescencia en la que se alejara de ellos. Quizá le fastidiaron algunas cosas (reglas, siendo más específicos), pero aún así sólo tendría que pasar de un pequeño rato para que volviera a hablarles sin el más mínimo indicio de irritación. Andrómeda solía decir que esa completa falta de rencor la había heredado de su padre.
Sabía que había sido afortunada y siempre había sabido agradecer el que sus padres estuvieran al tanto de ella en todos los sentidos, y aunque no solía agradarle que ambos fueran tan buenos leyéndola, creía que sería peor no importarles en absoluto. No fue diferente cuando cumplió la mayoría de edad y se fue a la universidad. Sus padres la ayudaron a instalarse y le fue difícil despedirse de ellos. Sin embargo, fue aún peor vivir sin ellos y tener que adaptarse a convivir demasiado tiempo con chicos y chicas de su edad. Les llamó tanto como pudo y ellos respondieron a cada una de sus llamadas. Recordaba una en particular, justo antes de un examen importante; estaba cansada y extrañaba su cama. Extrañaba dormir. Cuando Ted habló ella se echó a llorar, y sólo hizo eso con su padre del otro lado de la linea. Terminó diciéndole que tenía que ir a hacer un examen y que lo amaba. Ted no mencionó lo sucedido en la siguiente llamada, ni cuando fue a pasar las vacaciones de invierno con ellos.
Las llamadas no cesaron una vez que se hubo acostumbrado a estar lejos de ellos. Eran sus padres y sus amigos después de todo. Eran quienes la conocían mejor que nadie. Eran, también, a quienes conocía a la perfección. Los años pasaron y el día de su graduación lucieron, tanto ellos como en su tío Sirius, las sonrisas más orgullosas que jamás había visto en sus rostros. Cualquier pensaría que nada ni nadie tendría la capacidad para destrozar la relación tan fuerte que tenía con su familia. Ella solía creerlo. Pero entonces la tormenta Andy llegó.
Andy Russell era encantador cuando lo conoció, un verdadero caballero. Su atención solía ser abrumadora y llegó a pensar que era demasiado bueno para ser verdad y mierda, debió hacerle caso a su instinto, porque tuvo razón; la perfección fue falsa, una completa fachada con la que consiguió meterse en su vida. Al principio se traba de una simple brisa, algo que se sentía bien contra la piel, fresco y ligero. Después, la brisa se volvió un poco más fuerte, pero no era de temer, aún no hacía daño. Sin embargo, esa fase debió tomarla como una advertencia, ya que posterior a ella, el viento se volvió más y más violento conforme en tiempo pasaba. Un día el cielo se llenó de truenos y se encontró a sí misma en medio de la peor tormenta con la que había tenido que lidiar en su vida entera; Andy, su ya entonces prometido. Y en el proceso de todo eso, la tormenta la alejó de su familia, la convenció de que su prioridad número uno era él y no las dos personas que la amaban más en el mundo.
…
El taxi la dejó frente a la casa de sus padres. Para su propia sorpresa (y estaba segura de que sus padres compartirían la misma emoción) había llegado temprano, quizá incluso lo suficiente como para ayudarle a su padre a cocinar. Se arregló la chaqueta alrededor de cinco veces antes de detenerse frente a la puerta de su viejo hogar, ese que no había pisado en casi tres años. Una súbita culpa comenzó a invadirla. ¿Cómo se atrevía a presentarse? Claro que su madre la había invitado, pero Tonks dudaba en verdad hubiera creído que iría. Lo mismo había pasado en muchas otras ocasiones. Una llamada, una invitación sin esperanza, la promesa de que iría a verlos, no cumplir con ella y rebobinar.
– Sabes que la puerta no se abrirá sola, ¿verdad?
Sin sentido alguno de cuánto tiempo llevaba de pie allí, le tomo totalmente desprevenida la voz de su tío. Sintió como si su pecho se encogiera mientras daba la vuelta. Y allí estaba Sirius, alto, de cabello negro y ligeramente largo, y un par de ojos grises… sonriéndole. Antes de venir se había esforzado en no imaginar cómo sería verlo otra vez, pues habían tenido una acalorada discusión la última vez que estuvieron en la misma habitación. Eso fue cinco meses atrás.
– En verdad viniste– dijo él aún sonriendo mientras caminaba hacia ella – Me alegra mucho verte.
Ella sonrió un poco ante las palabras de su tío. Quizá en algún momento tendrían que abordar lo que había pasado hace cinco meses, pero ninguno de los dos parecía tener intención de sacar el tema esa noche.
– Lo mismo digo – contestó ella. Ella lo amaba. Sirius había sido una especie de hermano mayor al que podía llamar como se le antojara; Sirius, feo, tío, criatura y entre otros… dependiendo de la situación.
Entraron a la casa, Tonks detrás de él.
– ¡Adivinen quién está aquí! – anunció teatralmente. El mismo tipo dramático de siempre. Era un actor de teatro después de todo.
A Tonks le quedó claro que ninguno de sus padres esperaban realmente verla allí, y que al levantar la cabeza esperaban simplemente encontrarse con una de las "entradas" de Sirius, y sin embargo, se toparon con ella. La sonrisa de su padre se hizo más grande, dejó lo que hacía para acercársele y abrazarla. La joven mujer le sonrió cohibida una vez que la soltó.
– Hola – dijo ella en voz baja. Miró entonces a su madre, que estaba de pie a unos cuantos metros, mirándola – Hola, mamá – la saludó también. No sabía qué era lo que había en la mirada de su madre además de la sorpresa, pero poco a poco una pequeña sonrisa se asomó en su rostro y fue a abrazarla.
Poco después ambos volvieron a lo que hacían y Tonks se alegró de que las primeras preguntas fueran dirigidas a Sirius. Una pregunta llevó a otra, y eventualmente se encontraron en medio de toda una anécdota contada detalladamente por el hombre. Era realmente bueno para ser el centro de atención y jamás lo agradeció tanto. En algún punto mientras hablaba se acercó a su padre y le preguntó si podía ayudarle con algo. Era casi como en los viejos tiempos y aunque hacía mucho tiempo que no se sentía tan en paz, le fue grato saber que aún podía reconocer el sentimiento.
La cena fue más de lo mismo. Los otros tres hablaron y ella escuchó. También rió un poco. En el pasado se habría involucrado activamente en la conversación, y ese pensamiento hizo que perdiera por un instante el hilo de lo que decían. Acabada la cena pretendió lavar los trastes, pero Andrómeda alegó que ella ya había ayudado a preparar la comida, por lo que era justo que ella y Sirius lo hicieran. Fue así como terminó sentada en la banca de su patio trasero.
– ¿Puedo?
Era Ted. Su padre señalaba el espacio junto a ella. Tonks asintió.
– Una linda noche – comentó el hombre. Era verdad. Era una noche de cielo estrellado y luna llena –. Aún recuerdo cuando corrías por todo el jardín gritando a la luna que dejara de seguirte – sonrió.
– ¿Qué niño no hizo eso? – intentó defenderse.
– No lo sé, no me importaban los otros niños – dijo él. Ella sonrió –. Pero créeme; aunque creyeran que los seguía, ninguno pasó diez minutos gritándole.
– Te concedo eso – aceptó Tonks.
Y sin más, su padre pasó su brazo por sus hombros y tiró de ella en un medio abrazo. Lo venía venir. Eran incontables las noches en que Ted Tonks había abrazado a su hija en aquella banca Lo hizo después de que pasara una tarde entera intentando patinar sin ningún éxito, pues su torpeza tomó lo mejor de ella. Lo hizo también cuando regresó de una pijamada a la que fue invitada como parte de un reto, porque seguro que ganabas puntos sociales si te atrevías a invitar a la niña que jugaba con otros niños durante los descansos a construir fuertes y luchar para destruir el reino del enemigo. Era de esperarse que también la abrazara después de meses de no haberla visto, probablemente siendo la única persona que sabía lo mal que la había pasado.
– Te quiero mucho, Dora.
Tonks cerró los ojos. Un nudo se estaba formando en su garganta y se sentía físicamente incapaz de responder. Ese viejo hombre, un sentimental.
Sirius apareció media hora después preguntándole si quería que la llevara a su apartamento. Entre despedidas y abrazos Andrómeda le preguntó si iría la semana siguiente y ella asintió. Una vez en el auto de Sirius, los dos se sumieron en un tranquilo silencio mientras éste conducía.
– Como ya dije… me alegra verte – dijo el hombre sin despegar la vista del camino –. Pero me sorprendió mucho que en verdad fueras – finalizó él.
Si, también se sentía así consigo misma… y lo que más le sorprendía era saber el motivo por el que se había animado a ir. Si Amelia no le hubiera llamado para recordarle de su salida, si no hubiera tenido que acompañarla a la biblioteca, si no hubiera decidido mirar ese tablón con anuncios y demás…
– Ayer fui a un club de lectura – comenzó a contarle –. No había ido a uno desde que estaba en la prepa – dijo ella en voz baja, pero lo suficiente fuerte para que él la escuchara –. Y fue agradable. Todos hablaban y bromeaban. De cierta forma me hizo recordarlos a ustedes… lo sencillo que era todo antes de…
Su voz se apagó. Antes de la tormenta.
Aún era difícil decir su nombre en voz alta. Si dentro de su cabeza le hacía invocar cientos de imágenes doloras, decir su nombre le hacía creer que se aparecería detrás de ella en ese mismo instante.
– Gente parlanchina y bromista, me agrada – dijo Sirius tentativamente.
– Si – sonrió ella –. Todos me cayeron muy bien.
Remus era el único al que no parecía gustarle hablar, pero el hombre había reído suavemente con todas las ocurrencias de Richard.
Sirius se detuvo un rato después frente a su edificio y le dio un rápido abrazo antes de que saliera del auto.
– ¿Te veo el próximo sábado? – preguntó él cuando ella cerraba la puerta. Tonks se inclinó para poder verlo por la ventanilla y asintió –. Bien – sonrió él.
…
En la vida de Tonks había muchos días detalladamente iguales. A veces, si se le antojaba cambiarlos un poco, escogería un jugo de naranja en la tienda en lugar de uno de uva. Domingo, lunes y martes transcurrieron de la misma manera (sin embargo, el lunes cambió su programación de comedia ligera a una película de terror, razón por la cual cerró la puerta de su habitación hasta que fue de día y decidió que ningún ente maligno intentaría asesinarla en cuando le quitara el seguro).
El miércoles despertó sintiéndose ligeramente entusiasmada por lo que le esperaba. Era muy, muy raro. Cuando eran las siete de la tarde su cabello ya se había secado, se había vestido, tenía en su bolso su propia copia de Caída libre y estaba lista para salir… que fue exactamente lo que hizo, pero al poner un pie fuera de su edificio, sintió un poco de angustia. No sabía de dónde venía… ¿quizá porque no había ido más lejos que de la tienda en tres días? Si, quizá...
El taxi que había pedido llegó poco después, obligándola a deshacerse de cualquier idea que la retuviera allí. No lo consiguió muy bien, pues la angustia siguió allí durante el camino.
Era muy temprano cuando llegó a la biblioteca, por supuesto. Leah la recibió con un animado saludo y la condujo a la pequeña sala trasera en la que se había llevado a cabo la reunión la vez pasada. Colgó su bolso en un lado del respaldo de la silla y su chaqueta del otro lado. Sacó su libro y fue directamente a uno de sus capítulos favoritos. Era agradable recordar lo mucho que le había gustado ese libro. La puerta de abrió en ese momento y levantó la mirada para ver de quién se trataba. Era ese hombre, Remus.
Remus le sonrió mientras cerraba la puerta tras de sí.
– Hola – la saludó.
– Hola – respondió ella sonriendo sólo un poco.
Se sentó en el mismo sitio que el viernes pasado e, igual que ella, sacó su libro y se concentró en él. Estuvieron en silencio hasta que comenzaron a llegar los demás.
Fue una agradable noche. Sólo estar allí la hacía sentir mejor de lo que se había sentido en mucho tiempo. Entonces pensó en sus amigos, en Amelia, en René, en Tobías, en Oliver… pensó en que ellos solían ser así, bromas tontas, discusiones insignificantes y pura felicidad. Pensó, también, en todas las llamadas que le hicieron y no contestó, y en todas las invitaciones que declinó. Había sido una amiga terrible…
Alzó la mirada y vio a Remus. Sonreía. En verdad tenía la sonrisa más tranquila que había visto en toda su vida y algo sobre ella la hizo sentir, poco a poco, de la misma manera. Por supuesto que, maldición, no debió mirarlo por tanto tiempo, porque fue un tanto obvio lo que estaba haciendo cuando éste también alzó la mirada y la vio. El viernes él la había estado mirando y cuando ella se dio cuenta de ello, Remus simplemente había sonreído. Pero este caso fue diferente. Se sonrojó tan pronto como fue descubierta y bajó la mirada a toda velocidad.
Ella no se sonrojaba.
Jamás.
Eso no debía estar pasando.
Y sin embargo, podía sentir un inquietante calor recorriendo sus mejillas y cuello. No escuchaba nada de lo que decían a su alrededor, sus pensamientos estaban muy lejos de allí… bueno, no, no en realidad. Mejor dicho, a unos metros de allí, justo en frente. Aún sintiéndose cohibida, volvió a mirarlo solo para confirmar que ya no la mirada. No tendría por qué, seguro que sólo le habría parecido raro o algo por el estilo, y había procedido a mirar a otro lado, como, por ejemplo, a quien fuera que estuviera hablando en ese momento.
Pero él aún la estaba mirando. Parecía divertido por la situación. Tonks volvió a bajar la mirada y se las arreglo para no ver a otra parte que no fuera su libro por el resto de la reunión. Remus fue el primero en despedirse una vez que dieron por finalizada la velada y justo antes de salir le dirigió una sonrisa a ella.
Tonks sonrió cuando la puerta se cerró otra vez.
…
El jueves por la mañana hizo algo diferente. Aunque no era la gran cosa, era algo que no hacía desde hace mucho; salir a caminar. Llegó hasta el parque que solía frecuentar y sacó el libro que había pretendido leer desde varios meses atrás. No recordaba en qué parte se había quedado y estaba segura de que el separador se le había caído cuando se lo lanzó a Sirius durante su discusión.
Lo miró allí, descansando en su regazo. "Muchas Vidas, Muchos Maestros" de Brian Weiss. Lo abrió por el primer capítulo y comenzó a leer…
Se detuvo cuando estaba por la mitad de la página. En verdad no le generaba curiosidad alguna seguir leyendo. Estaba segura de que no había nada malo con el libro, era simplemente no el momento adecuado.
Miró alrededor. Estaba fresco y estaba bastante segura de que el tipo del clima dijo que habría lluvia por parte de la tarde y noche, y también el día de mañana. Eso significaba que esa noche se prohibiría a si misma ver otra película de terror o suspenso (por su propio bien). Mañana también volvería al club de lectura. Eso puso una sonrisa en sus labios.
…
Andy y Tonks tuvieron varias discusiones en los primeros años de su relación, y lo peor que podía pasar era que su novio estuviera serio con ella durante al menos una semana. Era incomodo no estar en los mejores acuerdos con él, porque pese a eso, eran inseparables. En muchas ocasiones irían a cenar a un sitio que había reservado y no se hablarían durante toda la noche. Era aún más incomodo cuando se encontraban con alguien a quien él conocía, porque entonces él pondría su mejor sonrisa y actuaría como si no hubiera pasado el último par de días ignorándola. Entonces parecía que todo estaría bien y ella se confiaría. Se irían a casa y ella pensaría que estaba bien si se acercaba por detrás para abrazarlo, pero Andy quitaría sus manos de su torso, diría "buenas noches" secamente, y se marcharía a su habitación.
Al principio ese comportamiento la había tomado con la guardia baja. Nunca había conocido a alguien que durara tanto tiempo molesto por el motivo más insignificante, como el no haber contestado a ninguna de sus llamadas porque su celular se apagó mientras estaba de compras con sus amigas. Sin embargo, habría dado cualquier cosa porque jamás hubiera pasado de eso, pues eventualmente se acostumbro al silencio, pero nunca se acostumbro a los gritos, ni a la violencia física de la que llegó a ser capaz.
…
El viernes volvió a llegar temprano, pero alguien llegó aún más temprano.
– Tú y Remus comparten la puntualidad – dijo Leah, sonriente, al verla entrar a la biblioteca. Tonks se puso la sombrilla junto al resto que había cerca de la entrada y se quitó el impermeable. Tal y como había predicho el tipo del clima, no había dejado de llover desde la tarde anterior.
Fue a la habitación trasera y Remus alzó la vista al escuchar la puerta abrirse. Él sonrió y ella recordó de golpe la reunión anterior. Vale, si, tenía una sonrisa bonita, pero ya podía dejar de dispararla cada vez que se miraban. Aún así le sonrió de vuelta. Era débil.
– Hola – dijo ella.
– Hola.
Y eso era todo lo que se habían dicho directamente desde que se habían conocido. Tonks tomó el miso asiento de las ocasiones anteriores y en silencio sacó su libro, cuidando a toda costa no levantar la vista… pero se rindió al cabo de un par de minutos. O lo olvido, en realidad no importaba. Tan pronto como lo miró, éste alzó la vista también, por lo que volvió a su libro tan rápido como pudo. Y eso por algún motivo causó que Remus riera suavemente. Lo miró otra vez, vagamente curiosa por el hecho de que era la primera vez que escuchaba su risa.
– Me has estado mirando – soltó él aún sonriendo ligeramente, justificando su reacción.
– Tu también – se defendió ella. Remus asintió una sola vez y bajó la mirada. Ella hizo lo mismo, y al cabo de unos quince minutos…
– No puedo evitarlo – dijo él en voz baja. No necesitaba decirlo a todo pulmón para que ella lo escuchara, pues la habitación estaba en silencio y sólo estaban a unos tres metros de distancia.
Estaba tan sorprendida como podía esperarse, pero no dijo nada, ni levantó la vista… sólo sonrió. Sólo un poco.
…
Esa noche terminaron de comentar los últimos capítulos de Caída libre y por decisión unánime acordaron que el siguiente libro sería El pasillo de la Muerte, de Stephen King. Tonks se sintió vagamente incomoda al aceptar, pero no se le ocurrió negarse.
– ¿Vendrá alguien a recogerte, Tonks? – le preguntó Ginny volviendo un par de pasos cuando notó que ella era la única que quedaba (además de Leah, quien tenía que hacer un par de cosas más allí antes de marcharse). Luna y Remus se detuvieron en la puerta, esperándola.
– No, tomaré un taxi – respondió ella. La chica pelirroja ladeó ligeramente la cabeza y negó un par de veces.
– Es muy tarde – sentenció ella. Entonces miró a Remus, que estaba observando su pequeña interacción –. ¿Podría…?
Pero no tuvo que terminar la pregunta. Remus asintió.
– Por supuesto.
Ginny le sonrió y se volvió a Tonks.
– El profesor Lupin se ofreció a llevarnos – le dijo e hizo un ademan para que los siguiera.
Nueva información sobre el sonriente hombre del asiento frente a ella; era profesor. Asintió, no sin duda y se fue con ellos. Casi olvidó su sombrilla y su impermeable en la entrada. Casi.
Se subió en el asiento trasero junto con Luna. La chica miraba distraídamente a su alrededor. Era algo que hacía con frecuencia y eso llamaba mucho su atención, especialmente cuando surgía de la nada con una opinión realmente interesante durante la discusión. Era fácil creer que quizá tenía problemas para concentrarse, pero eso estaba muy lejos de la realidad. Quizá era lo que hacía cuando miraba a la nada, pensar intensamente en cuestiones existencialistas.
– Nosotras vivimos realmente cerca, Tonks – anunció Ginny asomándose entre su asiento y el del conductor –. Pero te dejaremos en manos del mejor chofer que puedas pedir – bromeó mientras le daba un pequeño golpe a Remus. Interesante.
– Muy graciosa – susurró Remus. Mirando al retrovisor pudo confirmar que sonreía suavemente –. Aún sigo sin poder entender por qué me he rebajado tanto.
– Porque eres genial – dijo Ginny sin más. Remus negó con la cabeza, y Tonks interpretó ese gesto como un mero reflejo a no saber recibir cumplidos.
– Se conocen desde hace tiempo – apuntó ella. Remus la miró por el retrovisor y asintió.
– Tomaron una de mis clases hace dos años y desde entonces no he podido deshacerme de ellas – le contó mientras encendía el auto. Ginny volvió a golpearlo juguetonamente.
Tonks sonrió. Sin tener en cuenta las diferencias físicas (uno de cabello castaño y la otra pelirroja), parecían hermanos. Algo así como Sirius y ella.
Ginny tuvo razón, vivían realmente cerca. Se despidieron de ellos y bajaron del auto en medio de la lluvia. Tonks miró a Ginny tomar a Luna de la mano y tirar de ella hacia la entrada de su edificio.
– Parecen buenas amigas – comentó ella. Escuchó la risa suave de Remus y lo miró – ¿Qué?
– Son novias – contestó encogiéndose de hombros -. Desde la secundaria, según tengo entendido.
Tonks sonrió y asintió. Tenía perfecto sentido.
– Así que… – comenzó a decir él –. ¿A dónde la llevó?
Le dio la dirección de su edificio y el arrancó el auto. Hubo silencio durante todo el camino. No era la clase de silencio incomodo en el que no sabes qué decir, y Tonks no se sentía obligada a hacerlo, pues Remus parecía disfrutar de la quietud. Fue hasta que llegaron a su edificio que Remus volvió a hablar.
– Espero que su experiencia con la agencia haya sido de su agrado – dijo en ese tono suave de tintes divertidos. Tonks apretó los labios intentando no reír.
– Lo ha sido – asintió ella –. Muchas gracias, Remus. Espero no haberte quitado mucho tiempo.
– En absoluto – le aseguró él mirándola sobre su hombro.
– Nos vemos el miércoles – se despidió ella.
– Hasta el miércoles, Tonks.
Era… lindo.
No. Basta. Le sonrió una última vez y bajó del auto.
…
Si había algo que habría aprendido de su relación con Andy, era que las apariencias engañaban y que las primeras impresiones no importaban. Las personas son quienes son y eventualmente se descubren a sí mismos. El que alguien haya sido lindo cuando lo conociste y cuando lo llevaste a que conociera a tus padres, no te aseguraba que fuera a ser así por siempre.
