Disclaimer: Saint Seiya y sus personajes son propiedad de M. Kurumada. Yo solo me divierto con ellos.


"Lo único capaz de consolar a un hombre por las estupideces que hace, es el orgullo que le proporciona hacerlas".- Oscar Wilde


Corría tan rápido como le era posible, sus pasos resonaban por el etéreo y frío mármol rompiendo el armonioso silencio del recinto. Casi le había dado alcance, de no haberse colado debajo del comedor principal y salido al otro extremo de la mesa. El yelmo de su perseguidor que había tratado de imitar su ruta de escape, golpeo una y otra vez el mármol, obligándolo a soltar una maldición acompañando su nombre.

Recordarlo, provocó que soltara una carcajada llena de júbilo, mientras corría en dirección contraria, adentrándose al pasillo del Gran Salón.

De la nada otra persona salió de entre las sombras, tratando de atrapar su brazo inútilmente. En un rápido movimiento, metió una zancadilla que se atoró en las alas que aquel portaba en sus tobillos y jaló su túnica a contrapeso, provocando que éste se fuera de frente al piso. Ni siquiera pudo meter sus manos.

-¡No dejes que escape, estúpido! – gruño el que se había quedado atrás, arrojando el casco a un extremo, ya había logrado salir de su confinamiento y corría velozmente en su dirección.

No se quedó a escuchar el resto. Sentía que el corazón salía de su pecho desbocado, mientras escuchaba la agitación a sus espaldas. Sabía perfectamente lo que sucedería si le daban alcance. Emprendió nuevamente su carrera y pronto sus ojos vislumbraron la puerta del Gran Salón con alegría.

Repentinamente un tercer individuo corpulento salió al frente, bloqueando su paso. En un par de segundos, ubicó la salida más rápida. Aprovechando su tamaño y velocidad, derrapó sobre el suelo, cruzando el arco entre las piernas de aquel hombre, pues sabía de sobrada manera que era demasiado lento…

Tan lento que no vislumbró a los otros dos…

Varios golpes secos y una sarta de improperios le indicaron que había ganado la carrera. Miró sobre su hombro con diversión, sus ojos grises brillando con travesura, al contemplar a sus hermanos empujarse unos a otros.

Por eso, no la vio hasta que chocó con ella.

-¡Mira por dónde vas, idiota! – y en seguida sintió un golpe en el rostro, que la hizo caer al suelo con fuerza. Instintivamente se llevó la mano a la mejilla, mientras el sonido agudo en su oído desaparecía. Entonces, levanto la mirada para contemplar con miedo a la mujer que la observaba con desprecio, como si se tratará de un ser inferior e indeseable.

-Hera.

Bramó una voz profunda desde del salón. Por un instante, el gesto de fastidio abandonó el semblante de la mujer cuyos cabellos rubios resplandecían como el oro de la tiara sobre su cabeza. En su lugar, apareció un gesto de terror que disimuló de inmediato, cerrando sus ojos y cambiando el gesto por uno meloso, giró sobre sus talones para hacerle frente. Una voz dulce y desconocido emergió de ella, que en nada concordaba con el odio que habían reflejado sus orbes de jade.

-¿Sí, mi señor?

-Mantén tus manos para ti misma, querida mía…

-Lo tomaré en cuenta, Zeus… - respondió no sin antes dirigirle una mirada de soslayo a la pequeña, que retrajo los hombros inconscientemente – ¿alguna otra petición?

-Retírate… –replicó la voz, con un tono que exigió obediencia inmediata.

-Desde luego, querido…

Hera giró sobre sus talones y pasó de largo, esta vez ignorándola por completo. Sólo se detuvo un instante, posando la mirada en las tres personas que mantenían la cabeza baja a su paso, en señal de respeto. Uno de ellos, el mayor de todos, se aventuró a levantar el rostro, para apreciar el brillo de furia en la mirada de la Diosa Madre.

Hasta que vio como la irritada esposa de su padre se perdía en el largo pasillo, seguida por Ares y Hefestos, fue que la niña soltó el aire contenido. Sus ojos se posaron en Hermes quien permanecía con una rodilla en el suelo. El Dios Mensajero levantó ligeramente el rostro y le dirigió una mirada entre divertida y exasperada. En respuesta, ella articuló una silenciosa disculpa.

-¿Atena?

La pequeña brincó ante la sola mención de su nombre. Lentamente dio la vuelta para toparse con un hombre de ojos grises idénticos a los suyos, que la envolvían una mirada amable y bondadosa. Con un movimiento de cabeza, Zeus le indicó que se acercara y al ver la duda dibujada en su rostro, palmeó el lugar a su lado, agregando con voz suave:

-Déjame ver lo que esa arpía ha hecho contigo… acércate…

Una vez que encontró el valor suficiente para acercarse, Atena se puso de pie y con paso firme, llegó hasta el colosal hombre que descansaba sobre el trono principal. Este se inclinó hacia ella y sostuvo su pequeño rostro entre sus dedos índice y pulgar, analizando la marca roja producida por la mano de su esposa.

El Dios negó inmediatamente, mientras hacia un movimiento con su mano, emitiendo un ligero destello. Un instante después, la contusión había desaparecido y finalmente descansó la mano sobre la mejilla de la niña, confirmando que ya no existía dolor alguno.

-Gracias padre…-susurró ésta sosteniendo la mano firme de su padre sobre su rostro y regalándole una reluciente sonrisa plagada de inocencia, que de inmediato fue correspondida. El Omnipotente Dios contempló aquella criatura con un gesto amoroso y lleno benevolencia, mientras que una sombra de infelicidad lentamente cruzaba por su rostro. Retiró la mano con una última caricia y cerró su palma con furia.

-¿Qué será de ti, hija mía, el día que yo falte? – cuestionó con tristeza, inclinando la frente sobre el cetro en su mano derecha – ¿Quién cuidará de ti? ¿Dónde podrías protegerte de la maldad que habita en mi reino y en el mundo?

La pequeña diosa se estremeció ante sus palabras. Alcanzó nuevamente la mano de su padre que aferraba al brazo de trono, acunándola con cariño y descansó su rostro sobre ella, sin emitir una palabra.

-El Oráculo ha revelado una verdad… uno entre los míos habrá de traicionarme para tomar este lugar, mi lugar como Padre de todo, de los Dioses y de los Hombres….-confesó con confianza, sintiendo la comprensión de su hija y agregó -"Sangre de la misma sangre emergerá de la tierra estéril, quebrantando el rayo que ilumina los cielos, arrojándolo al tiempo que no existe, al espacio que no se ve…"

La memoria de Zeus evocó los días en que había derrotado a su padre, para liberar a sus hermanos y crear el Olimpo que ahora el dominaba. Por donde lo viera, una guerra contra y entre sus hijos acabaría mal, pues estaba consciente que entre ellos existían Dioses capaces de superar su poder si se lo proponían. Un sabor amargo corrió por garganta.

¿Sería acaso este su castigo por revelarse contra su padre?

Como su hubiera escuchado su debate interno, las manos tibias de su hija apretaron con firmeza la suya, reclamando su atención.

-No te preocupes, padre… - musitó Atena con una vocecilla dulce, que para nada concordaba con la determinación en los ojos grises de aquella criatura que consideraba su más preciado legado – No importa lo que suceda, yo siempre estaré a tu lado…

Y entonces, solo entonces, el poderoso Dios de los Cielos recuperó su sonrisa.


Capítulo 1: Cuestión de orgullo

"Como amante"

Saori contuvo la respiración mientras sus pupilas azules se abrían con comprensión, ante la confesión de su santo.

Desde la noche en que Jamián el Caballero del Cuervo la secuestró, había sido consciente de la química y la complicidad que flotaba entre ellos, pero había racionalizado aquellas emociones como la devoción que todo santo le proclamaba a su Diosa. Por tratarse de Seiya, un ser tan apasionado con las cosas simples de la vida, era lógica su entrega y determinación como Caballero de Pegaso. Desde luego, su sacrificio en los Campos Elíseos refrendó esa idea, aunque inconscientemente la duda sobre la existencia de otros motivos había susurrado en su mente por mucho tiempo.

Haciendo a un lado aquello, se enfocó en mantenerlo con vida y no ahondó en esas emociones que la llenaban de confusión, hasta que una noche se despertó de un sueño terrible. En él, veía arder a Seiya en un fuego que no lo consumía, pero que lo hacía sufrir horriblemente, descubriendo así que antes de ser vencido, Hades lo había condenado eternamente. Esa noche, la prudencia abandonó a la Diosa por completo. Como un acto de total irracionalidad, que solo Tatsumi, y Shun presenciaron, invocó toda la fuerza de su cosmos para romper la maldición y como si de un milagro se tratase, la Diosa había roto inclusive la barrera de la muerte, trayendo de vuelta a la Orden Dorada. Como consecuencia, la presencia la Diosa fue requerida en el Santuario con carácter de urgencia, obligándola a confiar el cuidado de Seiya en su mayordomo y su amigo, quienes guardaron para sí mismos lo sucedido.

Unas semanas después, mientras intentaba conciliar las disputas entre Kanon, Saga y el resto de la orden, el risueño caballero de Pegaso entró en la Sala del Patriarca. La sola presencia del caballero la había hecho feliz, pero el gesto fresco y despreocupado en el rostro del moreno le había arrancado una sonrisa y el corazón de inmediato. Con sorpresa, se descubrió a sí misma atravesando la antesala del Patriarca solo para abrazarlo con fuerza, ante las miradas atónitas de los Caballeros Dorados.

Ahí, en medio de su Santuario y rodeada por sus guardianes, Atena había sido derrotada por Saori Kido.

Y con la aceptación de ese sentimiento, llegó la vergüenza y el terror porque parecía no ser correspondida. Después de aquella reacción, el joven caballero de Pegaso comenzó a alejarse paulatinamente de ella

¿Habría confundido la devoción de su santo? ¿Estaría ella confundida también?

Podía ser una Diosa, pero era inexperta en ese rubro del amor y aunque no lo deseara, tenía que admitir que la naturaleza humana era dinámica, evolutiva, inconstante…

Ahora, que lo tenía frente a sí, parecía que los sentimientos que emanaba el Caballero de Pegaso por cada poro, eran un reflejo de su propio sentir.

Eso la hizo feliz, de una forma inexplicable, irracional y desconocida…

Soltó el aire que había contenido y parpadeó un par de veces, para estar segura que no era un sueño. Ahí estaba él, sosteniendo su rostro con infinita ternura entre manos ásperas y masculinas, mientras sus ojos la envolvían en una cálida caricia. No había más que decir o hacer entre los dos, excepto tal vez, lo que ella hizo.

Lo besó.

Había sido apenas un ligero roce, pero esa acción detonó uno beso tras otro, hasta que se fundieron en un solo beso apasionado, que reflejaba la ansiedad y la necesidad que tenían el uno del otro, las respiraciones agitadas y los sentidos completamente encendidos.

Saori no comprendía aquella sensación que la invadía por completo y quemaba sus entrañas. En alguna parte de su mente, fue consciente de la forma en que una de las manos de Seiya aprisionaba su nuca, mientras la otra rodeaba su cintura, por las descargas eléctricas que recorrían su columna. No obstante, toda su atención estaba perdida en el sabor de su boca, la suavidad de sus labios, la forma en que su lengua acariciaba la suya, en su aroma masculino y el calor que desprendía su cuerpo.

Gradualmente, el beso perdió intensidad hasta que finalmente cesó. El vértigo de las emociones que recién estaba descubriendo la había dejado mareada, así que se aferró a él y hundió el rostro en su pecho, sintiendo el galope desbocado del corazón humano de Seiya. Podía sentir la respiración agitada del caballero que descansaba en su cuello, la forma en la que él recuperaba también la fuerza. Por la tensión en sus músculos, se percató que él también estaba haciendo un enorme esfuerzo por contenerse.

-Seiya… yo…

-Silencio – ordenó casi en un susurro y muy cerca de su oído, enviando un cosquilleo delicioso por su cuerpo.

No entendió la situación hasta que escuchó las voces. Su nombre, haciendo eco a la distancia. Los estaban buscando o en todo caso, la buscaban a ella. Eso era lo que lo tenía tenso o tal vez, era por la incómoda situación en la que se encontraban justo en ese momento.

Pegaso la tenía completamente aprisionada, la espalda contra el viejo árbol de olivo en el que lo encontró descansando, uno de sus brazos rodeándola por la cintura y la otra mano, sujetando la pierna que descaradamente ella había enganchado a la cadera de él.

Su rostro enrojeció de inmediato.

Rogó con todo su corazón, que quien la estuviera buscando diera la media vuelta y buscara en otro sitio… y también deseó que se la tragara la tierra.

Con vergüenza, miró a su caballero. Seiya se mantenía en guardia, con los músculos tensos y la mandíbula apretada, sus ojos castaños mirando hacia el lugar de donde provenían las voces, atentos al mínimo movimiento. Jamás lo había visto tan hermoso como en ese momento, excepto cuando lo conoció siglos atrás.

Aquel recuerdo era uno de los que más atesoraba de sus vidas pasadas. Los ojos de aquel chiquillo no habían cambiado en absoluto, siempre reflejando la sinceridad de sus sentimientos, el valor y el coraje que transmitían en cada batalla y con los que era tras era, inspiraba y dirigía ejércitos en su nombre.

Seiya la atrapó observándolo. Tras darle una mirada divertida, volvió a su posición vigilante.

Un par de minutos más tarde, cuando las voces se perdieron entre las escarpadas, ambos se relajaron por completo. Seiya se debatió internamente entre soltar o no la pierna que mantenía pegada contra su cuerpo, pues sabía que jamás la tendría así de cerca. Finalmente, aflojó su agarre y se separó de Saori, dándole su espacio y a la vez, recuperando el suyo.

La joven se recargó en el árbol de olivo, con las mejillas aún teñidas de rojo y sus ojos brillando.

-Vaya, eso estuvo cerca… - murmuró para romper el incómodo silencio instaurado entre ellos.

-Sí que lo estuvo…. – contestó él rascándose la nuca, mientras la sonrisa llena de esperanza se perdía y bajaba la mirada. Adoptando un gesto culpable, puso una rodilla en el suelo y se inclinó frente a ella, sin mirarla a los ojos agregó – Atena… Estoy muy avergonzado por mis acciones. He sido un imbécil. Estoy dispuesto a pagar mi falta hacia tu persona.

La sensación de felicidad se desboronó de inmediato y en su lugar, surgió una sensación de vacío inexplicable.

-Seiya… ¿Estás disculpándote? – cuestionó sin querer saber la respuesta. El caballero afirmó con un asentimiento - ¿Por qué ?

Pegaso se mantuvo con la mirada en el suelo, sus ojos conteniendo alguna extraña emoción. Apretó los puños con fuerza, al tiempo que pronunciaba con solemnidad.

-Saori… tu eres una Diosa, yo tu caballero, he faltado a mi palabra de protegerte. He deshonrado a mi armadura y también a ti. Soy consciente de ello.

-Yo...

-El amor de Athena... sólo en un caballero... en uno... - Seiya la interrumpió rapidamente, aunque por su gesto parecia haber dicho eso más para si mismo - es injusto para los demás caballeros, mis compañeros y mis hermanos... ¿como podría ser feliz yo, sabiendo que los demás sufren?

"No esta permitido que el amor de Athena sea vertido sobre un solo caballero...el amor de Athena debe ser para todos sus caballeros por igual"

La blanquecina mano de Saori se elevó a su pecho, en un intento por contener el sentimiento que esas palabras le provocaban. Las llevaba grabadas en su memoria y en su corazón, como si el hierro más candente las hubiera forjado. El gesto estricto de Mu de Aries vino a su mente, como un cruel recordatorio de su posición y sus obligaciones.

-El amor de Athena es igual para todos sus caballeros...- murmuró - Pero el corazón de Saori Kido le pertenece a Seiya. No quiero esperar a verte morir en la batalla, para tener el valor de admitir lo que siento por ti.

Saori se arrodillo frente a Seiya y con una mano levantó su rostro para contemplarlo.

- Desde el primer momento que te ví, cuando apenas eras un niño, amé tu voluntad y tu espíritu inquebrantable, aquello que no te dejaba amedrentar por nada y por nadie... ni siquiera por la caprichosa nieta de Mitsumasa Kido - un gesto risueño y con un atisbo de culpa apareció en su rostro de la joven - Cuando regresaste, te vi crecer, volverte un hombre y un caballero... por eso aquella vez que me salvaste del Caballero del Cuervo, cuando te ví inconsciente en el fondo de ese precipicio, yo... alguien evitó que hiciera esto..- se acercó nuevamente para dejar un beso suave y casto en los labios de Seiya.

Los ojos castaños del caballero de Pegaso reflejaban diversas emociones. La había escuchado atentamente y por un momento, pudo como la felicidad y la confusión lo atormentaban.

-Eres muy inocente para entender ciertas cosas... - dijo reflexivamente, sus ojos castaños buscando la comprensión en los de ella - Has regresado a este mundo una y otra vez, reencarnada como una humana, pero finalmente eres una Diosa. La hija favorita de Zeus, aquella que nació armada y lista para la batalla, la virgen poderosa destinada a proteger la tierra del peligro.

-¿Insinuas que no sé lo que siento?- preguntó ella con gesto ofendido.

- Solo soy un hombre… - Seiya abandonó el gesto solemne y se acercó a ella acunando su rostro, mientras acariciaba con un pulgar su labio inferior - Te deseo como se desea a una mujer y si ellos no se hubieran acercado tanto, te hubiera tomado aquí mismo… - trago ruidosamente y agregó – Saori, no quiero mentirte: te amo con todas mis fuerzas, pero no puedo olvidar a mis compañeros... el sufrimientos de todos ellos y las vidas perdidas... Sería injusto ser feliz cuando ellos no lo son.

La joven se mantuvo en silencio, meditando sus palabras, mientras un fruncimiento aparecia en su frente.

-¿Acaso sugieres que vaya a darles mi amor a todos y cada uno de ellos?

-¡No! ¡Eso no! - bramó Pegaso conteniendo inutilmente el temblor en su mejilla, mientras apretaba las manos con fuerza. La sola imagen de ella, rodeada por los brazos de otra persona le había provocado una furia incomprensible.

-Tómame entonces para ti. Aquí y ahora.

-¡¿Qué cosa?! – su mandíbula cayó y la miró con los ojos castaños casi desorbitados de la sorpresa. -¡Claro que no! – el rostro de Seiya estaba lleno de vergüenza y sus mejillas arreboladas – ¡Por supuesto que no! ¡Tu no quieres eso…!

Una sonrisa extraña apareció en los labios de la Diosa, el tiempo que sus dedos acarician la melena alborotada del caballero.

-Seiya, dime una cosa… - la curiosidad aflorando en sus ojos preguntaba lo mismo - ¿Por qué te niegas a aceptar lo que se te ofrece de tan buena manera?

El chico se quedó de piedra, mientras ella sonreía más ampliamente, con un gesto de ligera exasperación.

-Necesitas algo más que convicción para engañarme, Caballero. Entiendo el "por qué" de tus argumentos, pero lo que no me queda claro es el propósito masoquista en ellos. Bien, no volveremos a hablar de este tema y a cambio, te prometo una sola cosa - se acercó nuevamente a él y volvió a besarlo, esta vez con ternura, depositando todo su amor en este gesto, dejándolo anhelante - Yo ya dí el primer paso y esto no volverá a suceder, no hasta que tú me busques a mi.

Dicho esto, la joven se puso de pie y caminó de regreso al Santuario, dejando al Legendario Caballero de Pegaso con la sensación amarga de haber triunfado en una batalla, que no quería ganar.


En el camino hacia sus aposentos, saludó una a una, a las personas que se encontró a su camino. Como heredera de una gran fortuna, siempre a la vista de todos y bajo el escrutinio de muchos más, habia recurrido a esa sonrisa fingida tantas veces que el gesto resultaba mecánico y no requería esfuerzo alguno.

Nadie imaginaba la tribulación en su interior.

Dentro de ella Saori lloraba amargamente, mientras Atena empuñaba a Nike con un gesto orgulloso y soberbio incitándola a levantarse de su derrota y volver a la batalla.

¿Cuántas veces los Dioses le habían advertido sobre ello?

Los seres humanos eran confusos, pasionales, indecisos, inconformes, crueles... especialmente los hombres.

Suspiró cansinamente mientras entraba a su habitación y cerraba la puerta. Su amor propio estaba herido y también su corazón. Le había costado tanto admitir sus sentimientos, para que el "feliz afortunado" simplemente se apartara de su amor, por respeto a sus hermanos.

Una parte de si, lloraba, gritaba y maldecía a su suerte... quería tomar aquello que le estaba siendo negado por la fuerza, pero en su interior, la parte más bondadosa - y orgullosa - de su persona la había frenado oportunamente. Recordó los pasajes grabados en piedra sobre la vida de los Dioses, como uno a uno, víctimas de la lujuria y la soberbia habían arrancado las flores del fresco pasto, para luego destrozarlas, como si fueran niños.

Lentamente se sentó en su cama, tomó una almohada y ahogó dentro de ella, todo el dolor que amenazaba con salir de su pecho, en un grito que de haberse escuchado, desgarraría hasta al más infame.

Nuevamente maldijo a su suerte, maldijo al amor, maldijo el día que juró proteger la Tierra de otros Dioses...

Maldijo el día que le juró obediencia ciega a su padre...

Su padre.

No podía recordar su rostro, pero recordaba uno a uno sus sabios consejos, sus enormes manos acunando cariñosamente su rostro, su voz profunda narrandole la historia de las estrellas, los duros entrenamientos a los que la sometió cuando aún era una Diosa infanta... Recordó como los griegos narraban su nacimiento, emergida de la cabeza de Zeus como una adulta, ataviada en una reluciente armadura, con el grito de batalla emergiendo de sus labios.

Nada mas lejos de la realidad.

Zeus le había narrado sobre la época en que su progenie fue enviada a la Tierra. Habían sido tan viles aquellos días, que por primera vez el poderoso Dios sintió verguenza de los suyos. Aquellos que se sentían la perfección personificada actuaron de una manera vil y cobarde, entregándose a sus bajas pasiones y causando gran pena en el corazón de su padre. Como no podía destruir a sus propios hijos y la humanidad se hallaba bastante corrompida, Zeus optó por dejar caer un terrible diluvio, borrando así todo rastro de civilización. Cuando el agua bajó y la Tierra fue visible nuevamente, Zeus caminó sobre la tierra fresca y tomó un puñado de ella que comenzó a jugar entre sus manos. Sin saber que deseaba crear, comenzó a formar a un objeto, que lentamente tomó la imagen de una niña.

Aquella figura no era otra más que la propia Atena.

Y fue tal su deseo porque aquellla criatura fuera real, que con un poderoso rayo le otorgó vida. Luego, invocó a Metis, la Diosa de la Prudencia para que le otorgara conocimiento y sabiduría, a lo cual visiblemente enternecida la Diosa accedió.

Zeus llevó a su nueva hija al Olimpo, para ocupar un lugar especial entre los suyos y en su corazón, convirtiéndose en su máximo orgullo. Seiya estaba en lo correcto, ella era la favorita entre todos los Dioses. Zeus la llamaba su primogénita para disgusto de muchos, por alguna razón. Le había entregado la Tierra y su deber era protegerla, contra todo y a pesar de todo... incluso si eso hacía añicos el corazón enamorado de Saori Kido.

La joven diosa irgió nuevamente su posición, recompuso su gesto y secó sus lágrimas.

Ella era Atena y era el orgullo de su padre...