Originalmente escrito por: ht tp (:) u/ 2087543/ soonanemone

Declaración de Derechos de Autor: el universo Star Trek no me pertenece.

N.T: Siento mucho el atraso, no pienso abandonar la traducción :)
Un gran agradecimiento a Ginebra216, por ayudarme a corregir algunos errores. Heidi, tengo que decir que la esencia de la historia es el 'angst', pero todo se encamina con el tiempo. O algo así; de todas formas, vale la pena. ;). Nuriko Hamilton, no te equivocas, el fic es de lo mejor que leí. Gracias por sus comments.

No olviden que si leyeron la historia y lo disfrutaron tanto como yo, me alegraría que dejen un comentario, muchas gracias :)

Advertencias:Sexo explícito, M-preg, Kirk/Spock :3
Advertencias de este capítulo: descripciones bastante gráficas sobre...el vómito.


"I will not sleep here tonight. Home also I cannot go."

(No dormiré aquí ésta noche, tampoco a casa puedo ir.)

(Traducción.)


Al llegar a casa, su madre insiste en hacer preguntas mientras le cuenta la historia; y su padre, aunque relativamente silencioso, lo mira sin pestañear, con la expresión familiar de desaprobación en el rostro. Spock sabe que ninguno de los dos le cree. Pero él repite todo, cuidadosamente y con paciencia, como si no tuviera nada que esconder; repite la historia de su larga noche en la librería de Riverside, y eventualmente ellos no tienen otra opción que dejar ir el asunto. Es su hijo, después de todo, y un Vulcano; y él nunca les ha mentido antes.

Se sorprende, dos semanas después, al encontrar a su madre sentada a la mesa de la cocina cuando regresa de clases.

Al principio no se da cuenta de su presencia, demasiado absorta en el trabajo que ha extendido frente a ella. Hace una pausa un momento en la puerta, entonces da un paso adelante y con un ligero carraspeo pregunta:

— ¿Madre?

Ella mira hacia arriba rápidamente, sobresaltada, pero al verlo sonríe. Puede ver sus dientes. Ella no le sonríe así, sólo cuando es particularmente feliz. O cuando intenta convencerlo de que es más feliz de lo que en realidad es.
Se sienta frente a ella, dejando sus cosas en la silla libre entre ellos. Ella parece a punto de hablar cuando un desagradable silbido la interrumpe, y se apresura en apagar la tetera. Spock ni siquiera se dio cuenta. Otro pequeño indicio de que su concentración está decayendo. Se preocuparía si no pudiera ser fácilmente explicado, su propia confusión ante este cambio de una rutina tan desgastada.

—No estás en tu oficina —dice, mirando más a las traducciones sin terminar que a ella, que lo observa mientras vierte agua hirviendo en una taza.

—Pensé que sería bueno trabajar aquí, para cambiar —responde, con cuidado—. ¿Quieres un poco de té?
Lo considera. Es raro, se da cuenta, que esté preparando té de esa forma. Es mucho más fácil replicarlo que usar su preciosa -rara- agua por semejante lujo. Su inquietud aumenta. Y dice:

—Por favor.

Ella vierte el agua en una segunda taza, y entonces, haciendo un poco más de espacio en la mesa, se sienta una vez más frente a Spock. Y él capta algunos cambios en su conducta, en su postura, en su sonrisa. No está nervioso…sino preocupado, curioso…

— ¿Alguien está enfermo? —pregunta.

— ¿Qué?... Spock, no-

Se da cuenta de su incredulidad, pero continúa de todas maneras.

— ¿Le ha pasado algo a Padre?

No—insiste de nuevo, y antes de que pueda hacer alguna otra pregunta levanta las manos, trata de sonreír de nuevo, el tono de voz claramente suavizado—. Eres tan desconfiado, Spock.

— Meramente intento encontrar la explicación más probable a este cambio en tu rutina.

— ¿Y no es una explicación probable que sólo quiera hablar con mi hijo? —Inclina la cabeza y deja escapar un pesado suspiro—. Debo ser una madre terrible…

—Al contrario, eres-

—Bromeaba, Spock —levanta la cabeza para mirarlo a los ojos de nuevo, una sonrisa mucho más sincera esta vez, y él se da cuenta de su error. Toma un sorbo de su té, aún demasiado caliente para que su madre pueda hacer otra cosa que sostener la taza tímidamente, para esconder su vergüenza—. Sólo trataba de aligerar un poco el ambiente.

—Si deseas hacerlo, sólo dime por qué has arreglado esta conversación —, responde, con calma. Ve la decepción en el rostro de su madre pero pretende que no. Sus métodos indirectos de involucrarlo en una conversación son frustrantes; aunque no tan frustrantes como su propia incapacidad, (incluso después de quince años de ser su hijo), de leerla. Si es sincero consigo mismo, se está volviendo menos (no más) capaz de interpretar las expresiones y tonos de su propia madre mientras se entrena para ser cada vez más y más Vulcano.

Su madre es paciente con él, como siempre. Esconde su decepción, prueba su té con cuidado y lo baja de nuevo, y entonces explica sin rodeos:

—Hoy me di cuenta que han pasado unos quince días desde que tú y tu Padre regresaron de la Tierra, y aún no hemos tenido una conversación propia sobre eso.

Su tono tiene cierta falta de emoción, pero él capta la evidencia y decide que es por su propio beneficio. Ella alteró su rutina. Hizo té real. No ha estado en la Tierra, su hogar, por más de una década. Y ahora, mientras toma otro sorbo de té, lo está mirando, expectante y curiosa. Que ella extraña su primer hogar es una conclusión obvia, inevitable. También es lógico asumir que quiere que le hable sobre la Tierra, así puede recordar su planeta, sus propias experiencias. Quiere vivir vicariamente a través de él.

La madre de Spock lo está mirando expectante, con suavidad, y él no puede mirarla. Observa su té, que es un poco más ligero de cómo lo toma usualmente, y menos oscuro, porcentualmente. La fuerza de su respiración crea ondas en la superficie. Estuvo en la Tierra por tres de sus semanas; vio sus ciudades, sus campos y sus multitudes; comió su comida; respiró su aire y sintió su frío; fue expuesto a sus medios de comunicación y a su política; acompañó a su padre a cenas con sus representantes más distinguidos. Pero no importa cuando, cada vez que piensa en ese planeta diverso, multicolor, la primera imagen que viene a su mente es la del chico humano. Tenía una sonrisa amplia. Sus dientes tenían un fuerte color blanco. Su toque fue siempre determinado, pesado contra la piel de Spock, y cálido, pero de la manera en que un humano es cálido. Fue cuidadoso de mirarlo a los ojos al momento de-
Su madre espera que hable. Dice su nombre una vez más, "Spock",e inclina la cabeza para tratar de captar un vistazo a su rostro.

—Cuéntame de tu viaje.

A veces le habla como si aún fuera un niño. Han hablado del asunto antes, en incómodos intercambios en los que él ha intentado explicarle que está creciendo, que es un adolescente casi entrando en la adultez, y aún es su hijo, si, pero ya no es ese niño que ella parece ver, incluso ahora. Ésta vez él no comenta nada. No lo admite a sí mismo, pero es porque desearía que ella estuviera en lo cierto, desearía ser el chico para quién esos tonos serían apropiados.

—Fue…memorable —responde tras una pausa—. Recuerdo muchos detalles pero no sé cuál te resultaría interesante. Encuentro tu planeta uno sorprendentemente diverso, Madre —dice esto último con un poco más de confidencia, con menos dudas, y levanta la mirada para encontrar sus ojos—. Entiendo que hay desiertos como en Vulcano, pero no vi ninguno. Todo era excesivamente verde. Había más vegetación de la que nunca he visto aquí, incluso en nuestros invernaderos. En Iowa, vimos grandes extensiones de tierras de cultivo, y aunque no se veían como mis paisajes nativos, yo…—"los encuentro hermosos, la forma en que el sol se hunde en el horizonte en su más duro resplandor rojo"— los encuentro estéticamente placenteros, particularmente al anochecer…

— ¿Y la gente? —pregunta su madre, sonriendo más bien con cariño a sus palabras, definiciones incompletas de por sí.

—Fueron…

¿Cómo va a responder? ¿Qué puede decir? Conoció muchos humanos de paso, sacudiendo sus manos cuando se lo ofrecieron a pesar de lo extraño del gesto, asintió a sus comentarios, observó con cuidado los gestos y las expresiones de sus rostros. Pero hay demasiada información, incluso para su entrenada mente, para llegar a una conclusión exacta. Entraron rápidamente a su vida y se fueron, y la mayor cantidad de tiempo que pasó con uno de ellos fue en su noche en aquel apartamento lleno de libros desparramados.

Así que mira a su madre a los ojos, mirándolo, y le dice:

—Fueron lo que esperaba. Una raza enteramente ilógica. Pero también, enteramente fascinante.

Su respuesta no tiene sentido, la más vaga de todas las cosas que podría haber contestado; y su madre, una mujer inteligente, ve justo a través de ello. Pero no lo presiona. Solamente toma otro sorbo de su té, permitiendo que se deslice entre ellos un silencio confortable. Sólo después de que Spock terminase su propio té, pregunta:

— ¿Te arrepientes de haber ido?

—Esa es…

—Una pregunta irrelevante. Lo sé, Spock. Sígueme la corriente.

—No—, responde, haciendo una pausa después, para asegurarse de que en esto, al menos, le está diciendo la completa e indiscutible verdad—. No tengo arrepentimientos concernientes a la visita.

Empieza a levantarse, con la explicación de que tiene trabajo esperándolo en su habitación, pero su madre lo detiene otra vez, justo en el momento en que está empujando la silla bajo la mesa. Con un poco de duda, una mano aún alrededor de la taza (tapándola ligeramente), inconscientemente, pregunta:

— ¿Y cómo va tu trabajo, Spock?

Él alza una ceja.

—Como de costumbre.

—Sólo pregunto porque parece que le has estado dedicando mucho más tiempo en las últimas semanas.

Es verdad, y un hecho que duramente podría negar. Sus pensamientos han estado alejándose mucho más fácilmente de los estudios que nunca antes, y ahora le lleva un 15.6% más terminar su tarea diaria. Una y otra vez sus pensamientos se desvían, a veces en recuerdos del chico, no puede decir que no, pero a veces, en otras cosas, inconsecuentes: qué es lo que va a cenar, la última discusión con su tutor, la aplicación de la Academia de Ciencias que no podrá llenar por al menos otro año, y una miríada de otras distracciones. Nunca antes ha experimentado un fenómeno como ese, pero hasta este momento, ha sido capaz de ignorar su existencia hasta este momento. No está listo para admitir su presencia.

—Quizá es cierto —dice—. Considerándolo, noté un ligero incremento en la dificultad de mi trabajo estas semanas, lo cual es quizá esperable, dada la rapidez con la que atravieso el último año de escuela.

Ella acepta su explicación con un asentimiento y él se lleva sus cosas a la habitación. Entonces, cerrando la puerta tras de sí, se apoya en ella con un incómodo suspiro de alivio. ¿Cómo puede su madre confiar aún en él?, se pregunta antes de que pueda detenerse a sí mismo de preguntarse, ¿cómo puede ella confiar en él cuando se está convirtiendo en un hijo de tan poco fiar?


Spock se despierta repentinamente en la oscuridad de su habitación, una hora y veinte minutos antes de lo que acostumbra a levantarse. Hay un dolor intenso y agudo en su estómago. Su primer instinto es estar aterrorizado: nunca antes ha experimentado una sensación como esa, y aunque se centra en su estómago, en algunos de sus órganos, le tiembla todo el cuerpo y sus piernas se sacuden con tanta fuerza que no está seguro que pueda caminar si lo intenta. No del todo despierto al principio, se pregunta si está muriendo. No, no-, pero algo pasó, (quizá este soñando)- no, todo en su habitación es demasiado real a su alrededor, y las sensaciones de su cuerpo demasiado fuertes para ser imaginadas-, debe estar enfermo. Intenta controlar sus reacciones. Trata de controlar el movimiento inestable de su estómago, las sacudidas de sus extremidades. Él es un Vulcano, un Vulcano, se repite. No puede ceder a los caprichos del cuerpo. Su mente es poderosa; es su centro; su control.

Las respiraciones profundas y los pensamientos tranquilizadores no funcionan. Algo le está pasando. El miedo regresa en una gran ola y aprieta los ojos con fuerza, y por un momento, todo lo que quiere es a su madre, quiere que perciba su angustia y aparezca como cuando era un niño atrapado por las pesadillas, quiere que lo abrace como no ha hecho en años.

Se curva sobre su estómago, las rodillas tan arriba como puede, y aprieta los puños en las sábanas. El dolor no va a irse. Tiene que hacer algo. Regula la respiración una vez más, con mayor dificultad, e intenta pensar a pesar de la sensación. El dolor es una señal de que algo está mal. El cuerpo está luchando contra algo o pidiendo algo. Los síntomas son pistas. Te dicen que estas deshidratado, o que tienes gripe. ¿Qué le dice su cuerpo ahora?

Repentinamente, el estómago se le encoje, y una sensación de de apriete le ondea en la garganta. Se atraganta con violencia en su cama.

Mi cuerpo se está volviendo de adentro hacia afuera, piensa salvajemente, ilógico, y tiene que respirar en grandes bocanadas para calmar su miedo y recuperar el equilibrio. Algo trata de dejar mi cuerpo, se dice, en su lugar. Y lo que sea, prefiero que no termine en mi piso.

Un pensamiento simple, una conclusión simple, totalmente exacta, basándose en la evidencia a mano, y lo único que debe hacer es controlar sus piernas temblorosas y salir de la cama. Se levanta inestable, pero lentamente; un pie, el pasillo hacia el baño, un comando para encender las luces y cierra la puerta a su espalda. Planea sentarse con la mayor gracia que pueda dado su estado, pero en ese momento siente un apretón en su estómago y cae de rodillas. Un líquido ardiente, doloroso, está subiendo, sin aviso ni permiso, desde su estómago hacia su esófago y entonces su boca está llena con eso; y lo escupe, como puede, incluso una vez que el movimiento dentro suyo se ha detenido, dentro de la taza del baño. Completamente ilógico que un alimento que resultara tan placentero en la cena acabara siendo tan asqueroso en el camino a través de su garganta y fuera de su aparato digestivo. Cae contra la bañera. Siente su cuerpo absolutamente limpio; un dolor en los músculos debido al esfuerzo reciente; y el sabor en su boca es verdaderamente repugnante.

Toma largas y profundas respiraciones. No se siente limpio. Pero lo que es peor, lo que es increíble, es que el dolor en su estómago no ha cesado. Es, quizá, no tan fuerte, pero su presencia persiste en su interior.

Cierra los ojos y espera, y se siente casi impaciente mientras la sensación aumenta y aumenta, mientras su cuerpo se prepara para limpiarse una vez más, y es poco consiente del sonido de los pasos en el pasillo. De repente, la sensación lo aprieta una vez más, un apretón en el centro de su cuerpo, y vomita una vez más. Hay un golpe en la puerta. Tímido al principio, entonces, más insistente. Sabe que el sonido de sus nauseas deben ser audible para la persona, para su madre, pero no puede calmarse. No puede detenerse. Escucha que llaman su nombre, dos veces, y entonces la puerta se abre; y entonces, de alguna forma, hay un fuerte pero cariñoso toque en sus hombros, y su madre está allí. Le dice algo, él no sabe qué. Le pregunta si se encuentra bien. Escupe lo último de su boca, un sabor mucho peor esta vez, el ácido de la bilis pura, y se sienta, temblando y respirando con fuerza, incapaz de hablar.

Las manos de su madre están en todas partes al mismo tiempo: frotando su espalda, apartándole el pelo de la cara, tocándole el pecho y la frente, entregándole lo primero que encuentra, una pequeña toalla en este caso, para limpiarse la cara. Cuando se ha recuperado ligeramente, lo ayuda a sentarse contra la bañera. Lo está mirando (puede saberlo con un rápido vistazo a su cara) con una expresión preocupada e intensa. Ya sonrojado por el esfuerzo, siente un fuerte rubor de vergüenza coloreándole la piel. El sentimiento es ilógico. Sabe que no ha hecho nada malo. Pero la traición cometida por su propio cuerpo se siente como una traición contra su madre.

Cuando ella ve que él es capaza de hablar, con cuidado inclina la cabeza hacia él y atrapa su mirada, y pregunta, en un tono lento y cuidadoso, sin admitir mentiras:

— ¿Te encuentras bien, Spock?

Incluso en mejores circunstancias no podría responder a esa pregunta, fraseada de esa manera, pero sabiendo que ella sólo intenta obtener la mínima garantía de su bienestar, no sabe que decir.

—No estoy seguro —responde honestamente.

Ella frunce el ceño, cada músculo de su rostro controlado por la preocupación.

—No estás seguro —repite—. ¿Cómo te sientes Spock? ¿Qué ha pasado?

—No estoy seguro—repite él—. Me desperté. Tenía un dolor en el estómago, vine aquí y…

Su padre está de pie en la puerta, visible sobre el hombro de su madre. Desde la posición de Spock en el suelo, Sarek se ve más alto de lo usual. Su rostro está mayormente en blanco, y se ve, en comparación con su esposa, calmado, pero Spock piensa que debe haber un destello de preocupación. Se pregunta cuánto tiempo su padre ha estado en la habitación.

Es la visión de su padre lo que, finalmente, lo quiebra. Baja la cabeza y cierra los ojos con fuerza, apretando los puños. Es un desastre, está más asustado de lo que ha estado en años, y se encuentra perdido, sin lógica a la cual recurrir, sin conocimientos o cifras o información a los cuales consultar.

—Madre —susurra—, madre, ¿qué me está pasando?

—Yo… —empieza a responder, y él escucha la duda en su voz y sabe que está a punto de decirle que no lo sabe. Quizá sabiendo lo que esas palabras podrían hacerle a él si las escucha venir de ella, se abstiene. En su lugar, coloca una mano tranquilizadora en su hombro y pronunciando su nombre en una voz muy gentil, le dice—: va a estar bien. Tú... tú sólo has vomitado. Eso es todo.

Él no se encuentra familiarizado con la expresión, así que no le provee ningún tipo de confort.

—Es un síntoma común en muchas enfermedades humanas —continúa su madre, suavemente. Esta es la voz con la cual solía enseñarle a leer, con la cual le explicó su primer problema matemático, con la cual guió sus primeros experimentos —. En la Tierra, no es usualmente algo de qué preocuparse. Sólo una gripe estomacal, quizá, o el resultado de comer algo equivocado.

—No estamos en la Tierra —le recuerda él calmadamente, sólo que ahora levanta la mirada, mirándola primero a ella y sólo fugazmente a su padre, silencioso, aún en la puerta—. Y no soy humano.

Ella intenta recordarle:

—Eres humano en parte…

—Nunca antes experimenté esto —la corta. Su voz aún es tensa, un innegable toque de temor, pero lentamente recupera su calma. Mira la mano que descansa en su pierna. Todavía está asustado. Tiene un desagradable sabor en la boca. Le duelen los músculos. Aún así, se siente recuperándose, casi capaz de mantener una conversación ahora. Mejorando, mejorando.

Su madre sonríe, una sonrisa triste, con una nota de disculpa en la expresión que él no comprende.

—En realidad, si —lo corrige—. Sólo que no en mucho tiempo. Al menos en diez años. Creo que tenías cuatro o cinco años la última vez que estuviste así de enfermo. Creo que eras demasiado joven para recordar.

Una hipótesis poco creíble. Se ha probado a si mismo ser capaz de recordar eventos de esa época de su vida, provistas de fuertes impresiones, tales como las que estas sensaciones dejarían. Pero no contradice el punto. Casi se pierde la mirada que ella le lanza a Sarek, una mirada que primero es pregunta y después reconocimiento, la ligera desaprobación. Spock tampoco comenta esto, y el mismo Sarek, cuando habla, cambia el tema.

—Lo que importa ahora es la salud de Spock —. Le dice a su esposa, entrando completamente en la habitación, y entonces le pregunta al mismo Spock—: ¿Estás enfermo ahora, Spock? ¿Cómo te sientes? Podemos llevarte con tu médico si crees que es necesario.

—No estoy enfermo —, responde, rápido, pero confidencial. Es verdad: su cuerpo se ha recuperado y a pesar de que el recuerdo del dolor sigue ahí, es sólo un recuerdo. Se cree totalmente capaz de atender a clases y de completar su trabajo diario como de costumbre, y se lo dice a sus padres.

Pero su madre mantiene la misma expresión preocupada.

— ¿Estás seguro? Es un síntoma extraño en ti, Spock.

—Lo estoy, madre —, repite—. No será necesario buscar atención médica. Me siento casi completamente recuperado. Estoy seguro de que sólo fue una anormalidad… una casualidad—. Observa a su madre con cuidado, con firmeza, y ve como su preocupación se convierte en, con mucha más certeza, malestar, y él sabe que sus argumentos, así como la aprobación de su padre de que Spock puede juzgar su propia salud, eventualmente superaran cualquier súplica de que acuda al médico, por si acaso. Y está en lo cierto. Ella le da una última mirada mientras se pone de pie con firmeza, y ella y Sarek se preparan para dejar la habitación. Es una mirada insegura, una mirada que le provoca un breve sentimiento de culpa.


A veces, incluso el mejor científico debe admitir que algunas preguntas no pueden responderse. Algunas incógnitas deben ser aceptadas como incógnitas eternas. Spock se dice eso, pero no lo cree. En lo profundo, cree en soluciones, en respuestas que llegan si haces la pregunta correcta y encuentras la información correcta, si buscas lo suficiente. El día escolar parece durar para siempre. No se pierde en los estudios como usualmente lo hace, pero se encuentra distrayéndose una y otra vez por un sentimiento extraño de desconcierto, un desconcierto dirigido a su propio cuerpo. Su cuerpo lo traicionó. Ya no lo siente bajo su control. Y esto no lo ayuda a aceptar que algunas anomalías deben ser aceptadas como anomalías, o que su obsesión con su monstruosa ocurrencia es ilógica, porque ha sido sacudido, más sacudido de lo que nunca admitirá.

Finalmente llega a casa. Su madre, al escuchar los pasos por la casa, lo llama a su oficina, pero cuando le asegura que se encuentra saludable, ella no le pide que lo repita. Él desaparece en su habitación y cierra la puerta a su espalda. Entonces cierra las cortinas, limpia el escritorio, y se sienta en el suelo con la espalda recta contra la cama. La habitación es triste e irreal, con tenues sombras metálicas en las paredes. Los colores son los entre-tonos de sombras que tienden a aparecer en una habitación cerrada por la tarde-tarde; no es verdaderamente oscuro, pero no hay una fuente de luz, excepto por el parpadeo de los cristales en un estante junto al escritorio. Spock se sienta con las piernas cruzadas y aprieta los tobillos, cerrando los ojos. Se desliza lentamente en la meditación, con cuidado.

Llega a este estado con un problema, con una pregunta para sí mismo. Primero debe liberarse. Libre de peso y preocupaciones. Debe ponerse a tono con su forma física para que se vuelva una con su mente, tan ligera o tan pesada como sus pensamientos. Debe tranquilizarse.

Si. Una sensación de ingravidez cae sobre él.

Hace un inventario. Su corazón: golpea con el mismo ritmo constante. Sus pulmones toman las respiraciones usuales. Su temperatura está ligeramente elevada, y lo ha estado, se da cuenta, por varias semanas. A lo largo de su cuerpo persiste la sensación, débil aunque perceptible, de la fatiga acumulada.

Y hay algo más. Algo extraño, extranjero, a él. Intenta concentrarse, pero se de cuenta que se aleja de su estado meditativo al hacerlo, así que da un paso atrás. Todo lo que encuentra son más preguntas. Aclara su mente otra vez.

Tranquilidad. Quietud. Pertenece a un todo. Lo siente todo. Es absolutamente consiente de sí mismo.
Sabe (con una certeza que lo dejara cuando se levante y abra las cortinas y se siente en su escritorio) que no está enfermo. Que ha cambiado, pero que no hay una enfermedad atacándolo. Le sigue una sensación de seguridad. Por primera vez desde su regreso de la Tierra, por primera vez en casi un mes entero, se siente completamente a gusto.


Sólo más tarde se da cuenta que su pregunta no tuvo respuestas. Se sienta en su escritorio resolviendo ecuaciones, más cansado de lo que debería, sutil pero ahí. Aleja los pensamientos que podrían distraerlo. Trata de mantenerse enfocado. La punzante sensación de preocupación, una vez que ha vuelto, no se irá. Hay un misterio en su interior. No es suficiente con asumir, como lo hace, como debe hacerlo, que su experiencia aquella mañana no se repetirá, que la tensión golpeando a través de él se aliviará, cesará, con el tiempo. La incógnita dentro suyo es una bomba.

Aún saber la verdad lo aterroriza.


A la mañana siguiente Spock se despierta con el mismo dolor, el mismo retorcijón confuso, en su estómago. Se arrastra por el pasillo hacia el baño y está enfermo, miserablemente enfermo, por veinte minutos. Lo siente como veinte horas. No se da cuenta de que su madre ha entrado, pero ella está allí, de alguna manera está allí susurrándole palabras tranquilizadoras. ¿Fue esto lo que sintió a los cinco años? ¿Asustado y miserable y dolorido? ¿Confundido y perdido? En el momento en que se hunde en los brazos de su madre, debe tener cinco años de nuevo.

—Nada de tus tontos argumentos esta vez —, le dice ella—. Y nada de clases por hoy tampoco. Vas a tomarte el día e iras a ver a T'Pala.

Spock no la contradice. Ni siquiera lo considera, y no porque discutir con su madre cuando usa ese tono es inútil y por tanto, ilógico. Él no discute porque aún está tratando de respirar, lo más profundo que puede, tratando de recuperar el control, tratando de reponerse. Lo que se sabe es menos terrorífico que lo desconocido, se dice. Y no puede seguir así.


Ya saben, deja un comentario y me harás muy feliz :)
*HEARTS*

SkeletonBirds