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EL DRAGÓN DORADO
Escrito por El Palabragrís


Introducción
El contrato de un Rey

De pronto hubo una explosión y antes de que la gruesa capa de polvo que se había levantado acabara de asentarse, las figuras de una hechicera y un espadachín se abrieron paso a través de ella. Corrían como cazadores de los vientos, y los pocos rayos de luz que lograban escabullirse por entre el ramaje de la gran fortaleza de árboles que se erigía sobre ellos iluminaban sus ropas con múltiples y diversas formas. En sus rostros, algo de suciedad y sudor, pero en sus semblantes se demostraba todo lo contrario al miedo. Sabían muy bien lo que estaban haciendo, conscientes de que aquellos hombres que los perseguían estaban a segundos de convertirse en presas fáciles caídas en trampas que ellos mismos habían creado sin saberlo.

Tras evitar uno más de los múltiples matorrales, ramas y troncos con los que se topaban en aquel mar de verde que no parecía tener fin, posaron por un segundo sus ojos en los del otro, comprendiendo en el acto un plan consensuado en silencio. Continuaron su carrera un poco más y cuando llegaron a un oportuno claro donde el sol del mediodía brillaba con fuerza, saltaron cada uno a un lado distinto de los matorrales, buscando ocultarse en las sombras del misterioso bosque en el que se habían internado.

No debieron esperar más de un par de segundos para saber que su plan había sido un éxito: tres hombres, todos ataviados en ropas negras y cuyos rostros iban cubiertos por capas con capucha igual de oscuras, se adentraron en el claro, quedando completamente expuestos. Confundidos, miraron de un lado a otro en busca de sus perseguidos, pero lo único que se presentó con claridad ante sus ojos fue la figura de una esfera anaranjada que caía caprichosamente hacia ellos. La segunda explosión fue tan feroz que cuando el polvo que nuevamente se había levantado se disipó, las tres figuras oscuras yacían inertes y silentes en el suelo, con sus ropas chamuscadas echando humo y sus cuerpos heridos.

La hechicera reapareció de entre uno de los costados del claro, sacudiéndose las manos mientras sonreía, satisfecha de sí misma. Su compañero no tardó en aparecer del otro lado, envainando con lentitud la espada que había liberado en caso de que fuese necesaria.

—Ni siquiera me dejaste actuar, Lina —se quejó, dibujando una mueca de disconformidad en su rostro al tiempo que miraba con cierta lástima a los tres caídos en el suelo.

—No es mi culpa que seas tan lento —espetó ella, entre emocionada por la victoria y enfadada por las molestias que habían debido tomarse para acabar con lo que ella consideraba unas pestes miserables—. Además, —continuó tras un suspiro— estos tipos tampoco eran la gran cosa que digamos —y razón tenía, suponía ella, pues no había bastado más que un sencillo Fire Ball para dejarlos fuera de combate.

—De acuerdo, lo que tú digas —su compañero se encogió de hombros, sin saber qué más decir. Tras eso, se puso en cuclillas ante uno de los derrotados perseguidores y le quitó la capucha, revelando el rostro de un hombre ya de edad, de cabellos canos y de una frondosa barba igualmente blanca—. ¿Los conoces? —preguntó tras levantar los ojos hacia su compañera.

—Aún no —respondió, agachando un poco el cuerpo para tomar al pobre hombre por el cuello de sus ropas, zarandeándolo para que despertara. El hombre de a poco comenzó a recuperar la consciencia, emitiendo gemidos de dolor mientras sus extremidades se percataban de las magulladuras provocadas por el reciente ataque sufrido—. Muy bien, me alegra que despiertes —le dijo ella, utilizando un tono sumamente amable a la vez que una gran y amistosa sonrisa se le dibujaba en la cara. Sin embargo, de pronto los brazos de la joven mostraron una fuerza que parecía ir más allá de lo que su flacuchento cuerpo demostraba, acercando el rostro del hombre hacia sí en un movimiento más que rápido, para quedar prácticamente nariz contra nariz mientras que la sonrisa cándida que había enseñado sólo instantes atrás era sustituida por el rostro de la maldad más maligna, aquella que sólo ella podía alcanzar—, pero más vale que comiences a hablar ahora si no quieres terminar siendo parte de mi merienda.

El hombre no tuvo tiempo para comprender el cambio repentino en la actitud de la muchacha, pero su cuerpo, mucho más intuitivo que él mismo, sintió un terror que jamás había experimentado. Sus ojos estaban perdidos en los de la hechicera, su rostro estaba empapado por un sudor frío y sus brazos y quijada temblaban descontroladamente, presas del pánico. Entonces, más allá de lo que podía esperarse de alguien de su avanzada edad, abandonó todo precepto de dignidad y se echó a llorar como si fuera un crío, con ríos de lágrimas escapándose a borbotones de sus ojos y con un gemido tan agudo que la muchacha por un momento pensó que perdería los tímpanos.

—¡N-N-No me mates! —se alcanzó a escuchar entre sus incomprensibles y suplicantes balbuceos—. ¡Te lo ruego! ¡P-Por favor!

La hechicera nuevamente cambió su semblante, esta vez por sorpresa y luego, pasado un rato desde que el hombre comenzara su espectáculo, por una furia sincera. ¡Un llanto tan patético tan sólo le restaba méritos a su tan ostentosa victoria!

—¡Eres un adulto, maldito viejo! ¡Deja de llorar! —le gritó al pobre, cuyas lágrimas se perdían en el aire, disparadas con cada nuevo zamarreo que la hechicera le propinaba en su histeria.

—T-Tú eres Lina Inverse,... ¿no es así?

La adolorida voz de otro de los hombres llamó la atención de la hechicera y de su compañero. Él, también de edad aunque completamente calvo y de bigote gris, se había echado atrás la capucha y miraba al dúo mientras intentaba incorporarse débilmente, cayendo sobre su trasero en el intento.

La muchacha soltó a su presa, la que continuó gimoteando en el suelo, e irguió el cuerpo, observando al segundo hombre con ojos de lince.

—¿Eres tú lo suficientemente digno para saberlo, calvito? —le respondió secamente y sin quitarle los ojos de encima.

—¿Calvito? —repitió el hombre, sorprendido por el insulto.

—¡No! ¡No puede ser ella! —se escuchó de pronto, y por el llanterío la hechicera adivinó de inmediato que la presa que había liberado aún no aprendía la lección—. ¡Nos dijeron que se trataba de una mujer hermosa y rebosante de talento y gallardía, pero ésta no es más que una chiquilla maleducada y tetiplana!

¡Dill Brand!

El ataque fue tan sorpresivo que el pobre hombre ni siquiera pudo reaccionar para cuando una columna de tierra que había surgido de la nada debajo de él lo mandó a volar varios metros, silenciándolo efectivamente.

—¿Quién podría haberles mentido de semejante manera? —se preguntó el espadachín de pie junto a la hechicera mientras se llevaba una mano al mentón.

—¿Tú también quieres un poco? —le gritó la muchacha al muchacho de cabellera rubia, quien sólo atinó a defenderse levantando las manos en señal de paz y negando con la cabeza. Sin embargo, su discusión fue detenida por las carcajadas del hombre calvo, a quien parecía haberle hecho gracia la eyección por aires que había sufrido su compañero de persecución.

—¡Eres tal como me la habían descrito! —afirmó, aún riendo—. 'Lina Inverse, el Terror de la Casta de Demonios', me dijeron, 'hechicera oscura que a pesar de contar con un poder pocas veces visto es impetuosa, no conoce el respeto y poco sabe de la dignidad de los otros'.

—¡Vaya! —exclamó el espadachín, golpeándose la palma de una mano para luego señalar con un dedo a su compañera, sonriéndole abiertamente—. Efectivamente habla de ti, Lina.

—¡Ya basta! —gritó la hechicera, silenciando a su compañero con un certero golpe al mentón que también lo mandó a volar un par de metros—. Y tú, calvito —amenazó, cambiando su atención hacia el hombre y caminando lenta y pesadamente hacia él, prácticamente quemándolo con el fuego que salía de sus ojos producto de la furia—. ¡Agradécele a Ceiphied que aún tienes la cabeza en su lugar luego de atreverte a pronunciar mi nombre! Pero eso puede cambiar… —aclaró, ya de pie frente a él, mordiéndose los dientes mientras en su interior buscaba las fuerzas para no convertirlo en una masa poco reconocible—. ¡Dime por qué nos perseguían y hazlo ahora! Y si tu respuesta no me complace, venderé tu calva al mejor postor para que pueda ser usada como reflector solar en el verano…

—P-Pues verás —comenzó el hombre, consciente de pronto de que con cada palabra se jugaba la vida—, no es que nosotros hayamos querido perseguirte. Te aseguro que si de nosotros dependiera estaríamos en casa con nuestras familias. Es sólo que…

—¿Qué? —espetó la hechicera al notar que el hombre titubeaba.

—Creo que deberías dejarlo hablar, Lina… —opinó el espadachín, cojeando hacia ella mientras se sobaba en varias partes del cuerpo producto del dolor—. Últimamente estás intratable.

—¡Tú no te metas, cerebro de molusco! —le volvió a gritar su compañera, quién estaba ya lista y preparada (y hasta más allá de la coronilla) para comenzar a enseñarle modales a su compañero, a los ancianos que los habían perseguido y a cualquiera que se le cruzara por delante. Pero sus ánimos de ajusticiamiento se vieron interrumpidos bruscamente por una sola palabra que el hombre calvo, quien se había incorporado lentamente y había resultado ser bastante más alto que la hechicera, aunque no tanto como el espadachín, dejó salir de su boca con extrema dificultad, como si el pronunciarla resultara más arduo que tolerar diez Fire Balls combinados.

—El Rey… —escupió, prácticamente—. Nuestro Rey desea contar con tus servicios, Lina Inverse…

—¿Rey? —preguntó el muchacho, sin entender.

—¡¿Un rey?! —preguntó la muchacha inmediatamente, esta vez siendo ella la que casi deja sin tímpanos a los que la escucharon debido al gritito interesado en extremo que dejó salir. Tal como lo había hecho con el sujeto que se había desbordado en llanto, tomó al hombre calvo ante ella por el cuello de sus ropas y lo levantó unos centímetros sobre el suelo, un logro impresionante teniendo en cuenta la diferencia de estaturas—. ¡Explícate de una vez o le pediré a mi esclavo que acabe contigo!

El espadachín le lanzó una mirada herida a su compañera, asumiendo que se refería a él, pero no pudo decir nada, pues el tercer hombre, que hasta ese momento se había mantenido en silencio, presumiblemente inconsciente, alzó la voz de pronto, con su rostro aún oculto tras la capucha, suministrándole a la hechicera la explicación que ella esperaba:

—Fuimos enviados por el Monarca del Reino de Galdabia, el Gobernante de estos terrenos —afirmó con cierta dificultad mientras se levantaba lentamente—. El Rey Vasch Gald XIII nos encomendó la tarea de poner a prueba tu fuerza, Lina Inverse, y también la de tu guardaespaldas, Gourry Gabriev, pues desea contratar sus servicios como mercenarios.

—No soy su guardaespaldas, soy su guardián —corrigió el muchacho, pero su compañera lo hizo a un lado bruscamente con un entusiasmado empujón.

—¡¿Un rey quiere contratarnos?!

El tercer hombre se puso de pie finalmente, resultando ser el más bajo de los tres perseguidores, casi de la misma altura que la muchacha, y se encaminó hacia el dúo. Debido a su entusiasmo, la hechicera no lo notó, pero el espadachín logró percatarse de que el hombre calvo había dado un paso atrás y que también había tensado el cuerpo, quizás de forma involuntaria, mientras el individuo que aún ocultaba su rostro se aproximaba, como si su compañero de persecución fuera una amenaza. Desconocía el motivo de aquella reacción, pero de forma instintiva, su propio cuerpo también se tensó, como si él también sintiera algo de rechazo ante aquel sujeto, instándose a mantenerse alerta.

Ya de pie ante la hechicera, que parecía estar en las nubes más altas de la felicidad ante la ilusión de las ganancias de un contrato tan favorable, el hombre pareció sonreír bajo la capucha y luego de hurguetear entre sus ropas, sacó un rollo de pergamino que mantenía oculto y se lo entregó a la hechicera, quien al examinarlo notó de inmediato el elaborado sello real impreso en cera que protegía el manuscrito, el que presumiblemente había sido puesto por el rey en persona, o al menos así lo asumió ella. Entusiasmada, rompió el sello sin preocuparse por ser delicada y desenrolló el pergamino con rapidez. Tras unos segundos de lectura, levantó la vista. En su rostro se dibujó una sonrisa que hizo a su compañero espadachín sentir escalofríos.

—Esto... será... interesante... —concluyó, pronunciando cuidadosamente cada palabra sin dejar de sonreír, cual si fuera una astuta gata que veía ante sus ojos a una deliciosa presa.


Slayers © Hajime Kanzaka & Rui Araizumi, Kadokawa Shoten, Fujimi Shobo, E.G. Films, J.C. Staff
~~Escrito entre el 6 de mayo y el 20 de junio de 2009 / Última revisión el 12 de julio de 2014~