ANTE LA ADVERSIDAD
—tengamos esperanza—
II
Él
Pelear; pelear es el motivo por el cual los saiyajin nacen, y viven, y mueren. Pelear es la razón de sus existencias, y dejar de hacerlo es una suerte de suicidio del alma, una muerte en vida. ¿Y qué vida puede tener un saiyajin sin pelear? Ninguna.
No pelear es, para ellos, no vivir.
Él. Vegeta pasó dos años sin pelear luego del Cell Game, pues sus motivos para hacerlo habían enfermado tiempo atrás, al conocer a Kakarotto, al entregarle su vida no a su más sana auto-superación, sino a superar al mejor rival que había conocido. ¿Y qué motivo puede estar más errado que ese? La vida propia de un saiyajin le pertenece a sí mismo. Y él, oh; él se había despojado de las riendas de su propia vida en pos de nada, ¡nada, más que el sinsentido! Mirar televisión, comer, tener algún sexo ocasional con la muchacha terrícola que había traído al mundo a su primogénito… ¡Nada! Nada más que andar, no vivir. Hasta ese día.
Vegeta bebía agua junto al refrigerador y sus ojos, en un instante, se desviaron hacia Trunks, que era alimentado por su abuela. Ahí viene el avión, decía ella; sandeces terrícolas. Y el niño, ceño fruncido idéntico al de su padre, le dio un fuerte manotazo a la cuchara que la hizo chocar violentamente contra la pared más próxima.
Un saiyajin vive para pelear y pelea para vivir, recordó.
Vegeta había dejado de pelear hacía un año por la muerte de Kakarotto, ¡de Kakarotto, ese Clase Baja que se había atrevido a superar su Sangre Real! Porque sin Kakarotto «pelear» era una palabra vacía. Y de repente el chiquillo, sin ser más que un bebé latoso, le recordaba que, desde pequeño, un saiyajin destaca entre mil por su fuerza, la fuerza que le permitirá darle un significado a su vida. Pelear.
Le recordaba que un saiyajin nace para pelear y no para algo más.
No seamos cursis: no fue a la cámara de gravedad un minuto después de ver a Trunks hacer eso; básicamente, la escena se le convirtió en un simbolismo. Era la metáfora boba de algo trascendental: el chiquillo, sin querer, le había recordado que la fuerza que tiene un saiyajin está siempre con él, y que la fuerza no nace en él por alguien más, sino por sí mismo. Su fuerza es su herramienta para pelear; no se la debe a nadie más.
Era por sí mismo por quien debía luchar, no para superar a alguien más. Si quería luchar debía ser más fuerte, y si quería ser más fuerte no sólo debía entrenar; debía creerse capaz de serlo.
Un año después, sí, creyó, y desde entonces nunca dejó de entrenar. Su vida dependía de él, de nuevo. Era él quien debía demostrar el orgullo de ser un saiyajin.
Y cuando el chiquillo crezca, se dijo, le enseñaré a hacerlo también. Pelear.
Darle vida al saiyajin que hay en él.
Palabras: 491
A Carlos, mi abuelo, por haber tenido el mejor hijo del mundo: mi papá.
Dragon Ball © Akira Toriyama
