¡Capitulo dos! Y tengo que decir que este es el capitulo más importante, donde va a ocurrir la principal trama, ya que el primer capitulo es más bien una pequeña introducción a la historia y el tercero será la conclusión, pero eso ya lo veréis.
Advertencias: algo de lenguaje malsonante, uso excesivo de la palabra "tórrido romance", insinuaciones de GerIta (aunque tan leve que hay que estar tan perturbada como yo para verla) y pareja sorpresa al final.
La vida de una fujoshi es realmente muy dura, te pasas siglos siendo la reina del cotilleo, sabes que chico está con quién, donde se dieron su primer beso, que día es su aniversario, que posición del kamasutra gay prefieren… luego te confías un poco y para cuando te das cuenta tu ex-marido está saliendo tu ex-acosador y no tienes la exclusiva.
Es un golpe bajo, no sé con quien estoy más enfadada, si con Roderich o con Gilbert. Bueno, con Gilbert. Siempre es mucho más fácil odiarlo a él.
Esto es demasiado para una sola persona, necesito contárselo a alguien en quien puedo confiar y que adore entrometerse en la vida de las parejas homosexuales tanto como yo… En realidad no creo que exista nadie en el mundo que lo adore tanto como yo, pero sé de alguien que lo hace casi tanto.
-… debería habérmelo imaginado porque, vamos, dos personas no pueden odiarse tanto sin sentir algo el uno por el otro. Había ocasiones en que la tensión sexual se podía cortar con un cuchillo.
Al otro lado de la línea, Bélgica me escuchaba tan en silencio que podría pensar que se había ido, pero esa es una de las cosas que me gustan de ella: te deja hablar todo lo que necesitas hasta desahogarte y entonces da su opinión.
-¿Estás segura de lo que dices? –Ahí va. Por el comienzo de la frase, me da que esta opinión no me va a gustar –No sé, no digo que no sea posible, pero Austria no es precisamente un hombre enamoradizo.
-Porque él solo quiere a Prusia, por eso en todo este tiempo nunca ha mirado a otros hombres –digo como si fuera lo más obvio del mundo –. ¿Estás diciendo que me lo estoy imaginando?
-No, no, para nada –me responde apresuradamente –. Sé que esas cosas no se te escapan. Si dices que Austria está enamorado, te creo, pero… ¿Prusia? No me los imagino juntos.
-Qué ingenua eres. ¿No ves que todas esas peleas, esos insultos, ese odio mutuo en realidad encubrían lo mucho que se aman? Cuanto más se odian dos hombres, más se quieren en realidad. ¿No has aprendido nada leyendo fanfics? – Suspiro con paciencia, a mi pupila le queda mucho por aprender.
-Hungría, esto no es un fanfic –me responde ella –. A parte de tu encuentro con Prusia, ¿tienes alguna prueba más de que estén juntos?
Pues… no, no la tengo y eso es humillante. Me había pasado la última semana día sí día también vigilando la casa de Austria. Había encontrado un escondite perfecto entre las ramas de un árbol que daba justo a la puerta principal. Todas las mañanas estaba allí a primera hora y no me marchaba hasta que estaba demasiado oscuro para ver algo. Pero no había señal de Prusia, de otro país ni nadie que no llevara un uniforme de cartero. O la parejita se estaba dando un tiempo o Austria me conocía demasiado bien y después de mi visita había decidido extremar las precauciones. Me dolía en el orgullo, pero tenía que reconocer que por una vez había sido más listo que yo, porque en todo este tiempo lo único que he conseguido es un buen resfriado.
-No, todavía no tengo nada –admito con tristeza.
-Piensa que esta vez es diferente, se trata de dos países a los que conoces muy bien. ¿Nos has pensado en ir a ver a Austria y preguntárselo directamente?
-Conozco a Roderich, jamás me confesaría que está viviendo un tórrido romance.
-Entonces habla con Prusia.
-¡No! –exclamo. Sobresalto a Bélgica con mi reacción y lo cierto es que yo tampoco me lo esperaba –Prusia y yo… es uno de los países a los que conozco desde hace más tiempo, pero no es la misma relación que puedo tener contigo o con cualquier otro –intento encontrar la forma de explicárselo –. Nosotros nos peleamos, nos incordiamos, nos insultamos, nos volvemos a pelear y así año tras año. Quizás desde fuera pueda parecer que hemos alcanzado una tregua, pero más bien es que hemos llegado a una rutina en la que nos soportamos… para poder seguir odiándonos tranquilamente.
-Entiendo. Es una especie de relación amor-odio.
-Exacto… ¡No! ¡Quita la palabra "amor" de la frase!
Aunque trata de ahogar el sonido, puedo escucharla perfectamente riéndose para sus adentros. ¿Es que el mundo entero se está burlado de mí?
-Piénsatelo, es más sencillo que subirte a los arboles con unos prismáticos –insiste ella.
-Lo meditaré –digo con desgana.
-No lo vas a hacer, pero espero haberte servido de algo.
Nos despedimos y cuelgo el teléfono con frustración. Parece que ni siquiera Bélgica piensa ayudarme, esta es una batalla que voy a tener que ganar sola.
Los plane han fracasado estrepitosamente, pero eso no me desanimaba, sobre todo cuando ya he comenzado uno nuevo…
El teléfono comienza a sonar de nuevo, sacándome de mis pensamientos. Como todavía no me he movido del sitio, lo cojo al primer tono pensando que a Bélgica se le ha olvidado decirme algo.
-¡Qué rapidez en contestar! –me dice una voz que nos es la de Bel.
No puede ser. ¿Me han pinchado el teléfono? ¿Por qué tiene Prusia que elegir este momento para llamarme?
-No esperaba tu llamada –intento que mi voz transmita el mensaje: "Nunca me llamas a no ser que tengas un día especialmente aburrido y decidas venir a molestar, lo que no sabes es que no estoy de humor para tus tonterías, así que cuelga ahora que estás a tiempo y déjame tranquila mientras intento destapar tu tórrido romance con Roderich".
Por desgracia, Prusia nunca ha sido capaz ni de captar las indirectas más sencillas.
-Si, sé que hace mucho que no te llamo –escondido entre sus palabras, como si intentara pasar desapercibido, había un sentimiento totalmente inusual en él. ¿Arrepentimiento? ¿Vergüenza? Oí a Gilbert carraspear al otro lado del teléfono –. Había pensado que hace mucho que no nos vemos.
-Nos vimos la semana pasada –remarco.
-Ya lo sé. Pero me refiero a vernos como es debido. ¿Tienes algo que hacer este sábado?
-Pues… –"Tengo un pequeño asuntillo que resolver relacionado con cierta cámara de video de la que espero que ni Roderich ni tú sepáis nada" – No, aún no he hecho planes.
-Genial. Tengo que hablar contigo. ¿Te acuerdas del bar que había cerca de la casa de West donde nos reunimos la última vez que gano el mundial? ¡Te veo allí a las seis!
Y cuelga. ¿Llama él y soy yo quien tenía que desplazarse hasta su casa? Y por si fuera poco el sábado, cuando tengo pensado recoger los frutos de mi plan C. Qué humillante, creo que nunca antes había necesitado llegar al plan C. Solo espero no tener que recurrir al D, incluso mi imaginación tiene un límite.
Por otra parte, Prusia había sido más misterioso que de costumbre. "Tengo que hablar contigo." ¿Hablar conmigo? ¿Por qué? O más importante ¿De qué?
Se me acelera el pulso ante de idea que se está formando en mi mente. No era nada probable, pero desde luego era posible que Gilbert quisiera confesarme su relación con Roderich.
Eso es… ¡Horrible! Como poco. No quiero oírlo de él ¿Qué gracia tiene? Lo que yo quiero es averiguarlo por mí misma para poder restregárselo por la cara.
De todas formas no puedo hacer nada hasta el sábado por la tarde, así que no pierdo nada acudiendo a la cita.
OoOoO
No me apetece nada ir a su encuentro ni tener que escuchar lo que quiera decirme, pero aquí estoy, en el lugar del encuentro a la hora acordada. Para mi sorpresa, Prusia ha llegado puntual y ya me está esperando en una de las mesas. Voy a su encuentro y me siento junto a él sin molestarme en ocultar que no estoy de buen humor.
-¿Quieres algo de beber? –me pregunta.
Echo un vistazo a la mesa y me encuentro con tres botellas de cervezas ya vacías. En realidad eso no es mucho para Gilbert, pero me sorprende que haya acabado con ellas tan rápido. ¿Esta intentando coger algo de valor antes de hablar? Me parece que ya sabe que, diga lo que diga hoy, se llevará un sartenazo.
-Venga, invito yo –insiste con una sonrisa.
Su oferta me deja desconcertada. La última vez que Gilbert me invitó a algo fue en… No, espera ¡Gilbert nunca me ha invitado a nada!
-De acuerdo, me apetece una coca-cola.
Prusia llama al camarero para pedir el refresco y de paso otra cerveza. No se me ocurre que decir y Prusia tampoco parece querer hablar. Cuando el camarero deja las bebidas, yo empiezo a beber mi coca-cola con calma, pero Prusia se lleva la botella a los labios y de un solo trago la vacía hasta casi la mitad. Hago como que no me doy cuenta, pero está bastante claro que Gilbert se ha puesto muy nervioso al verme.
Cada cosas que hace me confirma que no me ha llamado solo para tomar algo y ver como me va. Sé lo que me va a decir y no quiero que lo haga, así que intento ganar algo de tiempo.
-¿Dónde está Gilbird?
-Con Italia y mi hermano. Como Feliciano pasa más tiempo en nuestra casa que yo, suele quedarse jugando con él a menudo, así tengo algo más de tiempo libre.
Claro, Italia se queda cuidando al pollito mientras Prusia va a ver a Roderich. Todo encaja perfectamente. El carraspeo de Gilbert me saca de mis pensamientos.
-Como te dije por teléfono, no te he invitado solo para hablar –dice con voz seria.
Lo sabia, lo sabía, lo sabia, lo sabia…
-¿En serio? –igual estoy exagerando mucho mi falsa mueca de sorpresa, porque Prusia enarca una ceja con extrañeza –Quiero decir… Bueno ¿Qué es eso tan importante?
-Hay… algo que quería decirte.
Prusia aparta la mirada y vuelve a darle un trago a su cerveza mientras parece buscar sus próximas palabras. Está hasta mono cuando duda, me recuerda a la expresión que puso cuando por fin descubrió que yo era una chica. Con esa carita de cachorrillo hasta te olvidas de que en el fondo es un capullo integral.
-¿Gilbert? –digo tras una prolongada pausa en la que mi interlocutor se ha terminado la bebida sin despegar los labios de la boca de la botella.
-¿Si?
-Te has quedado a mitad de la frase.
-¡Ah! Es verdad se me había olvidado –se apresura a decir, con una risilla nerviosa –¡No sé dónde tengo la cabeza últimamente! ¡Kesesese!
-Eso es que estás enamorado.
Creo que no debería haberle soltado esa frase sin ningún tipo de preparación, porque la reacción de Prusia es caerse de la silla. Y como Gilbert no sería Gilbert si no montara un escandalo cada vez que respira, todo el bar nos está mirando en cuestión de segundos. Yo no me inmuto, ya estoy acostumbrada a sus payasadas. Prusia se incorpora como puede a su asiento y trata de abarcar con la mirada todo el bar mientras esboza una de esas sonrisas que tratan de decir "aquí no ha pasado nada".
Cuando el resto del mundo se ha olvidado de nosotros, mi compañero se decide a continuar la conversación.
-Lo que te quería decir es algo que tendría que haberte dicho hace mucho tiempo.
Claro que sí. ¿Qué creías, qué podrías ocultármelo para siempre?
-En realidad, debería haberlo hecho hace siglos.
Un momento, ¿cómo que siglos? ¿Pero cuanto tiempo llevaba esos dos tonteando?
-¿Y qué es eso tan importante que debería saber? –digo. La botella de coca-cola se va a convertir en arenilla de la fuerza con la que la aprieto entre mis manos. ¿Por qué me siento así? Aunque no les haya desenmascarado por mí misma, he ganado, debería estar contenta.
-Me gustas mucho, Hungría.
¡Lo sabía!… Un momento.
¿Qué?
…
¡¿QUÉ?!
-¿Qué has dicho?
Prusia gira los ojos, intentando esquivar mi mirada.
-Bueno, sé que tú y yo nunca nos hemos llevado del todo bien, pero con el paso del tiempo creo que hemos llegado a conocernos mejor que si fuéramos auténticos amigos. Y desde hace algún tiempo, sé que te quiero.
Ahora sí que no me hace falta fingir que estoy sorprendida.
-¿Cómo puedes venir ahora y decirme algo así?
Prusia nunca se amedrenta ante nada porque es demasiado estúpido y prepotente para saber cuando es hora de amedrentarse, pero puedo ver como se encoje un poco ante mi mirada.
-No es algo que haya decidido, supongo que el roce hace el cariño. Nosotros siempre hemos tenido una relación de amor-odio.
-¡Otro con lo mismo! ¿Pero dónde habéis visto amor en esta relación?
Ahora soy yo la que está montando un espectáculo, porque la gente está empezando a volver a mirar en nuestra dirección.
-Esto… –titubea Gilbert antes de volver a decidirse a hablar –Lo he dicho en serio, lo de que eres una persona muy especial para mí.
¡Splash!
Es el sonido que hizo mi bebida al caer sobre Prusia, empapándolo entero. Durante unos instantes los sonidos del bar, las gotas que salen disparadas, mi propio pulso avanzan a cámara lenta. Y luego, como el estallido de una burbuja, todo sucede de golpe y me levanto de la silla automáticamente al mismo tiempo que Gilbert se pone en pie, chorreando coca-cola e hirviendo de ira.
-¡¿Qué ha sido eso?!
-¡Mi respuesta! –cogí el abrigo y me lo puse, tan deprisa y enfadada que no podía concentrarme ni en meter los brazos por el sitio correcto –Qué eras estúpido, inmaduro y egoísta ya lo sabía, pero ver lo hipócrita y rastrero que puedes llegar a ser ha sido una decepción.
Gilbert está tan irritado que si estuviéramos en una película de dibujos animados le saldría humo por las orejas.
-Si no sientes lo mismo podrías habérmelo dicho sin tirarme nada a la cara –dice, apartándose los mechones empapados de delante de los ojos.
-Ni me hables de sentimientos. ¡No entiendes nada, solo sabes jugar con las personas!
Salgo del bar sintiendo todas las miradas fijas en mí, especialmente la de Prusia. Antes de darme la vuelta he visto muchas cosas reflejadas en sus ojos: ira, dolor, humillación. Pero también algo parecido a la desconcierto. Y a la tristeza.
OoOoO
La actuación de Prusia me ha dejado totalmente confundida. Él no debe saber que conozco su relación con Austria, no hubiera sido tan tonto como para hacer algo así de saberlo. ¿Está jugando con Roderich? ¿Conmigo? ¿Con los dos?
Miro la cinta de vídeo que tengo en la mano, el resultado de mi plan C. Fue todo un trabajo entrar en casa de Austria y colocar una cámara sin que se diera cuenta, aunque mentiría si dijera que es la primera vez que lo hago (o que será la última). Hace horas estaba emocionada pensando que por fin tendría en mis manos una prueba de su tórrido romance (tórrido romance, me encanta esa palabra) pero ahora ya no tengo ganas de ver ningún romance, ni tórrido ni casto, y menos uno que involucre a Prusia. Lo que debería hacer es hablar seriamente con Austria y contarle lo que Gilbert se traía entre manos.
Y sin embargo llevo media hora tirada en el sofá jugando con la cinta de vídeo. En fin, gasté bastante tiempo en esconder la cámara y además no puedo hacer nada sin una prueba del lío de esos dos…
Enciendo la televisión y coloco la cinta en el vídeo. La pantalla muestra una imagen a color del dormitorio de Austria, quizás no desde el mejor ángulo posible, pero no podía hacer más sin dejar la cámara a la vista y al menos se veía la cama, que es lo que más interesa.
Coloqué la cámara el viernes y mi intención era ir a recuperarla el sábado por la noche o como muy tarde el domingo, pero estaba tan agitada después de mi encuentro con Gilbert que tras marcharme fui directamente por ella.
Pulso un botón y la cinta comienza a avanzar a cámara rápida. Al principio resulta bastante aburrido, de vez en cuando Austria entra en la habitación a coger algo, pero la mayor parte del tiempo solo se ve un cuarto vacío. Unos números en la esquina inferior derecha de la pantalla me indican la hora de la grabación.
Por fin, sobre las ocho de la tarde, Roderich apareció en su habitación para cambiarse. Presionando otro botón hago que la imagen avance un poco más despacio. La escena continua siendo tan aburrida como antes, porque Austria tarda casi dos horas en arreglarse, pero yo contengo el aliento expectante.
Ahora la habitación está vacía, pero me yo me acerco cada vez más a la pantalla, porque sé que cuando vuelva Austria lo hará con él. La emoción de la caza que siempre me embarga en momentos como éste desaparece cuando pienso que se trata de Prusia y en lugar de eso vuelvo a estar tan furiosa y dolida como cuando le vi esta tarde.
Perdida en mis pensamientos casi no me doy cuenta de que Austria ha vuelto. Pulso el botón play y la escena vuelve a la velocidad normal. Roderich está hablando, aunque no puedo oír lo que dice, por desgracia el sonido no llega bien al lugar donde escondí la cámara. Y por si fuera poco, su acompañante está fuera del campo de visión. Chasqueo la lengua con fastidio, debo de estar cayendo realmente bajo para cometer esos errores de principiante.
En un momento dado, Austria mira directamente a la cámara pero sin verla y yo puedo apreciar su expresión. Está sonriendo, sonriendo de verdad como muy pocas veces le he visto hacerlo. Como pocas veces se ve sonreír a nadie en realidad, con una felicidad sincera que sale de dentro.
Y ahí me derrumbo, no se si por lo que Prusia me ha dicho esta tarde, por el daño que le haré a Austria si le digo la verdad, por esa sonrisa perfecta, porque yo también quiero sonreír así aunque sea una vez o por todo junto. Porque me gustaría que las palabras de Gilbert hubieran sido auténticas.
No quiero seguir pensando en ello, ya no tengo ningún interés en Austria ni en el chico rubio que acaba de aparecer en escena…
…
…
…
¿Pero qué…?
El interlocutor de Austria al fin ha aparecido en pantalla, aunque de espaldas a la cámara. Vamos, date la vuelta…
El chico por fin se gira fugazmente y reconozco los ojos verdes y la expresión de perpetuo mal humor, ahora algo más suavizada, de aquel país.
¿Suiza?
Me doy una palmada en la frente. Por supuesto, como no. Suiza: sin pareja, con una larga relación que se remonta a siglos atrás y geográficamente cercano a Austria. ¡Cumple todos los requisitos! Incluso ha habido una potentísima tensión sexual no resuelta entre esos dos desde que les conozco. ¿Por qué no he pensado en él antes?
Porque fui a lo sencillo, desconfié de la persona más cercana sin molestarme en pensarlo afondo. Creo que ni siquiera a mí se me habría ocurrido, ambos son tan serios y amargados que no logro concebir como han llegado a esta situación. Debería haberlo vigilado a él, seguramente lo hubiera descubierto antes investigando a Suiza. Si no hubiera estado tan obcecada con Prusia…
Mierda: Prusia.
Me siento una auténtica imbécil. La he cagado pero bien, le he culpado de algo muy grave sin motivos. Y por si fuera poco, sin el tórrido romance austro-prusiano no tengo ningún motivo para desconfiar de sus palabras. Bueno, podría ser una de sus estúpidas bromas, pero toda esa seriedad y esa duda que había mostrado no se parecían en nada a su habitual actitud, como si un Gilbert más maduro y un poquito menos gilipollas intentara asomar a la superficie.
Tengo que ir a hablar con él ahora mismo y pedirle perdón. Cojo el mando a distancia para apagar el televisor, donde Austria y Suiza se están besando apasionadamente, cada vez con más intensidad mientras se acarician por debajo de la ropa y ahora se están quitando los pantalones…
Termino de ver la cinta y voy a ver a Prusia, lo prometo.
Y es que Hungría no sería Hungría si dejara pasar una ocasión como está.
Las que no querían leer PruAus en el fic ya pueden respirar tranquilas ¿Por qué Austria/Suiza? La culpa es de un amigo, que ha hecho todo lo posible para meterme la pareja en la cabeza, aunque sería estúpido no reconocer que llevo tiempo pensando que los dos quedan muy bien juntos.
Y en un futuro próximo (o al menos espero que sea próximo) traeré el final. ¿Podrá Hungría explicarle su error a Prusia? ¿Cómo reaccionará a él? ¿Van a poder vivir un tórrido romance?
